Una mujer mexicana desapareció y nadie la buscó como debía. Las autoridades dudaron, minimizaron el caso y dejaron pasar los días mientras el escándalo crecía. No hubo operativos urgentes ni respuestas claras, solo silencio. Hasta que llamadas anónimas señalaron lo impensable, que el cuerpo de esa mujer podía estar enterrado dentro de su propia casa.
Ante la inacción oficial, fue su familia quien agarró la pala para acabar donde nadie quiso mirar, soportando presiones y advertencias para que se detuvieran. Lo que encontraron confirmó el peor de los escenarios y destapó una historia marcada por violencia, encubrimiento y un crimen que cruzó fronteras.
Y no fue necesario salir del núcleo familiar para encontrar culpables. Esta no es solo la historia de una desaparición, es el relato de un sistema que llegó tarde y de una verdad que aún espera justicia. El caso de Fernanda González. Las huellas, los rastros, los indicios y las evidencias ayudan a los investigadores a resolver los crímenes.
El pasado de la víctima y del victimario nos ayudan a comprender su comportamiento. Todo esto forma parte del expediente del caso y aquí te lo presento. Soy Ángel y te doy la bienvenida a este canal. Antes de empezar con el video, quisiera que me contaras desde dónde me estás viendo. Me encanta saber hasta dónde llegan estos casos tan impactantes.
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Fernanda González, que hasta ese momento llevaba una rutina tranquila, dejó de comunicarse con su familia sin previo aviso. Casi tres semanas después de la desaparición, la incertidumbre dio paso a un giro inquietante. Erika, la hermana de Fernanda, recibió llamadas de personas que no se identificaron, pero que aseguraban saber qué había ocurrido.
Reforma directa le dijeron que el cuerpo de Fernanda se encontraba enterrado en el patio de su propia casa. Las llamadas resultaron tan perturbadoras como difíciles de creer. Provenían de desconocidos y no aportaban pruebas inmediatas. Pero la información era demasiado específica como para ser ignorada.
Aunque la familia se resistía a aceptar esa posibilidad, el temor a que fuera cierto los obligó a actuar. Erika acudió de inmediato con las autoridades para informar sobre las llamadas anónimas y solicitar que se investigara la vivienda. Sin embargo, la respuesta volvió a ser lenta. Se argumentaron condiciones climáticas adversas y se postergó cualquier inspección profunda del lugar, lo que incrementó la desesperación de la familia.
Ante la falta de acciones inmediatas y el miedo de seguir perdiendo tiempo valioso, los familiares tomaron una decisión difícil, seguir la pista por su cuenta. La necesidad de saber la verdad, por dolorosa que fuera, terminó siendo más fuerte que el temor. Ya no estaban dispuestos a esperar mientras la incertidumbre seguía consumiéndolos.
Esa misma noche, el padre de Fernanda, incapaz de conciliar el sueño y consumido por la angustia, decidió ir a la casa de su hija. Llamó a Erika y le pidió que lo acompañara. La lluvia había cesado y el silencio envolvía la vivienda. Sin maquinaria, sin apoyo oficial y guiados únicamente por la desesperación, ambos comenzaron a revisar el patio.
Durante horas cavaron en distintos puntos con la esperanza de encontrar algo que confirmara o descartara las versiones recibidas. El cansancio y el miedo se mezclaban con la necesidad urgente de respuestas. Cada palada de tierra removida era un paso más hacia una verdad que ninguno de los dos quería enfrentar, pero que sabían inevitable.
Mientras realizaban la búsqueda, el padre de Fernanda recibió una llamada telefónica de Baudelio, el esposo de ella. Al responder, el hombre quiso saber por qué se encontraban en la casa. Para evitar un conflicto mayor, el padre explicó que solo habían ido a alimentar a los perros.
La llamada terminó sin mayores reclamos aparentes. Sin embargo, poco tiempo después, varias personas cercanas a Baudelio se presentaron en el lugar. Su intención era clara cuestionar la presencia de la familia y persuadirlos para que abandonaran la vivienda. A pesar de la presión y el temor que generó la situación, Erika y su padre se negaron a irse.
