Así fue la vida del Eleazar García “Chelelo” Y su Rancho | su Fortuna y su Triste Final
En el poblado Comales, en el municipio de Miguel Alemán, Tamaulipas, hay un rancho que guarda una historia que el norte de México todavía no ha terminado de procesar. No es un rancho que aparezca en ninguna guía turística ni en ningún mapa que los viajeros consulten cuando pasan por esa zona de la frontera noreste.
Es una propiedad que durante décadas fue el refugio del hombre más gracioso del cine norteño mexicano, el lugar al que volvía después de las giras y de las filmaciones y de los discursos en el Congreso de la Unión. El lugar donde sus cenizas descansaron después de que el 24 de agosto de 1999 el norte de México perdió a uno de sus propios y ese rancho es la que define el estado actual de la historia del chelelo en el norte de México.
Una historia que comenzó con un niño que cobraba un centavo la entrada para ver sus funciones de títeres en el traspatio de su casa en el rancho Los Guerra, que pasó por el circo imperial y por las caravanas artísticas y por la radio fronteriza y por 200 películas y por la diosa de plata y por el Congreso de la Unión y por los premios internacionales en Rusia.
Pero antes de hablar de ese rancho en Comales y de lo que le pasó, antes de hablar de los últimos años del chelelo y de las circunstancias exactas de su muerte, que las fuentes no siempre cuentan de la misma manera, hay que contar la historia completa, porque la historia completa de Eleazar García Saelo, es una de las más extraordinarias que el norte de México produjo en el siglo XX y raramente se cuenta con la profundidad que merece porque la sombra de Antonio Aguilar, el hombre al que acompañó en la mayoría de

sus películas, tiende a opacar la dimensión de lo que el Chelelo construyó por cuenta propia, el rancho los Guerra, en lo que hoy es el municipio de Miguel Alemán, Tamaulipas, cerca de Mier. Ahí, el 28 de septiembre de 1924 nació Eleazar García Sa ya el primer dato de su vida dice algo sobre la naturaleza de lo que vendría.
Nació en un rancho, no en una ciudad, no en la capital de un estado, no en un lugar con los recursos y las conexiones que en el México de esa época podían abrirle puertas a alguien con talento. Nació en el rancho más fronterizo posible en un municipio de Tamaulipas que está literalmente al borde del Río Bravo, donde México termina y Texas empieza, donde el idioma y la cultura y la manera de entender el mundo se mezclan de una manera que el resto del país no siempre comprende desde adentro.
En ese rancho, la vida giraba alrededor de pocas cosas. La agricultura, principalmente la pesca en el río Bravo, el béisbol, que en la frontera noreste de México tenía una presencia que el resto del país no compartía con la misma intensidad, importado desde el otro lado del río con la naturalidad que tienen las cosas que cruzan la frontera, cuando la frontera no es todavía un muro, sino simplemente un río.
y las funciones de entretenimiento improvisadas que la gente organizaba para distraerse en un lugar alejado de los centros urbanos donde el espectáculo profesional raramente llegaba. Ele desde niño tenía algo. Lo tenía con la claridad con que algunos niños saben desde muy temprano cuál es el territorio donde van a vivir. No era el territorio de la agricultura, ni el del béisbol, ni el de la pesca.
Era el del espectáculo, el de hacer que la gente se reuniera y mirara hacia él y se riera de lo que hacía. Junto a su amigo Silvestre Barrera, el pequeño Eleazar organizaba funciones de títeres en el traspatio de su casa. Cobraba un centavo la entrada y la gente del rancho pagaba ese centavo porque lo que el niño hacía con sus títeres valía exactamente eso y más. Un centavo la entrada.
Ese es el primer teatro del Chelelo, el traspatio de una casa en el Rancho Los Guerra, con títeres hechos con lo que hubiera disponible y con un público de vecinos que pagaban un centavo porque el niño hacía algo que los hacía olvidar por un momento el calor y el trabajo y la distancia de cualquier lugar donde la vida fuera más fácil.
Tenía 14 años cuando llegó al rancho el circo imperial. Las fuentes no dicen exactamente en qué año fue eso, pero si Eleazar nació en 1924 y tenía 14 años, estamos hablando de 1938, el México de Cárdenas, el México que estaba en medio de transformaciones que en el rancho los Guerra probablemente se sentían como el eco lejano de algo que ocurría en otro mundo.
El circo imperial era, según las fuentes que describen ese momento, una compañía en gira hacia el sur de Texas. Uno de esos circos que recorrían los pueblos del norte de México y el sur de Texas, con la versatilidad de quien sabe que en los lugares alejados de los centros urbanos el espectáculo que traen es el único espectáculo disponible para los pobladores del rancho los Guerra.
Para ese Leazar de 14 años que ya cobraba centavos por sus funciones de títeres, la llegada del circo imperial debió ser algo que reorganizó todo lo que sabía sobre lo que era posible. Se enroló como aprendiz de artista de la legua. 14 años, un rancho en la frontera de Tamaulipas y la decisión de unirse a un circo itinerante porque era la única manera disponible de hacer lo que quería hacer.
No hay romanticismo en esa decisión, aunque a la distancia pueda parecerlo. Era la decisión práctica de alguien que no tiene acceso a las escuelas de arte, ni a las academias de actuación, ni a los agentes y productores que en la Ciudad de México estaban construyendo la industria del entretenimiento. Era la única puerta disponible y Eleazar la abrió con la naturalidad de quien no entiende porque habría que esperar a que llegue una mejor.
En esa primera gira por ciudades y pueblos polvorientos del norte, Eleazar interpretó corridos y canciones norteñas. No era todavía el cómico que sería. Era el músico que siempre había sido potencialmente el niño que creció escuchando la música de la frontera noreste y que la tenía adentro de una manera que el cuerpo reconoce antes de que el talento tenga nombre.
