Nunca imaginé que al cruzar esa frontera en una noche fría de enero hace 2 años, no solo estaría cambiando de país, sino que encontraría el amor de mi vida en el lugar menos esperado. Mi nombre es Lucía Paredes, tengo 30 años y vengo de Puebla de Zaragoza, donde trabajaba como maestra de primaria, ganando apenas 3500 pesos al mes.
Hoy estoy casada con un ciudadano estadounidense, pero el camino hasta aquí ha sido el más difícil de mi vida. Esta es mi historia real, sin adornos ni mentiras, porque creo que muchas personas necesitan saber la verdad sobre lo que significa dejar todo atrás. Todo comenzó cuando mi mamá se enfermó de diabetes y necesitaba medicamentos que costaban más de lo que yo ganaba en dos meses.
Mi papá había muerto 3 años antes en un accidente de trabajo y yo era la única que podía mantener la casa donde vivíamos con mis dos hermanos menores, Carlos de 17 años y María de 14. En Puebla, ser maestra significaba trabajar 12 horas diarias entre las clases matutinas, las vespertinas y las tareas administrativas que nos obligaban a hacer sin pago extra.
Llegaba a casa tan cansada que apenas tenía fuerzas para revisar que mis hermanos hubieran cenado. La decisión de irme no fue romántica ni valiente como la pintan en las películas. Fue desesperación pura. Una noche, después de ver a mi mamá llorar porque no podía comprar sus medicinas, me senté en la cocina de nuestra pequeña casa y hice cuentas en un cuaderno viejo.
Por más que sumara y restara, nunca me alcanzaba. El sueldo de maestra cubría la renta, la comida básica y los gastos de la escuela de mis hermanos, pero no había ni un peso extra para emergencias médicas. Esa noche decidí que tenía que buscar otra alternativa. Mi primo Roberto había cruzado a Estados Unidos 5 años antes y trabajaba en construcción en Texas.
de vez en cuando mandaba dinero a su familia y siempre decía que allá se podía ganar en una semana lo que aquí en un mes. Yo nunca le había prestado mucha atención a esas historias porque estaba concentrada en mi trabajo y en cuidar a mi familia, pero esa noche le marqué por teléfono. Eran casi las 2 de la mañana y no sabía si me iba a contestar.
Prima, ¿qué pasó? ¿Está todo bien? me preguntó con voz preocupada cuando escuchó mi llanto. Le conté sobre mamá, sobre los medicamentos, sobre cómo me sentía ahogada sin poder ayudarla. Roberto me escuchó sin interrumpir y después me dijo algo que me heló la sangre. Si de verdad quieres ayudar a tu mamá, tienes que venir acá.
Pero no te voy a mentir, Lucía, es lo más difícil que vas a hacer en tu vida. Durante las siguientes dos semanas no pude dormir bien. Le daba vueltas y vueltas a la idea de dejar México, dejar a mi familia, de dejar todo lo que conocía. Pero cada vez que veía a mamá tomarse solo media pastilla para que le duraran más días, cada vez que veía a Carlos usar los mismos zapatos rotos porque no había dinero para unos nuevos.
Cada vez que María me preguntaba por qué ya no comíamos carne como antes, sabía que no tenía otra opción. Roberto me explicó que necesitaría $,000 para pagar el cruce. Era una cifra que nunca en mi vida había tenido junta. Tuve que vender mi coche, un Tsuru 98 que había comprado de segunda mano, pedirle prestado dinero a mi tía esperanza hipotecando su casa, y empeñar las pocas joyas que tenía de mi abuela.

Cada peso que conseguía se sentía como arrancarme un pedazo del corazón porque sabía que estaba apostando todo al destino. El día que renuncié a la escuela, la directora me miró como si hubiera perdido la razón. Lucía, eres una de las mejores maestras que hemos tenido. No hagas una locura por dinero. Algo va a salir, me dijo mientras firmaba mi renuncia.
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Pero yo sabía que no iba a salir nada. Había esperado durante 3 años a que mejorara nuestra situación económica y cada vez estaba peor. A veces las decisiones más difíciles son las más necesarias. La noche antes de partir no les dije nada a mis hermanos. Solo le dije a mamá que tenía que hacer un viaje de trabajo y que regresaría pronto.
Era mentira, pero no podía soportar verlos llorar. Empaqué una mochila pequeña con dos cambios de ropa, una foto de todos nosotros tomada en la última Navidad que pasamos completos con papá y el rosario de mi abuela. Eso era todo lo que podía llevar de mi vida anterior. Roberto me había explicado que el viaje hasta la frontera tomaría dos días en autobús y que después tendría que quedarme en Tijuana por lo menos una semana esperando al coyote que me ayudaría a cruzar.
me dio el teléfono de una señora llamada doña Carmen, que rentaba cuartos a personas en mi situación. “Es de confianza”, me dijo. “Pero no hables con nadie más. En la frontera hay mucha gente mala que se aprovecha de los que vamos cruzando. El viaje en autobús fue una tortura, no solo por las 26 horas sentada en un asiento incómodo, sino por todo lo que estaba dejando atrás.
Cada kilómetro que se alejaba de Puebla se sentía como una traición a mi familia, a mi trabajo, a todo lo que había construido en mis 30 años de vida. Veía pasar los pueblos por la ventana y me preguntaba si estaba cometiendo el error más grande de mi vida. En Tijuana me quedé en un cuarto diminuto que compartía con otras tres mujeres que también esperaban cruzar.
Una era de Michoacán y tenía dos hijos pequeños que había dejado con su mamá. Otra venía de Guatemala huyendo de la violencia y la tercera era de Oaxaca, y buscaba reunirse con su esposo, que llevaba cinco años sin papeles en Los Ángeles. Todas teníamos historias diferentes, pero el mismo miedo en los ojos.
Durante esos días de espera, doña Carmen nos explicaba lo que nos esperaba del otro lado. “No crean que llegar a Estados Unidos es llegar al paraíso”, nos decía mientras nos servía café en tazas despostilladas. Van a trabajar más duro de lo que han trabajado en su vida. Van a extrañar su comida, su gente, su idioma.
Van a ser invisibles para la mayoría de la gente y siempre van a tener miedo de que las deporten. Pero si son fuertes y tienen suerte, van a poder ayudar a sus familias. El coyote se llamaba don Aurelio y tenía cara de haber visto demasiadas cosas en su vida. nos cobró $4,000 por persona y nos explicó que el cruce sería de noche, caminando por el desierto durante 8 horas hasta llegar a un punto donde nos recogería una camioneta.
