Sacramento, California, abril de 2018. Un suburbió tranquilo, casas con jardín. Un hombre de 72 años sale de su auto, pelo blanco, cara ordinaria. Es el vecino de siempre, el que nadie mira dos veces, el que lleva décadas viviendo ahí. Un agente encubierto se acerca al vehículo, saca un isopo, frota el manubrio de la puerta.
Ese gesto silencioso termina con 44 años de impunidad. Durante más de cuatro décadas, nadie logró identificar al responsable de una de las mayores investigaciones criminales de California. 13 asesinatos, 51 violaciones, más de 120 robos y un nombre que el Estado tardó casi medio siglo en pronunciar en voz alta. Este caso tiene tres nombres y durante décadas nadie supo que los tres eran la misma persona.
El saqueador de Visalia 1974 a 1975. Un ladrón nocturno que operaba en el área de Bisalia en el centro de California. Entraba a casas mientras los dueños dormían. Robaba objetos sin valor aparente, fotos, ropa interior, recuerdos. En septiembre de 1975 mató al profesor Cloud Snellin de un disparo frente a su hija, a quien intentaba secuestrar.
Logró escapar el violador del área este 1976 a 1979. A partir de 1976 comenzó una serie de ataques en los suburbios de Sacramento. I could hear them. He told us with clench teeth, “Shut up or I’ll kill you.” He asked a very harsh whisper like you want to die to kill your mother untied my little más de 50 agresiones sexuales en 3 años.
Actuaba de noche con premeditación. Estudiaba sus víctimas durante días antes de atacar. se comunicaba con la policía para burlarse y llamó a víctimas anteriores por teléfono durante años. El asesino de la noche original 1979 a 1986 en el sur de California los ataques escalaron y ya no solo violaba, mataba. 10 víctimas en los condados de Orange, Ventura y Santa Bárbara.
En 1986 atacó a una joven de 18 años y la asesinó. Después de eso desapareció. En 2001, el ADN conectó las tres identidades por primera vez. Era el mismo hombre. Fue la escritora de crimen Michelle Mcnamara, quien le dio el nombre definitivo y el asesino del Estado Dorado, Golden State Killer. Cuando fue detenido, las cifras totales eran estas: 13 asesinatos, 51 violaciones, más de 120 robos y 161 crímenes documentados contra 48 víctimas.
Joseph James de Angelo nació en 1945 en Bath, New York. Creció en el área de sacramento. Sirvió en Vietnam. Estudió justicia criminal en la Universidad Estatal de Sacramento. En 1970 se comprometió con Bonnie Jen Colwell, una compañera de la universidad. Ella lo dejó. Según los registros, cuando ella terminó la relación, Deangelo apareció en la ventana de su habitación con un arma, le apuntó, le exigió que se casara con él. Bonnie no se dio.

En 1973 se casó con otra mujer. Tuvieron tres hijas. Compró una casa en los suburbios de Citrus Heade. Trabajó como mecánico en un centro de distribución de supermercados durante 27 años. Se jubiló en 2017. Entre 1973 y 1979 también fue policía. Primero Nexeter. Luego Aburn usó ese conocimiento. Los patrones de patrullaje, las frecuencias de radio, los procedimientos para evadir a sus propios colegas. mientras los atacaba.
En 1979 fue despedido. Lo habían arrestado por robar un martillo y un repelente de perros en una farmacia. Se fue sin dar explicaciones, sin pedir audiencia. Nadie buscó más. Años después, durante el ataque número 37, las víctimas lo escucharon repetir algo en la oscuridad. Lo repetía una y otra vez con la voz rota. Te odio, Bonnie.
El nombre volvería a aparecer décadas más tarde en un tribunal cuando todo ya había terminado. Lo que diferenciaba a Deangel o de otros agresores no era solo la frecuencia ni la brutalidad, era la preparación. Estudiaba a sus víctimas durante días antes de atacar. Reconocía las casas. En algunos casos entraba previamente para dejar cuerdas escondidas.
Cuerdas que usaría después para atar a sus víctimas cuando regresara. Cuando atacaba parejas, ataba al hombre y apilaba platos. sobre su espalda le decía, “Si escucho que se caen, la mato.” Llamó por teléfono a las víctimas anteriores durante años. Hasta el año 2001 hubo registros de llamadas. En algunas les describía lo que había hecho, en otras simplemente respiraba.
En 1977 llamó directamente a la policía les dijo, “Ya tengo a mi próxima víctima. ¿No me van a atrapar?” Ese mismo día atacó por detinta vez. En 1986, los ataques se detuvieron de forma abrupta. Nadie pudo explicarlo. Tenía 40 años, una familia, un trabajo, una vida completamente ordinaria que continuó durante 32 años más.
El caso estuvo repartido entre 15 jurisdicciones durante décadas. Cada condado, cada ciudad tenía sus propios archivos, sus propias teorías, sus propios sospechosos. Nadie compartía información de forma sistemática. Paul Hols entró al caso como analista de ADN. con el tiempo se convirtió en algo distinto, en alguien que no podía soltarlo.
Pasó 24 años eliminando sospechosos, 2 años detrás de un hombre que después resultó no ser. Otras temporadas enteras sin pistas reales. En 2017, a pocos meses de jubilarse, Halls se cruzó con el trabajo de una mujer llamada Cissimore, exactidacta, sin título universitario en el área. More había desarrollado una técnica que nadie en el mundo forense había aplicado a casos criminales, la genealogía genética.
La idea era simple, en concepto y enormemente compleja en la práctica. Si no puedes identificar al criminal directamente en la base de datos policiales, buscas a sus familiares, gente que subió su ADN voluntariamente a plataformas como Getmch para rastrear sus orígenes. Construyes el árbol genealógico desde esos parientes.
Lo recorres hacia delante, generación por generación hasta encontrar al descendiente correcto. Hols tomó la última muestra de ADN del asesino que quedaba en la sala de evidencias, la única que nunca había sido usada y la subió a Getmch. Aparecieron primos lejanos. El trabajo empezó. Sin saberlo, millones de personas ya estaban construyendo la herramienta que terminaría encontrándolo.
Durante meses, el equipo construyó árboles genealógicos. Cruzaron registros, descensos, actas de nacimiento, matrimonio y de función. Revisaron redes sociales. Usaron archivos de diarios locales. Fueron reduciendo la lista. Hombres de la edad correcta en California, activos en los periodos correctos con los registros físicos que coincidían.
Al final quedaba un nombre que todavía no habían podido descartar, Joseph James de Angelo. Era el último día antes de que Hesgara su placa. Manejó hasta la casa de Deangelo en Sacramento. Estuvo ahí afuera mirando el frente, el jardín del fondo. Esperó verlo, no lo vio y tomó una decisión que requirió más disciplina que cualquier otra cosa.
