Sonora, 2008: excursión escolar, un niño perdido y una búsqueda que terminó mal
En octubre de 2008, 42 niños subieron a un autobús escolar en Sonora. Solo 41 bajaron. Las autoridades dijeron que fue un accidente, que el niño se perdió en el monte, pero lo que encontraron en ese rancho cambió todo y lo que no encontraron no te lo vas a poder sacar de la cabeza. Hay lugares en México donde el calor no es solo temperatura, es presencia.
Es algo que se pega a la piel y no suelta. Sonora es uno de esos lugares. Un estado enorme, árido, con sierras que guardan secretos desde hace siglos y desiertos que se tragan lo que nadie debería perder. En el verano de 2008, en un municipio pequeño al norte del estado, una maestra llamada Griselda Torres preparaba con semanas de anticipación lo que ella consideraba la excursión más especial del año escolar.
42 niños de quinto grado, una semana de campo, un campamento en las faldas de la sierra. Nada debería haber salido mal. Todo salió. Y en el centro de todo estaba un niño de 10 años llamado Juan Saldivar. Juan era de esos niños que uno recuerda, aunque no sepa bien por qué. No era el más alto, tampoco el más inteligente del salón, aunque tenía una memoria impresionante para los nombres de los animales.
Coleccionaba imágenes de reptiles en un cuaderno que él mismo decoraba. Su madre, Irene, lo describía siempre igual. Era un niño serio para ser tan chico, pero se reía fuerte cuando algo le parecía gracioso. Esa risa no se me olvida. Irene Saldivar tenía 34 años cuando su hijo desapareció. Era enfermera en el Immes ese del municipio.
Trabajaba turnos dobles. Criaba a Juan prácticamente sola porque su esposo Aurelio, llevaba casi dos años fuera trabajando en construcción en Hermosillo y volviendo solo los fines de semana. Juan era el único hijo. Y el 4 de octubre de 2008 Irene lo vio subirse al autobús escolar a las 7 de la mañana con su mochila azul.
y los tenis que ella le había comprado apenas dos semanas antes. Eso fue lo último que vio de él. La escuela primaria Lázaro Cárdenas era una institución modesta con paredes amarillas descascaradas y una cancha de basquetbol sin aros funcionales. Estaba ubicada en Bacoachi, un municipio con poco más de 2000 habitantes, pegado a la Sierra Madre Occidental, a unas 3 horas de Hermosillo si la carretera estaba libre.
Griselda Torres era maestra de grupo desde hacía 12 años. 40 años, delgada, con el pelo recogido siempre en un chongo apretado. Era estricta, pero justa. Los padres la respetaban, los niños le tenían un miedo sano. Nadie habría cuestionado su criterio. La excursión había sido aprobada por la dirección escolar semanas antes.
Los padres firmaron los permisos. Se recaudó dinero en una quermés. Se contrató un autobús de una empresa local. Se avisó a las autoridades del parque donde iban a acampar. Todo estaba en orden sobre el papel. El destino era el área de protección de flora y fauna Ajos Bavispe, una zona natural en el extremo noreste de Sonora, cerca de la frontera con Chihuahua, un territorio de cañones, ríos escondidos encinos y pinos.
Hermosos, sí. pero también extenso, complicado, con zonas donde la señal del celular simplemente no existe. Eso Griselda lo sabía. Lo había visitado dos veces antes con grupos anteriores, siempre sin incidentes. El autobús salió a las 7:15, 42 niños entre 8 y 12 años, tres maestros y dos padres de familia que se habían ofrecido como acompañantes.
La ruta era de casi 2 horas y media. Los niños cantaban, comían frituras, se peleaban por el asiento de la ventana. Juan iba sentado junto a su mejor amigo, un niño llamado Tadeo Luke, gordito y con lentes gruesos. Los dos iban viendo un libro de dinosaurios que Tadeo había traído. Según Tadeo, Juan estaba de buen humor todo el camino.
No dijo nada raro, no parecía nervioso ni asustado. Llegaron al campamento base a las 9:45 de la mañana. A las 2:16 de la tarde, Juan Saldivar ya no estaba. Antes de continuar, necesito pedirte algo importante. Si este tipo de historias te llega, si sientes que merece tu atención, por favor suscríbete al canal y dale like a este vídeo.