La necesidad de seguir buscando superó cualquier intento de intimidación y finalmente fueron esos hombres quienes se retiraron. Tras horas de búsqueda sin resultados visibles, padre e hija notaron un detalle que hasta ese momento había pasado desapercibido. En el jardín había un vehículo estacionado. Decidieron moverlo y justo debajo observaron que la Tierra presentaba un aspecto distinto, claramente removida.
Ese hallazgo cambió por completo el curso de la búsqueda. El padre de Fernanda comenzó a acabar en ese punto específico con creciente nerviosismo. A medida que avanzaba, la sospecha se transformó en certeza. Algo había sido enterrado allí de manera reciente. El temor que habían intentado contener durante días se hizo imposible de ignorar.
Al profundizar en el área donde la Tierra estaba claramente alterada, el padre de Fernanda se encontró con algo que confirmó el peor de sus temores. A poca profundidad apareció una fosa improvisada. En su interior, lo que parecía ser un cuerpo humano enterrado de manera precaria. El impacto fue inmediato.
La búsqueda había terminado de la forma más dolorosa posible. Aquello que había comenzado como una esperanza desesperada de encontrar respuestas se transformó en una escena devastadora. Fernanda no estaba desaparecida, había sido ocultada en el mismo lugar que alguna vez llamó hogar. Tras el hallazgo, la familia dio aviso inmediato a las autoridades.
Esta vez la respuesta fue rápida. Agentes se presentaron en la vivienda y acordonaron el área, conscientes de la gravedad de lo ocurrido. La casa fue asegurada mientras se solicitaban las autorizaciones necesarias para continuar con las diligencias. Un equipo especializado se hizo cargo de los restos y comenzó el procedimiento correspondiente.
Paralelamente, el Ministerio Público inició los trámites para obtener una orden judicial que permitiera realizar un cateo completo del inmueble con el objetivo de recabar indicios que ayudaran a esclarecer lo sucedido. Horas después, las autoridades tomaron control total de la vivienda. Se estableció un perímetro y se restringió el acceso mientras se realizaban las primeras inspecciones.
El inmueble quedó bajo resguardo oficial, marcando un cambio significativo en el tratamiento del caso. La escena comenzó a ser analizada con mayor profundidad, sentando las bases para una investigación formal. A partir de ese momento, ya no se hablaba de una simple desaparición, sino de un posible crimen ocurrido dentro de la casa.
El foco se desplazó hacia la reconstrucción de los hechos y la identificación de los responsables. Poco tiempo después del aseguramiento del inmueble, las autoridades realizaron los procedimientos necesarios para identificar los restos hallados en el patio. Aunque para la familia no había dudas sobre a quién pertenecían, fue necesario esperar la confirmación oficial.
Las pruebas forenses concluyeron lo inevitable. Los restos correspondían a Fernanda González Serrano. La noticia cayó con fuerza tanto en el entorno familiar como en la opinión pública. La esperanza, aunque mínima, se extinguió por completo. A partir de ese momento, la desaparición dejó de ser un misterio y se transformó formalmente en una muerte violenta que exigía respuestas claras y responsabilidades penales.
Tras la identificación, las autoridades ofrecieron un primer informe general a los medios de comunicación. Sin entrar en detalles sobre la forma exacta en que Fernanda había perdido la vida, confirmaron que el caso sería investigado bajo la figura de homicidio o feminicidio, reconociendo así la gravedad de los hechos.
También evitaron precisar cuánto tiempo había permanecido el cuerpo enterrado en la vivienda, argumentando que las investigaciones seguían en curso. Este hermetismo oficial contrastó con la creciente indignación social, ya que cada nuevo dato reforzaba la percepción de que el crimen había ocurrido dentro del hogar y había sido deliberadamente ocultado.
Con el paso de los días y una vez que el caso ya había sacudido a la opinión pública, comenzó a conocerse quién había sido realmente Fernanda, no solo como víctima, sino como persona. Según las investigaciones del caso, Fernanda González Serrano nació en la ciudad de Tijuana y fue la mayor de tres hermanas.
Desde muy joven asumió un rol protector dentro de su familia, destacándose por su carácter sereno y por la cercanía que mantenía especialmente con una de sus hermanas, Erika. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre México y Estados Unidos, ya que durante gran parte de su vida contó con Visa y asistió a una escuela secundaria ubicada al sur de San Diego.