Si alguien se cansa y no puede seguir, la dejamos. Si alguien hace ruido y nos descubren, todos nos van a deportar. Si alguien se arrepiente, que se regrese ahora, porque después ya no hay vuelta atrás. Nos dijo, mirando a cada una a los ojos. Esa noche, 23 personas comenzamos la caminata. Éramos 18 hombres y cinco mujeres, la mayoría jóvenes, pero también algunos señores mayores que venían a reunirse con sus familias.
Don Aurelio nos había dado botellas de agua, barras energéticas y nos había dicho que lleváramos ropa oscura y zapatos cómodos, pero nada me había preparado para el frío del desierto. En enero, a las 2 horas de caminar ya no sentía los pies. Los zapatos que creía cómodos me estaban haciendo ampollas y cada paso se volvía más doloroso.
La señora de Guatemala, que venía conmigo, empezó a quedarse atrás y don Aurelio le gritaba en voz baja que se apurara. No podemos esperarte, señora. O caminas o te quedas aquí, le decía sin ninguna compasión en la voz. Cuando llevábamos 4 horas caminando, escuchamos helicópteros a lo lejos.
Don Aurelio nos hizo tirarnos todos al suelo detrás de unos arbustos. Estuvimos así durante 20 minutos sin movernos, apenas respirando. Podía sentir mi corazón latiendo tan fuerte que pensé que todos lo iban a escuchar. La señora de Michoacán estaba llorando en silencio y uno de los hombres le tapaba la boca con la mano para que no hiciera ruido.
Los helicópteros se alejaron y seguimos caminando. Pero el miedo ya se había apoderado de todos. Ya no éramos personas con nombres y historias, éramos sombras tratando de llegar al otro lado sin que nos descubrieran. Cada ruido nos hacía brincar, cada luz en la distancia nos hacía agacharnos. Yo pensaba en mamá, en mis hermanos, en todo el dinero que había gastado para estar ahí, tirada en el desierto como un animal huyendo.
A las 6 de la mañana llegamos al punto de encuentro, pero la camioneta no estaba. Don Aurelio nos hizo escondernos detrás de unas rocas mientras él hacía llamadas por teléfono. Estuvimos esperando dos horas bajo el sol que ya empezaba a calentar, muertos de sed porque el agua se nos había acabado durante la caminata.
Algunos empezaron a desesperarse y a decir que nos habían estafado, que íbamos a morir ahí en el desierto. Cuando finalmente llegó la camioneta era una pickup vieja y oxidada que no parecía poder con tanto peso. El conductor nos dijo que solo cabían 12 personas y que los demás tendrían que esperar al siguiente viaje.
Don Aurelio eligió quién se iba primero y yo no estaba entre los seleccionados. Me quedé ahí con otras 10 personas, viendo cómo se alejaba la camioneta con la mitad del grupo, sin saber si alguna vez iba a regresar por nosotros. Las siguientes 6 horas fueron las más largas de mi vida, sin agua, sin comida, sin sombra, esperando que regresara alguien por nosotros.
Dos de los hombres dijeron que mejor se regresaban a México, que esto había sido un error. Pero yo no podía regresar. Había gastado todos mis ahorros, había renunciado a mi trabajo, había dejado a mi familia esperando que les mandara dinero. No tenía otra opción más que seguir adelante, aunque me muriera en el intento. Cuando finalmente regresó la camioneta, ya era de noche otra vez.
Habíamos pasado más de 24 horas sin comer y apenas habíamos tomado unos sorbos de agua que nos compartió uno de los hombres. Me subí a esa pickup sintiendo que había cruzado no solo una frontera, sino que me había convertido en otra persona. La Lucía que había salido de Puebla ya no existía. Ahora era una indocumentada en Estados Unidos.
Y mi nueva vida comenzaba con miedo, hambre y una incertidumbre que me acompañaría durante los siguientes meses. La camioneta nos dejó en una gasolinera abandonada en las afueras de San Antonio, Texas. Eran las 3 de la madrugada y hacía un frío que me calaba hasta los huesos. Don Aurelio nos dio a cada uno papel con un número de teléfono y nos dijo que llamáramos a nuestros contactos para que vinieran por nosotros.
A partir de aquí ya no soy responsable de ustedes. Que Dios los bendiga. Fueron sus últimas palabras antes de desaparecer en la oscuridad. Llamé a Roberto desde un teléfono público que apenas funcionaba. Le tomó 4 horas llegar desde Houston, donde vivía y durante ese tiempo me quedé sentada en el suelo de concreto frío, abrazando mi mochila y tratando de no llorar.
Otros del grupo fueron recogidos más rápido, hasta que solo quedamos tres personas esperando. Una señora mayor de Guerrero, un muchacho muy joven de Veracruz y yo, los tres temblando de frío y de miedo, sin saber si realmente alguien vendría por nosotros. Cuando finalmente llegó Roberto, casi no lo reconocí.
Había cambiado mucho en esos 5 años. Estaba más delgado. Tenía la piel quemada por el sol y las manos llenas de callos por el trabajo de construcción. Me abrazó fuerte y pude sentir que él también estaba nervioso. “Pria, ya estás aquí. Lo peor ya pasó”, me dijo. Pero yo sabía que en realidad apenas estaba comenzando durante el viaje a Houston, Roberto me explicó cómo funcionaba todo.
Me iba a quedar en su departamento por unas semanas hasta que encontrara trabajo y pudiera rentar mi propio cuarto. Aquí no hay tiempo para descansar, Lucía. Mañana mismo tienes que empezar a buscar trabajo, porque cada día que pases sin trabajar es dinero que pierdes para mandar a tu familia. Me dijo mientras manejaba por carreteras. vacías.
Su departamento era un estudio diminuto que compartía con otros dos hombres también de Puebla. Dormían en turnos porque trabajaban en horarios diferentes. Roberto trabajaba en construcción de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Miguel trabajaba de noche limpiando oficinas y Raúl trabajaba en un restaurante hasta muy tarde.
El único espacio que me podían dar era un colchón en el suelo de la sala y solo podría usarlo de 9 de la noche a 5 de la mañana. Mi primera noche en Estados Unidos la pasé despierta, escuchando los ronquidos de los tres hombres y tratando de procesar dónde estaba. Había cruzado la frontera, había llegado al país de las oportunidades, pero me sentía más perdida que nunca.
