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La Historia Más Triste Detrás De La Canción Más Hermosa De La Música Latina

 Su madre lo dejó en ese centro y se fue y lo visitó una sola vez en todos esos años. Una sola vez. No 10, no cinco, no una vez al año, una vez. Y el niño que creció entre esas paredes sin el calor de una madre que lo quisiera, aprendió a vivir con ese hueco, con esa ausencia que no tiene nombre exacto, pero que lo define todo, con esa sensación de que tu propio nacimiento fue un estorbo para la persona que más querías en el mundo.

 El propio Alberto lo contó años después, cuando ya era el artista más grande de la música mexicana. Dijo que su madre no podía con él, que por eso lo llevó al internado, que él siempre supo que era un estorbo y que vivió toda su vida para conseguir su cariño. Toda su vida. No solo de niño, no solo de adolescente, de adulto también, cuando ya era famoso, cuando ya llenaba estadios, cuando ya había vendido millones de discos y todo México lo adoraba, seguía buscando el cariño de su madre.

 A los 13 años escapó del orfanato, buscó a su madre y empezó a cantar donde podía, en las calles, en los autobuses, en los bares nocturnos de la frontera entre México y Estados Unidos con el nombre de Adán Luna Io, tomado de un cómic de superhéroes y luego con otro. Vendió productos de madera. Cantó en locales donde nadie le prestaba demasiada atención.

fue víctima de abuso por parte de un sacerdote para quien trabajaba. Fue encarcelado injustamente en la prisión de Lecumberry, acusado de robo por una actriz, y siguió buscando el cariño de su madre. Cuando llegó la fama, le compró una casa, la misma casa donde había trabajado como sirvienta. Le dio todo lo que podía darle un hijo que ha llegado a lo más alto y nunca consiguió que lo quisiera de la manera que él necesitaba.

Ni cuando era pobre, ni cuando era famoso, ni cuando vendía millones de discos, ni cuando llenaba estadios en todo el mundo, nunca. Ese es el hombre que está detrás de la canción que hoy vas a descubrir. No el ídolo, no el divo de Juárez, no el que llenaba el palacio de bellas artes de Ciudad de México y hacía que el público llorara con solo abrir la boca.

El niño que pasó toda su vida esperando que su madre lo quisiera y que cuando por fin la perdió para siempre en Acapulco en diciembre de 1974, mientras daba un concierto, escribió la canción más hermosa sobre el amor a una madre que existe en toda la música en español. ¿Conoces esa sensación? La de querer que alguien te quiera y no conseguirlo.

La de dar todo lo que tienes y que no sea suficiente. La de seguir intentándolo, aunque todo te diga que es inútil. La de amar a alguien que no sabe amarte de vuelta. Alberto Aguilera Baladés la conocía mejor que nadie y la convirtió en música. Mientras tanto, en España había una niña, una niña que no tenía nada que ver con los bares nocturnos de la frontera, ni con los orfanatos de Ciudad Juárez, ni con el dolor de un hijo que nunca fue querido por su madre.

 Una niña de Madrid de una familia humilde del barrio de Cuatro Caminos. Su abuelo fue el primero en ver lo que había dentro de esa niña. La llevaba a concursos de radio en secreto, sin decirle nada a sus padres al principio, porque sabía que había algo en esa voz que no podía quedarse entre las cuatro paredes de su hogar y tenía razón.

A los 15 años, María de los Ángeles de las Ceras Ortiz apareció en primer aplauso de Televisión Española y cuando cantó, el productor Luis Sans supo inmediatamente que tenía algo extraordinario delante. La contrató en exclusiva, le buscó un nombre artístico. El nombre lo eligieron señalando al azar en un mapa de España, Durcal, un pueblo de Granada. Rocío Durcal.

 Así nació el nombre de la mujer que años después cantaría la canción que Alberto Aguilera Baladés escribiría llorando en Acapulco. A los 16 años, Rocío rodó su primera película, Canción de juventud. Cobró 75000 pesetas. Una fortuna para una chica de 16 años del barrio de Cuatro Caminos en la España de 1962. Y lo que pasó después fue algo que en la historia del cine y la música española no tiene precedentes.

Rocío Durcal se convirtió en la novia de toda España. No es una expresión figurada, es literalmente lo que pasó. En los años 60, Rocío Durcal era la cara más querida de España, la chica con quien todos los padres querían que sus hijos se casaran, la actriz que llenaba los cines, la cantante que sonaba en todas las radios.

 Rodó 14 películas en una década. 14. En cada una de ellas era la misma Rocío, fresca, natural, con esa mezcla de inocencia y de simpatía que hacía que todo el mundo la quisiera inmediatamente. Siempre la chica buena, siempre la novia ideal, siempre la jovencita en quien todos podían confiar. Tengo 17 años, más bonita que ninguna. Acompáñame.

 Amor en el aire. Buenos días, condecita. Los títulos solos dicen todo sobre la imagen que España proyectaba en ella y que ella devolvía al mundo. Viajó a México por primera vez en los años 60 y causó sensación. Participó en el programa de Ed Sullivan en Estados Unidos, el mismo programa donde habían aparecido los Beatles.

 Fue a Venezuela, a Puerto Rico, a Argentina. El mundo de habla española la adoraba y Rocío lo disfrutaba y daba todo lo que tenía en cada película y en cada canción, porque así era ella, de esas personas que no saben hacer las cosas a medias. Pero llegaron los años 70 y algo cambió. Las películas que habían funcionado tan bien en los 60 empezaban a parecer viejas.

 El mundo cambiaba rápido, el cine cambiaba, la España que salía del franquismo pedía otras cosas. El público que había crecido con Rocío como la novia de toda España quería algo diferente. Y Rocío, que tenía ya 30 años y tres hijos con su marido Antonio Morales, Junior, el cantante del dúo Juan Junior, necesitaba reinventarse.

Su marido había tomado una decisión extraordinaria. Antonio Morales, que era artista, que tenía su propia carrera, que era conocido en España y América Latina por su música, decidió renunciar a todo eso para quedarse en casa, para cuidar a sus hijos mientras Rocío trabajaba. Una decisión que en la España de los años 70 era casi inimaginable que el hombre sacrificara su carrera para que la mujer pudiera desarrollar la suya, que él se quedara en casa mientras ella viajaba por el mundo.

 Antonio Morales lo hizo sin condiciones, sin resentimiento, porque amaba a Rocío y porque entendía que lo que ella tenía era demasiado grande para que el mundo no lo viera. Y Rocío, que sabía lo que ese sacrificio significaba, que lo echaba de menos en cada viaje y en cada actuación, seguía adelante porque eso era lo que habían decidido juntos.

En 1977 protagonizó una película que lo cambió todo. Me siento extraña. Una película del cine de destape con una escena que nunca antes había aparecido en el cine español. Un beso lésbico entre Rocío Durcal y Bárbara Rey. Rocío aceptó hacerla porque estaba pasando por dificultades económicas. Luego dijo que era la única película de la que se arrepentía.

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