Posted in

Greta Garbo: La Mujer Más Famosa del Mundo que lo Abandonó Todo a los 36 Años

Pero la infancia de Greta no fue solo silencio y fantasía, fue también demasiado pronto dolor. Cuando tenía 14 años, su padre se enfermó. Una infección que el cuerpo cansado de Carl Alfred ya no podía resistir. La familia no tenía dinero para un médico privado, así que tuvieron que llevarlo a una clínica para pobres.

Y aquí ocurrió algo que Greta jamás olvidaría. Según ella contaría décadas después, fue la propia niña quien acompañó a su padre enfermo a esa clínica y según su testimonio, recordaba con una claridad dolorosa cómo los trataron, con frialdad, con desprecio, como a dos seres humanos que no merecían siquiera una mirada amable, solo porque eran pobres.

Tuvieron que esperar de pie, tuvieron que soportar el desdén. Y Greta con 14 años sintió por primera vez algo que la marcaría para siempre, la humillación de no ser nadie. Su padre murió poco después, tenía 48 años y con él se fue también la poca seguridad que la familia tenía. Algo cambió para siempre en Greta esos días.

Vio como el mundo trataba a los que no tenían nada. vio como la pobreza convertía a las personas en invisibles y se prometió en silencio que ella jamás volvería a sentirse así, que algún día estaría tan alto que nadie podría volver a mirarla por encima del hombro. Lo lograría. Llegaría más alto de lo que jamás imaginó y aún así esa herida de la infancia nunca terminaría de cerrar.

Masa Greta dejó la escuela. A los 14 años su infancia terminó de golpe. Tuvo que ponerse a trabajar. Y aquí, antes de seguir, quiero hacerte una pequeña pausa para preguntarte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen, porque esta historia, la de una niña pobre que perdió a su padre y empezó a trabajar a los 14 años, podría haber sido la historia de millones de personas anónimas en cualquier rincón del mundo.

La diferencia es lo que vino después, porque a esta niña pobre de Estocolmo, el destino le tenía reservado algo que nadie podía imaginar. La esperaba la fama más grande que un ser humano puede alcanzar. La esperaban Hollywood, las multitudes, las fortunas, la adoración del planeta entero. Y la esperaba también una soledad tan profunda que ninguna de esas cosas lograría llenarla jamás.

Su primer empleo fue en una barbería. Greta enjabonaba las caras de los hombres antes de que el barbero los afeitara. Pasaba el día rodeada de espuma. de navajas, de hombres que apenas la miraban. Tenía 14 años y ganaba apenas lo justo para ayudar en casa. Imagina la escena. Una adolescente tímida con las manos cubiertas de jabón inclinada sobre el rostro de desconocidos día tras día.

Algunos hombres le hacían comentarios, otros la trataban como si no existiera. Para casi todos era solo una más de las miles de chicas pobres de Estocolmo, sin nombre y sin futuro. Nadie en esa barbería, ni siquiera en sus sueños más locos, habría imaginado que aquella muchacha callada terminaría siendo el rostro más famoso del planeta.

Después consiguió un trabajo mejor. Entró como dependienta en unos grandes almacenes de Estocolmo llamados PUB. Vendía sombreros para mujeres en la sección de moda. Por primera vez, Greta estaba rodeada de belleza, de telas finas, de elegancia, de un mundo distinto al de la pobreza en la que había crecido. Aprendía a moverse entre clientas adineradas, a mostrar la mercancía, a sonreír cuando hacía falta.

Estaba descubriendo, sin saberlo, cómo se construye una imagen. Y fue ahí, entre sombreros y abrigos, donde el destino le hizo el primer guiño. La tienda necesitaba a alguien para aparecer en su catálogo de moda, una chica bonita que mostrara los sombreros y la ropa. Elegieron a Greta y la pusieron también frente a una cámara de cine en un pequeño anuncio publicitario.

Era casi nada. un comercial barato para vender ropa. Pero algo pasó cuando la cámara la enfocó por primera vez. La cámara la amó sin que ella hiciera nada, sin esfuerzo. La luz se posaba sobre su rostro de una forma que nadie podía explicar. Hay rostros que en la vida real son hermosos, pero que la cámara no captura.

Y hay otros mucho más raros que parecen hechos para la pantalla que cobran vida bajo las luces de una forma casi sobrenatural. El de Greta era de los segundos. Frente a la cámara, sus rasgos se transformaban. Sus ojos contaban historias. Su silencio se llenaba de significado. Era un fenómeno que ni los técnicos más experimentados sabían explicar del todo.

Greta no lo sabía todavía. Pero acababa de descubrir lo único que la salvaría de una vida de pobreza. Tenía un don que no se aprende, que no se compra, que no se puede fabricar. Tenía un rostro hecho para la pantalla. Lo que vino después fue una serie de coincidencias que parecen escritas por un guionista.

Gracias a esos pequeños anuncios, alguien le ofreció un papel diminuto en una comedia. Y sobre todo, Greta logró algo casi imposible para una chica pobre y sin contactos. Consiguió entrar en la prestigiosa escuela del teatro dramático real de Estocolmo. Una beca, una oportunidad entre miles. La puerta que llevaba a otro mundo.

La niña que enjabonaba caras en una barbería ahora estudiaba actuación junto a los hijos de las familias acomodadas de Suecia. Por primera vez, el sueño no parecía imposible. En la escuela, Greta seguía siendo la misma de siempre, reservada, distante, incapaz de mezclarse con facilidad. No buscaba amigos, no buscaba aprobación, tenía algo que la separaba de los demás, una intensidad silenciosa que llamaba la atención sin que ella hiciera nada para provocarlo.

Y entonces alguien la vio, pero el verdadero punto de quiebre de su vida no fue la escuela, fue un hombre. Su nombre era Mauret Stiller y para entender la historia de Greta Garbo, hay que entender quién fue Stiller, porque ningún otro ser humano la transformaría tan profundamente. Stiller era uno de los directores de cine más importantes de Suecia, un hombre brillante, dominante, excéntrico, capaz de descubrir talento donde nadie más lo veía.

Y cuando vio a aquella joven tímida de 18 años, vio algo que la propia Greta no sabía que tenía. Vio una estrella, la eligió para el papel protagónico de su nueva película, una historia épica titulada La leyenda de Ghost Berlin. Y antes de empezar a rodar hizo algo que cambiaría la historia, le cambió el nombre.

Greta Lovisa Gustavson era demasiado largo, demasiado común, demasiado sueco. Stiller quería un nombre que sonara en todos los idiomas, en todos los continentes. Un nombre corto, elegante, misterioso y lo encontró Garbo. Greta Garbo. Dos palabras que pronto conocería el mundo entero. Stiller no solo le dio un nombre, la moldeó por completo.

Read More