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BRUJO MAYOR DE CATEMACO REVELA el SECRETO que VERÓNICA CASTRO ENTERRÓ y que su HIJO PAGÓ

Y el precio de ese entendimiento fue exactamente lo que el brujo mayor describe, la necesidad de construir una versión de sí misma suficientemente sólida para contener lo que no podía existir en ese espacio. Lo que hace que el caso de Verónica sea específico dentro de ese patrón general es la escala de lo que construyó y la profundidad de lo que contuvo.

Porque Verónica no solo mantuvo algo fuera de la vista del público, lo mantuvo fuera de la vista de Cristian, fuera de su entorno más inmediato. Y eso requirió un nivel de control sobre sí misma, que el ritual mostró como algo agotador en un sentido que iba mucho más allá de lo profesional.

Para entender lo que el brujo mayor de Catemaco dice sobre Verónica Castro, hay que entender primero qué fue Verónica Castro en términos que van más allá de los ratings y los premios y los titulares de revista. Verónica Castro fue la mujer más visible de México durante al menos una década. No la más famosa en el sentido de que la gente supiera su nombre.

Más que eso, la más presente, la que aparecía en la televisión con una frecuencia y una intensidad que hacía que su cara y su voz fueran parte del paisaje cotidiano de millones de hogares mexicanos, de una manera que pocos artistas en cualquier país y cualquier época han logrado. Los ricos también lloran. No fue solo una telenovela, fue un evento cultural que cruzó fronteras de una manera que la industria mexicana del entretenimiento no había experimentado antes con esa escala.

Esa visibilidad extrema tiene un costo específico que las personas que la viven desde adentro conocen y que el público que la observa desde afuera raramente entienden su magnitud real. El costo de que no haya momento en tu vida que sea completamente privado. El costo de que cada relación, cada decisión, cada persona que entra y sale de tu vida sea material potencial para la conversación pública.

El costo de tener que construir una versión de ti misma que pueda existir bajo esa exposición permanente sin desmoronarse. Verónica lo construyó. lo construyó bien, también que la versión pública que presentó durante décadas fue suficientemente sólida como para contener lo que no podía mostrarse. Y esa solidez, que desde afuera parecía simplemente profesionalismo llevado al extremo, era también el resultado de saber exactamente qué estaba protegiéndose.

Las personas que no tienen nada que contener no necesitan ese nivel de precisión en la construcción de su imagen pública. Las que sí lo tienen aprenden muy rápido que la imagen tiene que ser tan buena que nadie tenga razón para buscar detrás de ella. Pero el brujo mayor dice que lo que no podía mostrarse no desapareció por estar contenido.

Siguió existiendo, siguió teniendo peso y ese peso encontró la manera de salir donde podía salir. Encontró a Cristian. Hay algo sobre la relación de Verónica Castro con Cristian desde que él era niño que el brujo mayor señala como el periodo donde la transferencia fue más intensa y que merece ser explorado con precisión.

Cristian Castro nació en 1974. Creció siendo el hijo de la mujer más famosa de México, lo que tiene sus propias consecuencias sobre cualquier persona independientemente de cualquier otra cosa, pero que en el caso de Cristian tuvo una dimensión adicional que el brujo mayor identifica con claridad. Creció siendo el amor más visible de una mujer que tenía un amor invisible del que nadie podía saber.

Esa posición, la de ser el amor que se puede mostrar para alguien que tiene un amor que no puede mostrarse, tiene consecuencias sobre el hijo que la ocupa sin elegirla. No porque la madre lo use de manera consciente o calculada, sino porque la dinámica misma lo produce. El amor que Verónica puso en Cristian tenía una intensidad que correspondía no solo al amor de una madre por su hijo, correspondía también al espacio que ese amor ocupaba en su vida pública.

Era el amor que podía existir, el que tenía lugar, el que el mundo podía ver y reconocer y celebrar. Eso es demasiado para que un niño lo lleve, no porque el amor en sí sea malo, sino porque el peso de ser el amor visible de alguien que tiene un amor invisible es un peso que ningún hijo debería cargar, aunque nadie se lo ponga deliberadamente.

El brujo mayor dice que el ritual mostró ese peso con una claridad que pocas veces ha visto en un trabajo de esa naturaleza. La imagen de un niño que creció amado de una manera que lo hizo especial y vulnerable al mismo tiempo, que recibió todo el amor que Verónica podía dar en público y que en ese todo había algo que no era solo amor, sino también la compensación, por lo que no podía darse de otra manera, para entender cómo lo que carga una madre puede llegar a un hijo sin que nadie lo transmita deliberadamente, hay que entender algo sobre cómo

funciona el peso emocional en las familias y cómo el brujo mayor de Catemaco lo lee desde su tradición. En la tradición de Catemaco, las cargas no se heredan por genética ni por conversación, se heredan por campo, por la forma en que la presencia de una persona que carga algo modifica el espacio emocional de las personas que crecen en contacto con esa carga.

No hace falta que la madre le diga al hijo lo que lleva. Hace falta que el hijo crezca en el campo de lo que ella lleva. Y en ese campo que tiene sus propias reglas y su propia física que la ciencia ordinaria no mide, pero que la tradición de Catemaco conoce desde hace siglos. Ciertas cosas se instalan en el hijo sin que nadie lo decida.

Cristian Castro creció en ese campo, el campo de una madre que tenía algo enterrado, que amaba a su hijo, con la intensidad de alguien que necesita que ese amor compense algo que no puede nombrarse y que construyó alrededor de Cristian una presencia tan total, tan envolvente, que la línea entre protegerlo y cargarle algo que no era suyo nunca quedó del todo clara.

El brujo mayor ve eso en el ritual. Ve la madre y ve al hijo y ve el hilo que los conecta, que no es solo afecto, sino también transferencia. Y lo que se transfirió sin intención, pero sin por eso ser menos real, es parte de lo que explica por qué Cristian Castro ha vivido la vida emocional que ha vivido. El secreto de Verónica Castro, el ritual mostró al brujo mayor una relación, no una relación profesional ni una amistad de carrera, una relación de la naturaleza que Verónica Castro nunca nombró en ningún formato público durante toda su vida visible. una relación que

existió en un periodo específico de su vida, que tuvo la profundidad y la duración de algo que no puede describirse como aventura ni como episodio, y que terminó de una manera que dejó en Verónica una herida que eligió cubrir con exactamente la tierra que tenía más a mano. Su imagen pública, la Verónica Castro que el mundo vio durante décadas, la de los brillos y los vestidos y la risa y la energía que parecía inagotable.

Era también, según el brujo mayor, la capa que cubría lo que esa relación dejó cuando terminó. No de manera calculada en el sentido de que Verónica se sentara a planear cómo usar su imagen como escudo, sino de la manera en que las personas que sufren algo que no pueden mostrar se vuelcan hacia lo que pueden controlar y lo llevan al máximo para que no quede espacio para lo demás.

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