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Así Paga condena “El Coqueto”: Sin poder Caminar y Sin Visitas en 14 Años

El coqueto nunca supo que esa primera víctima estaba viva y eso con el tiempo lo delató. A medida que comenzaron a conocerse los casos, muchas mujeres modificaron sus hábitos cotidianos. Algunas dejaron de utilizar ciertas rutas durante la noche. Otras preferían esperar más tiempo para viajar acompañadas. El miedo empezó a extenderse mucho antes de que existiera un responsable identificado.

En distintas colonias del norte del Valle de México comenzaron a circular advertencias informales. Familias, amigos y compañeros de trabajo compartían recomendaciones para evitar viajar solos durante la madrugada. Nadie conocía todavía la dimensión  completa del problema, pero la sensación de riesgo ya estaba presente.

En aquella época, las redes sociales no tenían el alcance actual. Gran parte de la información se transmitía de boca en boca. Los rumores crecían con rapidez y muchas veces superaban a los comunicados oficiales de las autoridades. Mientras tanto, los investigadores intentaban determinar si los casos estaban conectados entre sí.

Cada nueva evidencia parecía apuntar en la misma dirección, aunque todavía faltaban  elementos suficientes para identificar a un sospechoso concreto. Con el paso de los meses, la presión pública aumentó. La población exigía respuestas y las autoridades sabían que cada nuevo hallazgo incrementaba la urgencia de resolver el caso.

El primer asesinato confirmado ocurrió el 14 de julio de  2011. A partir de ahí, los crímenes se aceleraron. El 26 de noviembre, otra víctima. El 13 de diciembre, otra. El 30 de diciembre otra. El 8 de enero de 2012, otra. El 18 de enero de 2012, la última.  Seis fechas, siete muertes. Blanca Elia Quintero Magaña, de 28 años,  abogada que dedicaba su trabajo a ayudar a otras mujeres en un albergue temporal.

Eva Cecilia, de 16 años, estudiante de bachillerato. Sirene Dayana Pulido García, madre soltera de dos hijas de 18 meses y  3 años que trabajaba de madrugada como mesera para mantenerlas. Fernanda Navarrete Valladares, de 25 años.  Patricia Briano Herrera, de 35 años y madre de tres hijos y una mujer que nunca pudo ser identificada, que terminó en una fosa común sin nombre.

Después de cada crimen, el coqueto se llevaba las pertenencias de sus víctimas.  Celulares, prendas de vestir, objetos personales, los empeñaba o los llevaba a casa. Un celular lo empeñó en 500 pesos en una casa de empeño en Iscay  Valle. Las prendas que robaba terminaron siendo usadas por su pareja América sin que ella supiera de dónde venían.

Esa frialdad, esa capacidad de regresar a la vida doméstica cotidiana después de cada crimen como si nada hubiera ocurrido es uno de los rasgos más perturbadores de su perfil. La Procuraduría General de Justicia del Estado de México comenzó a investigar en octubre de 2011 cuando los cuerpos empezaron a aparecer con un patrón claro.

En noviembre apareció otra víctima, en diciembre otra más. tenían características comunes. Mujeres jóvenes habían subido al transporte público en algún punto de la carretera México Querétaro. Habían sido atacadas de manera similar. Las investigaciones determinaron que el ADN encontrado en cuatro de los cuerpos correspondía a la misma persona. Eso cerró el cerco.

Lo que vino después, la captura y lo  que pasó en las siguientes 24 horas fue uno de los episodios más bochornosos para el sistema de justicia del Estado de México en años recientes. Y lo que ocurrió esa noche sigue teniendo consecuencias en el cuerpo del coqueto hasta hoy. Quédate para descubrirlo.

El papel de la pareja del coqueto fue determinante en su captura. América, la mujer con quien vivía, encontró un día un cartel pegado en un poste de luz en el que se pedía información sobre una mujer desaparecida. La foto en el cartel coincidía exactamente con una imagen guardada en uno de los celulares que César Armando le había regalado.

Cuando lo confrontó, él le dijo que la mujer había olvidado el teléfono en  el microbús. Ella no le creyó del todo. Cuando las autoridades la contactaron en el contexto de la investigación, colaboró con información que fue clave. El 26 de febrero de 2012, la Procuraduría montó un operativo con 18 elementos y capturó a César Armando Librado Legorreta en el entonces Distrito Federal.

Lo trasladaron a la subprocuraduría de justicia en Tlan Pantla. Esa misma noche, frente a las cámaras, lo presentaron ante los medios y él habló sin que nadie lo presionara con una frialdad que dejó sin  palabras a quienes estaban en la sala. confesó haber atacado a ocho mujeres y haber causado la muerte de siete de ellas por miedo a que lo denunciaran.

Así, directo, sin rodeos, sin titubeos,  describió su método, recordó detalles de cada caso, confesó en qué empeñó el celular de una de las víctimas y cuánto obtuvo por él. Todo con la misma monotonía con que se describe el trabajo de cualquier día. La captura se anunció como el cierre de uno de los casos más perturbadores del Valle de México en años.

Las familias de las víctimas finalmente tenían respuestas. El Estado de México respiró, pero esa tranquilidad duró exactamente una noche.  La madrugada del lunes 27 de febrero, menos de 24 horas después de la confesión pública, César Armando Librado Legorretas se fugó. No fue un escape citematográfico con persecuciones y autos volando.

Fue algo mucho más vergonzoso. Los tres policías ministeriales que lo custodiaban se quedaron dormidos. El coqueto esperó, se quitó las esposas, tomó cables de computadora y de teléfono que había en la habitación, los amarró para hacer una cuerda improvisada, salió por una ventana del tercer piso y trató de descender.

Los cables no aguantaron su peso, se rompieron. Cayó desde 13 m de altura golpeando el suelo de pie. El escándalo fue mayúsculo. El gobernador del Estado de México anunció la fuga en Twitter y pidió la pena vitalicia para cuando lo recapturaran. Se ofreció un millón de pesos de recompensa por información. Entre 500 y 600 elementos  de la Policía Estatal fueron desplegados para buscarlo.

El director de la Comisaría General de la Policía Ministerial fue cesado de inmediato. Los tres agentes que lo custodiaban esa noche fueron  detenidos días después y procesados por negligencia y corrupción. Uno de ellos declaró que cuando se dieron cuenta de que el reo había saltado por la ventana, supieron que los culparían, así que ellos también huyeron.

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