No hablaba inglés, no conocía a nadie, no tenía papeles y solo tenía $200 que me habían quedado después de pagar el cruce. Al día siguiente, Roberto me llevó a buscar trabajo. “Vas a empezar limpiando casas”, me dijo. Es lo más fácil para las mujeres sin papeles. No pagan muy bien, pero es dinero seguro. Me presentó con una señora llamada doña Rosa, que organizaba a las muchachas para limpiar casas en los barrios ricos de Houston.
Era una mujer seria de unos 50 años que llevaba 20 años en Estados Unidos y había logrado traer a toda su familia. “¿Tienes experiencia limpiando?”, me preguntó. Le dije que sí, aunque en realidad nunca había trabajado como empleada doméstica. En mi casa siempre había hecho los queaceres, pero limpiar la casa de extraños por dinero era completamente diferente.
Te voy a dar una oportunidad porque eres prima de Roberto, pero si no sirves, te saco inmediatamente. Aquí no hay tiempo para entrenar a nadie”, me advirtió. “Mi primer día de trabajo fue un desastre. Doña Rosa me mandó a limpiar una mansión en River Oaks con otras dos muchachas más experimentadas.
La casa era más grande que toda la cuadra donde yo había vivido en Puebla. Tenía cinco recámaras, cuatro baños, dos salas, una cocina enorme y una alberca. Los dueños eran una pareja mayor que hablaba muy rápido en inglés y yo no entendía ni una palabra de lo que me decían. Las otras muchachas, Sandra y Elena, llevaban años trabajando ahí y se movían por la casa como si fuera suya.
Yo la seguía tratando de aprender, pero todo me parecía complicadísimo. Los productos de limpieza eran diferentes a los que conocía. Las aspiradoras eran más pesadas y había reglas específicas para cada cuarto. No podía tocar ciertos objetos, no podía usar determinados químicos en algunas superficies, no podía hacer ruido después de cierta hora.
A las 2 horas de estar trabajando, rompí un florero que estaba sobre una mesa. Era pequeño, pero se veía caro. El ruido del cristal rompiéndose resonó por toda la casa y la señora vino corriendo a ver qué había pasado. Empezó a gritarme en inglés y yo solo podía decir sorry, sorry mientras recogía los pedazos con las manos temblorosas, Sandra me tradujo que el florero costaba $00 y que me lo iban a descontar de mi sueldo.
Ese día trabajé 12 horas por 6, menos los 300 que me descontaron por el florero. Terminé debiendo 240 en mi primer día de trabajo en Estados Unidos. Cuando llegué al departamento esa noche, estaba tan cansada y tan frustrada que me puse a llorar. Roberto me consoló diciéndome que a todos nos había pasado algo similar al principio, pero eso no me hacía sentir mejor.
Durante las siguientes dos semanas trabajé sin cobrar nada, pagando la deuda del florero. Cada día me levantaba a las 5 de la mañana, tomaba dos camiones para llegar al punto de encuentro donde doña Rosa recogía a todas las muchachas y trabajaba hasta que oscurecía limpiando casas de gente que ni siquiera me veía como persona.
Para ellos yo era solo una sombra que hacía que sus casas estuvieran limpias cuando regresaban del trabajo. El trabajo era agotador físicamente, pero lo que más me dolía era la forma en que me trataban. En algunas casas me hablaban como si fuera tonta porque no entendía inglés. En otras escondían las cosas de valor cuando llegábamos, como si fuéramos ladronas.
Había casas donde no podíamos usar el mismo baño que la familia y casas donde nos daban agua en vasos de plástico desechable mientras ellos tomaban en cristal fino. Una tarde, mientras limpiaba la cocina de una casa enorme, encontré una foto sobre el refrigerador. Era de una familia, papá, mamá y dos niños pequeños, todos sonriendo en lo que parecía unas vacaciones en la playa.
Me quedé viendo esa foto y pensé en mi propia familia en Puebla. Hacía tres semanas que no hablaba con ellos porque no había tenido dinero para comprar tarjetas telefónicas. No sabían cómo estaba, si había llegado bien, si tenía trabajo. Probablemente mamá estaba preocupada y mis hermanos preguntándose cuándo iba a mandarles dinero.
Esa misma noche llamé a casa desde un teléfono público. Mamá contestó después del primer timbre, como si hubiera estado esperando mi llamada todo este tiempo. Mi hija, gracias a Dios que hablas. Hemos estado muy preocupados. ¿Cómo estás? ¿Ya tienes trabajo? Su voz sonaba tan lejana, pero tan familiar, que se me hizo un nudo en la garganta. Le mentí.
Le dije que todo estaba bien, que ya tenía trabajo y que pronto les iba a mandar dinero. No podía decirle la verdad. No podía contarle que había quebrado un florero y que llevaba tres semanas trabajando gratis. Después de un mes, finalmente empecé a ganar dinero. $ por día cuando había trabajo. Pero no siempre había trabajo.
Todos los días algunos días doña Rosa nos mandaba a tres casas, otros días solo a una y algunos días no había trabajo para todas. Los días sin trabajo significaban días sin dinero, los días sin dinero significaban que no podía mandar nada a mi familia. Roberto me ayudó a abrir una cuenta en el banco y a aprender cómo mandar dinero a México.
La primera vez que pude enviar $200 a casa después de se semanas en Estados Unidos, lloré de alivio. Era menos de lo que había prometido, pero era algo. Mamá me llamó esa noche para agradecerme y me contó que había podido comprar sus medicinas y que Carlos había podido comprarse zapatos nuevos para la escuela. Encontrar mi propio lugar para vivir fue otra batalla.
Roberto me había dicho que después de dos meses tenía que buscar mi propio cuarto porque él necesitaba el espacio para otro primo que iba a llegar de México. Con lo poco que ganaba tenía que encontrar algo muy barato. Pero muy barato en Houston significaba lugares peligrosos o en muy malas condiciones. Terminé rentando un cuarto en una casa donde vivían otras ocho personas, todas indocumentadas.
Era una casa vieja en el este de Houston, donde cada cuarto estaba rentado por separado. Compartía baño con otras cuatro mujeres. No podía usar la cocina después de las 9 de la noche y las paredes eran tan delgadas que podía escuchar todas las conversaciones de los demás inquilinos. Pero era lo único que podía pagar con los $400 al mes que ganaba en promedio.
La soledad era lo más difícil de soportar. En Puebla siempre había estado rodeada de gente que me conocía, de estudiantes que me respetaban, de colegas con quienes podía platicar. Aquí pasaba días enteros sin tener una conversación real con nadie. En las casas donde trabajaba, las otras muchachas y yo apenas intercambiábamos palabras porque siempre había prisa por terminar rápido.
