Se puede repetir, el primer disco había funcionado casi por accidente por la combinación de un momento, una voz, un compositor y una discográfica que no esperaba nada y que de repente se encontró con medio millón de copias vendidas. Pero el segundo disco no podía funcionar por accidente. El segundo disco tenía que demostrar que lo que había pasado con el primero no era una casualidad, que Rocío Durcal y Juan Gabriel no eran un experimento afortunado, sino una colaboración real con raíces, con futuro, con algo dentro que podía seguir dando durante años. Y esa presión
la sentían los dos. Juan Gabriel, que llevaba años componiendo con una intensidad que la mayoría de los artistas no tienen, sabía que el segundo disco era el que determinaba si había carrera o si había un golpe de suerte. Y Rocío, que había apostado mucho al dejar el cine y cruzar el Atlántico buscando algo que no sabía exactamente qué era, sabía que el segundo disco era la confirmación o el final de esa apuesta.
No había término medio, o el segundo disco funcionaba y la colaboración tenía futuro o no funcionaba y Rocío volvía a España a buscar otro camino. Y en ese contexto, con esa presión invisible de lo que estaba en juego, Juan Gabriel y Rocío volvieron al estudio y Juan Gabriel eligió las canciones.

No era una elección casual. Juan Gabriel tenía más de 1000 canciones guardadas en ese momento. Canciones que había escrito durante años. que había guardado esperando el momento correcto, que esperaban la voz correcta y el momento correcto para salir al mundo. Y para el segundo disco con Rocío eligió con cuidado.
Eligió canciones que mostraran algo diferente a lo que había mostrado el primero. El primer disco había demostrado que Rocío podía cantar el dolor de las rancheras con toda la verdad que exige el género. El segundo disco tenía que demostrar otra cosa, que Rocío podía cantar todo, no solo el dolor, también la alegría.
No solo las rancheras lentas y melancólicas que hacían llorar, también las que hacían bailar, las que hacían sonreír, las que llenaban los patios de fiestas y los salones de bodas y los bares donde la gente va a pasarlo bien. Y para abrir ese segundo disco, para dar la primera impresión, para decirle al mundo desde el primer segundo qué tipo de disco era este, eligió una canción que era todo lo contrario a lo que el mundo esperaba de Rocío Durcal.
No una canción de desamor, no una ranchera melancólica, una canción de alegría pura del principio, del momento en que alguien te gusta mucho y todo lo que viene después todavía está por pasar. ese momento específico, el de la esperanza, el de no haber perdido todavía, el de creer que tarde o temprano lo que quieres va a llegar.
Tarde o temprano serás mío, yo seré tuyo algún día y lo tengo que lograr. ¿Recuerdas ese momento? Ese en que alguien te gusta mucho y el mundo entero parece estar de tu lado. En que todavía no sabes lo que va a pasar, pero sabes que quieres que pase, en que la esperanza es más grande que cualquier otra cosa. Eso es lo que Juan Gabriel capturó en esa canción.
Y Rocío lo cantó con esa energía específica que tiene cuando algo le llega de verdad. No la intensidad de las canciones de dolor, algo diferente, más ligero, más libre, más lleno de esa alegría que tiene el principio de las cosas antes de que el tiempo les añada peso. Y el resultado fue algo que ni Juan Gabriel ni Rocío esperaban del todo.
Fue un éxito inmediato de esos que ocurren desde el primer día, que cuando suena en la radio por primera vez, la gente ya quiere volver a escucharla, que no necesita tiempo para crecer porque llega de golpe. México la adoptó de inmediato, España la adoptó de inmediato, el resto de América Latina de inmediato.
Era la canción más alegre de toda la colaboración entre Rocío y Juan Gabriel. Y el mundo la necesitaba tanto como necesitaba amor eterno. Porque la música no es solo el dolor, es también la alegría, es también el principio. Es también ese momento en que alguien te gusta mucho y todo lo que sientes es posibilidad.
El segundo disco con Juan Gabriel funcionó. varios discos de oro y de platino y el deseo de ambos artistas de seguir trabajando juntos confirmado por las ventas y por algo más importante que las ventas, por la certeza de que lo que había entre ellos era real y tenía mucho más que dar. Y hay algo en esta historia que todavía no he contado, algo que demuestra que una canción ha llegado de verdad a un sitio cuando personas completamente diferentes a su artista original deciden hacer la suya.
Al año siguiente de que Rocío grabara esa canción, en 1979, un grupo la versionó. No un grupo de rancheras, no un artista del mismo mundo que Rocío y Juan Gabriel, un grupo infantil. Parchís, el grupo de niños más famoso de España en los años 70 y 80, el que llenaba los colegios y los salones de cumpleaños, el que hacía que los niños de toda España saltar y cantaran y se lo pasaran bien.
Parchí versionó Me gustas mucho y los niños de España empezaron a cantarla. Los mismos niños cuyos padres la cantaban con la voz de Rocío. Dos generaciones, dos versiones, la misma canción. Eso no le pasa a cualquier canción. le pasa a las que tienen algo dentro que va más allá del género y de la edad y de quién la canta, algo que conecta con todo el mundo.
La alegría de que alguien te guste mucho. Antes de continuar, si estas historias te están gustando, en el canal hay muchas más. Rafael, Julio Iglesias, Nino Bravo, Camilo VI. Historias que el mundo no contó. Las tienes ahí cuando las necesites. Y esta historia todavía no ha dicho lo más importante.
El éxito de Me gustas mucho en 1978 hizo algo que iba más allá de consolidar la carrera de Rocío en México. Demostró algo. Demostró que Rocío Durcal no era solo la intérprete de las canciones tristes de Juan Gabriel. No era solo la voz del dolor, era mucho más que eso. Era una artista completa que podía cantar el dolor con la intensidad de amor eterno y la alegría con la energía de me gustas.
mucho y los dos tenían la misma verdad, que no había un tipo de canción que le quedara mejor que otro, que todo lo que cantaba lo habitaba completamente. Y eso, esa versatilidad, esa capacidad de ser completamente ella misma en registros completamente diferentes es lo que convierte a un intérprete en algo más que bueno, en grande.

Rocío era grande, no porque tuviera la mejor voz técnica de su generación, sino porque cuando cantaba fuera lo que fuera, lo vivía desde dentro. Y eso se nota siempre, sin excepción. El oyente no sabe exactamente qué es lo que está notando cuando escucha a Rocío, pero lo nota. Esa diferencia entre alguien que canta una canción y alguien que la vive.