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En su último suspiro, ANTONIO AGUILAR confesó el SECRETO sobre LOLA BELTRÁN…

Yo la había visto antes, claro, en premios, en eventos, en la radio, pero nunca así. Nunca de cerca, nunca bajo esas luces del blanquita que la hacían brillar como si no fuera de este mundo. Llevaba puesto un vestido de china poblana verde con bordados dorados. Tenía el pelo negro recogido en un chongo con gardenias blancas prendidas, los labios rojos, los ojos enormes.

Y cuando abrió la boca para cantar Cucurucu paloma Pepe, te juro por Dios que sentí que me moría. No fue la voz. Bueno, sí fue la voz, pero fue más que eso. Fue la manera en que cerraba los ojos cuando llegaba a las notas altas. La manera en que movía las manos como si estuviera sosteniendo el corazón de alguien.

La manera en que parecía estar cantando solo para mí, aunque había 100 personas en ese teatro. Terminó de cantar y hubo aplausos de pie durante 4 minutos con 22 segundos. Lo sé porque me quedé contándolos, porque no podía dejar de mirarla, porque algo se había roto dentro de mí y no sabía que era.

Después de la gala hubo un brindis en el lobby del teatro. Champán francés, canapés, fotógrafos de Excelsior y novedades tomando fotos para la edición del domingo. Flor estaba conmigo platicando con la esposa de José Alfredo. Yo debería haber estado ahí con ella. Pero vi a Lola sola junto a una columna fumando un cigarro Rally y caminé hacia ella sin pensarlo.

“Señorita Beltrán”, le dije. Ella volteó, me miró de arriba a abajo, sonríó. Señor Aguilar, respondió, “Qué honor. El honor es mío. Su presentación fue No tengo palabras. Seguro las tiene. Usted siempre tiene palabras. Las canta todas las noches. Me reí.” Ella se rió. Y en ese momento, Pepe, en ese momento exacto a las 10:47 de la noche del 18 de septiembre de 1967, me enamoré como nunca me había enamorado en mi vida, como no me enamoré de tu mamá cuando nos casamos, como no me había enamorado de nadie nunca. Platicamos 23 minutos de todo y

de nada, de México, de música, de giras. de lo cansado que es vivir fingiendo. Ella me confesó que odiaba las entrevistas, que los periodistas siempre le preguntaban por qué no se casaba. “Porque no he encontrado a alguien que me haga sentir viva”, me dijo mirándome a los ojos. Y yo supe que ella también lo había sentido.

Nos interrumpió un fotógrafo de novedades. Don Antonio, una foto con Lola para el periódico. Posamos. Ella se puso a mi lado. Nuestros hombros se tocaron. El flash se disparó. Esa fotografía salió en la página 14 del Novedades el domingo 20 de septiembre de 1967. La recorté. La guardé en mi cartera durante 40 años.

Está ahí todavía, en mi saco. El saco gris que dejé colgado en el closet de la habitación. Pepe se quedó callado. Su padre tosió otra vez más fuerte. La enfermera volvió a tocar. Señor Aguilar, necesitamos revisar los signos vitales. 5 minutos gritó Pepe sin voltear. La enfermera se fue. Antonio continuó.

Esa noche regresé a casa con Flor. Cenamos, nos acostamos. Ella se durmió a mi lado como siempre y yo me quedé despierto hasta las 5 de la mañana mirando el techo pensando en Lola, en su voz, en su sonrisa, en cómo dijo mi nombre, señor Aguilar, como si mi nombre en su boca fuera una canción. Pasaron 4 meses sin verla, 4 meses donde traté de olvidarla.

Me metí de lleno al trabajo, grabé dos discos, filmé una película en Durango, hice gira por Guatemala y El Salvador. Pensé que se me pasaría, que había sido solo una tontería de hombre viejo y aburrido. Pero el 14 de enero de 1968 coincidimos en una presentación en el Auditorio Nacional. Homenaje a José Alfredo Jiménez por sus 40 años.

Lola cantó el rey, yo canté caballo viejo. Después en los camerinos nos encontramos en el pasillo. Antonio, me dijo, “Ya no, señor Aguilar, solo Antonio. Lola, he pensado en ti”, confesó. Así, sin rodeos, sin juegos. Yo también. ¿Y ahora qué hacemos? No lo sé. Debía haberle dicho esto está mal. Estoy casado. Tengo cuatro hijos.

No puedo, pero no dije eso. Dije, ¿tienes planes mañana? Nos vimos al día siguiente en el hotel Génova, habitación 512. Registré con nombre falso, Rodrigo Maldonado. Pagué en efectivo. Lola llegó a las 3 de la tarde con lentes oscuros y un pañuelo en la cabeza. Subió por las escaleras para que nadie la viera en elevador.

Tocó la puerta. Abrí. Nos miramos 30 segundos sin decir nada y luego nos besamos como si el mundo se estuviera acabando y ese fuera nuestro último minuto vivos. Esa tarde hablamos durante 4 horas. Le conté todo, que no amaba a Flor, que me había casado por presión, que respetaba a mi esposa, pero que con ella no había pasión, no había fuego, no había eso que te hace sentir que estás vivo de verdad.

Lola me escuchó sin juzgarme. Yo tampoco me he casado, me dijo. Todos creen que es porque soy muy exigente, porque ningún hombre me llega, pero la verdad es que nunca sentí por nadie lo que siento por ti ahora. ¿Y qué sientes?, le pregunté. Miedo, respondió. Miedo de que esto sea real. Miedo de que no lo sea.

Miedo de enamorarme de un hombre casado. Miedo de perderte antes de tenerte. No me vas a perder, le prometí como un idiota. Te juro que no. Esa fue la primera de 284 veces que nos vimos en 29 años. Llevé la cuenta en hoteles de paso, en casas prestadas, en camerinos después de conciertos cuando todos se habían ido, en aviones privados cuando coincidíamos en giras internacionales, siempre a escondidas, siempre con miedo, siempre mintiendo.

Le prometí mil veces que dejaría a Flor. Solo espera un poco más, le decía. Espera a que los niños crezcan. Espera a que termine esta gira. espera a que pase la temporada de premios. Siempre había una excusa, siempre había una razón para no hacerlo. Y Lola esperó. Esperó 29 años. Nunca se casó, nunca tuvo hijos.

Rechazó propuestas de matrimonio de Jorge Negrete antes de morir, de Pedro Infante, de empresarios millonarios. Estoy esperando a alguien, les decía, “Ese alguien era yo y yo nunca llegué. En 1973, Lola cumplió 38 años. Estábamos en Acapulco. Yo tenía una presentación en el hotel El presidente. Ella estaba de vacaciones.

Al menos eso le había dicho a la prensa. La verdad es que había ido para estar conmigo. Rentamos una casa en la playa Revolcadero bajo el nombre de un primo mío. Tres días juntos, solo nosotros dos, sin flor, sin hijos, sin prensa, sin mentiras por 72 horas. La mañana de su cumpleaños, 7 de marzo, la desperté con flores, gardenias blancas, sus favoritas, las mismas que usaba en el pelo cuando cantaba.

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