Esos gestos pequeños ayudan muchísimo a que podamos seguir trayendo casos como este, historias reales que no deben ser olvidadas. Y cuéntanos en los comentarios desde dónde nos estás viendo hoy. Hay gente escuchando esto desde toda América Latina y eso nos hace sentir que Juan y todos los que han desaparecido tienen más ojos puestos en su historia. Ahora sí, sigamos.
El campamento base era un claro en medio del bosque de encino con mesas de madera fijas, un par de fogones de piedra y letrinas al fondo. Las carpas ya estaban parcialmente montadas por el guarda del parque, un hombre de nombre Serafín Bojorques, que llevaba 8 años trabajando en esa zona y conocía cada cañada como la palma de su mano.
Serafín era callado, reservado, tenía 50 y pocos años, bigote entre cano, manos enormes de tanto trabajo con herramientas. Les dio a los maestros una charla de 15 minutos sobre las reglas del área protegida. No alejarse más de 200 m del campamento sin un adulto. No tocar la vida silvestre. No beber río sin purificar el agua primero.
Los niños escucharon con la mitad de la atención. Juan escuchó completo. Luego levantó la mano y preguntó si había víboras de cascabel en esa zona. Serafín lo miró fijo un momento antes de responder. Sí, pero ellas te escuchan antes de que tú las veas. Si caminas haciendo ruido, no te van a sorprender. Juan asintió serio.
Lo guardó en su memoria como guardaba todo. Las primeras horas del campamento transcurrieron sin ningún problema. Los niños jugaron en el claro, algunos exploraron el borde del bosque bajo supervisión. Comieron el almuerzo que cada quien llevaba en su lonchera. Griselda y los otros maestros, una mujer llamada Norma y un hombre joven llamado Fabián Ríos, dividieron a los niños en grupos para distintas actividades.
Juan estaba en el grupo de Fabián. Eran 10 niños. fueron a hacer un recorrido corto por una vereda señalizada que subía unos 100 m hacia un mirador natural desde donde se veía el cañón del río Babispe. Fabián era el maestro más nuevo. Llevaba apenas un año en la escuela. Tenía 26 años. Era de Hermosillo y este tipo de salidas al campo lo ponía incómodo, aunque no lo decía.
El recorrido al mirador tomó como 20 minutos. Llegaron, vieron el paisaje. Fabián tomó fotos con su celular, aunque casi no había señal. Luego emprendieron el regreso. Fue en ese regreso cuando algo cambió. Fabián contó a los niños antes de bajar. 10. todos presentes. A mitad del camino de vuelta paró a dos niñas que estaban discutiendo por algo, las separó, habló con ellas un momento, volvió a ponerse al frente del grupo.
Cuando llegaron al campamento, contó de nuevo. Nueve. Los primeros minutos después de que Fabián se dio cuenta fueron de una parálisis extraña. Ese momento en que el cerebro sabe lo que está pasando, pero se niega a procesarlo. Contó otra vez. Nueve. Preguntó en voz alta. Nadie supo responder.
Nadie había visto a Juan alejarse. Nadie había escuchado nada. Griselda fue la primera en reaccionar. Con calma. Pero una calma de esas que se sostienen solo porque hay que sostenerlas. Mandó a Norma a quedarse con los demás niños en el campamento. Le dijo a Fabián que regresara por la vereda con ella. Avisó a Serafín que en ese momento estaba cortando leña detrás de las letrinas.
Serafín soltó el hacha y no hizo preguntas. fue directamente. Recorrieron la vereda entera, subieron hasta el mirador, llamaron a Juan por su nombre, miraron entre los arbustos, revisaron detrás de los troncos caídos. Nada. Pasó una hora. En el campamento los niños empezaban a inquietarse. Tadeo Luke preguntó varias veces por Juan.
Norma supo qué decirle. se limitó a decir que los maestros lo estaban buscando, que todo estaba bien, que Juan seguramente se había adelantado por otro camino. Era una mentira pequeña. Y Tadeo, que conocía a Juan mejor que nadie, supo inmediatamente que era mentira. A las 4 de la tarde, Griselda tomó el único celular que tenía señal mínima, un aparato Nokia viejo que Serafín cargaba para emergencias.
y marcó al número de la presidencia municipal de Bacoachi. La llamada se cortó dos veces. A la tercera logró comunicarse, pidió ayuda. Le dijeron que iban a avisar a la policía municipal que tardaban como 45 minutos en llegar. Tardaron una hora y 20. Mientras tanto, la luz empezaba a cambiar en el bosque.