Los años que siguieron a esa primera gira con el circo imperial son los años de formación del chelelo en el sentido más literal del término. No la formación de las escuelas, sino la formación de los caminos, de los escenarios improvisados, de las ciudades que se ven desde la ventana de un camión de gira y que enseñan sobre la vida humana más de lo que enseña cualquier aula.
Elezar aprendió a tocar la guitarra, aprendió a tocar el contrabajo, empezó a grabar canciones para discos Falcón, el sello discográfico de Corpus Cristi, Texas, que era en esa época el gran distribuidor de música norteña en la frontera, el labável que ponía la música del norte en los jukbxs de los restaurantes y de los bares a ambos lados del río Bravo.
También grabó para Columbia. Esas grabaciones tempranas son importantes por una razón que las fuentes señalan con precisión. Sin entender esa etapa musical, no se puede entender el personaje norteño cómico que Eleazar García construyó después. La música fronteriza que grababa en esos años, los corridos, las canciones cómicas, las parodías que ya empezaban a aparecer en su repertorio, eran la materia prima de lo que sería el chelelo.
No era un cómico que usaba la música como accesorio. Era un músico que entendía el humor como parte natural de la manera en que el norte narraba su propia historia. Una de sus canciones más antiguas, la aduana de Mier, la compuso en esa época. Hablaba de las corruptelas de los agentes aduanales en el cruce de Mier, el municipio donde había nacido, con una honestidad que en el México de esa época era más valiente de lo que parece desde la distancia del tiempo.
Era un hombre de 20inte y tantos años cantando sobre la corrupción de la autoridad fronteriza en el mismo territorio donde esa autoridad operaba. No es casual que esa canción haya durado décadas y que siga siendo parte del folklore de la región. En esos años de giras y grabaciones, Eleazar también trabajó como locutor en caravanas artísticas.
Era el trabajo más bajo de la industria del entretenimiento en movimiento, el que consiste en presentar a otros y en mantener vivo el ritmo del espectáculo, cuando entre acto y acto el público podría perder el interés. Era también el trabajo que enseña exactamente lo que ningún otro puede enseñar sobre el entretenimiento, que la atención del público es una cosa frágil y que mantenerla requiere una presencia constante y una lectura del ambiente que no admite distracciones.
El sueldo que recibía como locutor en esas caravanas, según las fuentes, apenas le ayudaba a sobrevivir. Era el tipo de ingreso que en la vida de un artista joven significa que estás en el camino correcto, pero que el camino todavía no te está llevando a ningún lugar cómodo. Había que seguir moviéndose y fue en ese movimiento constante por el norte de México donde Eleazar García encontró la radio.
La radiodifusora Seide Miguel Alemán, la ciudad fronteriza que lleva el nombre del presidente que fue contemporáneo de sus primeros años de carrera. En esa radio, Eleazar trabajó como locutor y como entrevistador y fue ahí donde ocurrió algo que cambiaría el rumbo de todo lo que vendría después. Pasaban por esa radio los artistas que recorrían el norte.
era el tipo de estación regional que en el México de mediados del siglo XX era el punto de contacto entre la ciudad de México y las ciudades fronterizas, el lugar donde los artistas en gira paraban a hacer una entrevista antes de su función y donde el locutor local tenía la oportunidad de conocer a las figuras que en la capital definían el rumbo de la industria.
Elezar entrevistó en esa radio a Germán Valdés Tintan, el cómico de Ciudad Juárez, que se había convertido en una de las figuras más importantes del cine y del teatro mexicano con su personaje del Pachuco, ese tipo fronterizo que mezclaba el inglés y el español con una naturalidad que el resto del país miraba como algo exótico, aunque en la frontera fuera simplemente la manera en que la gente hablaba.
entrevistó a Chelo Silva, la reina del bolero fronterizo, La voz de Bronzeville, Texas, que cantaba con el acento del río y que el norte de México amaba con la intensidad que se ama lo que te representa sin pedirte que cambies nada. Entrevistó a Óscar Ortiz de Pinedo, figura del teatro cómico mexicano, y entrevistó a Antonio Aguilar.
Esa entrevista con Antonio Aguilar en la Se de Miguel Alemán fue el momento que las fuentes señalan como el inicio de una amistad que definiría la carrera de los dos. No fue el momento en que Eleazar se convirtió en el chelelo. Ese momento llegaría después en Guatemala, pero fue el momento en que los dos hombres se reconocieron mutuamente como personas que entendían el norte de la misma manera, aunque vinieran de estados diferentes y aunque sus trayectorias hubieran sido completamente distintas hasta ese punto.
En 1964, el Leazar García García viajó a Guatemala para filmar la gitana y el charro con la actriz y cantadora española Lola Flores. Era una coproducción que llevó a un hombre de mier, Tamaulipas, a un país centroamericano para trabajar al lado de una figura del flamenco español que en ese momento era una de las personalidades más reconocidas del mundo hispanohablante.
Esa combinación, el norteño tamaulipe y la gitana andaluza, es el tipo de encuentro que la industria del entretenimiento latinoamericano de los años 60 producía con una frecuencia que hoy sería difícil de imaginar. En Guatemala, elazar se estableció por un tiempo y fue ahí donde reencontró a Antonio Aguilar, con quien había coincidido en la radio de Miguel Alemana antes.
Aguilar estaba filmando también en ese país centroamericano y el reencuentro entre los dos hombres fue el inicio de lo que sería la asociación artística más importante de la carrera de Eleazar García. Fue Antonio Aguilar quien lo bautizó como el chelelo. Las fuentes dicen que el apodo derivó probablemente de su nombre de pila, Eleazar, aunque la derivación exacta no está del todo clara.