Quienes la conocían la describían como una mujer tranquila, centrada y profundamente comprometida con los lazos familiares. demostraba una gran estabilidad emocional y eso mismo sería con el tiempo uno de los aspectos que harían aún más desconcertante su desaparición. Cuando Fernanda tenía apenas 16 años conoció a Baudelio Juárez, un hombre considerablemente mayor que ella.
En ese momento él tenía 29 años, era divorciado y padre de tres hijos. A pesar de la diferencia de edad y de las implicaciones que esa relación podía tener, el vínculo avanzó rápidamente. Pocos meses después de iniciar el noviazgo, ambos contrajeron matrimonio en San Diego y decidieron establecerse en Tijuana.
Desde el exterior, la relación parecía representar un nuevo comienzo. Baudelio se encargaba del sustento económico y cruzaba con frecuencia la frontera para trabajar en Estados Unidos. Mientras Fernanda permanecía en casa dedicándose al hogar y manteniendo contacto regular con su familia, con el paso del tiempo, la imagen de estabilidad comenzó a resquebrajarse.
Fernanda compartió con su hermana Erika que su esposo la agredía físicamente y que los episodios de violencia no eran aislados. También mencionó que Baudelio tenía problemas con el alcohol. Alarmada, Erika le sugirió en varias ocasiones que se alejara de él y denunciara la situación, pero Fernanda decidió permanecer en la relación.
Las agresiones continuaron y en más de una ocasión Fernanda tuvo que llamar a su hermana para que fuera a buscarla tras discusiones que terminaban en abusos. A pesar de los enfrentamientos constantes entre Erika y Baudelio, el matrimonio se mantuvo unido. Para el entorno externo, sin embargo, nada parecía fuera de lo común.
Vecinos y conocidos nunca escucharon gritos ni fueron testigos de conflictos, lo que contribuyó a que la violencia permaneciera oculta durante años. Con el paso del tiempo, la dinámica del hogar comenzó a cambiar con la presencia cada vez más frecuente de los hijos de Baudelio. Los fines de semana solían pasar tiempo juntos y a partir del año 2012, el hijo mayor Aaron Set Juárez empezó a quedarse en la casa por periodos cortos.
En un inicio, la relación entre Fernanda y el joven fue cordial. No existían conflictos visibles y la convivencia parecía desarrollarse con normalidad. Sin embargo, con la llegada de la adolescencia, el comportamiento de Aaron comenzó a modificarse. El joven se volvió más desafiante y rebelde, algo que Fernanda interpretó como una etapa propia de la edad, sin imaginar que ese cambio marcaría el inicio de una convivencia cada vez más tensa.
Con el correr del tiempo, los problemas, lejos de disminuir se intensificaron. A finales de 2018, Aaron ya con 20 años se instaló de forma permanente en la casa de Fernanda y Baudelio. Fue entonces cuando ella comenzó a percibir que la situación era mucho más grave de lo que había supuesto. El joven no solo mostraba actitudes violentas, sino que también tenía serios problemas de adicción y acostumbraba a aportar armas.
Durante ese periodo, Baudelio minimizó constantemente la conducta de su hijo. Fernanda le comentó a su hermana que el dinero que habían ahorrado para construir una nueva vivienda se había perdido, ya que su esposo lo destinaba a pagar fianzas y resolver los problemas legales de Aaron. La convivencia se volvió cada vez más difícil y peligrosa mientras Fernanda quedaba atrapada en un entorno marcado por la tensión y la normalización del riesgo.
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Nadie había logrado comunicarse con ella. Intentaron llamarla en repetidas ocasiones, enviarle mensajes y contactarla por distintos medios, pero no obtuvieron ninguna respuesta. La situación era profundamente inusual. Fernanda jamás se ausentaba sin avisar y aún en momentos complicados siempre mantenía el contacto con los suyos.
Además, sabían que nunca apagaba su teléfono. La preocupación aumentó cuando tampoco lograron comunicarse con Baudelio. Las horas pasaron sin novedades y conforme avanzaba el día, la familia tuvo la certeza de que algo no estaba bien, por lo que decidieron acudir ante las autoridades para denunciar la desaparición. La respuesta que recibieron fue desconcertante.