En esa zona de la sierra, el sol cae rápido después de las 5. Las sombras se alargan, los colores se apagan y lo que de día parecía amigable se vuelve denso y oscuro. Serafín lo sabía, Griselda lo sabía y por eso la urgencia se fue convirtiendo en algo más pesado. Serafín hizo algo que los maestros no esperaban. Sacó de su camioneta una lámpara de mano potente, un silvato y una cuerda.
Se cambió las botas y antes de que nadie le dijera nada, empezó a trazar un plan de búsqueda en una hoja de papel. El niño no bajó por la vereda principal. Dijo con esa voz plana que tienen los hombres acostumbrados a hablar solo cuando es necesario. Si hubiera bajado, alguien lo habría visto.
Hay dos cañadas al oriente del mirador. Una tiene agua este mes, la otra no. Si fue por agua, va a estar en la primera. Griselda quiso preguntar por qué un niño de 10 años iría solo a buscar agua. Pero se mordió la lengua. Serafín ya se había ido. Los policías municipales llegaron con dos patrullas. Eran cuatro agentes, ninguno con entrenamiento específico en búsqueda en terreno abierto.
El oficial al mando era un hombre llamado Eliodoro Pacheco, con cara de sueño y un radio que chisporroteaba constantemente. Escuchó a Griselda, tomó algunos datos básicos y ordenó a sus hombres que buscaran en el perímetro del campamento. No ordenó subir al mirador, no pidió hablar con Fabián, no preguntó a los niños. Griselda se lo señaló.
Eliodoro le respondió que el procedimiento era cubrir el área más cercana primero. Probablemente el niño estaba escondido jugando y aparecería solo en un rato. Fue un error que costaría tiempo, tiempo que en ese momento nadie tenía. A las 6:15 de la tarde, Irene Saldivar estaba terminando su turno en el IMS cuando su celular sonó.
Era un número que no reconocía. Contestó, “Era Norma, la maestra.” La voz de Norma temblaba. Eligió las palabras con cuidado, con ese cuidado doloroso de quien sabe que lo que va a decir va a romper algo que no tiene reparación fácil. Señora Irene, hubo un Juan se alejó del grupo. Lo estamos buscando. Ya hay policías aquí. Irene no gritó, no lloró.
Eso vendría después. Lo primero que hizo fue preguntar la ubicación exacta. La segunda fue llamar a Aurelio a Hermosillo. Aurelio contestó al segundo timbre. Cuando escuchó las tres palabras clave, Juan perdido, sierra, ya estaba buscando las llaves de su camioneta. Irene salió del hospital con el uniforme puesto todavía.
No fue a su casa, no agarró nada, solo subió al primer taxi que encontró afuera del hospital y dio la dirección. El recorrido al área de protección desde Bacoachi tomaba en condiciones normales unos 50 minutos. Irene lo hizo en 40. El taxista, un señor mayor que no preguntó nada en todo el camino, la dejó en el acceso al campamento a las 7:16 de la noche.

Ya casi no había luz natural, había llegado otro grupo de policías. También estaba Serafín, que había regresado de las Cañadas sin encontrar nada, pero con información. En la primera cañada había huellas recientes de pisadas pequeñas. huellas de tenis. Eso confirmaba que Juan había ido por ahí, pero las huellas desaparecían en una zona de piedra plana donde el suelo no guardaba marcas.
Irene escuchó todo esto de pie con las manos apretadas a los lados. El oficial Eliodoro le habló con esa mezcla de burocracia y lástima que tienen los funcionarios cuando no saben qué más decir. Que ya se había notificado a la Procuraduría que en la mañana vendría un equipo de la policía estatal, que la búsqueda nocturna era complicada por el terreno.
Irene lo miró a los ojos. Mi hijo tiene 10 años y está solo en un bosque de noche. Eliodoro no respondió nada que valiera la pena recordar. Deo Luke, que tenía 10 años y lentes gruesos y demasiada memoria para su propio bien, fue a buscar a Irene antes de que los padres de familia lo subieran al autobús de regreso.
Se paró frente a ella, tragó saliva. Señora, yo vi algo. Irene se agachó al nivel del niño. ¿Qué viste, Tadeo? Cuando estábamos en el mirador, Juan se fue a un lado detrás de unas piedras grandes. Dijo que había visto algo, un animal, creo. Yo le dije que no se fuera, pero él no me hizo caso. Y luego el maestro Fabián nos dijo que ya nos íbamos.