Lo que sí está claro es que el nombre lo puso Aguilar y que desde ese momento, con ese apodo y con el sentido del humor espontáneo que Eleazar había estado desarrollando durante años en las caravanas y en la radio y en las giras, el personaje encontró su identidad definitiva. Chelelo, un nombre que en el norte de México, décadas después de la muerte de quien lo llevó, sigue siendo reconocible para las personas que crecieron con el cine norteño de los años 60 y 70 y 80.
Un nombre que es al mismo tiempo el personaje y el hombre, como ocurre con los grandes cómicos que no pueden separarse de lo que crearon porque lo que crearon era exactamente lo que eran. El primer papel de Eleazar en el cine había llegado en 1961 con Los Hermanos del Hierro, un western basado en una historia violenta ocurrida entre Reinosa y Matamoros, las ciudades fronterizas de Tamaulipas que Eleazar conocía de toda la vida.
Ese papel lo obtuvo gracias a su relación con el escritor y guionista Ricardo Garibay, que era también una de las figuras más importantes de la literatura mexicana de esa época y que había conocido a Eleazar durante una gira por el norte de Tamaulipas. Garibai en esa gira había tomado notas. Había observado el ambiente social de la frontera noreste con los ojos del escritor, que sabe que ahí hay material suficiente para varias novelas.
Y de esas notas saldrían después sus novelas Par de Reyes y La Casa que arde de noche, ambas inspiradas en el ambiente que vivía en el territorio colindante con Estados Unidos. La relación entre el escritor y el cómico fronterizo produjo una colaboración que dice algo sobre los dos, que Garibai vio en Eleazar al hombre que entendía ese territorio desde adentro y que Eleazar vio en Garibai la puerta que lo llevaría a la pantalla grande.
Pero el chelelo verdadero, el que el público del norte reconocería como propio, llegó después de Guatemala. Llegó cuando la asociación con Antonio Aguilar empezó a producir películas con la regularidad de una cadena de producción que sabía exactamente lo que el mercado quería y se lo daba sin concesiones. Antonio Aguilar era en los años 60 una figura que el cine mexicano no había tenido antes de la misma manera.
Era el charro zacatecano que cantaba los corridos de los héroes populares del norte y del centro del país con una autenticidad que los directores de la capital habían intentado fabricar durante décadas sin conseguirlo completamente. Era el hombre que montaba caballos de verdad, que conocía la charrería desde adentro, que tenía el físico y la voz y la manera de estar en un caballo que el personaje del Charro requería y que nadie había podido replicar con la misma convicción.
Y el chelelo era su contraparte perfecta, no en el sentido de que fueran opuestos, sino en el sentido de que se complementaban con la naturalidad de las personas que se entienden en el trabajo porque vienen del mismo lugar, aunque hayan llegado por caminos diferentes. Aguilar era el héroe. El chelelo era la humanidad que el héroe necesita para no volverse estatua.
La risa que recuerda que los grandes hombres también tienen pequeñas fallas y que esas pequeñas fallas son lo que los hace querer. Las películas que filmaron juntos son una lista que habla por sí misma de la escala de lo que construyeron. El caballo blanco. Vuelven los Argumedo. Yo, el mujeriego. El señor tormenta. Tormenta en el ring. Alasani enamorado.

El norteño. Vuelve el norteño. Y docenas más que el norte de México recibió como si fuera el espejo donde por fin podía verse a sí mismo en la pantalla grande con la dignidad que merecía. El chelelo en esas películas era el tipo norteño universal, no el tipo específico de ningún municipio ni de ninguna familia, sino el tipo que cualquier persona que hubiera crecido en el norte reconocía con la inmediatez de quien ve a alguien conocido en un lugar inesperado.
Era el del humor espontáneo y sin malicia, el de la lealtad incondicional al amigo, aunque ese amigo a veces lo metiera en problemas. El de la valentía que no se anuncia, sino que aparece cuando hace falta. El del amor que se expresa de maneras que el norte de México entiende sin necesidad de explicaciones.
En 1964, Viento Negro le dio la diosa de Plata el reconocimiento de la Asociación de Periodistas Cinematográficos de México a la mejor actuación. Era el primer reconocimiento institucional importante de una carrera que el público del norte ya reconocía como extraordinaria, aunque las academias del centro del país tardaran más en verlo.
En 1968, el escapulario le dio una de sus actuaciones más diferentes, El papel de Juan, un nudo, en una película de suspenso que mostraba que el Chelelo podía hacer más que comedia, aunque la comedia fuera lo que el público siempre iba a pedirle primero. Y entonces llegó la cárcel de Laredo. La cárcel de Laredo, filmada en 1985, es quizás el título más sorprendente de toda la carrera del Chelelo, porque es la película que lleva su nombre a un festival internacional de cine en Rusia y regresa con un premio. El mismo país
que décadas antes había llorado con los ricos también lloran y que en los años 90 se convertiría en el territorio más inesperado para la telenovela mexicana. le daba un reconocimiento a una producción del cine norteño mexicano protagonizada por un hombre de mier, Tamaulipas, que había empezado cobrando un centavo la entrada por sus funciones de títeres en el traspatio de su casa.
Ese dato, el premio en Rusia por la cárcel de Laredo, merece detenerse un momento porque dice algo sobre la naturaleza del talento de Eleazar García que las 200 películas populares a veces ocultan. El cine de entretenimiento popular y el reconocimiento internacional de festivales raramente señalan hacia el mismo artista.
El chelelo era las dos cosas simultáneamente. Era el cómico que llenaba las salas del norte de México y era también el actor que un jurado internacional en Rusia reconocía como suficientemente importante como para premiar. Esa combinación, la popularidad masiva en su territorio y el reconocimiento internacional en territorios que no tenían nada que ver con el norte de México es una de las marcas de los artistas que hacen algo universal, aunque lo hagan con materiales completamente locales.