En mi cuarto solo estaba yo, mis pensamientos y la nostalgia que me comía por dentro. Los fines de semana eran los peores, sin trabajo, sin dinero para salir a ningún lado, sin conocer la ciudad más allá de las rutas de los camiones que tomaba para ir a trabajar. Me quedaba encerrada en mi cuarto leyendo libros viejos que encontraba en las casas donde limpiaba o viendo televisión en español en el cuarto común de la casa donde vivía.
extrañaba todo de México, la comida, los sonidos, el clima, las conversaciones en español, sin miedo a que alguien me juzgara por mi acento. A los tr meses de estar en Houston, algo cambió. Sandra, una de las muchachas con las que trabajaba, me contó que había una familia que estaba buscando a alguien para cuidar a sus gemelos de 5 años mientras los papás trabajaban.
Pagaban mejor que la limpieza de casas, pero tenía que hablar un poco de inglés porque los niños no hablaban español. “Tú eras maestra en México, ¿verdad?”, me dijo Sandra. “Creo que podrías hacerlo. Los niños son buenos y la señora es muy amable. Se llama Jennifer y su esposo es David. Él es policía y ella trabaja en un hospital.
” Al principio me daba miedo la idea de que el esposo fuera policía, pero Sandra me aseguró que ellos no preguntaban por papeles y que llevaban años empleando a personas sin documentos. La entrevista fue en su casa un domingo por la tarde. Jennifer era una mujer rubia de unos 35 años, muy alta y delgada, que hablaba lentamente cuando se daba cuenta de que yo tenía dificultades con el inglés.
David estaba en casa ese día y al principio me puso muy nerviosa verlo en uniforme, pero resultó ser muy amable y paciente. Los gemelos se llamaban Jake y Josh y desde el primer momento me trataron con curiosidad en lugar de desconfianza. ¿De dónde vienes? Me preguntó Jake con la honestidad brutal que solo tienen los niños de 5 años.
De México le contesté y él solo dijo cool, como si fuera lo más normal del mundo. Josh era más tímido, pero me sonrió cuando le dije que en México había muchos colores y que algún día les iba a enseñar palabras en español. Jennifer me explicó que necesitaban a alguien de lunes a viernes de 7 de la mañana a 6 de la tarde.
Los niños iban a Kindergarten mediodía, así que mi trabajo sería llevarlos y recogerlos, darles de comer, ayudarles con tareas simples y cuidarlos mientras sus papás trabajaban. Me ofrecían $150 por semana, que era mucho más de lo que ganaba limpiando casas. “Sé que tu inglés no es perfecto todavía”, me dijo Jennifer. Pero los niños pueden ayudarte a practicar y nosotros también.
Lo importante es que vemos que tienes experiencia con niños y que eres una persona responsable. Por primera vez desde que había llegado a Estados Unidos, alguien me hablaba con respeto, como si fuera una persona capaz y no solo una empleada. Empecé a trabajar con la familia Morrison la siguiente semana. Los primeros días fueron difíciles porque tenía que entender las rutinas de los niños, aprender a manejar sus personalidades diferentes y comunicarme en inglés todo el tiempo.
Pero por primera vez en meses me sentía útil haciendo algo que sabía hacer. Cuidar niños era algo natural para mí después de haber criado a mis hermanos menores. Jake y Josh se convirtieron en mis maestros de inglés sin darse cuenta. Me corregían cuando pronunciaba mal las palabras. Me enseñaban frases nuevas y se reían conmigo cuando yo mezclaba español e inglés en la misma oración. Miss Lucy.
Así me decían porque no podían pronunciar Lucía. You said, “I need to put the shoes in the feet instead of put the shoes on the feet.” Y se morían de risa, pero no de burla, sino de esa manera inocente en que se ríen los niños. Jennifer y David también me trataban diferente a como me habían tratado en otros trabajos.
Me preguntaban cómo estaba. Se interesaban por mi familia en México y me incluían en conversaciones sobre los niños como si mi opinión importara. Jennifer me enseñaba palabras nuevas en inglés y David me explicaba cosas sobre la cultura estadounidense que yo no entendía. Por primera vez desde que había llegado, no me sentía invisible.
Una tarde, mientras ayudaba a Josh con un rompecabezas, me di cuenta de que hacía días que no pensaba en regresar a México. No es que ya no extrañara a mi familia o mi país, pero por primera vez veía una posibilidad real de construir algo aquí. Tenía un trabajo que me gustaba, estaba aprendiendo inglés más rápido y podía mandar más dinero a casa.
Tal vez pensé esto sí iba a funcionar. Después de 4 meses cuidando a Jake y Josh, mi vida había tomado una rutina que por primera vez se sentía estable. Me levantaba a las 6 de la mañana, tomaba el autobús número 42 que me dejaba a tres cuadras de la casa de los Morrison y llegaba siempre puntual a las 7.
Los niños ya me esperaban con sus mochilas listas y sus sonrisas que se habían convertido en la mejor parte de mi día. Jennifer notó que mi inglés había mejorado mucho y un día me propuso algo que cambiaría todo. Lucy, he estado pensando me dijo mientras preparaba café en su cocina moderna. ¿Te gustaría tomar clases de inglés por las noches? Hay un programa gratuito en la biblioteca comunitaria.
Yo podría cuidar a los niños las noches que tengas clase. Y David está de acuerdo. Creemos que tienes potencial para hacer más cosas aquí. La idea me emocionó, pero también me asustó. significaba salir de mi zona de seguridad, conocer gente nueva, exponerme a situaciones donde mi inglés imperfecto sería más evidente, pero también significaba una oportunidad de crecer, de convertirme en algo más que una niñera sin papeles.
¿De verdad crees que puedo hacerlo?, le pregunté. Lucy, eras maestra en México. Tienes una mente brillante. Solo necesitas las herramientas para usarla aquí. Me contestó con una sonrisa que me dio valor. Las clases de inglés eran los martes y jueves de 7 a 9 de la noche en una biblioteca pequeña en el centro de Houston.
El primer día llegué media hora temprano porque no sabía qué esperar y estaba muy nerviosa. El salón se fue llenando de gente de todas las edades y nacionalidades, señoras mayores de El Salvador, hombres jóvenes de Honduras, familias completas de Vietnam, estudiantes de Somalia. Todos teníamos algo en común. Queríamos aprender inglés para tener mejores oportunidades.
El maestro se llamaba Michael Chen, un hombre asiático americano de unos 40 años. que hablaba español perfectamente porque había vivido en México durante su juventud. “Sé que todos ustedes tienen historias increíbles”, nos dijo el primer día. “Sé que han dejado atrás muchas cosas para estar aquí. Mi trabajo no es solo enseñarles gramática, sino ayudarlos a encontrar su voz en inglés.