Y yo pensé que Juan ya había vuelto con el grupo. La voz de Tadeo se quebró. No lloró, pero estuvo muy cerca. ¿Viste qué animal era? No, pero Juan estaba emocionado, como cuando ve algo que quiere guardar en su cuaderno. Irene recordó el cuaderno de reptiles, el cuaderno azul que Juan llevaba en la mochila, la mochila que también había desaparecido con él.
La noche del 4 de octubre fue larga y fría en esa parte de la sierra. Las temperaturas en octubre en Ajos Babispe bajan hasta los 8 o 9 grados en las noches. Para un niño sin cobija, sin agua suficiente, solo en un terreno que no conoce, eso es más que incómodo. Puede ser peligroso. Irene no durmió. se quedó en el campamento con Serafín y dos policías que hacían turnos de búsqueda con lámparas por los alrededores.
Aurelio llegó a las 11 de la noche con los ojos rojos de manejar tan rápido y de contener lo que no quería sentir todavía. Se abrazaron en silencio, no hablaron mucho. A veces el idioma del miedo no necesita palabras. Aurelio le preguntó a Serafín con qué exactitud conocía esa sierra.
Serafín respondió, “La conozco bien, pero hay zonas al norte del cañón que yo no he pisado en años. Zonas donde el terreno cambia mucho. Hay barrancas que no están en los mapas modernos.” Aurelio preguntó si un niño podría llegar hasta allá. Serafín tardó en responder. Si siguió el agua del río, sí, el río lo llevaría en esa dirección. La policía estatal llegó al día siguiente, 5 de octubre a las 8 de la mañana.
Venían con un grupo de 12 agentes, equipo de comunicación y un perro rastreador. También llegó un funcionario de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Sonora, un hombre de nombre Óscar Serrano, con traje gris y una carpeta de documentos que fue llenando durante toda la mañana. Óscar Serrano era eficiente, frío y comunicaba información como quien reporta existencias de almacén.
Le explicó a Irene y Aurelio que el caso de Juan estaba siendo clasificado como extravío de menor, que se había girado una alerta a los municipios vecinos y que el operativo de búsqueda tendría una duración inicial de 72 horas. 72 horas. Irene le preguntó qué pasaba después de 72 horas.
Óscar Serrano le dijo que se evaluaría el caso. Esa respuesta iba a perseguirla durante meses. El perro rastreador, un labrador de color negro llamado Rayo, tomó el olor de Juan a partir de su chamarra, que estaba en la carpa donde había dejado sus cosas antes de la caminata al mirador. Rayo siguió el rastro con seguridad. hasta la vereda principal.
Luego subió al mirador, giró hacia el oriente, bajó hacia la cañada, donde estaban las huellas que Serafín había encontrado la noche anterior. Ahí, en el mismo punto donde el suelo de piedra borraba las huellas, rayo se detuvo. El perro olió en círculos, se movió unos metros en distintas direcciones, volvió al punto central y luego hizo algo que el adiestrador describió después con incomodidad.
se sentó y dejó de avanzar. No era que hubiera perdido el rastro, era algo distinto, como si el rastro simplemente se acabara ahí. Esa imagen, la del perro sentado en la piedra plana en medio de la sierra, se quedó grabada en Irene para siempre. Lo contó después en entrevistas, lo contó a periodistas, lo contó a otros padres de niños desaparecidos que encontró en grupos de apoyo años más tarde y siempre decía lo mismo, que en ese momento supo que algo en este caso era diferente, que no era un accidente ordinario, pero todavía no
sabía por qué. La respuesta empezó a tomar forma al tercer día, cuando alguien que nadie esperaba apareció en el campamento. El 6 de octubre llegó una camioneta blanca sin placas visibles por el camino de terracería que lleva al área protegida. Se estacionó lejos del perímetro del operativo.
Del vehículo bajó un hombre de unos 45 años con flexión robusta con ropa de campo que parecía nueva. No se identificó [carraspeo] con la policía. se acercó al borde del operativo y estuvo mirando unos 20 minutos. Fue una voluntaria de búsqueda, una mujer de bacuachi llamada Dolores, que se había sumado al grupo por iniciativa propia, quien se fijó en él.
Dolores lo había visto antes. No recordaba dónde exactamente, pero su cara le era familiar. Le avisó a uno de los policías estatales. El policía fue a hablar con el hombre. El hombre dijo llamarse Gilberto Aro. Dijo ser ranchero de la zona, que tenía tierras por ahí cerca, que había escuchado lo del niño y vino a ver si podía ayudar.
