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Enterró a su Propio Hermano por Envidia: El Atroz Crimen de Jardines del Pedregal

El 12 de mayo de 2003, a las 10 de la mañana, la maquinaria pesada se detuvo por completo en una obra de demonición y reconstrucción en jardines del Pedregal, al sur de la Ciudad de México. Fue justo en el instante en que la pala de la retroexcavadora excavaba a 1,5 medio de profundidad, entre los escombros de cemento y tierra quedaron al descubierto unos fragmentos de hueso blanco.

El jefe de obra ordenó detener todo de inmediato. Aquí hay algo. Ante su grito, los albañiles se acercaron corriendo. Napolifía no tardó en llegar y el equipo de peritos forenses acordonó el área. Cuando empezaron a retirar la tierra con cuidado, la forma de un esqueleto humano intacto salió a la luz.

El cráneo tenía una marca de fractura muy clara, como si hubiera recibido el golpe de un objeto contundente. Entre la tierra también había pedazos de ropa enredada por el estado de la tela. Los forenses dedujeron que esa persona llevaba enterrada ahí por lo menos 10 años. Esto ya tiene tiempo. Yo le calculo más de una década.

El comentario del perito provocó murmullos entre los trabajadores. La policía judicial comenzó de inmediato a rastrear el historial de esa mansión y descubrieron un dato escalofriante. 14 años atrás, en 1989, se había reportado la desaparición de un joven de 28 años que vivía en esa misma casa. En aquel entonces las autoridades lo buscaron durante 3 meses sin encontrar una sola pista.

El caso se cerró y quedó archivado como la fúa voluntaria de un adulto. Comenzaron las pruebas de ADN de los restos encontrados a los 14 años de la desaparición. Tres días después llegaron los resultados. Era una coincidencia positiva. La madre, que llevaba 14 años esperando el regreso de su hijo, se derrumbó en la silla de la delegación al escuchar la noticia.

“Mi niño, mi muchacho estuvo ahí abajo estos 14 años.” Su voz temblaba, pero este caso ocultaba una verdad aún más brutal. En 1989, ¿por qué desapareció aquel joven? Su nombre era Alejandro Ramírez, un muchacho brillante, graduado con honores de la Facultad de Derecho de la UNAM. Ese año, Alejandro había presentado el dificilísimo examen de oposición para convertirse en juez de distrito al momento de su desaparición.

Faltaban solo 3 días para que se publicaran los resultados finales. Todos a su alrededor estaban seguros de que pasaría. Sus profesores decían, “Alejandro tiene esa plaza asegurada.” Sus compañeros de estudio opinaban lo mismo. ¿Por qué un joven con el sueño de ser juez a punto de cumplirse desaparecería de la nada? En 1989, la policía concluyó lo siguiente.

La presión del examen había sido demasiada y él había decidido huir por su cuenta. Después de todo, no era algo inaudito. Había casos de aspirantes que se daban a la fuga por el estrés extremo. Su familia también lo creyó. O más bien quisieron creerlo. Nuestro Alex va a volver pronto.

Solo necesita despejar la mente, solía decir su padre. esperando a su hijo todos los días. Pero Alejandro nunca regresó. Pasó un año, pasaron cinco, pasaron 10. En el 2002, su padre falleció sin haber podido ver a su hijo una última vez. Y al año siguiente, en 2003, cuando la retroexcavadora levantó el suelo de la casa, la verdad finalmente salió a la luz.

Alejandro nunca se fue. Llevaba 14 años enterrado a 1,5 de profundidad bajo la plancha de cemento del sótano de su propia, esa misma que su familia pisaba todos los días. Si no hubieran vendido la casa, si la maquinaria no hubiera excavado ahí, tal vez nunca lo habrían encontrado. Entonces piel la enterró en ese lugar.

En 1989, cuatro personas vivían en esa residencia del Pedregal. Los padres y dos hijos, Alejandro, el menor que desapareció y su hermano mayor, Carlos. Carlos tenía 32 años, cuatro más que su hermano. Era egresado de administración de empresas en el Tec de Monterrey y trabajaba como agente de bienes raíces.

La policía puso los ojos en él de inmediato. La razón. En 1989, la última persona que declaró haber visto a Alejandro con vida fue precisamente su hermano. Lo vi salir la mañana del 31 de octubre. Me pregunté a dónde iba y me contestó que quería estar solo. Fue lo que Carlos declaró en aquel entonces.

En mayo de 2003, los agentes volvieron a citar a Carlos. 14 años después de su primera declaración. se presentó en la fiscalía con un semblante completamente inexpresivo. Carlos, encontramos los restos de su hermano en el sótano de su antigua casa. El rostro del hombre se tensó. ¿Cómo dice? Cuando su hermano desapareció en 1989, ¿dónde estaba usted? Estaba en la casa.

Eso ya lo declaré hace años. No. Su respuesta fue idéntica a la de hace 14 años, pero esta vez las cosas eran distintas. La policía no se iba a conformar con una simple entrevista. Empezaron a escarvar exhaustivamente en el entorno de Carlos, su inmobiliaria, su casa y todo lo relacionado con el caso de hace 14 años. En octubre de 1989, un joven desapareció a 3 días de que se publicaran los resultados de su examen para juez.

Su familia creyó que volvería. La policía concluyó que se había ido por su cuenta, pero 14 años después fue encontrado bajo el cemento del sótano de su casa. ¿Quién lo enterró ahí? ¿Por qué nadie lo supo durante 14 años? ¿Su hermano realmente no sabía nada? ¿Y qué pasó exactamente en esa casa en 1989? Antes de comenzar con la historia de hoy, un momento.

Si se suscriben y le dan me gusta a la mirada del Águila, me ayudan muchísimo a seguir trayéndoles estas historias. Y por favor, déjenme en los comentarios desde qué parte nos escuchan. Los saludaré con mucho gusto a cada uno. Ahora sí, comencemos. El 15 de octubre de 1989. La enorme casa en jardines del Pedregal estaba llena de movimiento.

Carlos había puesto sobre la mesa del comedor unos folletos que recogió en una agencia de viajes. Era un paquete todo incluido a Cancún por siete noches y 8 días. “Papá, este año tus 60 años los tenemos que celebrar a lo grande”, le dijo Carlos. Su padre le restó importancia agitando la mano.

“Ay, muchacho, para qué tanto gasto por un cumpleaños. Hacemos una carnita asada aquí en la casa y ya. Pero Carlos insistió. De ninguna manera. Se la han pasado trabajando toda la vida. Por una vez váyanse a descansar bien. A mi mamá le va a encantar. A su madre que estaba a un lado. Le brillaron los ojos. A Cancún.

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