Les plantearon la posibilidad de que Fernanda se hubiera marchado por voluntad propia o incluso que estuviera involucrada con otra persona. Estas suposiciones no solo generaron frustración, sino que incrementaron de forma considerable la angustia de sus familiares. Dos días después, el martes 5 de febrero, supieron que Baudelio se encontraba recibiendo atención médica en un hospital de San Diego debido a una herida de bala en uno de sus antebrazos.
La información fue proporcionada por un fiscal de Tijuana luego de que la familia se pusiera en contacto con la policía desde esa ciudad. De acuerdo con la versión de Baudelio, un hombre armado había intentado robar en su casa habiendo extraído dinero en efectivo y durante el hecho resultó herido.
Aseguró que la lesión no era grave y que por ese motivo decidió trasladarse de Tijuana a San Diego para recibir atención médica. Al enterarse de esto, Erika acudió de inmediato al hospital con la intención de hablar con él y comprender qué había ocurrido, aunque su principal preocupación seguía siendo el paradero de su hermana. En paralelo, Baudelio amplió su declaración ante las autoridades.
Inicialmente afirmó que le habían robado $5,000 que guardaba en su vivienda, pero posteriormente corrigió la cifra y señaló que en realidad faltaban $2,300. Respecto a lo sucedido ese día, explicó que como era habitual entre semana, salió temprano de su casa tras despedirse de Fernanda. Comentó que ambos habían sostenido una breve conversación relacionada con su hijo mayor Aaron.
Según su relato, al llegar a su trabajo alrededor de las 7 de la mañana, le envió mensajes a Fernanda para avisarle que ya se encontraba allí y continuó con su jornada laboral con normalidad. Según la versión de Baudelio, por la tarde regresó a su vivienda y notó que uno de los perros se encontraba afuera sobre la banqueta.
Vecinos del lugar señalaron que el animal llevaba allí desde aproximadamente el mediodía. Al ingresar al garage, advirtió que el automóvil de Fernanda no estaba, algo que no le llamó la atención, ya que ella acostumbraba a salir durante varias horas para asistir a un gimnasio cercano. Relató además que en ese momento vio llegar a su hijo Aaron, a quien reprendió por haber utilizado su camioneta sin permiso.
Tras ese intercambio, decidió salir nuevamente, esta vez rumbo a una tienda antes de entrar a la casa. Al volver, después de fumar un cigarrillo, ingresó al inmueble con la intención de volver a llamar la atención a su hijo. Sin embargo, aseguró que al entrar a una de las habitaciones, se encontró inesperadamente con un joven desconocido que le apuntaba con un arma.
lo describió como delgado, de piel clara y cabello oscuro. De acuerdo con su testimonio, el supuesto agresor le disparó casi de inmediato en el antebrazo derecho, lo que provocó que cayera al suelo y perdiera el conocimiento. Dijo que al recobrar la conciencia, Aaron se encontraba a su lado llorando y preguntándole qué ocurría y hacia dónde lo llevarían, por lo que le indicó que lo trasladara hasta San Diego.
Este relato generó escepticismo entre los investigadores. Les resultó difícil de creer que una persona ajena pudiera ingresar hasta una habitación sin ser detectada, considerando que en la vivienda había varios perros utilizados como animales de guardia, los cuales al menos deberían haber alertado con ladridos. Ante la falta de precisión y las contradicciones en la versión, las autoridades comenzaron a considerar otra posibilidad, que hubiera ocurrido una discusión entre Fernanda y Baudelio, que se salió de control. En ese momento se
manejó la hipótesis de que ella podría haberlo agredido y que por ese motivo él no estaba colaborando plenamente con la investigación y Fernanda permanecía oculta. Sin embargo, no existían pruebas. No se formuló ninguna acusación y su paradero seguía siendo desconocido. Cuando Erikaa logró hablar con Baudelio, él volvió a afirmar que no sabía dónde se encontraba Fernanda y reiteró que al llegar a casa ese día no estaba en ella ni su ropa ni el dinero.
También le comentó que Aaron le había dicho que poco antes había tenido una discusión con Fernanda porque él estaba jugando videojuegos. Conociendo los antecedentes y el estilo de vida del joven, ese dato incendió de inmediato las alarmas de Erika. Tras abandonar la clínica, Erika se dirigió al Ministerio Público para manifestar su temor por la integridad de su hermana y para informar a las autoridades sobre el comportamiento y los antecedentes de Aaron.