Le tomaron sus datos. Le dijeron que no necesitaban más voluntarios por el momento. Gilberto Aro se fue en su camioneta, pero Dolores lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el camino y luego fue a buscar a Serafín Bjorques. ¿Conoces a un Gilberto Aro?, le preguntó. Serafín levantó la cabeza lentamente. Demoró un poco antes de responder.
¿Por qué preguntas? Lo que Dolores no sabía y lo que Serafín sí sabía y no había dicho aún era que Gilberto Aro tenía una historia con esa sierra, no una historia de ranchero honesto con tierras legales, sino una historia más complicada del tipo que en municipios pequeños de Sonora todo el mundo conoce, pero nadie menciona en voz alta.
En 2008, el norte de Sonora era territorio en movimiento. El corredor entre Sonora y Chihuahua era una ruta activa para grupos que operaban fuera de la ley. No era la guerra abierta que vendría después en los años siguientes, pero ya existían las estructuras, las rutas, los acuerdos no escritos entre ciertas personas y ciertos lugares.
Gilberto Aro era uno de esos nombres que aparecían en conversaciones de cantina, pero nunca en informes policiales, y tenía una propiedad a 12 km al norte del campamento base, justo en la dirección donde el río conducía. Serafín no fue a la policía con esa información ese día. Después lo explicó. Dijo que no tenía certeza.
Dijo que no quería señalar a alguien sin pruebas. dijo que en esa zona acusar a determinadas personas sin estar seguro era algo que podía salirte muy caro. Todo eso era verdad, pero también era verdad que esperó demasiado y ese tiempo que esperó no se recuperó. Irene se enteró de la existencia de Gilberto Aro de una manera que nadie planeó.
Fue 4 días después de la desaparición de Juan, cuando el operativo oficial empezaba a reducir su intensidad y los medios locales comenzaban a cubrir el caso. Una periodista de un noticiero de Hermosillo, joven con un micrófono prestado y muchas ganas de hacer su trabajo, fue a entrevistar a personas del municipio.
Y en una tiendita de abarrotes en Bacuachi, alguien que no quiso dar su nombre le dijo que había un rancho al norte del área protegida donde raras pasaban. La periodista se llamaba Sandra Ibarra. Tenía 28 años y aunque nadie lo sabía todavía, su llegada a ese caso iba a cambiar varias cosas, para bien y para mal. Sandra llegó al campamento el 9 de octubre con su camarógrafo.
Pidió hablar con los familiares. Irene aceptó porque en ese punto ya estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que pusiera el nombre de Juan en más bocas. La entrevista fue breve, pero potente. Irene habló con la contención de alguien que ya ha llorado todo lo que tiene y ahora funciona en modo automático. Mencionó que no había recibido información real sobre el avance de la búsqueda, que las 72 horas habían pasado, que nadie le explicaba qué seguía.
Sandra le preguntó si había alguna información que los investigadores no estuvieran considerando. Irene no respondió de inmediato, pensó y luego dijo algo que nadie le había dicho que dijera. Alguien me comentó que hay un rancho al norte, que hay un hombre que se apareció aquí a mirar, que tiene historia en esta zona. Sandra anotó sin parpadear.
Esa noche el noticiero de Hermosillo emitió una nota breve. Mencionaba el nombre de Juan Saldivar, el operativo que se estaba reduciendo y versiones no confirmadas sobre la posible presencia de personas vinculadas a actividades ilegales en el área de la desaparición. No se mencionó a Gilberto Aro por nombre, pero al día siguiente, cuando Óscar Serrano llegó al campamento, su cara tenía una expresión que Irene no le había visto antes, algo entre urgencia y miedo.
“Necesito que me diga quién le habló del rancho”, le dijo Serrano a Irene sin rodeos en cuanto se quedaron solos. Irene lo miró. “¿Por qué importa eso ahora? Importa porque hay información que no puede salir a los medios sin comprometer la investigación. ¿Qué investigación? La voz de Irene no subió de tono, pero tenía un filo que cortaba.
Llevan 6 días. Mi hijo tiene 10 años y me están pidiendo que cuide la investigación. Serrano guardó silencio un momento, luego dijo algo que no estaba en su protocolo de comunicación con familias, algo que probablemente no debería haber dicho. Señora Saldivar, Gilberto Aro está en nuestro radar desde antes de la desaparición de su hijo, no por este caso, por otros asuntos.
