Posted in

HARFUCH CATEA el RANCHO del JARDINERO… AHÍ TENÍA SEMBRADOS a sus MUERTOS

Margaritas, claveles, rosas, geranios, gladiolas. Junto a cada flor un nombre. Debajo del nombre, una fecha y al pie de cada hoja, en letra microscópica, dos palabras y unas coordenadas. La primera hoja, la que Harfuch lee con la linterna apoyada en la mesa, dice: Margaritas blancas coordenadas 21,4482 – 104,1982.  Esas son las coordenadas del rancho donde están parados, el parche que están excavando ahora mismo.

5 millones  de dólares ofrecía el gobierno de Estados Unidos por la cabeza de Audias Flores  Silva. 19 meses lo siguieron las fuerzas federales. 65  días después de la muerte del Mencho lo localizaron. Y cuando los marinos cerraron el cerco, el hombre que iba a heredar el cártel  más grande de México se metió en una tubería de aguas negras, como Saddam Hussein cuando lo sacaron del agujero en Tigrit, en pijama, sin disparar un tiro, sin defender el reino que llevaba 20 años construyendo.

¿Tú crees que un hombre con 60 escoltas armados, con casas en cuatro  estados, con cuentas en bancos de tres países y una recompensa que llevaba 5 años pública sobre su cabeza, termina huyendo así? Como una rata. Algo no cuadra y la libreta verde explica por qué. En este video te voy a contar cuatro cosas sobre Audias Flores Silva que no han  salido en ninguna nota de periódico.

La primera, ¿por qué le decían el jardinero? La explicación que dieron los periodistas  mexicanos te la pueden contar en cuatro líneas. La que está enterrada bajo las flores que Harfuch ordenó excavar es otra y es mucho más oscura. La segunda, como un niño de Huetamo, Michoacán, hijo de un jornalero sin tierras, terminó siendo el hombre al que le tocaba heredar el CJNG.

La historia empieza en un campo de limones de tierra caliente. Termina en el altiplano. En medio hay 6 años de prisión federal en Estados Unidos, una emboscada que mató a tres soldados, un hermano asesinado en Mazatlán. y una alianza secreta con los hijos del Chapo. La tercera, lo que está escrito en esa libreta verde.

1229  nombres, una flor distinta dibujada al lado de cada uno y al pie de cada hoja las coordenadas exactas de un terreno en algún punto de México. La cuarta, lo que pasó con los 60 escoltas que escaparon al cerro la madrugada del 27 de abril. La nota oficial dice que se dispersaron. La realidad 12 días después es otra cosa.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Recuerda esa libreta. Cada flor era un nombre y cada nombre estaba enterrado debajo de la flor. Hetamo, Michoacán, 19 de noviembre de 1980. Una región que en los mapas se llama Tierra Caliente y que en los corridos se llama de otra manera, 40 gr a la sombra durante medio año, limones, mangos, sandías y desde finales de los 70 plantíos en la sierra que la gente del pueblo aprende temprano a no nombrar.

Es ahí donde nace Audias Flores Silva, en una casa de adobe con techo de palma. Su familia no tiene tierras. Su padre trabaja en lo que sale. Su madre cuida a los hijos. A los 7 años, Audias ya carga canastas de limones desde el huerto hasta el camión. 5 km, pies descalzos, una jornada por 20 pesos al día. Cuando él tiene 12 años, la familia entera cruza la frontera ilegalmente.

Carolina del Norte primero, después Atlanta. Audías crece entre dos lenguas que nunca termina de hablar bien. Es ahí, en el sur de Estados Unidos, donde aprende el oficio. La patrulla fronteriza, lo agarra una vez en Hidalgo, Texas, lo regresan, vuelve a cruzar a la semana, ya no como migrante, ya como cargador de cosas que pesan más que los limones.

En 2003 lo agarran en una carretera de Carolina del Norte con un cargamento  de cocaína. La sentencia es seca, casi 6 años en una prisión federal estadounidense. Audias tiene 22 años cuando entra, 28 cuando sale, 6 años. Cuando un hombre del cártel cae en una cárcel federal de Estados Unidos, lo que suele pasar lo cuentan  en tres líneas.

Lo matan adentro, se quiebra y se vuelve testigo protegido o sale convertido en alguien útil  para la DEA. Audías no entra en ninguna de las tres categorías. Entra callado y sale callado. Según los expedientes que después se revisaron  en México, recibió tres ofertas distintas para hablar a cambio de reducciones de condena.

Las rechazó todas. Lo deportan. vuelve a Michoacán y aquí cambia todo porque hasta ese momento Audias era un sicario  más de los muchos, de los que mueren a los 30 años con tres balazos en una gasolinera de mala muerte. Pero un hombre llamado Nemesio o Seguera Cervantes lo ve y ve algo distinto. El Mencho era de Aguililla, también tierra caliente.

También fue deportado de Estados Unidos después  de cumplir condena. La biografía coincide demasiado para ser casualidad y en este negocio la coincidencia entre dos  hombres del mismo lodo se vuelve confianza más rápido que el miedo. El mencho lo sienta a su lado, lo nombra jefe de su escolta personal, el hombre que decide quién entra y quién sale del círculo más íntimo del cártel.

El que prueba la comida, el que revisa las camionetas, el que cuando hay que comprar armamento pesado en Estados Unidos o en Europa viaja con dos maletas de efectivo y vuelve con los rifles. El que supervisa la construcción de hospitales privados en la sierra para que el mencho pueda atenderse sin aparecer en un registro público.

Y entonces aparece el alias. Volvamos al rancho de la Yesca. Han pasado 3 horas desde que Harfuch dio la  orden de excavar el parche de margaritas. Los peritos están en el cuarto metro y acaban de encontrar el primer hueso. Es un fémur humano. 20 minutos después aparecen las costillas.

Una hora más tarde, el cráneo. El forense que vino con el equipo, lo limpia con un cepillo pequeño y lo deja sobre una bolsa azul al lado de la fosa. Hay un orificio de bala en el hueso temporal derecho, un solo disparo a corta distancia. El terreno completo de 3 por  3 m guarda dos cuerpos más debajo del primero, tres muertos bajo 20  cm de tierra y encima las margaritas en formación de regla y escuadra.

Harfuch tiene la libreta verde abierta en la primera hoja sobre la mesa del comedor. La hoja que dice margaritas  blancas coordenadas 21,4482 – 104,1982. Tres nombres anotados con caligrafía firme, tres fechas y al margen una sola palabra escrita en letra microscópica, sembrados. Y aquí llega la primera cosa que te prometí.

Le decían el jardinero. El periodista mexicano Óscar Valderas documentó el origen del alias en una investigación publicada en Milenio. La explicación era una broma macabra que circulaba dentro del cartel. Decían que Audias  Flores Silva había matado a tantas personas y las había convertido  en abono enterrado en sus tierras, que cualquier lugar que pisaba se convertía en su jardín.

Read More