Sus palabras me tocaron profundo porque era la primera vez que alguien reconocía que habíamos sacrificado algo importante para estar ahí. En esa clase conocí a personas que se convirtieron en mis primeros amigos reales en Estados Unidos. Estaba Carmen, una enfermera de Guatemala que estaba estudiando para revalidar su título.
Ahmed, un ingeniero de Siria que trabajaba lavando platos mientras aprendía inglés. Y María José, una joven de Honduras que había llegado con sus dos hijos pequeños huyendo de la violencia. Todos teníamos profesiones en nuestros países. Todos habíamos tenido que empezar desde cero. Los jueves, después de las clases, nos íbamos a tomar café a una cafetería que estaba abierta hasta tarde.
Era el único momento de la semana donde podía hablar libremente sobre mi vida anterior, sobre lo que extrañaba de México, sobre mis miedos y esperanzas. Carmen me contó que llevaba 3 años tratando de revalidar su título de enfermería y que ya estaba pensando en rendirse. Ahmed había sido profesor universitario en Damasco y ahora trabajaba 18 horas al día en dos empleos diferentes.
María José lloraba todas las noches porque sus hijos preguntaban cuándo iban a regresar a casa. Pero también compartíamos pequeñas victorias cuando Carmen finalmente consiguió un trabajo como asistente médica, cuando Ahmed logró que lo contrataran como tutor de matemáticas, cuando María José encontró una guardería gratuita para sus hijos.
Estas personas entendían mi vida de una manera que nadie más podía entender. Sabían lo que significaba estar lejos de casa, trabajar en empleos que no reflejaban nuestras capacidades y vivir con el miedo constante de ser deportados. Un jueves de noviembre, después de 6 meses tomando las clases, Michael nos invitó a una cena de acción de gracias que se organizaba en la biblioteca para estudiantes internacionales y inmigrantes.
Es una oportunidad de conocer más gente y practicar inglés en un ambiente relajado”, nos explicó. Al principio no quería ir porque me daba pena mi nivel de inglés, pero Carmen me convenció. Lucy, no podemos quedarnos escondidas para siempre. Tenemos que empezar a ser parte de esta comunidad. La cena fue en el salón principal de la biblioteca, decorado con hojas de otoño y luces cálidas.
Había como 50 personas de diferentes países, edades y situaciones migratorias. Algunos eran estudiantes universitarios, otros profesionistas establecidos que querían ayudar a los recién llegados y otros como nosotros inmigrantes tratando de encontrar nuestro lugar en este país. Fue ahí donde conocí a Thomas. Estaba sirviendo pavo en la línea de comida, un hombre alto de cabello castaño y ojos verdes que sonreía genuinamente a cada persona que pasaba por su mesa.
Cuando llegué a donde él estaba, me preguntó en español, “¿Prefieres la parte blanca o la oscura del pavo?” Me quedé tan sorprendida de escucharlo hablar español que me trabé tratando de responder. “Perdón”, me dijo riéndose. “No quería confundirte. Hablo español porque trabajé 2 años en Costa Rica con el Peace Corps.
Thomas tenía 32 años y trabajaba como trabajador social en una organización que ayudaba a familias inmigrantes. Había estudiado español en la universidad y después había servido en el Peace Corps, ayudando a comunidades rurales en Centroamérica. Me enamoré de la cultura latina, me contó mientras caminábamos con nuestros platos buscando mesa.
La calidez de la gente, la importancia de la familia, la forma en que celebran la vida a pesar de las dificultades. Nos sentamos en una mesa con Carmen, Ahmed y otras personas de la clase. Thomas escuchaba nuestras historias con genuina curiosidad y respeto. No nos hacía las preguntas típicas que hacían otros americanos. ¿Por qué no vinieron legalmente? ¿Cuándo se van a regresar? En lugar de eso, preguntaba cosas como, “¿Qué es lo que más extrañan de su país? ¿Qué ha sido lo más difícil de adaptarse? ¿Qué tradiciones han podido mantener aquí?”
Cuando le conté que había sido maestra en México, sus ojos se iluminaron. Eso es increíble. Los maestros son los héroes silenciosos de cualquier sociedad. “¿Has pensado en enseñar aquí?”, Le expliqué que sin papeles era imposible, que ni siquiera podía validar mi título universitario. “Hay otras formas de enseñar”, me dijo.
“En mi trabajo siempre necesitamos voluntarios que hablen español para ayudar a las familias con tareas escolares de sus hijos. No es lo mismo que ser maestra titular, pero podrías estar haciendo lo que te gusta.” Esa noche Thomas me pidió mi número de teléfono. “Me gustaría invitarte a almorzar algún día. Si te parece bien.
Y también me encantaría que conocieras la organización donde trabajo. Creo que podrías contribuir mucho. No sabía si me estaba pidiendo una cita o si solo quería reclutarme como voluntaria, pero algo en su forma de hablar hacía sentir cómoda y respetada. Durante las siguientes dos semanas, Thomas y yo intercambiamos mensajes de texto en español.
Me contaba sobre su trabajo. Me mandaba fotos de eventos en su organización. Me preguntaba cómo estaban Jake y Josh. Yo le contaba sobre mis días, le mandaba fotos de comida mexicana que cocinaba los fines de semana. Le preguntaba sobre su tiempo en Costa Rica. Era la primera conversación real que tenía con un hombre desde que había llegado a Estados Unidos.
Nuestro primer almuerzo fue en un restaurante mexicano pequeño que él conocía en el lado sur de Houston. El dueño era de Michoacán y la comida sabía auténtica, no como la versión Texmex que servían en la mayoría de lugares. Thomas comió con gusto y me impresionó que supiera usar las tortillas correctamente y que no le tuviera miedo al chile.
“Aprendí a comer picante en Costa Rica”, me dijo riéndose mientras se limpiaba el sudor de la frente después de probar mi salsa verde. “Hablamos durante 3 horas.” me contó sobre su infancia en un pueblo pequeño de Ohio, sobre cómo había decidido estudiar trabajo social después de ver las injusticias que vivían los trabajadores migratorios en las granjas cerca de su casa.
Le conté sobre mi familia, sobre mi decisión de dejar México, sobre lo difícil que había sido adaptarme. No sentí que me estuviera juzgando o que tuviera lástima de mí. Simplemente escuchaba y hacía preguntas inteligentes que me hacían reflexionar sobre mi propia experiencia. ¿Sabes qué es lo que más me impresiona de ti?”, me dijo antes de que nos fuéramos, que a pesar de todo lo que has pasado, sigues siendo optimista, sigues creyendo que las cosas pueden mejorar.
