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Así fue la vida del Eleazar García “Chelelo” Y su Rancho | su Fortuna y su Triste Final

Así fue la vida del Eleazar García “Chelelo” Y su Rancho | su Fortuna y su Triste Final

En el poblado Comales, en el municipio de Miguel Alemán, Tamaulipas, hay un rancho que guarda una historia que el norte de México todavía no ha terminado de procesar. No es un rancho que aparezca en ninguna guía turística ni en ningún mapa que los viajeros consulten cuando pasan por esa zona de la frontera noreste.

 Es una propiedad que durante décadas fue el refugio del hombre más gracioso del cine norteño mexicano, el lugar al que volvía después de las giras y de las filmaciones y de los discursos en el Congreso de la Unión. El lugar donde sus cenizas descansaron después de que el 24 de agosto de 1999 el norte de México perdió a uno de sus propios y ese rancho es la que define el estado actual de la historia del chelelo en el norte de México.

 Una historia que comenzó con un niño que cobraba un centavo la entrada para ver sus funciones de títeres en el traspatio de su casa en el rancho Los Guerra, que pasó por el circo imperial y por las caravanas artísticas y por la radio fronteriza y por 200 películas y por la diosa de plata y por el Congreso de la Unión y por los premios internacionales en Rusia.

 Pero antes de hablar de ese rancho en Comales y de lo que le pasó, antes de hablar de los últimos años del chelelo y de las circunstancias exactas de su muerte, que las fuentes no siempre cuentan de la misma manera, hay que contar la historia completa, porque la historia completa de Eleazar García Saelo, es una de las más extraordinarias que el norte de México produjo en el siglo XX y raramente se cuenta con la profundidad que merece porque la sombra de Antonio Aguilar, el hombre al que acompañó en la mayoría de

sus películas, tiende a opacar la dimensión de lo que el Chelelo construyó por cuenta propia, el rancho los Guerra, en lo que hoy es el municipio de Miguel Alemán, Tamaulipas, cerca de Mier. Ahí, el 28 de septiembre de 1924 nació Eleazar García Sa ya el primer dato de su vida dice algo sobre la naturaleza de lo que vendría.

 Nació en un rancho, no en una ciudad, no en la capital de un estado, no en un lugar con los recursos y las conexiones que en el México de esa época podían abrirle puertas a alguien con talento. Nació en el rancho más fronterizo posible en un municipio de Tamaulipas que está literalmente al borde del Río Bravo, donde México termina y Texas empieza, donde el idioma y la cultura y la manera de entender el mundo se mezclan de una manera que el resto del país no siempre comprende desde adentro.

 En ese rancho, la vida giraba alrededor de pocas cosas. La agricultura, principalmente la pesca en el río Bravo, el béisbol, que en la frontera noreste de México tenía una presencia que el resto del país no compartía con la misma intensidad, importado desde el otro lado del río con la naturalidad que tienen las cosas que cruzan la frontera, cuando la frontera no es todavía un muro, sino simplemente un río.

 y las funciones de entretenimiento improvisadas que la gente organizaba para distraerse en un lugar alejado de los centros urbanos donde el espectáculo profesional raramente llegaba. Ele desde niño tenía algo. Lo tenía con la claridad con que algunos niños saben desde muy temprano cuál es el territorio donde van a vivir. No era el territorio de la agricultura, ni el del béisbol, ni el de la pesca.

Era el del espectáculo, el de hacer que la gente se reuniera y mirara hacia él y se riera de lo que hacía. Junto a su amigo Silvestre Barrera, el pequeño Eleazar organizaba funciones de títeres en el traspatio de su casa. Cobraba un centavo la entrada y la gente del rancho pagaba ese centavo porque lo que el niño hacía con sus títeres valía exactamente eso y más. Un centavo la entrada.

 Ese es el primer teatro del Chelelo, el traspatio de una casa en el Rancho Los Guerra, con títeres hechos con lo que hubiera disponible y con un público de vecinos que pagaban un centavo porque el niño hacía algo que los hacía olvidar por un momento el calor y el trabajo y la distancia de cualquier lugar donde la vida fuera más fácil.

 Tenía 14 años cuando llegó al rancho el circo imperial. Las fuentes no dicen exactamente en qué año fue eso, pero si Eleazar nació en 1924 y tenía 14 años, estamos hablando de 1938, el México de Cárdenas, el México que estaba en medio de transformaciones que en el rancho los Guerra probablemente se sentían como el eco lejano de algo que ocurría en otro mundo.

 El circo imperial era, según las fuentes que describen ese momento, una compañía en gira hacia el sur de Texas. Uno de esos circos que recorrían los pueblos del norte de México y el sur de Texas, con la versatilidad de quien sabe que en los lugares alejados de los centros urbanos el espectáculo que traen es el único espectáculo disponible para los pobladores del rancho los Guerra.

 Para ese Leazar de 14 años que ya cobraba centavos por sus funciones de títeres, la llegada del circo imperial debió ser algo que reorganizó todo lo que sabía sobre lo que era posible. Se enroló como aprendiz de artista de la legua. 14 años, un rancho en la frontera de Tamaulipas y la decisión de unirse a un circo itinerante porque era la única manera disponible de hacer lo que quería hacer.

 No hay romanticismo en esa decisión, aunque a la distancia pueda parecerlo. Era la decisión práctica de alguien que no tiene acceso a las escuelas de arte, ni a las academias de actuación, ni a los agentes y productores que en la Ciudad de México estaban construyendo la industria del entretenimiento. Era la única puerta disponible y Eleazar la abrió con la naturalidad de quien no entiende porque habría que esperar a que llegue una mejor.

 En esa primera gira por ciudades y pueblos polvorientos del norte, Eleazar interpretó corridos y canciones norteñas. No era todavía el cómico que sería. Era el músico que siempre había sido potencialmente el niño que creció escuchando la música de la frontera noreste y que la tenía adentro de una manera que el cuerpo reconoce antes de que el talento tenga nombre.

 Los años que siguieron a esa primera gira con el circo imperial son los años de formación del chelelo en el sentido más literal del término. No la formación de las escuelas, sino la formación de los caminos, de los escenarios improvisados, de las ciudades que se ven desde la ventana de un camión de gira y que enseñan sobre la vida humana más de lo que enseña cualquier aula.

 Elezar aprendió a tocar la guitarra, aprendió a tocar el contrabajo, empezó a grabar canciones para discos Falcón, el sello discográfico de Corpus Cristi, Texas, que era en esa época el gran distribuidor de música norteña en la frontera, el labável que ponía la música del norte en los jukbxs de los restaurantes y de los bares a ambos lados del río Bravo.

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