A raíz de esto, se solicitó la colaboración de la ciudadanía para localizar a Fernanda. Se elaboró una ficha de búsqueda que fue difundida en medios de comunicación y comunidades en la que se incluyó una descripción física detallada y se destacó la presencia de un lunar en el centro del pecho. Dos días después, el viernes 7 de febrero, la familia fue informada de que Aaron continuaba en la vivienda que compartían Baudelio y Fernanda.
Tras dar aviso a las autoridades, agentes acudieron al domicilio y al confirmar que no había rastro de Fernanda, ni de su vehículo ni de su ropa, trasladaron a Aaron a una delegación para interrogarlo. Erika también se presentó en el lugar con la intención de mantenerse informada sobre el desarrollo de los hechos. Durante la entrevista, Aaron ofreció una versión distinta a la de su padre.
aseguró que Fernanda y Baudelio habían discutido esa mañana y que tras la pelea ella se subió a su automóvil y se marchó. También declaró que tomó la camioneta de su padre para intentar seguirla, pero que al no lograr alcanzarla decidió ir a buscar a unos amigos y regresó más tarde a la casa. Al enterarse de estas declaraciones, las sospechas de Erika se intensificaron.
A pesar de que solicitó que Aaron fuera detenido, las autoridades indicaron que no existía un delito concreto que permitiera proceder legalmente en ese momento, ya que Fernanda seguía desaparecida. Por ello, el joven fue liberado tras concluir el interrogatorio. Para entonces, la desesperación de la familia era evidente, pero decidieron no rendirse.
Comenzaron a imprimir y repartir volantes con el rostro de Fernanda, mientras Erika difundía su número telefónico en redes sociales para recibir cualquier información que pudiera ayudar. Amigos y allegados también colocaron carteles de gran tamaño con su fotografía en diversas avenidas de Tijuana. A pesar del esfuerzo constante, los días se transformaron en semanas y el paradero de Fernanda continuaba siendo un misterio.
Con este avance en el caso, regresamos a la etapa en la cual fue encontrado el cuerpo de Fernanda para continuar con el desenlace de la historia. Tras el hallazgo del cuerpo y el aseguramiento de la vivienda, las autoridades comenzaron a reconstruir de manera preliminar lo ocurrido. Determinaron que el día de los hechos, Aaron no se encontraba solo en la casa, sino en compañía de otros dos jóvenes con quienes consumió sustancias prohibidas.
Según esta reconstrucción, bajo los efectos de dichas sustancias, Aaron fue en busca de Fernanda dentro de la vivienda. Al encontrarla en su habitación, le disparó presuntamente con la intención de que no se llevara ni el dinero ni las pertenencias de su padre. Posteriormente envolvió el cuerpo en un cobtor, lo trasladó al patio y lo enterró.

Más tarde intentó atacar a su propio padre y horas después vendió algunas de las motocicletas que pertenecían a Baudelio. Conforme avanzó la investigación, las autoridades comenzaron a profundizar en el historial de Aaron. Pronto salió a la luz que el joven arrastraba antecedentes delictivos desde años atrás, especialmente en los Estados Unidos.
Desde 2014 había tenido problemas recurrentes con la ley y al alcanzar la mayoría de edad fue investigado por delitos relacionados con la posesión y venta de sustancias ilícitas, robo, portación de armas y asaltos violentos. Además, existían registros que lo vinculaban con actividades propias de pandillas.
Su historial incluía causas abiertas por posesión de armas, obstrucción a la autoridad y distribución de drogas. De acuerdo con los expedientes oficiales, al momento de la desaparición de Fernanda, Aaron se encontraba en libertad bajo proceso con la obligación de presentarse ante la Corte estadounidense, algo que no había cumplido. Cuando las sospechas se consolidaron en torno a Aaron como principal responsable del crimen, se descubrió que ya no se encontraba en México.