Eso requiere una fortaleza increíble. Nadie me había dicho algo así desde que había dejado México. En mi país me conocían como la maestra responsable, la hija dedicada, la hermana protectora. Aquí había sido solo una empleada doméstica, una niñera, una estudiante de inglés. Thomas me veía como la persona completa que yo había sido antes de emigrar.
Empezamos a vernos regularmente los domingos, que era mi único día libre completo. Él me enseñaba a Houston más allá de las rutas de autobús que yo conocía. Fuimos a museos gratuitos, a festivales de comida, a conciertos en parques públicos. Me llevó a conocer el barrio chino, el distrito de los teatros, los mercados de granjeros.
Por primera vez en más de un año empecé a ver a Houston como un lugar donde podría vivir y no solo como un lugar donde estaba atrapada. Una tarde, mientras caminábamos por el centro de la ciudad, después de visitar un museo de arte, Thomas se detuvo y me tomó de las manos. Lucy, quiero que sepas que esto no es caridad para mí.
No estoy contigo porque siento lástima de tu situación o porque quiero salvar a una inmigrante. Estoy contigo porque me gustas como persona. Me gusta tu inteligencia, tu sentido del humor, tu fortaleza. Me gusta cómo tratas a los niños, cómo hablas de tu familia, cómo ves el mundo. Sus palabras me conmovieron, pero también me asustaron.
¿Cómo podía funcionar una relación entre un ciudadano americano y una mujer indocumentada? ¿Qué futuro podíamos tener juntos? Tomas, le dije, “tú no entiendes lo complicado que es esto. Yo no existo legalmente en este país. No puedo viajar, no puedo trabajar oficialmente, no puedo hacer planes a largo plazo.
¿Cómo puede funcionar algo así? No tengo todas las respuestas”, me contestó, “pero sé que quiero intentarlo. Sé que la vida es corta y que cuando encuentras a alguien especial, no puedes dejar que las circunstancias te impidan tratar. Y sé que hay formas legales de arreglar tu situación si decidimos que queremos un futuro juntos. Esa noche no pude dormir.
Thomas hablaba de matrimonio como una posibilidad real, no como un truco para conseguir papeles. Pero yo había visto tantas historias de mujeres que se habían casado por papeles y habían terminado en relaciones abusivas o habían sido abandonadas después de conseguir la residencia. ¿Cómo podía saber si Thomas era diferente? ¿Cómo podía confiar en que sus sentimientos eran genuinos? Durante las siguientes semanas observé todo lo que hacía Thomas, cómo trataba a las familias inmigrantes en su trabajo, cómo hablaba
de ellas cuando no estaban presentes, cómo reaccionaba cuando otras personas hacían comentarios negativos sobre los inmigrantes. En cada situación mostraba respeto, empatía y dignidad hacia las personas sin papeles. No era una actuación para impresionarme, era genuinamente quien él era. Una noche, después de una cena en su departamento donde había cocinado comida mexicana, siguiendo una receta que le había enseñado, me dio un regalo.
Era un libro de poemas de Octavio Paz en español. Sé cuánto extrañas leer en tu idioma, me dijo. Y quiero que sepas que no espero que cambies quién eres para estar conmigo. Tu cultura, tu idioma, tus tradiciones son parte de lo que te hace especial. Esa noche, por primera vez que había llegado a Estados Unidos, me permití imaginar un futuro diferente, un futuro donde no tendría que esconderme, donde podría usar mi educación y experiencia, donde podría traer a mi familia de visita, donde podría ser completamente yo misma sin miedo. Thomas
no me estaba prometiendo una vida perfecta, pero me estaba ofreciendo la posibilidad de una vida completa. Seis meses después de conocernos, Thomas me llevó a conocer a sus padres en Ohio. Era la primera vez que salía del estado de Texas desde que había llegado a Estados Unidos y estaba aterrorizada de que algo fuera a pasar en el aeropuerto o durante el viaje.
Pero Thomas había investigado todo. Sabía que podía viajar dentro del país con mi identificación mexicana y que no había controles migratorios en vuelos domésticos. Sus padres, Robert y Susan, me recibieron con una calidez que no esperaba. Su mamá había aprendido algunas frases en español para hacerme sentir bienvenida y su papá me preguntó sobre la enseñanza en México porque había sido director de escuela antes de jubilarse.
Durante la cena, Thomas les contó sobre mi trabajo con Jake y Josh, sobre mis clases de inglés, sobre mi familia en Puebla. Hablaba de mí con tanto orgullo que me hizo llorar. Lucy”, me dijo Susan antes de que nos fuéramos, “quiero que sepas que nosotros criamos a Thomas para que juzgue a las personas por su carácter, no por su origen o su situación legal.
Si él te ama, es porque ve algo especial en ti y nosotros también lo vemos. Por primera vez en dos años me sentí aceptada completamente por quiénes era y de dónde venía. El vuelo de regreso a Houston fue diferente al de ida. Ya no era solo una mujer indocumentada visitando Ohio. Era la novia de Thomas que había sido bien recibida por su familia.
Era alguien con posibilidades, alguien con un futuro potencial. Cuando Thomas me tomó de la mano durante el despegue, supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. La propuesta de matrimonio llegó de la forma más natural y menos romántica que podrían imaginar. Estábamos en la cocina de Thomas un domingo por la mañana, yo haciendo huevos rancheros y él preparando café.
Cuando Jake y Josh llegaron corriendo desde la sala donde habían estado viendo caricaturas, Jennifer los había dejado conmigo temprano porque tenía que cubrir un turno extra en el hospital y Thomas se había ofrecido a ayudarme cuidarlos. Miss Lucy, ¿cuándo te vas a casar con Thomas? Preguntó Jake con esa franqueza brutal que solo tienen los niños de 6 años. Josh asintió vigorosamente.
“Sí, deberían casarse. Así podría ser nuestra tía de verdad. Thomas y yo nos quedamos viendo, él con la cafetera en las manos y yo con la espátula suspendida sobre los huevos. Era febrero de 2023, llevábamos 8 meses saliendo y ninguno de los dos había hablado directamente sobre matrimonio, aunque ambos sabíamos que era la única forma de que yo pudiera arreglar mi situación legal.
