Posted in

Nunca pensé que en 2 años terminaría casada en EE.UU

Nunca imaginé que al cruzar esa frontera en una noche fría de enero hace 2 años, no solo estaría cambiando de país, sino que encontraría el amor de mi vida en el lugar menos esperado. Mi nombre es Lucía Paredes, tengo 30 años y vengo de Puebla de Zaragoza, donde trabajaba como maestra de primaria, ganando apenas 3500 pesos al mes.

Hoy estoy casada con un ciudadano estadounidense, pero el camino hasta aquí ha sido el más difícil de mi vida. Esta es mi historia real, sin adornos ni mentiras, porque creo que muchas personas necesitan saber la verdad sobre lo que significa dejar todo atrás. Todo comenzó cuando mi mamá se enfermó de diabetes y necesitaba medicamentos que costaban más de lo que yo ganaba en dos meses.

Mi papá había muerto 3 años antes en un accidente de trabajo y yo era la única que podía mantener la casa donde vivíamos con mis dos hermanos menores, Carlos de 17 años y María de 14. En Puebla, ser maestra significaba trabajar 12 horas diarias entre las clases matutinas, las vespertinas y las tareas administrativas que nos obligaban a hacer sin pago extra.

Llegaba a casa tan cansada que apenas tenía fuerzas para revisar que mis hermanos hubieran cenado. La decisión de irme no fue romántica ni valiente como la pintan en las películas. Fue desesperación pura. Una noche, después de ver a mi mamá llorar porque no podía comprar sus medicinas, me senté en la cocina de nuestra pequeña casa y hice cuentas en un cuaderno viejo.

Por más que sumara y restara, nunca me alcanzaba. El sueldo de maestra cubría la renta, la comida básica y los gastos de la escuela de mis hermanos, pero no había ni un peso extra para emergencias médicas. Esa noche decidí que tenía que buscar otra alternativa. Mi primo Roberto había cruzado a Estados Unidos 5 años antes y trabajaba en construcción en Texas.

de vez en cuando mandaba dinero a su familia y siempre decía que allá se podía ganar en una semana lo que aquí en un mes. Yo nunca le había prestado mucha atención a esas historias porque estaba concentrada en mi trabajo y en cuidar a mi familia, pero esa noche le marqué por teléfono. Eran casi las 2 de la mañana y no sabía si me iba a contestar.

Prima, ¿qué pasó? ¿Está todo bien? me preguntó con voz preocupada cuando escuchó mi llanto. Le conté sobre mamá, sobre los medicamentos, sobre cómo me sentía ahogada sin poder ayudarla. Roberto me escuchó sin interrumpir y después me dijo algo que me heló la sangre. Si de verdad quieres ayudar a tu mamá, tienes que venir acá.

Pero no te voy a mentir, Lucía, es lo más difícil que vas a hacer en tu vida. Durante las siguientes dos semanas no pude dormir bien. Le daba vueltas y vueltas a la idea de dejar México, dejar a mi familia, de dejar todo lo que conocía. Pero cada vez que veía a mamá tomarse solo media pastilla para que le duraran más días, cada vez que veía a Carlos usar los mismos zapatos rotos porque no había dinero para unos nuevos.

Cada vez que María me preguntaba por qué ya no comíamos carne como antes, sabía que no tenía otra opción. Roberto me explicó que necesitaría $,000 para pagar el cruce. Era una cifra que nunca en mi vida había tenido junta. Tuve que vender mi coche, un Tsuru 98 que había comprado de segunda mano, pedirle prestado dinero a mi tía esperanza hipotecando su casa, y empeñar las pocas joyas que tenía de mi abuela.

Cada peso que conseguía se sentía como arrancarme un pedazo del corazón porque sabía que estaba apostando todo al destino. El día que renuncié a la escuela, la directora me miró como si hubiera perdido la razón. Lucía, eres una de las mejores maestras que hemos tenido. No hagas una locura por dinero. Algo va a salir, me dijo mientras firmaba mi renuncia.

Pero yo sabía que no iba a salir nada. Había esperado durante 3 años a que mejorara nuestra situación económica y cada vez estaba peor. A veces las decisiones más difíciles son las más necesarias. La noche antes de partir no les dije nada a mis hermanos. Solo le dije a mamá que tenía que hacer un viaje de trabajo y que regresaría pronto.

Era mentira, pero no podía soportar verlos llorar. Empaqué una mochila pequeña con dos cambios de ropa, una foto de todos nosotros tomada en la última Navidad que pasamos completos con papá y el rosario de mi abuela. Eso era todo lo que podía llevar de mi vida anterior. Roberto me había explicado que el viaje hasta la frontera tomaría dos días en autobús y que después tendría que quedarme en Tijuana por lo menos una semana esperando al coyote que me ayudaría a cruzar.

me dio el teléfono de una señora llamada doña Carmen, que rentaba cuartos a personas en mi situación. “Es de confianza”, me dijo. “Pero no hables con nadie más. En la frontera hay mucha gente mala que se aprovecha de los que vamos cruzando. El viaje en autobús fue una tortura, no solo por las 26 horas sentada en un asiento incómodo, sino por todo lo que estaba dejando atrás.

Cada kilómetro que se alejaba de Puebla se sentía como una traición a mi familia, a mi trabajo, a todo lo que había construido en mis 30 años de vida. Veía pasar los pueblos por la ventana y me preguntaba si estaba cometiendo el error más grande de mi vida. En Tijuana me quedé en un cuarto diminuto que compartía con otras tres mujeres que también esperaban cruzar.

Una era de Michoacán y tenía dos hijos pequeños que había dejado con su mamá. Otra venía de Guatemala huyendo de la violencia y la tercera era de Oaxaca, y buscaba reunirse con su esposo, que llevaba cinco años sin papeles en Los Ángeles. Todas teníamos historias diferentes, pero el mismo miedo en los ojos.

Durante esos días de espera, doña Carmen nos explicaba lo que nos esperaba del otro lado. “No crean que llegar a Estados Unidos es llegar al paraíso”, nos decía mientras nos servía café en tazas despostilladas. Van a trabajar más duro de lo que han trabajado en su vida. Van a extrañar su comida, su gente, su idioma.

Van a ser invisibles para la mayoría de la gente y siempre van a tener miedo de que las deporten. Pero si son fuertes y tienen suerte, van a poder ayudar a sus familias. El coyote se llamaba don Aurelio y tenía cara de haber visto demasiadas cosas en su vida. nos cobró $4,000 por persona y nos explicó que el cruce sería de noche, caminando por el desierto durante 8 horas hasta llegar a un punto donde nos recogería una camioneta.

Si alguien se cansa y no puede seguir, la dejamos. Si alguien hace ruido y nos descubren, todos nos van a deportar. Si alguien se arrepiente, que se regrese ahora, porque después ya no hay vuelta atrás. Nos dijo, mirando a cada una a los ojos. Esa noche, 23 personas comenzamos la caminata. Éramos 18 hombres y cinco mujeres, la mayoría jóvenes, pero también algunos señores mayores que venían a reunirse con sus familias.

Read More