Posted in

Aristóteles Onassis: Traicionó a Maria Callas y Perdió a su Único Hijo

Sócrates se casa de nuevo unos años después con una mujer llamada Elena, pero Aristóteles nunca la acepta. La llama la otra, se escapa de la casa, duerme en el patio, odia a su madrastra con una violencia silenciosa que va a seguir con él toda la vida. Hay una escena que cuentan los primos años después.

Aristóteles con 7 años está sentado en la cocina. Elena le sirve un plato de comida. Aristóteles mira el plato, mira a Elena, empuja el plato con fuerza. El plato cae al piso y se rompe. Elena le grita. Sócrates entra y le da una bofetada. Aristóteles no llora, no dice nada. Se levanta, se va al jardín y se queda ahí solo, sentado bajo un árbol hasta que se pone el sol.

Ese gesto, ese silencio, ese rencor frío va a definirlo toda la vida. En la escuela, los maestros no saben qué hacer con él. Es inteligente, eso está claro, pero es un niño difícil. Falta a clase, pelea con los otros niños, inventa historias que nadie puede creer. Un maestro años después va a decir esto. Ese niño iba a terminar como ladrón o como millonario.

No había término medio. Pero hay algo más. Aristóteles. Escucha. Escucha a su padre hablar de negocios con los otros mercaderes. Escucha los precios del tabaco en Alejandría. Escucha las tarifas de los barcos. Escucha cuánto gana un capitán de buque. A los 12 años ya sabe calcular el margen de un cargamento mejor que muchos adultos.

Acompaña a su padre al puerto, toca las cajas, huele las hojas, aprende a distinguir un tabaco bueno de uno mediocre con solo olerlo. Es un detalle que parece insignificante, no lo es. Y entonces llega septiembre de 1922, la catástrofe. Después de 4 años de guerra, las tropas griegas son aplastadas en Anatolia.

El ejército turco de Mustafa Quemal avanza hacia la costa. El 9 de septiembre entra en Esmirna. Lo que pasa después no tiene un nombre oficial. Los griegos lo llaman la catástrofe. Los turcos lo llaman la liberación. Los archivos diplomáticos lo llaman simplemente el incendio. Pero la verdad para los que están ahí es muy simple, es una masacre.

Dos tercios de la ciudad arden durante 4 días. Los griegos y los armenios se concentran en el malecón. Los barcos británicos, franceses, italianos y americanos están anclados en la bahía, ven todo. Escuchan los gritos y tienen órdenes estrictas de no intervenir. Aristóteles tiene 16 años. Ve cuerpos flotando en el agua.

Ve mujeres saltando desde el muelle. Ve a los soldados turcos golpeando puertas. Ve el cielo volverse rojo. Ve a una anciana, una vecina de su abuela, corriendo con un niño en brazos y cayendo en la calle sin que nadie la ayude. Su tío Alexandros, hermano mayor de su padre, es arrestado. Lo acusan de apoyar al ejército griego.

Lo cuelgan en una plaza pública sin juicio, sin defensa. Tres hombres más de la familia Onais son fusilados en una pared en las afueras de la ciudad. Su padre Sócrates es metido en una cárcel improvisada, en un almacén lleno de otros mercaderes griegos. Ahí van a morir muchos, ahí van a matar a muchos y ahí lo están esperando también a él.

Pero Aristóteles no se esconde, hace exactamente lo contrario. Con el pelo sucio y los zapatos rotos, el adolescente camina por Esmirna entre las ruinas, esquiva patrullas, duerme en sótanos. Una noche, escondido en el cuarto de una cocinera amiga de la familia, toma una decisión. Va a sacar a su padre de esa cárcel. No sabe cómo, pero lo va a hacer.

Al día siguiente, con los pocos dólares que le quedan y con dos anillos de oro de su madre muerta, se presenta en el consulado americano. Pide hablar con el vice-cónsul, un hombre llamado James Laer Park. Le explica la situación, le dice que necesita un pase oficial. Park, años después va a escribir que nunca olvidó a ese joven.

Le entrega un permiso temporal, un documento del consulado americano. Aristóteles lo usa para moverse por la ciudad sin ser detenido. Soborna a guardias turcos con los anillos de su madre. Soborna a un sargento con botellas de coñac robadas. soborna a un oficial de mayor rango con información que le da otro mercader griego.

Logra visitar a su padre en el almacén. Le lleva comida envuelta en papel de periódico. Le lleva una frasada. Le dice al oído en griego antiguo para que los guardias no entiendan. Pronto te saco de aquí. Resiste. Sócrates lo mira. No responde, no puede hablar. está temblando. Finalmente, con la ayuda de un oficial turco al que paga una suma importante, logra sacar a su padre vivo.

Luego, con ese mismo pase americano, se las arregla para subir a Sócrates, a un barco que parte hacia Grecia. Llegan a Atenas y cuando Sócrates, recuperado, llama a su hijo para hablar con él, Aristóteles va a tener un shock. Sócrates no lo felicita, lo reprocha. Le dice que gastó demasiado dinero.

Le dice que las joyas de Penélope, las que él usó para sobornar a los turcos, valían más de lo que su hijo pensaba. Le recuerda cuánto le debe todavía a la familia, cuánto cuesta reconstruirse en Atenas. Aristóteles escucha en silencio, no responde, pero algo en él se rompe esa noche. El hombre al que acaba de salvar, el padre por el que arriesgó todo, le está pidiendo cuentas como si fuera un empleado.

Años después le va a decir a un amigo cercano, “Ese día entendí que estaba solo.” Aristóteles toma una decisión. Se va. No a otro barrio, no a otra ciudad. Se va del continente entero. En 1923, con 17 años, con $60 cosidos en el de su chaqueta, sube a un barco italiano que va a Buenos Aires. Es un migrante más, un adolescente griego entre miles.

Nadie lo mira, nadie sabe su nombre. Pasa 21 días en bodega vomitando, durmiendo sobre tablas, comiendo pan duro. Cuando desembarca en el puerto argentino tiene hambre, está delgado y tiene $60, ni uno más. Pero tiene también otra cosa, tiene una certeza que nunca jamás nadie lo va a volver a humillar, que va a construir algo tan grande que ni los turcos, ni los cónsules, ni su propio padre lo van a poder tocar nunca más.

Y antes de seguir contándote esta historia, queremos preguntarte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Ahora sigamos. Buenos Aires en 1923 es una ciudad feroz. Hay millones de migrantes, italianos, españoles, polacos, armenios, rusos, sirios, griegos, todos llegan con la misma idea.

Read More