Su paradero era desconocido, lo que llevó a la Fiscalía General a emitir un boletín oficial con su fotografía para facilitar su localización. Paralelamente, la familia de Fernanda ofreció una recompensa económica a cambio de información que permitiera dar con él. Al mismo tiempo, las autoridades activaron alertas a ambos lados de la frontera, ya que el vehículo de Fernanda seguía desaparecido y se consideraba posible que estuviera circulando tanto en México como en Estados Unidos.
La búsqueda adquirió así un carácter binacional mientras la familia enfrentaba la angustia de saber que el presunto responsable permanecía prófugo. El 6 de marzo de 2019, Aaron fue finalmente detenido en San Diego, California. Sin embargo, su captura no se produjo de manera directa por el caso de Fernanda, sino por causas pendientes en territorio estadounidense.
Las autoridades lo arrestaron debido a que había incumplido su obligación de presentarse ante la Corte, lo que derivó en una orden de aprensión activa. Durante la audiencia, el fiscal expuso el extenso historial delictivo del joven y lo señaló como un individuo con vínculos criminales y riesgo de fuga. Aunque la defensa intentó argumentar que no existía peligro de que se escapara, el juez determinó que Aaron debía permanecer detenido sin derecho a fianza, marcando así un punto clave en el proceso judicial.
Una vez bajo custodia en Estados Unidos, Aaron enfrentó el proceso judicial por los delitos que tenía pendientes en ese país. Durante las audiencias, el joven se mostró impasible mientras su defensor público intentaba convencer al juez de que no representaba un riesgo y que podía enfrentar el proceso en libertad.
La fiscalía, en cambio, destacó su historial criminal y sostuvo que no existían garantías de que cumpliera con la ley si era liberado. Finalmente, Aaron se declaró culpable del cargo de posesión de droga con fines de venta. Como resultado, fue condenado a 2 años de prisión, además de 3 años de libertad supervisada.
A las audiencias asistieron tanto familiares de Fernanda como personas cercanas a Aaron, incluido su padre. Para la familia de la víctima, la condena representó un alivio parcial, aunque sabían que no respondía al crimen cometido en México. Mientras Saron cumplía su contena en territorio estadounidense, las autoridades mexicanas iniciaron el proceso para lograr su extradición.
Sin embargo, pronto quedó claro que el camino no sería sencillo ni rápido. De acuerdo con el abogado de la familia de Fernanda, el trámite podía extenderse por al menos 60 días sin garantías de una resolución inmediata. Las fiscalías de ambos países entablaron conversaciones para definir la vía legal más adecuada, ya que Aaron debía responder tanto por delitos cometidos en Estados Unidos como por el crimen de Fernanda en México.
Aunque oficialmente el proceso de extradición se encontraba en curso, el paso del tiempo incrementó la incertidumbre y el temor de que el caso se diluyera entre procedimientos legales y burocracia internacional. Ante la falta de avances concretos en México, los familiares de Fernanda continuaron manifestándose públicamente para exigir justicia.
Salieron a las calles y alzaron la voz con la esperanza de que las autoridades aceleraran la extradición y evitaran que el crimen quedara impune. Erik, su hermana, expresó en distintas ocasiones que consideraba poco probable que Aaron hubiera actuado solo y pidió que se investigara a fondo todo lo ocurrido.
Hoy en día el caso sigue sin una resolución definitiva en territorio mexicano. Fernanda permanece como una víctima más de un sistema que reaccionó tarde y avanzó con lentitud mientras su familia continúa esperando que algún día se haga justicia completa por lo ocurrido. Lo que queda de este caso no es solo una investigación inconclusa, sino una familia rota que tuvo que hacer sola el camino más doloroso, cavar con sus propias manos y enfrentar verdades que nadie debería descubrir así.
Fernanda no murió solo el día en que le arrebataron la vida, también fue abandonada cada vez que su ausencia fue minimizada y cada vez que la justicia se postergó. Hoy su nombre permanece ligado a una esperanza interminable, a una verdad a medias y a una herida que sigue abierta, recordándonos que mientras no haya respuestas completas, el silencio también se convierte en una forma de violencia.
Y bueno, querido oyente, hasta aquí el caso de hoy. Te espero en otra entrega para que juntos analicemos todos los detalles de los más terribles crímenes de la historia. No te olvides de dejar tu me gusta y compartir este video. Me ayudaría mucho a seguir creando contenido.
Nos vemos hasta otro expediente criminal. Adiós.