El Chelelo nunca dejó de ser de Mier, Tamaulipas. Sus personajes eran norteños de la manera más específica posible y sin embargo, eso que hacía con esa especificidad llegaba a lugares donde nadie hubiera esperado que llegara. 200 películas. El número es el que más sorprende cuando se pone en perspectiva frente a la carrera de Eleazar García El Chelelo, porque 200 películas en el cine mexicano de los años 60, 70 y 80 no son 200 películas de estudio con presupuestos generosos y semanas de rodaje.
Son 200 películas del tipo que se filmaba en el norte de México con la velocidad que el mercado exigía, con equipos pequeños, con locaciones que eran los mismos paisajes fronterizos que el Chelelo había conocido desde niño, con presupuestos que se calculaban por lo que el cine de pueblo podía recaudar en las comunidades del norte de México y del suroeste de Estados Unidos, donde los migrantes tamaulipecos y nuevoneses llevaban a sus familias a ver las películas que hablaban de su tierra, ese mercado, el de los cines fronterizos y el de Las
comunidades mexicanas en Texas y en California y en Arizona era el mercado que el chelelo conocía mejor que cualquier productor de la ciudad de México. Era su público natural, la gente que había crecido en los mismos ranchos y pueblos que él, que había cruzado el río con los mismos sueños que los personajes de las películas de Antonio Aguilar y que cuando compraban un boleto para ver una película del Chelelo no estaban comprando entretenimiento abstracto, sino el reconocimiento específico de que alguien en esa
pantalla era de donde ellos eran. Ese reconocimiento, esa conexión entre el artista y el público que va más allá de la admiración hacia algo que parece complicidad es lo que hizo que la carrera del Chelelo durara décadas en un mercado que en otros contextos habría consumido su personaje y lo habría descartado en unos años.
El chelelo no envejeció para su público porque su público no envejecía de la misma manera que el público de la Ciudad de México. Era un público que le era fiel con la fidelidad específica de quien siente que la persona que está viendo en la pantalla es de los suyos. Pero la carrera de Chelelo no fue solo las películas con Antonio Aguilar.
Fue también algo que muy pocas personas del mundo del espectáculo mexicano de esa época lograron con la misma naturalidad. El ojo de vidrio de 1969. Vuelve el ojo de vidrio en 1970 fue la secuela Valente Quintero en 1973 y otras producciones donde el hombre que había empezado como aprendiz artista de la legua en el circo imperial.
Pero lo que esas películen sobre Eleazar García es algo que va más allá de la versatilidad artística. Dicen que era un hombre que entendía el negocio desde adentro, que no se conformaba con el papel que la industria le asignaba, sino que buscaba siempre la manera de ampliar el territorio que controlaba. Era el mismo impulso que lo había llevado a unirse al circo imperial a los 14 años, cuando el rancho los guerra no le ofrecía otro camino.
El impulso de ir hacia donde estaba lo que quería, aunque para llegar hubiera que construir el camino desde cero. La dimensión musical de Eleazar García El Chelo, es también una que las biografías tienden a mencionar brevemente sin darle el espacio que merece. Grabó casi una docena de discos a lo largo de su carrera, algunos para CBS, otros para Falcón y Columbia.
Los géneros que exploró incluían los corridos fronterizos, la ranchera, la polca norteña, el western y las canciones cómicas que eran su especialidad más reconocible. Esas parodías que tomaban situaciones de la vida cotidiana del norte y las convertían en material que el público reconocía y celebraba. La aduana de Mier emblemática de su catálogo musical, una canción que escribió en los años 30 del siglo pasado, cuando era todavía un joven que no había llegado todavía a ningún lugar importante, pero que ya tenía la capacidad de observar lo que ocurría a
su alrededor y de convertirlo en música con una honestidad que los corridos fronterizos habían practicado durante décadas antes que él. La canción hablaba de las corruptelas de los agentes aduanes en el cruce de Mier, el municipio de su origen, con la precisión de quien describe algo que ha visto de cerca y no de algo que imagina desde la distancia.
Esa honestidad específica del corrido fronterizo, esa disposición a nombrar lo que está pasando, aunque lo que está pasando sea la corrupción de la autoridad, es también parte de lo que el Chelelo fue como artista. No era un hombre que suavizara las cosas para hacerlas más digeribles. Cuando la situación lo permitía, cuando el formato lo admitía, decía lo que había que decir con el humor que el norte usa para hablar de las cosas difíciles sin tener que convertirlas en tragedia.
Y entonces llegó la política, que es quizás el capítulo más inesperado de toda la carrera de Eleazar García Elchelo, y que al mismo tiempo es perfectamente coherente con la dimensión pública que había construido durante décadas en el norte de México. En los años 90, Eleazar García asumió el cargo de diputado federal en el Congreso de la Unión.
Un hombre que había empezado cobrando un centavo la entrada por funciones de títeres en el traspatio de su casa en el rancho Los Guerra llegaba ahora al órgano legislativo más importante del país con el mismo acento de mier Tamaulipas que había llevado en 200 películas. Las fuentes que mencionan esta etapa de su vida señalan algo que dice todo sobre el tipo de hombre que era el Chelelo.
Dicen que la política no obstaculizaba su vena humorística, que en el Congreso de la Unión seguía siendo el Chelelo, que el legislador y el cómico coexistían en el mismo hombre con la naturalidad de quien no entiende porque tendría que elegir entre las dos cosas. Esa dimensión política del Chelelo es también la que conecta su historia con algo más grande que el entretenimiento.
Era un hombre del norte que llegó a la legislatura nacional, que llevó al Congreso de la Unión la representación de ese territorio fronterizo que el resto del país tendía a ver como periferia, cuando en realidad era el punto donde México y Estados Unidos negociaban su relación cotidiana de las maneras más concretas posibles. el hombre de la aduana de Mier, la canción que describían las corruptelas aduanes en el congreso que supervisaba esas mismas aduanas.
