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Ingrid Bergman: El Escándalo Que Hollywood Nunca Le Perdonó

A las 5:45 de la tarde nace una niña. Le ponen el nombre de Ingrid Bergman. La pequeña Ingrid nace en una familia próspera. Justus tiene una tienda fotográfica y una galería de arte en el centro de Estocolmo. Freed una familia alemana de comerciantes y la pequeña Ingrid, hija única, va a ser criada con todo el cuidado y todos los privilegios que una familia burguesa sueca de la época podía dar a una niña.

Pero la felicidad de la familia Bergman duró muy poco cuando Ingrid tenía solo 2 años. En 1917 su madre Friedle murió de una enfermedad hepática. La pequeña Ingrid no la recordaría nunca. solo conocería a su madre a través de las fotografías que su padre, Justus, había tomado de ella durante el embarazo. Decenas de fotografías de una mujer joven, bella, sonriente, mostrando un vientre redondo.

Esa era toda la imagen que Ingrid iba a tener de su madre durante el resto de su vida. Justus Bergman, después de la muerte de su esposa, se quedó solo con su hija de 2 años. La crió con devoción absoluta. Le enseñó él mismo a leer, a escribir, a dibujar. La llevó a su tienda fotográfica casi cada día. Le hacía retratos profesionales que enviaba a sus parientes alemanes en cada cumpleaños.

Y según las propias memorias de Ingrid Bergman, publicadas en 1980, su padre era el hombre más maravilloso del mundo durante esos primeros 11 años de su vida. Pero en 1929, cuando Ingrid tenía 13 años, llegó el segundo golpe. Su padre, Justus Bergman fue diagnosticado con un cáncer de estómago. La enfermedad en esa época era mortal.

Justus pasó 6 meses en el hospital de Estocolmo. Y durante esos 6 meses, Ingrid, con 13 años se mudó a vivir con una tía suya llamada Ellen Bergman. Hay una cena de los últimos días de Justice Bergman en el hospital de Estocolmo que Ingrid Bergman contaría décadas después en sus memorias publicadas en 1980. Justus, sabiendo que se moría, le pidió a su hija Ingrid una tarde cuando solo quedaban ellos dos en la habitación que se acercara a su cama.

le tomó la mano débil y le dijo con una voz que apenas escuchaba, “Mi pequeña Ingrid, te voy a contar un secreto que no le he contado a nadie. Cuando tu madre Friedle estaba embarazada de ti en 1915, una noche soñó que iba a tener una hija que iba a ser famosa en todo el mundo, una hija que iba a ser amada por millones de personas y que iba a hacer feliz a miles de hombres y mujeres con su voz y con su cara.

Tu madre esa noche despertó llorando y me dijo, “Justus, nuestra hija va a ser una gran artista.” Ingrid Bergman esa tarde con 13 años, sentada al lado de la cama del hospital donde su padre se moría, no entendió completamente lo que él le estaba diciendo, pero le tomó la mano y le dijo, “Papá, te lo prometo. Voy a hacer lo que mamá soñó.

Voy a ser una gran artista. Voy a hacer feliz a la gente y cada vez que esté en un escenario voy a pensar en ustedes dos, en mamá y en ti para siempre. Justus murió tres días después, en julio de 1929. Ingrid, esa tarde, según contaría décadas después, no lloró delante de los demás. Solo después del entierro, cuando se quedó sola en la habitación de la casa de su tía, lloró durante horas.

con la cabeza enterrada en una almohada y dijo, “Según ella misma contaría, una frase que nadie escuchó, pero que recordaría toda su vida. Ahora estoy sola en el mundo para siempre.” Absolute tome. Two. A los 13 años, Ingrid Bergman había perdido a sus dos padres. Y lo que era todavía peor, su tía Elen, con la que se había mudado, murió también.

6 meses después, Ingrid a los 14 años fue acogida por otra tía llamada Julda en una casa donde ya vivían cinco primos. Por primera vez en su vida, Ingrid se sintió como una invitada permanente, como una huérfana que tenía que ganarse el cariño de personas que no la querían realmente.

Hay un episodio de esos años de adolescencia en casa de su tía Jula, que Ingrid Bergman contaría décadas después en sus memorias publicadas en 1980. Ingrid, a los 15 años se encerraba sola en el ático de la casa de su tía cada tarde después del colegio. Allí, en ese ático polvoriento donde nadie iba nunca, Ingrid había construido un pequeño teatro imaginario.

Tenía una caja de cartón vieja, tenía un viejo espejo de mano que le había pertenecido a su madre y tenía dos vestidos antiguos que había encontrado en un baúl olvidado. Cada tarde, durante dos horas, Ingrid se transformaba en otras personas. Recitaba monólogos de Strenberg, que se sabía de memoria.

Inventaba diálogos donde ella era la heroína de su propia vida. Lloraba por personajes imaginarios, reía por escenas inventadas. Y según contaría ella misma, esas dos horas en el ático de su tía Julda eran las únicas dos horas de cada día en las que la pequeña Ingrid se sentía completamente libre. Una tarde, su prima Brit Mary subió al ático sin avisar y la encontró recitando un monólogo.

Brit Mary, según contaría Ingrid, soltó una carcajada y le dijo, “Mira a la huérfana actuando como si fuera Greta Garbello.” Esa frase, dicha por una prima de 14 años hirió a Ingrid Bergman como un cuchillo. Pero también, según ella misma confesaría, fue el momento en el que decidió que sí, exactamente eso iba a hacer. Iba a ser una nueva Greta Garbo y nadie iba a poder reírse nunca más.

Esa sensación de ser una invitada permanente, de tener que ser perfecta para que la quisieran, iba a marcar el resto de la vida emocional de Ingrid Bergman. Sus biógrafos dirían después que esa fue la razón por la que se entregó tanto al cine. El cine le daba lo que la realidad le había negado. El cine la quería incondicionalmente.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. A los 17 años, en 1932, Ingrid Bergman tomó una decisión que iba a cambiar el resto de su vida. Decidió que quería ser actriz. Su tía Hulda, según las memorias de Ingrid, se opuso furiosamente.

Le dijo que las actrices eran mujeres de mala vida, que ninguna mujer respetable de Estocolmo podía dedicarse a esa profesión que se iba a arrepentir. Ingrid, contra el consejo de su tía, se inscribió en la prestigiosa real escuela de teatro dramático de Estocolmo. Era la escuela más exigente de Suecia. Solo aceptaban a 12 alumnos por año.

Después de un examen severo, Ingrid se presentó. recitó un fragmento de una obra de Strberg ante un tribunal de cinco profesores. Los profesores, según contaría después uno de ellos, quedaron impresionados por su naturalidad, por su belleza luminosa y, sobre todo, por algo que el profesor describiría años después como una intensidad emocional que parecía venir de una herida muy profunda.

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