¿Sabes qué?”, dijo Thomas dejando la cafetera sobre la mesa y volteándose hacia mí. Tienen razón, Lucy. ¿Te quieres casar conmigo? No se arrodilló. No había anillo, no había música romántica, solo estábamos ahí en pijama con dos niños como testigos hablando sobre el futuro más importante de mi vida, como si estuviéramos decidiendo qué íbamos a desayunar.
Thomas, le dije apagando la estufa porque los huevos ya se estaban quemando. ¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? No por mis papeles, no porque sientes que tienes que rescatarme, sino porque realmente quieres estar casado conmigo. Él se acercó y me tomó de las manos. Lucy, llevas 8 meses preguntándome eso de diferentes maneras.
La respuesta siempre ha sido la misma. Te amo. Quiero despertar todos los días a tu lado. Quiero conocer a tu familia. Quiero que conozcas más de la mía. Quiero que seamos un equipo para todo lo que venga. Jake y Josh empezaron a gritar de emoción y a brincar por la cocina. Van a ser novios para siempre. Van a ser novios para siempre, cantaban mientras corrían en círculos alrededor de nosotros.
Thomas y yo no pudimos hacer otra cosa más que reírnos y abrazarnos mientras dos niños celebraban nuestro compromiso no oficial en una cocina que olía a huevos quemados. Esa misma tarde llamé a mi familia en Puebla para contarles. Mamá lloró de felicidad. Carlos me hizo 1000 preguntas sobre Thomas y si era buena persona. Y María, que ya tenía 17 años, me preguntó cuándo iba a poder conocerlo.
“Pruo, mi amor, les prometí, muy pronto van a poder venir de visita o yo voy a poder ir a verlos.” Era la primera vez en dos años que podía hacer esa promesa sin mentir. El proceso legal resultó ser mucho más complicado y emocional. de lo que habíamos imaginado. Thomas contrató a una abogada especializada en inmigración, una mujer mexicana americana llamada Patricia Hernández, que había pasado por el mismo proceso con su esposo años atrás.
Lo primero que necesito que entiendan, nos dijo en su oficina, es que este va a ser un proceso largo y estresante. Van a tener que demostrar que su matrimonio es genuino, no solo un arreglo para conseguir papeles. Patricia nos explicó todo el proceso paso a paso. Primero necesitábamos casarnos legalmente. Después tendríamos que solicitar el perdón por mi entrada ilegal al país, luego aplicar para la residencia y finalmente esperar meses para las entrevistas y las decisiones.
Lucy va a tener que salir del país para la entrevista consular en Ciudad Juárez, nos advirtió. Eso significa que una vez que salga no va a poder regresar hasta que le aprueben la visa. Podrían ser semanas o meses separados. Esa información me aterrorizó. Después de 2 años construyendo una vida en Houston, después de encontrar estabilidad y amor, tendría que arriesgarlo todo otra vez.
¿Y si me niegan la visa? Le pregunté a Patricia. ¿Qué pasa si deciden que mi matrimonio no es real o que tengo algún antecedente que no conozco? Ella me explicó que las posibilidades de aprobación eran altas en casos como el mío, pero que nunca había garantías absolutas en temas de inmigración. Decidimos casarnos por lo civil en abril en una ceremonia pequeña en el juzgado del condado Harris.
Solo estuvieron presentes los papás de Thomas, que volaron desde Ohio, Carmen y Ahmed de mi clase de inglés. Y sorprendentemente Jennifer, David, Jake y Josh. Jennifer se había ofrecido a ser mi madrina de bodas cuando se enteró de que no tendría familia presente. “Lucy, tú has sido como familia para nosotros durante casi un año”, me dijo.
No vas a casarte sin alguien que te quiere de tu lado. La mañana de la boda me desperté con una mezcla de emociones que no sabía cómo procesar. Estaba feliz de casarme con Thomas, pero también triste de que mi familia no estuviera ahí. Estaba emocionada por el futuro, pero también aterrorizada por todo lo que podía salir mal.
Jennifer llegó temprano a mi cuarto para ayudarme a alistarme. Me había prestado un vestido blanco sencillo pero elegante y me ayudó a maquillarme y peinarme. “¿Cómo te sientes?”, me preguntó mientras me ponía un collar de perlas que había sido de su abuela. Confundida, le contesté honestamente. Feliz, pero asustada, emocionada, pero nostálgica. No sé si esto es normal.
Jennifer me abrazó. Lucy, el día que me casé con David también me sentí así. Es normal tener miedo cuando estás dando un paso tan grande. Lo importante es que sabes en tu corazón que Thomas es la persona correcta para ti. La ceremonia duró 15 minutos. El juez nos hizo las preguntas de rigor. Intercambiamos anillos sencillos que habíamos comprado el día anterior y nos declaró marido y mujer.
Cuando Thomas me besó después de decir acepto. Pude escuchar a Jake y Josh aplaudir y gritar desde las bancas del juzgado. No fue la boda de cuento de hadas que había soñado cuando era niña, pero fue perfecta para nosotros. Los siguientes meses fueron un torbellino de papeles, entrevistas y preparativos. Patricia nos ayudó a recopilar evidencia de que nuestro matrimonio era genuino.
Fotos juntos, recibos de gastos compartidos, testimonios de amigos y familiares, registros médicos donde aparecíamos como pareja. Entre más evidencia tengamos, mejor”, nos decía. “Los oficiales de inmigración han visto todo tipo de matrimonios falsos, así que necesitan estar convencidos de que ustedes son reales.
La parte más difícil fue explicarle a mi familia que tendría que irme de Estados Unidos temporalmente para hacer la entrevista en el consulado americano en Ciudad Juárez.” Mamá se puso muy nerviosa. “Mi hija, ¿y si algo sale mal? ¿Y si no te dejan regresar? Carlos, que ya tenía 20 años y trabajaba en una fábrica en Puebla, se ofreció a acompañarme a Juárez.
Hermana, no vas a estar sola. Yo voy contigo y me quedo hasta que sepamos el resultado. En agosto, 5co meses después de nuestra boda, llegó la fecha de mi cita consular. Thomas me acompañó hasta el aeropuerto en Houston y yo volé a Ciudad de México, donde Carlos me estaba esperando. Después tomamos un autobús hasta Juárez, donde nos quedamos en un hotel cerca del consulado.
Era la primera vez que veía a Carlos en dos años y medio y no podía creer lo mucho que había crecido y madurado. Ya no era el adolescente que había dejado, era un hombre joven responsable que había ayudado a mantener la familia mientras yo estaba en Estados Unidos. Lucía me dijo la noche antes de la entrevista mientras cenábamos tacos en un puesto cerca del hotel, quiero que sepas lo orgulloso que estoy de ti.
