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Lauren Bacall: El Mundo la Creyó Fría e Invencible, y en Realidad la Habían Roto

A los 19 años era la mujer más deseada del cine. A los 32 se quedó viuda, sola, con dos hijos pequeños y la certeza de que el único hombre al que había amado de verdad no iba a volver. Y a los 72, en la noche más importante de su vida, delante de 1 millones de personas, Hollywood, la misma ciudad que la había convertido en leyenda, le arrebató en directo lo único que le faltaba.

Durante más de medio siglo, el mundo creyó conocer a Lauren Bull. Creyó conocer esa mirada, esa voz ronca, esa frialdad elegante que parecía no necesitar a nadie. Pero detrás de la mujer más segura de la pantalla había una niña del Bronx a la que su padre abandonó, una esposa que vio morir lentamente al amor de su vida y una viuda a la que el hombre que prometió salvarla humilló de la peor manera posible.

Esta no es la historia de un mito de Hollywood, es la historia de lo que ese mito tuvo que pagar para existir. Y lo que pagó fue mucho más caro de lo que nadie imaginó. 24 de marzo de 1997, Los Ángeles. El Shrine Auditorium está lleno. Es la noche de los premios Óscar y la primera estatuilla de la velada es para la mejor actriz de reparto.

En la sala todos saben quién va a ganar, lo saben los periodistas, lo saben las cámaras, lo saben las otras nominadas. Hay nombres que parecen escritos en el destino y esa noche solo hay uno. Lauren Backall tiene 72 años, lleva más de cinco décadas en el cine. Ha trabajado con los más grandes, ha sobrevivido a todos ellos y por primera vez en toda su carrera ha sido nominada a un Óscar.

Ya ganó el globo de oro. ya ganó el premio del sindicato de actores. La prensa la describe como una segura ganadora. Esa noche no va a recibir un premio, va a recibir por fin la justicia de toda una vida. Está sentada en su butaca con la espalda recta, como le enseñaron hace 1000 años.

Por dentro, según contaría después, el corazón le latía como el de una niña. Había escrito unas palabras de agradecimiento. Las llevaba dobladas. Pensaba en su madre, que ya no estaba, pensaba en Bogi, que llevaba 40 años muerto, y que nunca la vio recibir nada parecido a esto. Abren el sobre, se hace ese silencio que solo existe en esa sala.

una vez al año y entonces dicen un nombre y el nombre no es el suyo. La cámara implacable la encuentra en la primera fila y durante una fracción de segundo, una sola, se ve cruzar por su cara algo que ninguna actriz del mundo habría podido fingir. No rabia, no llanto, algo peor. reconocimiento de que una vez más, después de toda una vida, el premio se lo llevaba otra persona.

Entonces sonríe, aplaude, hace lo que llevaba haciendo desde los 19 años, tragarse el golpe y seguir de pie. El mundo entero lo vio. Y el mundo entero esa noche sintió que había presenciado una injusticia. Pero para entender por qué ese instante dolió tanto, por qué medio planeta sintió que le habían robado algo a Lauren Beckal, hay que rebobinar la cinta más de 70 años hasta una calle del Bronx, donde no había focos, ni cámaras ni nadie que apostara un centavo por una niña llamada Betty.

Nació el 16 de septiembre de 1924 en Nueva York y su nombre no era Lauren ni era Bacal. Se llamaba Betty John Persky. Era hija de inmigrantes, de gente que había cruzado el océano huyendo de la pobreza y de cosas peores, y que en América no encontró riqueza, sino trabajo duro y un departamento pequeño, donde el dinero nunca alcanzaba hasta fin de mes.

El Bronx de aquellos años no era un lugar para soñar, era un lugar para sobrevivir. Y la pequeña Betty creció oyendo el ruido de la calle, el traqueteo del tren elevado, las discusiones que atravesaban las paredes finas de los edificios. No era una niña pobre de cuento, era una niña pobre de verdad. Pero la verdadera herida no fue el dinero, fue otra cosa, más silenciosa y más profunda.

Sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña. Y su padre William no se fue solo de la casa, se fue de su vida. Desapareció, dejó de aparecer, dejó de escribir, dejó de existir como padre. Para una niña de 5 años, eso no se explica con palabras. Simplemente un día el hombre que debía protegerla ya no estaba y nunca volvió de verdad.

Hay un detalle que dice más que cualquier biografía. Cuando creció, Betty no quiso conservar el apellido de aquel padre ausente. Tomó el apellido de su madre. Bacal venía de Bacal, el nombre de la familia de su madre, la única persona que se había quedado. Antes de ser una estrella, antes de que Hollywood le inventara un nombre nuevo, ella ya había decidido borrar de su identidad al hombre que la había abandonado.

Su nombre, desde el principio, fue un acto de lealtad hacia la mujer que la crió sola. Esa mujer era Natalie. Y aquí está el otro personaje fundamental de toda esta historia, el que el público nunca conoció, pero sin el cual nada de lo que vino después habría existido. La madre Natalie trabajaba como secretaria, ganaba poco y volcó cada gramo de su fuerza en una sola idea, que su hija no tuviera la vida que ella había tenido.

Era una mujer orgullosa, decente, con un sentido del humor que la pobreza no consiguió apagar. No se quejaba de tener que contar cada centavo. Simplemente lo hacía en silencio para que a su hija no le faltara lo esencial. y le dio a Betty algo que vale más que el dinero, la certeza absoluta de que era amada, de que alguien creía en ella sin condiciones.

Esa base, ese suelo firme bajo los pies de la niña sería lo que años después le permitiría a Lauren Backall caerse 1000 veces y volver a levantarse otras 1000. Toda su fortaleza legendaria empezó en el amor terco de una madre que se negó a rendirse. Y la hija desde muy temprano supo lo que quería. No quería casarse bien, no quería un trabajo seguro, quería ser actriz.

En el Bronx, en los años 30, para una niña sin dinero y sin contactos, decir eso en voz alta era casi una provocación. Era como decir que quería ser reina, pero Betty lo decía y lo decía con esa terquedad serena que el mundo confundiría décadas después con arrogancia. Iba al teatro cuando podía pagarlo, que era casi nunca. Se sentaba en las butacas más baratas, las de arriba, las que costaban centavos, y miraba el escenario con un hambre que asustaba.

estudió interpretación con el poco dinero que había y cuando no había dinero para clases, hacía lo único que estaba a su alcance para acercarse, aunque fuera un paso al mundo que deseaba. Tenía una diosa, una actriz a la que adoraba por encima de todas, Bet Davis. La pequeña Bety faltaba al colegio para meterse en los cines a oscuras y verla una y otra vez.

Fascinada por esa mujer que en la pantalla no era dulce ni sumisa, sino fuerte, mordaz, dueña de sí misma, sentada sola en la sala, repetía sus gestos, memorizaba sus frases. No quería ser amada como las heroínas de moda, quería ser temida y respetada como Bet Davis. guarda este detalle porque décadas más tarde el destino le devolverá esta historia de la manera más asombrosa.

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