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Lucero Hogaza SIGUE a una empleada doméstica de su casa. Lo que descubre es conmovedor.

Lucero Jogasa despertó sobresaltada al amanecer, perturbada por una pesadilla tan vívida que la dejó inquieta. A sus 55 años, la famosa artista mexicana había alcanzado un éxito absoluto en la música y la televisión, viviendo una vida llena de lujos en Polanco. Sin embargo, esa mañana una extraña inquietud la incomodaba como si algo importante existiera más allá del confort y la seguridad de su hogar.

 Al escuchar brevemente noticias sobre la crisis económica que afectaba a millones en México, apagó la televisión con fastidio, prefiriendo concentrarse en los compromisos del día, especialmente una sesión de fotos para una revista de moda. “Buenos días, señora Lucero.” La voz suave de María, su nueva empleada doméstica, interrumpió sus pensamientos.

“Le he dejado lista su ropa para la sesión de fotos.” Lucero observó a la mujer por un momento. María tendría unos cuarent y tantos años, pero su rostro revelaba una vida de trabajo duro. La había contratado hace apenas tres meses por recomendación de su amiga y colega Angélica Vale. Desde el primer día, María había demostrado ser eficiente, discreta y extraordinariamente trabajadora, cualidades que Lucero apreciaba en quien formaba parte de su entorno íntimo.

 Gracias, María”, respondió con una sonrisa. “¿Cómo está tu familia?” La pregunta pareció incomodar a la mujer, quien desvió la mirada rápidamente mientras acomodaba innecesariamente un florero sobre la mesita. “Bien, señora, todos bien”, contestó con una sonrisa que no llegó a sus ojos. “¿Necesita algo más?” Lucero notó la incomodidad, pero no insistió.

Respetaba la privacidad de su personal. Sin embargo, algo en la expresión de María la dejó pensativa. La mañana transcurrió con la rutina habitual. El equipo de maquillaje y vestuario llegó a la residencia para preparar a Lucero para la sesión. Entre risas, conversaciones y el ajetreo normal de estos eventos, Lucero observó de reojo a María, quien trabajaba silenciosamente, casi invisible para los demás.

 Había algo en su mirada que llamaba la atención de la artista. una mezcla de preocupación y cansancio que contrastaba con su habitual eficiencia. Durante la sesión de fotos, Lucero se transformó en la estrella que todos admiraban, sonriente, segura, perfecta. Era un papel que había interpretado durante décadas y que dominaba con maestría.

 Sin embargo, entre pose y pose, su mente volvía a la expresión de María. Al terminar el día, mientras los últimos miembros del equipo se retiraban, Lucero notó que María se acercaba tímidamente a ella. Señora Lucero, disculpe la molestia. ¿Sería posible salir un poco más temprano hoy? Tengo tengo un compromiso importante.

Era la tercera vez en dos semanas que María hacía esta solicitud. Lucero asintió sin preguntar detalles. Por supuesto, María. Ve tranquila. La mujer agradeció con evidente alivio y se apresuró a terminar sus pendientes. Lucero la observó mientras guardaba sus cosas con prisa. Notó sus manos enrojecidas por el trabajo constante, la forma en que miraba nerviosamente su teléfono celular cada pocos minutos y cómo guardaba discretamente en su bolso lo que parecía ser parte de la comida que había sobrado del almuerzo. Algo no

encajaba. María no era el tipo de persona que se aprovechara de su posición, al contrario, siempre había sido extremadamente respetuosa y profesional. Pero últimamente Lucero había notado cambios sutiles, ojeras más pronunciadas, una leve pérdida de peso y una preocupación constante que la mujer intentaba disimular sin éxito.

 Cuando María salió apresuradamente por la puerta lateral de la residencia, Lucero tomó una decisión impulsiva. Sin pensarlo demasiado, tomó su bolso, se puso una gorra y lentes oscuros, su disfraz habitual para pasar desapercibida y salió tras ella. ¿Qué estoy haciendo?”, pensó mientras cerraba la puerta de su casa.

 Era una locura seguir a su empleada, una invasión a su privacidad que iba contra todos sus principios, pero algo más fuerte la impulsaba, una intuición que no podía ignorar. Manteniendo una distancia prudente, Lucero siguió a María hasta la estación del metro Polanco. La mujer se movía con agilidad entre la multitud, claramente familiarizada con el sistema de transporte público que Lucero raramente utilizaba.

 Subieron al vagón que iba hacia el sur de la ciudad. A medida que avanzaban, Lucero observaba como el paisaje urbano cambiaba gradualmente. Los edificios elegantes y las boutiques exclusivas daban paso a construcciones más modestas y calles más congestionadas. María descendió en la estación Constitución de 1917 en el corazón de Itapalapa, uno de los barrios más populosos y con mayores índices de pobreza de la Ciudad de México.

 Lucero dudó un momento, pero finalmente bajó también, manteniendo su distancia. El contraste con Polanco era abismal. El ruido, los olores, la energía del lugar la golpearon inmediatamente. Vendedores ambulantes ofrecían todo tipo de productos mientras la gente se apresuraba en todas direcciones. María caminó varias cuadras adentrándose en callejones cada vez más estrechos.

 Lucero comenzó a sentirse insegura. No conocía esta zona de la ciudad y las miradas de curiosidad que recibía, a pesar de su disfraz, la ponían nerviosa. Sin embargo, continuó siguiendo a María hasta que la vio detenerse frente a un pequeño local con un letrero desgastado que decía farmacia económica. Lucero se ocultó tras un puesto de frutas mientras María entraba al establecimiento.

 A través del cristal empañado pudo ver como la mujer sacaba un pequeño fajo de billetes y lo entregaba al dependiente, quien a su vez le daba una bolsa con lo que parecían ser medicamentos. La cantante famosa observó como María salía de la farmacia y continuaba su camino. La siguió durante dos calles más hasta una vecindad de color amarillo deslavado.

 María entró al lugar y Lucero, dudando se quedó afuera. ¿Debía continuar con esta locura o dar media vuelta y regresar a su mundo de privilegios? La respuesta llegó como un grito proveniente del interior de la vecindad. Abuela, abuela. llegó. La voz infantil resonó con tanta alegría que lucero no pudo resistirse. Se acercó sigilosamente y vio a través de una ventana con cortinas desgastadas una escena que la dejó paralizada.

 María abrazaba a dos niños pequeños, una niña de unos 7 años y un niño que no tendría más de cuatro. Los rostros de los pequeños se iluminaron al ver a la mujer quien los besaba con devoción. trajo las medicinas, abuela preguntó la niña con una madurez impropia de su edad. Sí, mi amor.

 Hoy mismo se las daremos a tu mamá, respondió María con una sonrisa cansada mientras sacaba los medicamentos de la bolsa. Lucero sintió que estaba presenciando algo íntimo, algo que no tenía derecho a ver, pero no podía apartar la mirada. En una cama improvisada en la esquina de la pequeña habitación yacía una mujer joven, evidentemente enferma.

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