Hay una coherencia en eso que no es casual, sino que viene del tipo de persona que Eleazar García siempre fue, alguien que no separaba su vida pública de su conocimiento real del territorio que representaba. Las fuentes también mencionan algo sobre esa época que tiene el color específico de los datos que revelan al hombre más allá del personaje público.
En esos años en el Congreso se puso de moda entre ciertos sectores de la sociedad mexicana la doctrina meditativa Marisi. Esa corriente del pensamiento oriental que en los años 90 estaba atrayendo la atención de personas en los círculos más inesperados. Que eso aparezca mencionado en las crónicas de la vida del chelelo, dice algo sobre la curiosidad intelectual de un hombre que venía del rancho los guerra, pero que nunca se quedó encerrado en la mentalidad del lugar de donde venía.
Hay algo sobre el Chelelo que casi nadie menciona cuando se habla de su carrera y que es fundamental para entender la escala de lo que construyó. Sus películas con Antonio Aguilar no eran simplemente películas del cine mexicano. Eran el producto cultural más importante de un circuito de distribución específico que operaba en el norte de México y en las comunidades mexicanas del suroeste de Estados Unidos, con una lógica que la industria del centro del país no siempre entendía desde adentro.
En ese circuito, las películas del Chelelo y de Aguilar eran eventos. La gente no iba al cine a ver una película más. iba a ver a personas que eran de donde ellos eran, que hablaban como ellos hablaban, que entendían los corridos y los caballos y la frontera y el río Bravo de la misma manera en que ellos los entendían. Era un cine que funcionaba como un espejo que el resto del cine mexicano raramente le ponía a ese público.
Y el chelelo en ese espejo era la figura que el público del norte necesitaba ver representada quizás más que ninguna otra. No el héroe que era Aguilar, sino el hombre común, el que se equivoca, el que tiene miedo, aunque no lo diga, el que quiere al amigo con una lealtad que a veces lo mete en problemas, el que hace reír porque lo que hace es completamente reconocible para cualquiera que haya crecido en ese territorio.
Los últimos años de la vida de Eleazar García Elchelo, son también los más complicados de contar, porque las fuentes no siempre coinciden en los detalles y porque hay una distancia entre la figura pública que siguió trabajando hasta el final y el estado de salud que sus hijos y su familia conocían desde adentro.
Lo que las fuentes sí registran con consistencia es que en los últimos años de la década de los 90, Eleazar García empezó a tener problemas de salud que limitaban su capacidad de moverse con la misma libertad con que había recorrido el norte de México y los escenarios de ambos lados del río Bravo durante décadas.
Pero él seguía trabajando, seguía aceptando compromisos, seguía siendo el chelelo en los escenarios cuando el cuerpo lo permitía y a veces cuando quizás no lo permitía del todo, pero la determinación de estar presente era más fuerte que cualquier señal que el cuerpo mandara en sentido contrario. Eso también es parte de la historia del Chelelo.
El mismo impulso que lo había llevado a unirse al circo imperial a los 14 años seguía ahí décadas después la incapacidad de imaginar una vida que no estuviera en movimiento, en escena, frente a alguien. Lo que sí está documentado con claridad es lo que ocurrió en 1999. Hay versiones que dicen que el Chelelo murió de una embolia durante una gira artística en Estados Unidos.
Hay versiones que dicen que murió en Monterrey, Nuevo León, el 24 de agosto de 1999, de complicaciones de una cirugía tras una caída. Las dos versiones coinciden en la fecha el 24 de agosto de 1999 y en el lugar Monterrey. Lo que difiere es la causa inmediata, si fue la embolia que lo había afectado en los años previos o si fue una caída y la cirugía que siguió.
La fuente del canal de YouTube oficial del Chelelo y las fuentes anglosajonas como IMDb dicen que murió después de 3 años de luchar por recuperarse de una embolia. La fuente de consulta dice que murió por una embolia durante una gira artística en Estados Unidos. La fuente de IMDb en español señala que fue en Monterrey y que fueron complicaciones de una cirugía tras una caída.
Lo que está completamente claro es que Eleazar García el Chelelo tenía 74 años cuando murió, que había nacido en el rancho Los Guerra en 1924 y que murió en Monterrey en 1999 y que en esos 74 años había construido una de las carreras más extensas y más consistentes del cine norteño mexicano, desde el centavo de entrada de sus funciones de títeres en el traspatio de su casa hasta las 200 películas y el premio internacional en Rusia y la Kurul en el Congreso de la Unión.
Hay algo en la vida de Eleazar García El Chelelo, que va más allá de su propia historia y que conecta su legado con las historias de sus hijos de maneras que hacen que la narrativa familiar sea en sí misma una de las más dolorosas del cine norteño mexicano del siglo XX. tuvo varios hijos que siguieron sus pasos en el mundo del espectáculo.
El más conocido fue Eleazar Lorenzo García Gutiérrez, conocido como el Chelelo Jr. Que nació el 13 de diciembre de 1957 y que construyó su propia carrera en el cine mexicano como actor y director, actuando junto a personalidades de la talla de Antonio Aguilar, el mismo hombre que había bautizado a su padre como el Chelelo décadas antes en Guatemala.
Chelelo JR participó en películas como La caída del coloso, el mayor Jugándose la vida, pasaporte a la muerte y la producción le firmó un contrato al en 2010. Murió el 12 de diciembre de 2011, un día antes de cumplir 54 años de insuficiencia renal crónica por complicación diabética. Javier García, otro de los hijos del Chelelo, también siguió los pasos familiares en el espectáculo.
Trabajó con Raúl Astor y Chela Castro. Participó en innumerables películas con papeles principales y protagónicos y murió el 20 de mayo de 2020 a los 61 años de COVID-19, en los primeros meses de una pandemia que México todavía no entendía completamente. Fue una de esas muertes que la pandemia produjo con una velocidad que no daba tiempo de procesar lo que estaba ocurriendo.
una batalla de poco más de una semana contra el virus que los medios locales describieron con el afecto que se tiene por alguien que pertenece a la comunidad de una manera que va más allá del apellido. Tres generaciones de García en el espectáculo norteño, el padre que empezó en el circo imperial a los 14 años y que llegó al Congreso de la Unión.
