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Emperatriz Zita: La Última Emperatriz Que Vivió 67 Años Vestida de Negro

Es la 1a hija de su padre. Escuchaste bien. La hija número 17. Porque su padre, el duque Roberto de Parma, tuvo 24 hijos en total de dos matrimonios. 24 hijos. Oh, oh, pero hay algo extraño en esta familia tan numerosa y tan noble, algo que marca cita desde el primer día de su vida. Su padre es un duque, un príncipe de sangre.

desciende directamente de los reyes de Francia, de la antigua casa de los Borbones, y sin embargo no gobierna absolutamente nada porque años antes de que Cita naciera, el pequeño ducado de Parma había sido borrado del mapa. Italia se estaba unificando y los reinos minúsculos como el de su padre simplemente desaparecieron, tragados por la historia.

El duque Roberto perdió su trono siendo apenas un niño, así que Zita crece dentro de una contradicción profunda. Por un lado, vive como una princesa de verdad. castillos en Italia, en Austria, en Francia, sirvientes, institutrices, idiomas, una infancia de lujo absoluto. Pero por el otro lado, su familia es una familia de reyes destronados, de gente que tuvo coronas y las perdió.

En su casa se respira esa nostalgia silenciosa, la idea de que el poder siempre es prestado, de que puede desaparecer de un día para el otro sin avisar. Esa idea va a acompañarla durante toda su vida, aunque ella todavía no lo sabe. La infancia de Zita está marcada por dos cosas por encima de todo, la fe y la disciplina.

Su madre es una mujer profundamente católica, casi austera. En esa casa se reza todos los días, se ayuna, se habla de Dios, como se habla del aire que se respira. Varias de las hermanas de Zita terminarán siendo monjas, encerradas en conventos por voluntad propia. Asita no la educan para ser feliz, la educan para cumplir con su deber.

Esa es la palabra que va a definirla deber. Cuando todavía es una niña, la mandan a estudiar lejos de casa. Primero a un colegio de monjas en una isla del sur de Inglaterra. Después a un convento en Baviera, en Alemania. Aprende a hablar varios idiomas con fluidez. Aprende historia, religión, modales de corte. Aprende a controlar sus emociones, a no quejarse jamás, a mantener la espalda recta, pase lo que pase, y aprende sobre todo una lección que parece sacada de otro siglo, que una mujer de su rango no le pertenece a sí misma, le pertenece a su familia, a su

fe y llegado el momento, a la dinastía con la que la casen. Fácil desde nuestra época sentir lástima por esa niña, pero sería un error porque Sita no se siente prisionera de esa educación, al contrario, la absorbe, la hace suya. Esa disciplina de hierro va a ser décadas después.

Lo único que la mantenga de pie cuando todo lo demás se derrumbe a su alrededor. En esos años de convento, Cita aprende a vivir con poco. Las celdas son austeras. Las jornadas empiezan antes del amanecer. Con la oración hace frío en invierno y nadie se queja. Para una niña de sangre real podría haber sido un castigo. Parasita, fue una escuela.

la escuela que la prepararía sin que ella lo supiera, para una vida en la que iba a tener que sobrevivir muchas veces con casi nada. Entre tantos hermanos, cita se destaca por su carácter. No es la más bella ni la más dócil, es la más decidida. La que no llora cuando los demás lloran. La que cuando algo se le mete en la cabeza no lo suelta.

Sus propios familiares lo notan desde temprano. Hay en ella una firmeza que no es común en una niña. Y hay otra cosa que la marca, el idioma. Cita crece hablando varias lenguas con naturalidad. Italiano porque nació en Italia. Francés por la sangre de su padre. Alemán por sus años en Baviera. Más adelante aprenderá todavía más.

Esa facilidad para los idiomas va a ser años después una herramienta política poderosísima en un imperio donde se hablaban más de una docena de lenguas distintas. Pero por encima de los idiomas, de la disciplina y de la fe, hay una sola idea, que su familia le graba en el alma, que ellos pertenecen a un mundo que se está apagando, el mundo de los reyes, de las dinastías, de las cortes.

Un mundo que el siglo XX, con sus revoluciones y sus guerras está a punto de barrer para siempre. cita lo intuye desde niña y sin saberlo se prepara para ser una de las últimas una de las últimas testigos de un mundo que iba a desaparecer ante sus propios ojos. Hay un detalle de esos años que muy pocas biografías cuentan.

Un día, siendo todavía adolescente, cita visita a su tía abuela. una mujer mayor que había sido ella también emperatriz en su juventud y que lo había perdido casi todo. Colá, esa anciana mira a la jovencita y según contarían años después en la familia le habría dicho una frase que cita nunca olvidaría.

Le habría dicho que las coronas no traen la felicidad, que solo traen el deber y que el deber a veces pesa más que cualquier corona. Cita escuchó, asintió y siguió su camino sin imaginar que esa frase iba a ser palabra por palabra la profecía de su propia vida. Antes de seguir con esta historia, hay algo que nos encantaría saber.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Y ahora volvamos con cita, porque a los 17 años su vida estaba a punto de cambiar para siempre por culpa de un primo lejano, un joven tímido, de ojos tristes, que nadie creía que llegaría jamás a hacer nada importante. Se llamaba Carlos y era archiduque de Austria.

Tita y Carlos se conocían desde niños. Eran parientes lejanos, como casi toda la realeza europea de la época, pero se reencuentran ya de jóvenes y algo cambia. Carlos heredero al trono, está muy lejos en la línea de sucesión. Es solo un archiduque más entre decenas de archiduques. Un muchacho amable, religioso, sin grandes ambiciones aparentes.

Para una familia que sueña con recuperar su grandeza perdida, no parece un partido espectacular, pero cita lo elige. Y aquí ya empieza a verse quién es ella en realidad, porque en una época en la que los matrimonios reales se arreglaban como contratos comerciales, lo de ellos dos, según todos los testimonios, fue algo distinto.

Fue amor, un amor verdadero, sereno, profundo. No fue un amor de novela, fue algo más sólido. Dos personas que, a pesar de venir de mundos parecidos, se entendían de verdad. Carlos veía en Sita la fuerza que a él le faltaba. Sita veía en Carlos la bondad que el poder casi siempre destruye. Se complementaban como dos piezas hechas para encajar.

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