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Miroslava Stern: Eligió Dejar Todo por un Hombre… que Jamás la Mereció

El miércoles 9 de marzo de 1955, en una casa de la colonia Ansures de Ciudad de México, una mujer se da a un largo baño en agua de rosas. Nadie la ve. La casa está vacía. Ella misma la vació el día anterior. Le dijo a su ama de llaves que se fuera, que no volviera hasta las 6 de la tarde del día siguiente, que no viniera antes porque no iba a estar.

Después del baño se pone una negligé blanca. Encima una bata color fresa. Se sienta frente al espejo y se peina despacio. Se maquilla con el mismo cuidado con el que se maquilla para los rodajes. Se mira. Está perfecta. Escribe tres cartas. Las escribe en checo. El idioma de su infancia. El único idioma en el que puede decir ciertas cosas sin que suenen a las palabras de otra persona.

Cuando termina las cartas, las dobla, las coloca sobre la cama, después abre los frascos que tiene en la mesilla de noche, se acuesta, la encuentran 30 horas después. Su ama de llaves entra por la terraza que da a la alcoba cuando nadie responde a la puerta. Lo que encuentra es esto. La cama perfectamente tendida, ella perfectamente arreglada, la negligé blanca, la bata color fresa, el maquillaje intacto.

En la mano derecha una fotografía, en la mano izquierda, las tres cartas. Miroslava Stern tiene 29 años. En ese momento es una de las actrices más reconocidas del cine de oro mexicano. Ha filmado 30 películas en 9 años. Acaba de terminar de rodar con Luis Buñuel. Tiene contratos firmados. Tiene planes de Hollywood.

La prensa la llama la mujer más bella de la pantalla. Y sin embargo, la prensa del día siguiente dirá que eligió irse por amor, que un torero se casó con otra y ella no pudo soportarlo. Durante décadas, esa será la historia que el mundo recuerde, pero esa historia borra algo. Borra los 15 años que tenía cuando llegó a México huyendo de los nazis. Borra el campo de concentración.

Borra el novio muerto en la guerra. Borra el matrimonio de fachada. Borra la madre que murió de cáncer. Borra la psicosis diagnosticada que nadie dijo en voz alta porque las estrellas de cine no podían ser enfermas. Borra las crisis que el padre sofocó en silencio y borra algo más.

Algo que no se supo hasta décadas después. Borra la pregunta de quién estaba realmente en esa fotografía. Esta es la historia desde el principio. La manzana siempre tuvo un precio. Praga, 26 de febrero de 1926. Nace una niña. Sus padres biológicos mueren cuando ella es todavía un bebé. No los conoce. No tiene ninguna memoria de ellos. No tiene fotografías.

No tiene nombre para llamarlos cuando piensa en ellos. Porque para poder llamar a alguien hay que haberlo tenido. La adopta el Dr. Óscar Leo Stern, médico, psicoanalista, judío, checo, un hombre que tiene un consultorio, una esposa que se llama Miroslava como la niña y un lugar en el mundo que en los años 20 todavía parece sólido.

La niña crece con dos apellidos adoptivos y una verdad que los niños de esa edad no deberían tener que cargar, que hubo alguien antes y ese alguien no pudo quedarse. Los biógrafos que la conocieron años después dicen que Miroslava creció con esa duda instalada en algún lugar donde no se toca fácilmente. Sentía que nunca había sido una hija querida de verdad, no como una acusación a los Stern, que la quisieron genuinamente, sino en ese espacio más profundo donde uno construye la imagen de sí mismo y decide qué es.

Ella decidió muy temprano que era alguien que podía ser un estorbo, que había que ganarse el derecho a ocupar espacio. Lo escribirá con esas palabras exactas 30 años después en la última carta que deja antes de irse. Pero eso no ocurre todavía. Todavía es una niña en Praga. y Praga en los años 30 es una ciudad que empieza a resquebrajarse.

El nazismo llega primero como rumor, después como ley. Las leyes de Nuremberberg de 1935 definen quién es judío por linaje y lo excluyen de todo. Ciudadanía, trabajo, escuelas, matrimonio. una exclusión construida con la precisión burocrática de quien sabe que si le ponen formularios al odio se vuelve más difícil de resistir.

Cuando Alemania ocupa Boeñia y Moravia en marzo de 1939, esas leyes cruzan la frontera. familia Stern, que vivía bien, que tenía un consultorio y una casa y una vida ordenada de clase media profesional, pasa en pocos años de tener un lugar en el mundo a ser una categoría peligrosa, a saber que el apellido en el documento puede ser lo que los salva o lo que los mata.

Miroslava tiene 13 años cuando el Rage ocupa Bohemia y Moravia. tiene 14 cuando empieza a entender lo que eso significa realmente para ella, para su familia, para todos los que tienen el mismo apellido en el mismo tipo de documento y tiene entre 14 y 15 años cuando la familia es internada en un campo de concentración. Tres semanas. No tenemos la fecha exacta, no tenemos el nombre del campo.

Lo que tenemos es el dato que las crónicas de su vida repiten consistentemente. Tres semanas internada antes de ser liberada. Hay que decir algo sobre esas tres semanas sin romantizarlas ni minimizarlas. Tres semanas en un campo nazi no es el horror máximo que el nazismo produjo. Muchos sobrevivieron periodos mucho más largos bajo condiciones mucho más extremas.

Pero tampoco es un episodio menor para un adolescente de 14 años. Significa aprender que el mundo puede borrarte, que tener un padre médico respetado, que hablar bien el idioma, que pagar impuestos y vivir ordenadamente y no hacerle daño a nadie. No alcanza para protegerte. que hay sistemas que te deciden culpable de antemano antes de que hagas cualquier cosa, antes de que tengas oportunidad de demostrar nada.

Eso entra al cuerpo de una manera que no tiene cura completa. Se instala en algún lugar donde la razón no llega bien. La liberación llega por las conexiones del Padre, por dinero que todavía queda, por la posibilidad de sobornar a quien haya que sobornar para salir. Y después empieza la huida, norte primero, Escandinavia, Finlandia, Suecia.

No son destinos, son escalas mientras se consiguen documentos, visas, algo que convenza a algún país de recibirlos. México dice que sí, o más exactamente, México no dice que no, que es la forma más común en que los refugiados judíos europeos entraron a ese país en esa época. La política migratoria mexicana de los años 40 no es generosa con los judíos.

Los investigadores calculan que apenas unos pocos miles pudieron entrar al país en todo el periodo de la guerra. Frente a decenas de miles que solicitaban refugio, los que entraron lo hicieron sorteando papeles, cupos, funcionarios que a veces aceptaban sobornos y a veces simplemente rechazaban sin explicación. La familia Stern entra en Barco en 1941.

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