El hijo Eleazar Junior, que murió de insuficiencia renal en 2011, el hijo Javier, que murió de COVID en 2020. Las pérdidas de esa familia en el espacio de dos décadas tienen el peso acumulado de los dolores que no avisan con antelación, sino que llegan uno detrás del otro sin que haya tiempo de recuperarse del anterior. Y entonces el rancho, el rancho en el poblado Comales, donde las cenizas del chelelo descansaban en una cripta y donde las pertenencias de décadas de vida artística estaban guardadas en bodegas y en habitaciones que la familia
mantenía con el cuidado de quien sabe que lo que está ahí no puede reemplazarse. Hay algo más sobre la historia del Chelelo que merece contarse porque dice algo sobre el tipo de artista que fue en el sentido más amplio del término. Fue el hombre que inspiró sin querer dos novelas de uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX.
Ricardo Garibay, el escritor y guionista que había conocido a Eleazar durante una gira por el norte de Tamaulipas y que había tomado notas del ambiente social de esa región fronteriza, escribió par de reyes y la casa que arde de noche inspirado en lo que había observado en ese territorio y en las personas que lo habitaban. Garib era uno de los escritores más respetados del México de esa época, un hombre que movía entre la literatura seria y el guion cinematográfico con la facilidad de los que no ven una contradicción entre el arte popular y el arte de
autor, que un escritor de ese calibre encontrara en la frontera tamaulipeca y en los hombres que la habitaban. Entre ellos, el joven Eleazar García, material suficiente para dos novelas importantes, dice algo sobre lo que había en ese territorio que el resto del país no siempre sabía ver.
No era un territorio vacío de historia ni de complejidad humana. Era un territorio lleno de historias que el centralismo cultural del México de esa época tendía a ignorar porque no venían del lugar correcto. El chelelo fue parte de lo que hizo que Garibay viera esas historias y las novelas que Garibay escribió son, en ese sentido, también parte del legado de Eleazar García, aunque sea un legado que opera en un registro completamente diferente al de las 200 películas y los corridos fronterizos y las funciones de títeres en el traspatio de un rancho en
Mier, Tamaulipas. El personaje del Chelelo que Eleazar García construyó durante décadas tiene algo en común con los grandes personajes cómicos de cualquier cultura que los produce. Tiene la capacidad de ser universalmente reconocible, aunque esté construido con materiales completamente locales.
El humor del chelelo no necesitaba explicación para el público del norte. Era el humor de alguien que entiende exactamente qué es lo que hace gracioso al tipo norteño, sin necesidad de distancia crítica ni de análisis. Era la mirada desde adentro. La risa de alguien que se ríe de lo propio con el afecto que solo tiene quien pertenece.

Y eso es lo que distingue al chelelo del tipo de personaje cómico que se construye desde la observación externa, desde el ojo del artista que mira a un grupo social desde afuera y lo describe con una precisión que puede ser brillante, pero que siempre lleva la marca del que no es de ahí. El chelelo era de ahí, de la frontera noreste, del río Bravo, de los ranchos y de las ciudades polvorientas y del béisbol y de los corridos, y de las aduanas, y de los cruces ilegales, y de los braseros, y de los norteños que vivían en Texas y que
cuando venían a ver una película del Chelelo estaban viendo algo que nadie más les ofrecía con la misma honestidad. Ese fue su aporte. No solo 200 películas, no solo Laosa de Plata, no solo El Premio en Rusia, no solo la curul en el Congreso. El aporte fue ponerle cara y voz y humor a norteño en la pantalla grande durante cuatro décadas, en un periodo en que el cine del centro del país tendía a tratarlo como telón de fondo o como tipo folclórico sin profundidad.
El Chelelo lo convirtió en protagonista de su propia historia, aunque fuera en papeles secundarios, porque la profundidad humana que metía en esos papeles secundarios hacía que fueran los que la gente recordaba después de salir del cine. Hay algo que el norte de México hace con sus grandes figuras que el resto del país no siempre entiende desde afuera.
Las adopta de una manera que va más allá de la admiración. las convierte en parte del paisaje cultural de la región con la misma naturalidad con que adopta los corridos y los tamales y el béisbol y el acento específico que el río Bravo le da al español de ese territorio. Y cuando esas figuras se van, las extraña con la intensidad de quien siente que perdió algo que no puede reemplazarse porque nadie más lo tenía exactamente de esa manera.
Ele garelo se fue el 24 de agosto de 1999 y el norte de México lo sintió de esa manera. No con el desbordamiento masivo que la muerte de Pedro Infante en 1957 había producido en las calles de la Ciudad de México con medio millón de personas, no con la cobertura nacional que los medios capitalinos le dan a las figuras que consideran parte de su propio paisaje.
Lo sintió con la intimidad específica de los duelos que ocurren en las familias que son de verdad, donde el dolor no necesita ser documentado para ser real. Tenía 74 años. Había nacido en el rancho Losguerra, en lo que hoy es el municipio de Miguel Alemán, en la Tamaulipas más fronteriza, más cercana al río, más lejana de los centros de poder, donde se decidía que era importante en el México del siglo XX.
Y había muerto en Monterrey, Nuevo León, después de años de luchar con problemas de salud, que los que lo conocían de cerca sabían que estaban afectando su capacidad de seguir siendo el chelelo que el público conocía, aunque en los escenarios todavía lo intentara con la determinación de toda una vida. Su cuerpo fue cremado.
