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Un Borracho Desafió a Pedro Infante en Pleno Escenario; Lo Que Hizo Dejó Atónitas a 20,000 Personas

Un hombre borracho subió al escenario para retar a Pedro Infante a una pelea frente a miles de  personas. Lo que el ídolo hizo después no solo lo dejó sin palabras a él, sino a toda una nación que escuchó la historia  durante décadas. Era la noche del 12 de octubre de 1955 en el teatro Blanquita  de la Ciudad de México.

 El recinto estaba a reventar. Más de 3,000  personas se apretujaban entre los pasillos y los palcos, abanicándose con programas  de mano, esperando ver al hombre que en ese momento era el actor y cantante más querido de  México. Pedro Infante no era solamente una estrella de cine, era para buena parte del pueblo mexicano,  el reflejo de lo que ellos mismos querían ser.

Trabajador, galante, capaz de hacer reír y llorar con la  misma canción. Esa noche cantaba como pocas veces se le había visto cantar con esa voz que parecía nacer del  pecho y no de la garganta. El público respondía con gritos, con pañuelos al aire, con ese fervor que solo los ídolos verdaderos logran despertar.

Acababa de terminar Amorcito  Corazón y el teatro entero coreaba todavía el estribillo cuando desde la tercera fila,  una voz rasposa y cargada de alcohol rompió el ambiente como un balde de agua fría. Infante, tú no eres más que pura facha. La voz pertenecía a Refugio Cuco  Treviño, un hombre de 41 años, originario de un ejido en Hidalgo que había llegado a  la capital meses atrás buscando trabajo en la construcción. Cuco era fan del cine.

Había entrado al  teatro esa noche casi por accidente, arrastrado por unos compañeros de obra y varias copas de más  en una cantina cercana. En su mente nublada por el tequila, algo se había encendido  al ver a las mujeres suspirar por un hombre en una pantalla, por un actor que, pensaba  él, nunca había cargado un costal de cal ni dormido bajo un techo de lámina.

 “¿Tú crees  que por cantarle bonito a las viejas ya eres muy hombre, verdad?”, gritó de nuevo, ahora poniéndose de pie, tambaleante. La música se detuvo. El director de la orquesta bajó la batuta despacio sin saber qué hacer. Pedro Infante, que un  segundo antes sonreía con los ojos cerrados, abrió los párpados y buscó con la mirada el origen de aquella voz.

 3000 personas voltearon al mismo tiempo  como si fueran una sola. Un silencio extraño, denso, se apoderó del blanquita. Cu no se detuvo ahí. A ver, bájate de ahí, payaso, y demuéstrame que eres hombre de adeveras, no más de mentiritas en la pantalla. Algunas mujeres en primera fila se llevaron  la mano al pecho. Un par de hombres trataron de callarlo, pero Cuco los empujó  encendido por la furia y el alcohol, decidido a no quedarse callado.

 Los guardias de seguridad,  vestidos de traje oscuro, comenzaron a moverse entre las filas hacia donde estaba el hombre. Pedro, sin embargo,  levantó una mano hacia ellos, pidiéndoles que se detuvieran. Amigo”, dijo Pedro  Infante acercándose al micrófono, su voz aún suave, pero ya con un filo distinto.

“Todos aquí pagaron su boleto igual que usted. ¿Por qué no nos deja disfrutar la función?” “No quiero disfrutar nada”, respondió Cuco, con la voz quebrada  por el coraje. “Quiero que bajes y me demuestres que no eres solamente saliva y peinado de revista”, la gente comenzó a murmurar.  Algunos pedían que sacaran al hombre del teatro.

 Otros, curiosos, querían ver hasta dónde llegaría  aquello. El ambiente festivo de minutos antes se había transformado en algo tenso, casi eléctrico. Pedro miró a los guardias,  después miró al público y finalmente clavó los ojos en cuco. Lo que pasó después tomó  por sorpresa hasta su propio mariachi. En lugar de pedir que lo sacaran, en lugar de ignorarlo y seguir cantando,  Pedro Infante dejó el micrófono en su soporte y caminó hacia el borde del escenario.

 ¿Quiere saber si soy hombre de  a de veras? Preguntó su voz ahora resonando clara por todo el recinto gracias al sistema de sonido. ¿Cree que solamente  sé sonreír para las cámaras? El teatro completo contuvo el aliento. Nadie sabía qué iba a pasar. Pedro continuó con esa mezcla de serenidad  y autoridad que lo caracterizaba.

Pues mire, amigo, ¿por qué no sube usted aquí y lo arreglamos como se debe? El público estalló.  Unos aplaudían entusiasmados, otros gritaban que no lo hiciera, que ese hombre estaba borracho y podía ser  peligroso. Los guardias intentaron avanzar de nuevo, pero Pedro volvió  a detenerlos con un gesto firme de la mano.

 “Déjenlo pasar”, dijo. “Que suba.” Cuco, envalentonado  por el reto y por el alcohol que aún corría por sus venas, comenzó a abrirse paso entre las butacas, empujando a quien se le pusiera  enfrente. Eso es, gritaba mientras avanzaba tambaleante hacia el escenario. Ahora sí, vamos a ver de qué madera estás hecho.

 Cuando finalmente trepó al escenario  tropezando con el primer escalón, el teatro entero estaba de pie. Algunas mujeres gritaban asustadas, otros hombres silvaban,  expectantes de una pelea que parecía inevitable. Pedro caminó  hacia él sin prisa, sin miedo visible en el rostro, mientras Cuco se tambaleaba frente a él, sudoroso,  con los puños apretados pero temblorosos.

“Está bien, amigo”, dijo Pedro, ya lo suficientemente cerca para que el micrófono prendido en su traje de charro captara  cada palabra. “¿Usted quiere demostrar quién es más hombre aquí? Tengo una propuesta para usted.” “A ver, dígame.” Masculló Cuco, todavía con el seño fruncido, sin bajar la guardia.

Vamos a hacer algo distinto”, dijo Pedro con una sonrisa  que comenzaba a dibujarse en su rostro. “Usted y yo, aquí mismo,  ahora mismo, vamos a tener un duelo, pero no de golpes, de canto. El que cante mejor gana!” La propuesta fue tan inesperada, tan  distinta a lo que todos imaginaban, que por un instante nadie en el teatro supo cómo reaccionar.

Un duelo de canto. Este obrero borracho contra Pedro Infante, el ídolo de México.  Entonces, alguien entre el público comenzó a reír. Después otro. En cuestión de segundos, el blanquita  entero estalló en carcajadas y aplausos. La tensión que minutos antes con convertirse en violencia se transformó de golpe en expectación en algo parecido a una fiesta.

 Cuco, sin embargo, no estaba nada divertido. Yo no vine a cantar contigo dijo frunciendo el seño. Vine a partirte la cara. Pues qué mala suerte, respondió Pedro, ahora sonriendo abiertamente, porque este es  mi escenario, esta es mi gente y aquí las cosas se hacen como yo digo. ¿Quiere demostrar  que es más hombre que yo? Pues demuéstreme que puede hacer lo que yo hago. Cante.

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