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El Scania se apagó en la curva del abismo… y todos tenían miedo de acercarse, pero la viuda…

Suscríbete al canal, activa la campanita  y comparte con alguien que necesite ver que el conocimiento honesto siempre encuentra su camino. Rodrigo Reyes Montoya, así lo llamaban todos, con los dos apellidos, como si uno solo alcanzara para contenerlo. murió un jueves de octubre, dos años antes de esta historia, con las manos todavía  limpias, porque en los últimos meses ya no podía trabajar.

No murió en un accidente  ni en ninguna de las formas violentas que los años en el oficio hacen posibles. murió de un cáncer de páncreas que tardó 8 meses en hacerlo y que él enfrentó con la misma callada obstinación con la que había enfrentado todo lo demás en su vida, sin quejas audibles, sin dramatismo, con una especie de dignidad física que su esposa observó y guardó dentro de sí como se guarda algo que sabe que va a necesitar.

Rodrigo había llegado a Culiacán desde un pueblo de Nayarit con 18 años, un bolso de lona y un conocimiento heredado de su padre sobre motores de tracción, que en ese tiempo todavía era mayoritariamente mecánico, analógico, basado en la experiencia directa y en la lógica de causa y efecto. Con los años, ese conocimiento creció hacia lo electrónico sin perder su raíz práctica.

Rodrigo Reyes nunca fue alguien que se enorgulleciera de lo que no podía tocar. Desconfiaba de los diagnósticos que vivían solo en las pantallas. El taller lo construyó pieza por pieza durante 15 años en un terreno al poniente de la ciudad sobre el camino de tierra que baja hacia el canal de irrigación. Un galpón amplio con techo de lámina reforzada, dos fosos de trabajo, cuatro elevadores, una sala de herramientas con un orden que Rodrigo mantenía con una constancia casi religiosa.

Y en la pared del fondo, clavado con tachuelas oxidadas, un cartel que decía, “Un camión parado es dinero muerto,  un mecánico apresurado es el peor enemigo del camionero.” Lo había escrito el mismo a mano  con marcador negro en una hoja de cuaderno rallado. Valentina llegó a ese taller cuando tenía 23 años, enviada por una prima que conocía a Rodrigo y pensaba que trabajar de secretaria en un negocio familiar era mejor que seguir en la tienda de abarrotes donde estaba.

No duró 3 meses de secretaria. A los tres meses estaba en el foso mirando, preguntando, memorizando. A los 6 meses, Rodrigo ya no podía imaginarse explicando una falla sin que ella estuviera escuchando. A los 2 años se  casaron. No era un matrimonio que los de afuera entendieran fácilmente.

Rodrigo  tenía 16 años más que ella. Era callado donde ella era directa, lento donde ella era rápida. reservado donde ella era observadora, pero en el taller eran  idénticos en lo que importaba, en la forma de acercarse a un motor desconocido, en el respeto que tenían por la complejidad de las máquinas, en la negativa absoluta a dar un diagnóstico que no pudieran sostener con evidencia.

En 20 años de matrimonio, Rodrigo le enseñó todo lo que sabía, no como una decisión pedagógica, sino como una necesidad natural, la misma con la que uno le muestra a alguien que quiere las cosas que le parecen importantes. Le enseñó a leer los códigos de falla del sistema OBD antes de que la mayoría de los talleres de Culiacán tuvieran siquiera un escáner compatible.

le enseñó a distinguir entre una falla activa y una falla pasiva en los sistemas electrónicos de gestión de los motores Scania, DAF y Volvo, que dominaban el corredor. Le enseñó que el ruido de un motor siempre está diciéndote algo y que la mayoría de los mecánicos no escuchan porque están buscando confirmar lo que ya decidieron que era el problema.

Y le enseñó, sobre todo, a no tener prisa. Cuando Rodrigo murió, Valentina tenía 41 años, 240,000 pesos en deudas contraídas durante la enfermedad. Un taller que funcionaba, pero que había perdido varios clientes durante los 8 meses de enfermedad y una reputación que en el gremio era la de la esposa del difunto, no la mecánica, no la socia, no la persona que durante dos décadas había estado en ese foso y conocía esos motores también como cualquiera.

La esposa del  difunto. Eso era lo que los transportistas del corredor Mazatlán Durango veían cuando miraban a Valentina Reyes Montoya. Preciso ser honesto sobre esto. Y lo digo sin rodeos. Lo que le hicieron a Valentina en esos primeros meses no fue descuido ni ignorancia, fue deliberado. Fue el rechazo sistemático que ciertos gremios le tienen a la competencia que no se  parece a ellos mismos.

Cuando tienes 41 años, eres mujer y llevas 20 años construyendo conocimiento que nadie en ese círculo quiso reconocerte  y de pronto te quedas sola con ese conocimiento y ese taller, los interesados en que desaparezcas no necesitan hacer nada activo,  solo necesitan ignorarte, como si ignorarte fuera lo más natural del mundo.

El hombre que más activamente participó en ese silencio se llamaba Gustavo Salcedo. Era propietario del taller mecánico San Judas, el establecimiento de reparación de camiones más grande del corredor, ubicado en el kilómetro 34 de la Federal 40 con contrato exclusivo con cuatro de las cinco empresas transportistas más importantes que operaban entre Mazatlán y Durango.

Salcedo tenía 57 años, tres camionetas nuevas, dos hijos en la Universidad de Guadalajara y una presencia en la Asociación de Mecánicos del Norte que la mayoría de sus colegas describía como decisiva. En el vocabulario del gremio, decisivo quería decir que lo que Salcedo decía se hacía y lo que Salcedo no aprobaba no prosperaba.

Valentina lo conocía desde hacía 12 años. Había visto cómo trataba a los mecánicos que trabajaban bajo sus órdenes. Había oído los reportes de sus  clientes y tenía sus propias razones documentadas en su propia memoria para desconfiar de su trabajo. Pero en los meses que siguieron a la muerte de Rodrigo, Valentina no habló de Salcedo con nadie.

tenía deudas que pagar y un taller que sostener y esas realidades ocupaban el espacio que en otras circunstancias habría ocupado la indignación.  se levantaba a las 6, abría el taller a las 7, atendía lo que llegaba, cobró lo que debía cobrar, pagó lo que debía pagar y se fue reduciendo poco a poco hasta caber en el espacio que los demás le dejaban, hasta aquella tarde de martes.

La llamada llegó a las 3:20 de la tarde, un número desconocido. Valentina estaba terminando de ajustar el tensor de la distribución de un Kenworth T680, cuyos propietarios habían pasado por tres talleres sin que nadie encontrara el origen de la vibración irregular a 1800 rpm.  Ella lo había encontrado en 40 minutos.

Contestó sin dejar de trabajar. La voz del otro lado era de un hombre joven, nervioso, que se identificó como chóer de la empresa Transportes Fuentes  y dijo que el Scania R500 de don Aurelio estaba varado en la curva del abismo, que el motor se había muerto de golpe sin previo aviso, que habían llamado ya a dos talleres y ninguno quería subir hasta ahí y que tenían la carga comprometida y el tiempo contado.

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