Sus cenizas fueron depositadas en la cripta del rancho familiar en el poblado Comales, en el municipio de Miguel Alemán, en la misma tierra donde había comenzado todo. Era el cierre más coherente posible para la historia de un hombre que había salido del rancho Losguerra a los 14 años en el circo imperial y que regresaba al mismo territorio en la forma más definitiva de todas.
El norte que lo había formado lo recibía de vuelta. El legado del Chelelo tiene una dimensión que el tiempo ha ido revelando de maneras que en 1999 no eran completamente visibles. Es el legado de haber sido parte de la trilogía de los grandes cómicos norteños del cine mexicano de la época de oro, al lado de Eulalio González el piporro y de Alejandro Reina, el tío Plácido.
tres hombres del norte que en diferentes momentos y con diferentes estilos pusieron en la pantalla grande algo que el cine del centro del país no podía poner con la misma autenticidad la manera de ser del norteño mexicano visto desde adentro. El piporro era el tamaulipeco de los herreras que nunca suavizó su acento regiomontano.
El tío Plácido era otra expresión de esa misma tradición regional y el chelelo era el de Mier, el del río Bravo, el que había compuesto la aduana de Mier siendo joven y que había terminado como diputado federal en el Congreso que supervisaba esas mismas aduanas. Tres hombres que venían de la misma región del noreste de México, de esa frontera específica donde el país termina y Estados Unidos empieza y donde la identidad de las personas que viven ahí es algo que el resto del país no siempre entiende del todo, porque
implica vivir con una dualidad que los que están lejos del río no tienen que negociar todos los días. Que los tres hayan llegado al cine desde la música y desde las carpas y desde las caravanas artísticas, en lugar de desde las escuelas de actuación de la Ciudad de México, dice algo sobre el tipo de talento que el norte producía en esa época.
Era un talento formado en los escenarios reales, en los públicos que no te debían nada, en la necesidad de ganarte cada función con lo que tenías disponible en ese momento, porque si no lo hacías, el público lo decía de maneras que no admitían ambigüedad. Hay una conexión entre la vida del chelelo y algo que el escritor Ricardo Garibay observó en sus giras por el norte de Tamaulipas y que convirtió en las novelas Par de Reyes y la casa que arde de noche.
Esa conexión dice algo sobre el norte de México que va más allá de la comedia y del cine de vaqueros y de los corridos. Garibai vio en ese territorio fronterizo una complejidad humana que el México centralista tendía a ignorar. vio personas que vivían en el margen del mapa oficial del país, pero que tenían historias que merecían ser contadas con la misma seriedad con que la literatura mexicana contaba las historias del centro.
Y encontró en El Chelo, en ese joven que tocaba guitarra y con trabajo y que hacía reír a los pueblos fronterizos con sus canciones cómicas, una entrada a ese mundo que ningún libro de texto sobre el norte mexicano le habría podido dar. La literatura y el cine cómico norteño señalando hacia el mismo territorio. Dos formas completamente diferentes de contar la misma historia.
El chelelo, sin saberlo completamente, siendo parte del material de uno de los escritores más importantes de su época. Esa conexión entre el artista popular y la literatura seria es uno de los datos menos conocidos de toda su historia y uno de los más reveladores sobre la naturaleza del impacto que tuvo más allá de las 200 películas y de los corridos que el norte cantaba en sus fiestas.
Las películas del Chelelo con Antonio Aguilar tienen hoy una vida que en los años 60 y 70 nadie hubiera podido anticipar. Están en plataformas de streaming, están en YouTube, las ven personas que no las vieron cuando se estrenaron, hijos y nietos de los que sí las vieron, jóvenes de comunidades mexicanas en Estados Unidos que buscan en esas películas salvo de la tierra de sus abuelos que las fotos y los relatos familiares no siempre pueden dar completamente.
Esa segunda vida de las películas norteñas de los años 60 y 70 es uno de los fenómenos más interesantes del entretenimiento latinoamericano contemporáneo. Son películas de bajo presupuesto filmadas con la velocidad que el mercado fronterizo exigía, con guiones que no siempre tenían la complejidad que los críticos de la Ciudad de México demandaban, con actuaciones que el establishment cinematográfico de la capital tendía a ver con condescendencia y sin embargo sobrevivieron cuando muchas producciones más pretenciosas y mejor financiadas de
la misma época no encontraron público en las décadas siguientes. El chelelo en esas películas es la razón principal por la que muchas de ellas siguen siendo vistas. No, Antonio Aguilar, aunque Aguilar tuviera la estrella más grande y la voz más reconocida. Es el chelelo el que hace que la gente las ponga en pausa para repetir una escena, el que genera los comentarios en YouTube donde las personas que crecieron en el norte de México o en las comunidades mexicanas de Texas y California escriben cosas como que su abuelo se partía de risa con el
chelelo o que esas películas eran lo que veían los domingos en familia. Esos comentarios son el legado más vivo de todo lo que Eleazar García construyó. No los premios, ni las estadísticas de taquilla, ni los registros de la anda, ni los archivos del Congreso de la Unión. Los comentarios de personas que encontraron en las películas del Chelelo algo que los conecta con una memoria que de otra manera se habría perdido.
