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Nutricionista De Bogotá Viajó A Brasil Para Encontrar A Su “Novio Ideal” – Hallada En 4 Maletas

43 días antes de que la encontraran, Valeria Ríos renovó su pasaporte en una oficina del centro de Bogotá que olía a papel húmedo y café de máquina. esperó 2 horas y 20 minutos en una silla plástica color mostaza con una revista de farándula que no abrió porque estuvo todo el tiempo mirando su teléfono. No con ansiedad, con esa sonrisa pequeña y privada que la gente tiene cuando cree que nadie la observa. Tenía 36 años.

Era nutricionista clínica con consultorio propio en el barrio Chapinero en Bogotá, a tres cuadras de la séptima. Atendía entre ocho y 10 pacientes por día. Llevaba el registro en una libreta verde que compraba siempre en la misma papelería de la calle 67 y tenía fama entre sus colegas de ser la clase de profesional que recuerda el nombre del perro de cada paciente.La foto que le tomaron ese martes en la oficina de pasaportes terminaría apareciendo meses después en los principales medios de Colombia y Brasil. Valeria mirando directo al lente, el cabello negro recogido, los labios levemente apretados con esa expresión neutral que exigen las fotos oficiales. Pero quienes la conocían decían que si uno miraba bien, justo en los ojos había algo que no  era neutralidad, era expectativa.

Creció en Bucaramanga, la tercera de cuatro hermanos, en una casa de dos pisos con patio interior, donde su madre, Gloria,  cultivaba tomates y albahaaca en materas de barro. Su padre, Hernán, era técnico de refrigeración y llegaba a casa con las manos ásperas y el humor variable según el tráfico de la tarde. No era una infancia de carencias ni de abundancia.

Era una infancia de domingo con sancocho, de novelas a las 8, de hermanos que peleaban por el control del televisor y se reconciliaban antes de dormir. A los 17, Valeria supo con una claridad inusual para su edad que quería dedicarse al cuerpo humano, pero no desde la enfermedad, sino desde la prevención. Estudió nutrición en la Universidad Nacional en Bogotá.

se quedó en la ciudad cuando todos sus compañeros de generación hablaban de irse. Le gustaba el caos ordenado de la capital, los cerros al fondo de cada calle, el frío que no era frío del todo, sino una frescura permanente que hacía que el tinto supiera mejor. A los 29 conoció a Sebastián Mora,  ingeniero de sistemas, buen mozo de esa manera discreta que no llama la atención en la primera cita, sino en la quinta.

Vivieron juntos 4 años en un apartamento en Teusaquillo con piso de madera y una terraza donde cultivaban hierbas aromáticas. Se separaron en 2021, sin escándalo, sin violencia, con la tristeza silenciosa de dos personas que se quisieron bien, pero en tiempos distintos. Sebastián se fue a Medellín por trabajo.

Valeria se quedó con el apartamento, las plantas y una soledad que al principio confundió con paz. Sus amigas más cercanas, Daniela Puentes y Mariana Cárdenas, la describían como una mujer de criterio, alguien que no hacía nada sin pensarlo, que leía los contratos antes de firmarlos, que preguntaba el origen de los alimentos en los restaurantes y se indignaba cuando le respondían con evasivas.

No era una persona fácil de engañar. Eso era lo que todos decían después. Eso era lo que nadie podía entender. El primer mensaje llegó en noviembre del año anterior en un grupo de WhatsApp sobre alimentación plant based al que Valeria pertenecía desde hacía meses. Alguien compartió un artículo sobre proteínas vegetales y un hombre de nombre, Rodrigo Cabalcanti, comentó en el hilo con una pregunta técnica bien formulada. Valeria respondió.

Él agradeció. le escribió por privado para continuar la conversación. Su perfil mostraba un hombre de 38 años, moreno, con mandíbula definida y ojos oscuros, que en las fotos siempre miraban hacia algún punto fuera del encuadre, como si hubiera algo más interesante justo afuera de la imagen. Se presentó como arquitecto radicado en Florianópolis, en el estado de Santa Catarina, al sur de Brasil.

Trabajaba en proyectos de construcción sostenible. Le gustaba el surf, el café especial, los libros de Saramago. Esa primera noche hablaron durante 40 minutos sobre la diferencia entre proteína de chícharo y proteína de arroz. Y cuando Valeria cerró el chat y apagó la luz de su cuarto, pensó que había sido una conversación curiosamente agradable con un desconocido.

Nada más. Eso fue 43 días antes de que encontraran las maletas. La segunda conversación ocurrió tres días después, también de noche, también por iniciativa de él. Rodrigo le escribió para preguntar si conocía algún estudio reciente sobre inflamación intestinal y dieta mediterránea. Era una pregunta lo suficientemente específica como para parecer genuina y lo suficientemente abierta como para convertirse en conversación.

Valeria respondió con dos referencias académicas y una opinión propia. Él respondió con otra opinión bien argumentada, sin mansplaining, sin esa necesidad que tienen algunos hombres de ganar el punto. Simplemente conversó. En diciembre ya se escribían todos los días. Enero pasaron a las llamadas de voz. La primera duró 22 minutos.

La segunda, una hora y cuarto. Rodrigo hablaba español con acento brasileño, ese acento que convierte las vocales en algo más redondo y suave. Y a Valeria le gustaba escucharlo, aunque a veces tuviera que pedirle que repitiera alguna palabra. Él se reía cuando ella intentaba pronunciar palabras en portugués. Una risa franca, sin burla.

En febrero comenzaron las videollamadas. Valeria le contó esto a Daniela una noche de viernes mientras compartían una botella de vino tinto en el apartamento de Teusaquillo. Daniela escuchó con la copa en la mano y una expresión que mezclaba curiosidad con reserva. ¿Lo has buscado en Google?, preguntó. “Sí”, dijo Valeria.

Tiene LinkedIn, tiene Instagram, tiene fotos con obras con clientes, en eventos de arquitectura. No es una cuenta de dos semanas y la videollamada se veía real. Daniela, estuvimos una hora y media hablando. Me mostró su apartamento, su cocina, la vista al mar desde su ventana. Tenía una planta de potos en el alfizar que estaba medio marchita y me preguntó qué hacer con ella.

Daniela bebió un sorbo largo. Una planta marchita no prueba nada, pero Valeria ya no estaba escuchando del todo. Estaba pensando en la forma en que Rodrigo decía su nombre con la R arrastrada del portugués Valerría, como si tuviera más sílabas de las que siempre había creído. En marzo, Rodrigo le pidió ayuda por primera vez.

No dinero todavía le pidió consejo. Le contó que un proyecto en el que había invertido estaba enfrentando retrasos por permisos municipales y que estaba evaluando para usar un viaje que tenía planeado a Cartagena. Valeria le dijo que entendía que esas cosas pasaban. Él agradeció con un mensaje de voz de 4 minutos que terminaba con las palabras.

Contigo puedo hablar de todo. No sé cómo explicarte lo que eso significa.  Ella escuchó ese mensaje tres veces. En abril, la madre de Rodrigo tuvo un episodio cardíaco. Él la llamó desde lo que dijo era la sala de espera de una clínica en Florianópolis. La voz tensa, los ruidos de fondo consistentes con un hospital, el llanto contenido de un hombre que no quiere derrumbarse en público.

Le dijo que los gastos médicos habían superado lo que tenía disponible en ese momento. Que odiaba tener que decirlo, que jamás le pediría esto si no estuviera desesperado. Valeria transfirió 2,800,000 pesos colombianos, aproximadamente $00. Fue un préstamo, le explicó a Mariana dos semanas después cuando su amiga notó que algo había pasado.

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