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Silvia Pinal; el Vaticano condenó su película… y ella le puso ese nombre maldito a su hija.

La madrugada del 25 de octubre de 1982, Silvia Pinal contestó el teléfono en su casa del sur de la Ciudad de México. Del otro lado estaba su hija Silvia Pasquel y le dijo seis palabras  que la actriz repetiría el resto de su vida. Mamá, ya la vi, está muerta. La que estaba muerta era Viridiana, tenía 19 años.

era la hija más parecida a Silvia, la que trabajaba  con ella en la telenovela que estaban grabando esa misma semana y llevaba el nombre de una película, una película que Silvia Pinal había rodado en España 20 años antes, dirigida por Luis Buñuel y que el Vaticano condenó como blasfema el mismo día de su estreno.

Silvia le puso a su hija el nombre de esa película como un homenaje. años después, una tercera viridiana de la familia moriría también en un accidente y esa es solo una de las grietas de la dinastía más poderosa y  más rota del espectáculo mexicano. Hemos revisado sus memorias, el libro Esta soy yo que ella misma escribió, la bioserie autorizada y 40 años de hemeroteca para contarle esta historia completa, porque Silvia Pinal lo tuvo absolutamente todo.

fue la última diva viva del cine de oro. Tuvo cuatro maridos y los manejó a todos. Fue diputada, senadora, dueña de teatros. Pero en los próximos minutos va a entender una cosa, que ninguno de esos títulos, ni todo ese poder junto le sirvió para proteger a las personas que más quería. Todo el mundo recuerda a Silvia Pinal como la gran triunfadora, la mujer que sobrevivió a todo y llegó entera a los 93 años.

Pero la verdad es más incómoda. La mujer que conquistó Hollywood y mandó en la política mexicana fue dentro de su propia casa, una mujer que vio como todo lo que construía se le rompía entre las manos una generación tras otra. La niña que su padre no quiso reconocer. Para entender por qué Silvia Pinal necesitó toda la vida el aplauso de un público entero.

Hay que volver a una marisquería de la Ciudad de México a principios de los años 30 y a una niña pequeña que pasaba las tardes detrás del mostrador mirando trabajar a su madre. Esa niña todavía no sabía algo que el apellido con el que iba a hacerse famosa en el mundo entero no era el apellido de su padre.

Silvia Pinal nació el 12 de septiembre de 1931 en Guaimas, Sonora, un puerto del norte de México de calor pegajoso y barcos pesqueros donde la vida transcurría despacio y los secretos de familia se guardaban con llave. Pero su historia no empieza ahí. Empieza un año antes con una chica de 15 años llamada María Luisa Hidalgo.

María Luisa, a quien todos llamaban Marilu, trabajaba en la estación de radio más importante de México, la XW.  En aquella época, la XW era mucho más que una emisora. Era el epicentro de la cultura popular mexicana.  Los artistas más importantes del país pasaban por sus estudios, los músicos, los actores, los presentadores más conocidos.

Era el lugar donde se hacía carrera y Marilu estaba ahí, joven, con talento,  con ganas de comerse el mundo. Allí conoció a un hombre, se llamaba Moisés Pasquel y era director de orquesta. Un hombre con prestigio, con traje bien planchado, con esa presencia que tienen los hombres acostumbrados a que la gente los escuche.

Marilu se enamoró y se quedó embarazada a los 15 años. Había un detalle que ella no sabía o que quizá no quiso ver. Moisés Pasquel estaba casado, tenía otra familia. Tenía de hecho, un hijo mayor que la propia Marilou. Imagínese lo que era eso en el México de 1930. Una familia conservadora católica, donde las apariencias lo eran todo.

Una hija de 15 años, soltera, embarazada de un hombre casado. El escándalo era de los que marcaban a una mujer de por vida. La familia de Marilu podría haber escondido a la niña, podría haberla dado en adopción como se hacía entonces, como se hacía siempre que una familia quería borrar una vergüenza.

Marilu  hizo lo contrario. Decidió criarla sola con la cara en alto, mirando a todos a los ojos y aguantar lo que viniera. Y vino de todo. Marilu dejó los estudios.  Se puso a trabajar en una marisquería cerca de la XW,  un local sencillo de mesas de madera y olor a mar. Y la pequeña  Silvia se crió ahí, literalmente detrás de un mostrador, viendo a su madre servir mariscos durante 12 horas al día para sacarlas a las dos adelante.

No había lujos, no había comodidades, había trabajo, dignidad y una madre que no se agachaba. Aquí hay que detenerse un momento, porque toda la fuerza de Silvia Pinal, esa que el mundo vería después en la pantalla grande y en el escenario, esa mujer capaz de plantarse ante cualquier hombre y ante cualquier cámara sin pestañar venía de una sola persona, de su madre, de ver a una mujer de 16 años cargar sola con un escándalo que la sociedad entera le quería echar encima y no agacharse esa imagen.

La de su madre de pie detrás de aquel mostrador. Fue la primera lección de vida de Silvia Pinal. Marilu, además tenía algo dentro que el trabajo de marisquería no podía apagar. Le gustaba el arte. Entró en una compañía de danza,  cantaba, buscaba la manera de que su vida fuera algo más que un mostrador y un delantal.

Y la niña la miraba. La miraba subirse a un escenario y transformarse. La miraba recibir el aplauso y convertirse por un rato en otra persona. Y ahí, muy pronto, Silvia decidió lo que iba a hacer de grande. Cantante, actriz, alguien a quien la gente mirara como miraban a su madre cuando actuaba.

Pero faltaba la  figura del padre. Y la historia de los padres de Silvia Pinal es una de las más extrañas y más dolorosas de toda su vida. Cuando Silvia  tenía unos 5 años, su madre se volvió a enamorar, esta vez de un hombre muy distinto.  Se llamaba Luis Pinal, militar, periodista, político, un hombre serio, conservador, 20 años mayor que Marilú.

No tenía el encanto fácil de Moisés Pasquel, pero tenía algo que Pasquel nunca había tenido. Tenía palabra. Y este hombre hizo algo que el padre biológico de Silvia nunca había hecho. La reconoció, le dio su apellido,  la miró a los ojos y le dijo, según contó la propia Silvia muchos años después en sus memorias, una frase que ella no olvidaría nunca. Yo soy tu papá.

Tú eres mi hija y no hay nadie que pueda quitarme  ese lugar. Por eso la niña que había nacido sin apellido de padre se llamó para el resto de la historia Silvia Pinal,  no Silvia Hidalgo, no Silvia Pasquel, Silvia Pinal, el apellido de un hombre que no era su sangre, pero que eligió quererla.

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