El rancho de Comales, donde la cripta fue profanada y donde las joyas desaparecieron, es hoy el punto más doloroso del legado familiar del Chelelo. Javier García, el hijo que presentó la denuncia y que murió de COVID menos de 2 años después, vivió con esa herida el tiempo que le quedó. Eleazar Junior, que había muerto en 2011 de insuficiencia renal, no llegó a ver el saqueo de 2019 y el Chelelo mismo, que había muerto en 1999, no podía saber que el rancho que representaba su regreso al territorio de origen sería el escenario de algo que
ningún hijo ni ninguna familia debería tener que encontrar. Ese rancho en Comales existe hoy en un estado que las fuentes no describen con detalle porque la familia después del saqueo no ha tenido la visibilidad pública que en otras circunstancias les habría correspondido. Es el destino de muchos legados de las figuras del norte de México que no tienen los museos, ni los patronatos, ni las fundaciones que las figuras del centro del país generan para preservar su memoria, porque el norte raramente recibe ese tipo de inversión
institucional en su propia historia. Lo que sí existe son los testimonios de quienes lo conocieron, la biografía que su hijo Javier escribió y que circuló en medios tamaulipecos, los artículos de aniversario que los periódicos locales publican cada 24 de agosto. Los videos que las comunidades de fans del cine norteño suben a YouTube con fragmentos de sus películas y con comentarios que son en sí mismos una forma de archivo que ninguna institución oficial habría podido construir con la misma autenticidad. Hay una pregunta que
flota sobre el legado de Eleazar García El Chelelo y que nadie ha respondido del todo satisfactoriamente. Es la pregunta de por qué un hombre que participó en 200 películas, que ganó La Diosa de Plata, que obtuvo un premio internacional en Rusia, que fue diputado federal, que compuso canciones que el norte de México sigue cantando décadas después de su muerte, no tiene el monumento que su trayectoria merece.
El piporro tiene su museo en los Herreras, ese municipio de Nuevo León que nadie recuerda en el mapa turístico, pero que abre las puertas del museo los fines de semana para recibir a los que van específicamente a ver las cosas del hombre que nació ahí. El Chelelo tiene su rancho saqueado en comales y una cripta que alguien quebró en busca de algo que robar.
Esa diferencia no es solo una cuestión de lo que cada municipio decidió hacer con la memoria de su figura más conocida. Es también una cuestión de lo que el norte de México hace diferente dependiendo del Estado, del municipio, de los recursos disponibles, de si hay alguien en el gobierno local que se preocupe lo suficiente como para impulsar la preservación de algo antes de que el tiempo y la violencia lo consuman.
El Chelelo nació en Mier, Tamaulipas. Murió en Monterrey, Nuevo León. Sus cenizas estaban en Comales, en el municipio de Miguel Alemán, también en Tamaulipas. ¿Qué queda hoy de Elazar García el Chelelo en el norte de México? Queda el nombre. El Chelelo es todavía un hombre que en el norte de Tamaulipas y en las comunidades fronterizas de ambos lados del río Bravo se pronuncia con el reconocimiento inmediato de quien sabe exactamente de quien se habla sin necesitar más contexto.
No es el reconocimiento de los museos ni de las placas conmemorativas ni de los monumentos que las ciudades erigen cuando quieren recordar que alguien importante pasó por ahí. Es el reconocimiento que viene de haber sido parte de la vida cotidiana de la gente durante décadas, de haber estado en las pantallas de los cines de pueblo y en los jukbx de los restaurantes fronterizos y en las radios de los camiones que cruzaban el Río Bravo.
Queda la aduana de Mier, que el norte sigue cantando porque dice lo que el norte siempre ha sabido sobre las aduanas y sobre lo que ocurre en los cruces, donde el dinero y el poder se encuentran fuera de la vista de quienes debería supervisarlos. Quedan las películas, las 200 películas que hoy viven en plataformas digitales con esa segunda vida que el internet le da a los contenidos que de otra manera habrían quedado en bodegas y en archivos que nadie consulta.
Las 200 películas donde el norteño de Mier que cobraba un centavo la entrada por sus funciones de títeres hace reír a personas que todavía hoy encuentran en ese humor algo que los conecta con una manera de entender el mundo que el tiempo no ha podido borrar del todo. Queda el hijo que murió en 2011.
Queda el hijo que murió en 2020. Queda el rancho saqueado y la cripta rota. Queda la familia que siguió el camino que él había abierto y que pagó el precio que las familias del norte de México a veces pagan por existir en ese territorio con la intensidad que los García existieron en él. Y queda algo más que todas esas cosas juntas.
Queda la historia del niño que en el traspatio de su casa en el rancho Los Guerra improvisaba funciones de títeres y cobraba un centavo la entrada. El niño que a los 14 años se subió al circo imperial porque era la única puerta disponible y la tomó sin vacilar. El joven que grababa canciones sobre las corruptelas aduanales porque vivía en la frontera y la frontera le había enseñado que ciertas cosas merecen ser nombradas aunque sea con humor.
El hombre que fue bautizado por Antonio Aguilar en Guatemala con un apodo que se convirtió en su identidad definitiva, el actor que un jurado en Rusia premió por la cárcel de Laredo porque lo que hacía trascendía el idioma y la cultura y el territorio donde lo había aprendido. el diputado que llevó al Congreso de la Unión el mismo sentido del humor que había llevado a 200 películas.
Y el hombre que murió en Monterrey en agosto de 1999, cuyas cenizas viajaron al rancho de Comales para descansar en la tierra del norte que siempre había sido la suya. Eso es el chelelo, no el monumento que no tiene, no el museo que nadie construyó, el nombre que el norte pronuncia, todavía con el reconocimiento de quien sabe exactamente quién era ese hombre, aunque no pueda ir a ningún lugar específico a buscarlo, porque los lugares que lo guardaban fueron saqueados y el tiempo convirtió el resto en memoria sin dirección fija. Ele
García Saens, el Chelelo, nació el 28 de septiembre de 1924 en el Rancho Los Guerra, Mier, Tamaulipas. murió el 24 de agosto de 1999 en Monterrey, Nuevo León. Entre esos dos puntos del mapa construyó algo que las 200 películas y la diosa de Plata y el Premio en Rusia y la Kurul en el Congreso no explican completamente porque lo que construyó no cabe en ninguna lista de logros.
Cabe en la risa de la gente del norte cuando escucha el nombre, en la canción sobre la aduana, en el comentario de YouTube donde alguien escribe que su abuelo se partía de risa con el chelelo y que gracias a Dios esas películas todavía existen para que uno pueda entender por qué. Eso también es el chelelo.
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