Sé lo difícil que ha sido todo esto. Sé cuánto has sacrificado por nosotros. Sin importar lo que pase mañana. Ya ganaste. Ya demostraste que eres más fuerte de lo que cualquiera de nosotros imaginaba. La entrevista fue a las 8 de la mañana. Llegué al consulado dos horas antes con una carpeta llena de documentos y el estómago hecho un nudo de nervios.
El oficial consular era un hombre serio de unos 50 años que revisó todos mis papeles meticulosamente antes de empezar a hacerme preguntas. ¿Cómo conoció a su esposo? ¿Cuánto tiempo salieron antes de casarse? ¿Por qué decidieron casarse? ¿Qué planes tienen para el futuro? Contesté todas sus preguntas con honestidad, contándoles sobre las clases de inglés.
sobre la cena de acción de gracias, sobre cómo Thomas había conocido a mi familia por videollamada, sobre nuestros planes de comprar una casa y tal vez tener hijos algún día. Le mostré fotos de nuestra boda, cartas que Thomas me había escrito, evidencia de nuestras cuentas bancarias compartidas. Después de una hora de preguntas, el oficial me dijo que regresara al día siguiente para recoger mi pasaporte.
No puedo darle el resultado ahora, pero mañana sabrá si su visa fue aprobada o negada. Esa noche fue la más larga de mi vida. Carlos y yo no pudimos dormir, solo nos quedamos despiertos hablando sobre todos los escenarios posibles. Al día siguiente, cuando regresé al consulado, la recepcionista me entregó mi pasaporte con una sonrisa.
Felicidades, señora. Su visa fue aprobada. Dentro del pasaporte estaba la visa de residente condicional que me permitía regresar a Estados Unidos como esposa de ciudadano americano. Salí del consulado llorando de felicidad y llamé inmediatamente a Thomas. “Amor, me aprobaron. ¿Puedo regresar a casa?” El vuelo de regreso a Houston fue completamente diferente al vuelo que había tomado para ir a la entrevista.
Ya no era una mujer indocumentada, arriesgándolo todo por una oportunidad incierta. Era una residente legal regresando a casa con su esposo. En el aeropuerto de Houston, Thomas me estaba esperando con Flores y con Jake y Josh, que habían hecho un letrero que decía: “Bienvenida a casa, tía Lucy.” Los siguientes meses fueron de adaptación a mi nueva realidad.
Por primera vez en 3 años tenía un número de seguro social. podía trabajar legalmente, abrir cuentas bancarias a mi nombre, hacer planes a largo plazo sin miedo. Jennifer y David me ayudaron a encontrar un trabajo como asistente de maestra en una escuela primaria bilingüe. No era exactamente lo mismo que había hecho en México, pero era un paso hacia regresar a la educación.
En diciembre, casi un año después de nuestra boda civil, organizamos una segunda ceremonia en Houston para celebrar con mi familia. Mamá, Carlos y María pudieron viajar a Estados Unidos con visas de turista para conocer a Thomas y ver dónde vivía. Fue la primera vez en 3 años que estuvimos todos juntos y también fue la primera vez que mi familia conocía la vida que había construido aquí.
Mamá no podía creer lo bien que hablaba inglés ahora, lo cómoda que me veía en mi nueva ciudad, lo feliz que se veía Thomas cuando me miraba. “Mi hija”, me dijo mientras preparábamos tamales juntas en mi nueva cocina. Al principio pensé que habías cometido un error muy grande al irte, pero ahora veo que Dios tenía un plan para ti.
Encontraste no solo una mejor vida, sino también el amor. La ceremonia fue en el mismo lugar donde había tomado clases de inglés, la biblioteca comunitaria que había sido el principio de todo. Michael Chen, mi primer maestro de inglés, ofició la ceremonia porque se había ordenado como ministro online, especialmente para nosotros.
Carmen, Ahed y María José estuvieron ahí junto con las familias de Jake y Josh, los papás de Thomas y algunos compañeros de su trabajo que se habían convertido en nuestros amigos. Durante los votos que escribí yo misma en español e inglés, le prometí a Thomas que nunca olvidaría de dónde venía, pero que estaba lista para construir nuestro futuro juntos.
Thomas, tú me viste cuando yo era invisible. Me escuchaste cuando nadie más entendía mi historia. Me amaste. No a pesar de mis circunstancias, sino incluyendo todas las partes de quien soy. Prometo ser tu compañera en todo lo que venga y prometo nunca dejar de crecer y aprender a tu lado. Hoy, dos años después de cruzar esa frontera en una noche fría de enero, estoy escribiendo esta historia desde la sala de nuestra casa en Houston.
Thomas está en la cocina preparando café, como hace todas las mañanas y yo estoy esperando los resultados de mis exámenes para revalidar mi título de maestra y poder enseñar oficialmente en Texas. La semana que viene, mamá viene de visita otra vez y Carlos está considerando aplicar para una visa de trabajo para venir a vivir cerca de nosotros.
Mi historia no terminó con y vivieron felices para siempre, como en los cuentos de hadas, porque la vida real es más complicada que eso. Algunos días todavía extraño México tanto que me duele el pecho. Algunos días mi inglés no es perfecto y me siento frustrada. Algunos días me preocupo por otros miembros de mi familia que siguen luchando económicamente.
Algunos días pienso en todas las personas que conocí durante mi camino y que siguen sin papeles, sin voz, sin las oportunidades que yo tuve, pero también sé que soy increíblemente afortunada. Encontré el amor en el lugar menos esperado. Encontré una segunda oportunidad de usar mi educación y mis habilidades. Encontré una forma de ayudar a mi familia sin sacrificar mi propia felicidad.
Encontré un hogar en un país que al principio me parecía imposible de entender. A las mujeres que están considerando hacer el mismo viaje que yo hice, les diría que no hay garantías, que va a ser más difícil de lo que pueden imaginar, que van a extrañar su país, su comida, su idioma, su gente de maneras que no esperan, que van a trabajar más duro de lo que han trabajado en su vida y que van a sentirse invisibles muchas veces.
Pero también les diría que es posible que con trabajo, suerte y las personas correctas a su lado pueden construir una vida nueva sin perder completamente la anterior. Mi nombre es Lucía Paredes de Morrison. Tengo 32 años, vine de Puebla de Zaragoza, México y ahora vivo en Houston, Texas. Soy esposa, futura maestra, residente permanente de Estados Unidos y sobreviviente de un camino que me cambió para siempre.
Esta es mi historia y apenas está comenzando.