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Diana de Gales: La Historia Que la Corona No Quiere Que Conozcas

El 31 de agosto de 1997, a la 1:43 de la madrugada en un túnel de París, una mujer de 36 años murió en el asiento trasero de un coche mientras huía. Llevaba 13 años huyendo de los fotógrafos, del palacio, de un matrimonio que nunca fue un matrimonio. Lo que la mayoría de la gente cree que sabe sobre Diana Spencer no es la historia real, es la versión que la institución quiso que creyeras.

Porque hay una versión de estas historias que casi nunca Ercina se cuenta. La de una mujer de 19 años que entró en una catedral con 750 millones de personas mirándola y que iba destruyéndose por dentro desde una semana antes del compromiso. La de una mujer a quien la familia real británica ignoró cuando pedía ayuda.

Vigiló cuando se revelaba y abandonó cuando ya no les era útil. No la abandonaron porque era difícil, la abandonaron porque era incómoda, porque una mujer que llora en público, que abraza a enfermos, decida cuando nadie en el mundo se atreve a tocarlos, que se sienta frente a las cámaras de la BBC y dice en directo que había tres personas en ese matrimonio.

Esa mujer es un peligro para una institución que lleva siglos construidas sobre el silencio, sobre el protocolo, sobre la sonrisa perfecta en el momento exacto. Esa mujer es una bomba. Antes de que termine este vídeo, vas a escuchar lo que Diana grabó en secreto en 1991, 5 horas de cintas de audio que la familia real hizo todo lo posible por enterrar.

Cintas en las que habla de sus intentos de suicidio, de la bulimia, del miedo constante a que la encerraran en un psiquiátrico para silenciarla. Quédate. Esta es la historia de Diana Francis Spencer, la mujer más fotografiada del siglo XX, la princesa que el mundo entero amó y la mujer a la que la corona intentó borrar. En los próximos 50 minutos vas a descubrir lo que los documentales oficiales nunca muestran.

Te avisaré que cuanto llegue cada revelación. Pero para entender cómo la mujer más amada del mundo acabó sola en un túnel de París huyendo de sus propios fotógrafos, hay que volver al principio. Diana Franz Spencer nació el primero de julio de 1960 y uno en Parkuse, una casa de campo en Sandringham, Norfolk.

era la tercera hija del biscón de Althorp y de Francis Rush. Y lo primero que tienes que saber sobre su infancia es esto. Su padre quería un hijo varón. Llevaban años intentándolo. El primer bebé fue un niño que murió a las 10 horas de nacer. Luego vinieron dos niñas, Sara y Jane. El día que nació Diana, su padre no llamó al médico de inmediato.

No hubo celebración especial. Una decepción que nadie verbalizó, pero que una niña pequeña aprende a leer antes de saber hablar. Tres años después nació Charles, el heredero varón que la familia llevaba esperando. Y el equilibrio emocional de la casa, ya frágilantes, se reconfiguró alrededor de ese niño. Diana lo aprendió pronto.

El amor en esa familia no era gratuito, era condicional y dependía de quién eras, no de lo que sentías. Pero la herida más grande no vino del padre, vino de la madre. Francis Roch era una mujer que había llegado al matrimonio demasiado joven, 18 años, con un hombre 14 años mayor que ella. Un matrimonio de conveniencia social, disfrazado de amor.

Lo que el mundo vería años después en su hija, la jaula dorada, el marido frío, la soledad dentro del lujo. Francés lo vivió antes. En 1967, cuando Diana tenía 6 años, Frances abandonó la familia, se fue con otro hombre y perdió la custodia de sus hijos en un proceso judicial. que la destruyó públicamente. El tribunal la declaró culpable.

Os se quedaron con el padre. Diana tenía 6 años y aprendió la lección más devastadora de su infancia. Las mujeres que se van pagan un precio muy alto. Las mujeres que rompen las reglas pierden. Las mujeres que se atreven a querer algo diferente son castigadas. Esa lección se instaló en algún lugar profundo de Diana Spencer y años después, cuando estuviera atrapada en su propio matrimonio imposible, ese miedo aprendido de niña secía una de las razones por las que tardó tanto en irse.

Su padre se volvió a casar en 1969 con Rein. Condesa de Darmoth. Una mujer que los hijos apodaron en privado, Rein la pesada. Era fría, dominante y llegó a reorganizar la casa y la vida familiar con una eficiencia que no dejaba espacio para la melancolía de cuatro niños que echaban de menos a su madre. Diana la odió con la intensidad silenciosa que solo tienen los niños que no tienen permitido gritar.

La infancia de Diana transcurrió en internados. Primero Riddlesworth Hall, luego West Heath School. Era una estudiante mediocre. suspendió sus exámenes de nivel ordinario dos veces y abandonó la escuela a los 16 años sin graduarse, no porque fuera poco inteligente, sino porque era una niña emocionalmente sola que no encontraba en los libros lo que buscaba, que alguien la mirara de verdad.

Lo que sí encontró fue el ballet. Desde pequeña, Diana amaba bailar. Su profesora, Anne Alan, diría años después que el ballet estaba en su alma, que le daba una libertad que no encontraba en ningún otro lugar. Quería ser bailarina profesional, pero creció demasiado rápido. A los 16 años medía 1,78, demasiado alta para el ballet clásico.

Otra puerta cerrada. Otra vez el mundo diciéndole que lo que quería no era posible. A los 17 años fue a Suiza un semestre a una escuela de institut de Manet. Duró pocos meses. No había nada que aprender allí que le importara. Volvió a Londres. Se instaló en un apartamento pequeño en Earl Court con tres amigas.

Trabajó de cuidadora de niños. limpiaba casas ajenas, cocinaba para familias que no eran la suya. Una chica de 19 años, alta, tímida, con una sonrisa que se inclinaba hacia abajo cuando estaba nerviosa, sin saber todavía que el mundo entero iba a aprender a reconocer esa sonrisa. Fue su hermana mayor, Sara, quien la presentó al príncipe Carlos.

Irónicamente o quizás trágicamente, Sara había tenido ella misma una aventura breve con Carlos a finales de los años 70. Cuando la relación terminó, Sara lo comentó sin medir las consecuencias en una entrevista de revista. Carlos la dejó inmediatamente y fue entonces cuando fijó su atención en la hermana pequeña.

Y lo que nadie subraya suficiente es esto. Antes del compromiso, Carlos y Diana se habían visto apenas una docena de veces. 12 encuentros, 12 conversaciones breves en actos sociales, cacerías, cenas de protocolo. No se conocían, no habían tenido tiempo de conocerse. Y el duque de Edimburgo, el padre de Carlos, le escribió una carta presionándole para que hiciera lo correcto, que se decidiera o que dejara de ver a Diana para no dañar su reputación.

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