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¡HARFUCH CAZA al GOBERNADOR MORENISTA! La DEA EXIGIÓ CAPTURAR a ROCHA MOYA y su RED de FUNCIONARIOS!

De acuerdo con los documentos judiciales revisados por Aristegui Noticias, Proceso y múltiples medios mexicanos, la reunión fue custodiada por un ejército de sicarios armados con ametralladoras y armamento de grado militar. El aire en ese lugar debía oler atención, a pólvora guardada, al silencio de quien sabe que lo que se habla en esa habitación no puede salir.

En esa habitación estaban Rubén Rocha Moya y los entonces líderes de la facción criminal conocida como los Chapitos, Iván Archivaldo Guzmán Salazar y Ovidio Guzmán López. Hijos de Joaquín el Chapo Guzmán, dos de los criminales más buscados del mundo en ese momento y un candidato a gobernador sentados a la misma mesa.

Lo que se negoció en esa reunión, según [música] el expediente de la Fiscalía de Nueva York, fue un acuerdo político criminal sin precedentes en la historia moderna de México. Los líderes del cártel prometieron que Rocha Moya ganaría la gubernatura, lo garantizarían, lo asegurarían con todo el aparato criminal a su disposición.

Y a cambio, el candidato prometió algo concreto, documentado y directo. Cuando llegara al poder, colocaría funcionarios afines a los intereses del cártel en posiciones clave de su gobierno. Protegería las operaciones de tráfico de fentanilo, heroína, cocaína y metanfetamina y entregaría el control de facto de la Policía Estatal de Sinaloa.

Ese era el trato. Así de simple, así de brutal. Quédate hasta el final de este video porque lo que viene a continuación muestra exactamente cómo operó ese pacto el día de las elecciones, quiénes son los ocho funcionarios que todavía siguen libres hoy en México y cuánto tiempo le queda al gobierno de Harf antes de que los Estados Unidos escalen esta situación a un nivel que ningún gobierno mexicano ha querido enfrentar.

El domingo 6 de junio de 2021 amaneció en Sinaloa con un silencio que no era normal. Según la acusación del dj, los mandos de la policía estatal recibieron instrucciones directas esa madrugada. No se acerquen a los centros de votación. No intervengan. No importa lo que vean, no importa lo que escuchen, no importa lo que les reporten, no actúen.

Y eso es exactamente lo que pasó. Mientras los ciudadanos sinaloenses llegaban a votar, el aparato criminal ya estaba en movimiento. De acuerdo con los documentos judiciales, operadores del cártel se presentaron en mesas de votación en Culiacán, en Mazatlán, en Nabolato y en El Oota. Llegaron armados, llegaron con pistolas y con palos.

El sonido de esa jornada no fue el de urnas depositadas en silencio, fue el de amenazas sabotantes, de papeletas arrancadas, de candidatos sacados de la contienda a la fuerza. Los sicarios robaron urnas con votos de candidatos opositores. Intimidaron a candidatos rivales. Algunos de ellos, según la acusación, fueron directamente secuestrados para que abandonaran la elección.

Las llamadas de emergencia llegaron a la policía estatal. Los ciudadanos reportaban lo que estaba pasando, reportaban las amenazas, el robo de urnas, los grupos armados en las casillas y los agentes, siguiendo instrucciones que les llegaron desde arriba, no intervinieron ni una sola vez en ningún municipio. La acusación cita textualmente el comportamiento de la policía estatal.

Ese día los agentes recibieron llamadas de emergencia reportando amenazas en casetas, robo de urnas, presencia de individuos armados. Siguiendo instrucciones, los agentes no intervinieron. Eso no es negligencia, eso es complicidad institucional ejecutada con precisión. Hay que decirlo con todas sus letras. La jornada electoral del 6 de junio de 2021 en Sinaloa no fue una elección libre.

Fue una operación de control territorial ejecutada por un cártel con la complicidad activa del aparato policial del estado, presuntamente diseñada desde la propia campaña del candidato ganador. Y no actuaron solos. Enrique Díaz Vega, quien luego se convertiría en secretario de Administración y Finanzas del Gobierno de Rocha Moya, cumplió un rol que la acusación describe como operativo clave antes de las votaciones.

Según el de OJ, fue él quien entregó directamente a los líderes del cártel una lista detallada con los nombres y las direcciones de los opositores políticos de Rocha Moya, una lista con nombres, con direcciones, para que los sicarios supieran a quién ir a buscar, para que supieran a qué domicilio llegar cuando la intimidación tenía que ser personal.

Ese detalle no está en un rumor ni en una filtración periodística, está en el párrafo correspondiente del expediente federal de Nueva York. Esa noche, con los resultados consolidados, Rubén Rocha Moya ganó con el 56,6% de los votos. Morena ganó 20 de los 40 diputados del Congreso del Estado. Para la narrativa oficial fue un triunfo democrático.

Para el expediente del DOJ fue la consumación de un pacto criminal. Y 3 meses después, según la acusación, llegó la segunda reunión. Ya como gobernador electo, Rocha Moya volvió a reunirse con los líderes del cártel. Esta vez fue acompañado por Enrique Insun Cázares, su entonces secretario general de gobierno. La reunión también fue custodiada por sicarios.

El ambiente en esa sala volvía a tener el peso silencioso del poder criminal y en ella, de acuerdo con los reportes del expediente federal, se cumplió la segunda parte del trato. Se celebró el éxito de la operación electoral y Rocha Moya entregó formalmente el control de la Policía Estatal de Sinaloa a la facción criminal.

Eso significaba en términos prácticos que cualquier operativo policial estatal en Sinaloa podría ser filtrado al cártel con anticipación que ningún elemento de la Policía del Estado actuaría en contra de sus operaciones, que el fentanilo, la heroína, la cocaína y la metanfetamina cruzarían hacia Estados Unidos con una ventana de protección institucional garantizada desde el despacho más alto del gobierno de Sinaloa.

Piensa en lo que eso significa. Significa que cada kilo de droga que salió de Sinaloa hacia Texas, hacia California, hacia Illinois entre 2021 y 2026 salió con el respaldo implícito de un gobierno estatal. Significa que cada familia estadounidense destruida por el fentanilo en esos años tiene, según la acusación del DOJ, un nombre político detrás.

Significa que la corrupción no estaba escondida en una oficina municipal de tercer nivel. Estaba firmada, pactada y operando desde el despacho de un gobernador. Y ahora te voy a hablar de los 10 acusados. Porque Rocha Moya no estaba solo. El 29 de abril de 2026, el distrito sur de Nueva York desclasificó la acusación formal contra el gobernador de Sinaloa y nueve funcionarios y exfuncionarios más.

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