Y si lo mencionamos públicamente ahora, podríamos perder la única oportunidad que tenemos. Irene sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No literalmente, pero casi. Están diciendo que ese hombre tiene a mi hijo. Estoy diciendo que hay líneas de investigación activas y que necesito discreción. Aurelio, que estaba escuchando desde afuera de la carpa, entró en ese momento. Había escuchado suficiente.
Tenía los puños apretados. Discreción. repitió como si la palabra le supiera mal. Llevan seis días buscando a nuestro hijo en el monte con perros, con lámparas y ahora resulta que hay una línea de investigación activa que no nos habían mencionado. Serrano no respondió. Aurelio se inclinó hacia adelante. Si saben algo sobre ese hombre y no han hecho nada, eso no es una investigación, eso es otra cosa.
Serrano recogió su carpeta, se puso de pie, dijo que entendía la frustración, que tendrían noticias pronto, que era importante mantener la calma. salió de la carpa y Irene y Aurelio se quedaron solos con el peso de lo que acababan de escuchar. Esa misma noche, Aurelio tomó una decisión que Irene no aprobó, pero tampoco pudo detener.
Llamó a su hermano mayor, Donato Saldivar, que vivía en Agua Prieta, a unas horas de allí. Donato era mecánico, era grande, era de pocas palabras y de menos paciencia. tenía contactos en la región que Aurelio no quería detallar en voz alta, pero que existían. Le dijo que buscara información sobre Gilberto Aro, sobre el rancho, sobre qué tipo de operaciones corrían por esa zona de la sierra.
Donato escuchó, no hizo preguntas, dijo que llamaba en 24 horas. Irene miró a Aurelio cuando colgó el teléfono. ¿Sabes lo que estás haciendo? Sí, eso puede empeorar las cosas. Aurelio asintió. Y no hacer nada también. No había respuesta para eso y los dos lo sabían. Mientras tanto, a unos 20 kilómetros del campamento, en una cabaña que no aparecía en ningún registro catastral municipal, algo estaba ocurriendo.
No lo sabrían en ese momento. Lo sabrían después, reconstruyendo pieza por pieza lo que varias personas vieron, escucharon y callaron durante demasiado tiempo. Pero en ese instante, el 10 de octubre de 2008, Juan Saldivar llevaba se días desaparecido y la Sierra Madre Occidental seguía igual que siempre, inmensa, silenciosa, sin devolver nada que no quisiera devolver.
Serafín Bojorques, esa noche no durmió. Estuvo sentado afuera de su camioneta hasta las 3 de la madrugada, mirando la oscuridad del monte. tenía algo en la cabeza que no lograba sacarse, un detalle que había notado el primer día y que había decidido no mencionar todavía porque no estaba seguro.
Cerca del punto donde el perro se había detenido en la zona de piedra plana, Serafín había encontrado algo que no había reportado a los policías. un botón pequeño de plástico azul oscuro, del tipo que se usa en las camisas de uniforme escolar. Estaba a unos 3 m del lugar donde el rastro se interrumpía, no en la tierra, en una grieta entre dos piedras, como si alguien lo hubiera puesto ahí o lo hubiera pisado y empujado sin querer.
Serafín lo tenía en el bolsillo de su chaleco y esa noche, mirando la oscuridad, decidió que al día siguiente había que tomar una decisión. El botón era azul. Los uniformes de la primaria Lázaro Cárdenas eran blancos con ribetes azules. Eso Serafín lo había verificado esa tarde, preguntándole a Dolores que había llevado comida al operativo y que conocía a varios niños de la escuela.
El botón era pequeño, del tamaño justo para una camisa de niño, pero había algo más, algo que Serafín no le había dicho a nadie todavía. Junto al botón, en esa misma grieta entre las piedras, había una marca en la roca. No era una marca natural de erosión, era una línea recta hecha con algo metálico, reciente, como cuando alguien arrastra una evilla de cinturón o el borde de una herramienta sobre una roca, solo una línea recta, pero dirigida hacia el norte.
El 11 de octubre, Donato Saldivar llamó a Aurelio. Lo que le dijo en esa llamada no fue lo que ninguno de los dos esperaba. Gilberto Aro, según los contactos de Donato en Agua Prieta, no era solo un ranchero con actividades dudosas, era un hombre con conexiones específicas en la región. conexiones que tenían que ver con la movilidad de personas, no solo de mercancías, y su rancho en la sierra había sido mencionado un par de veces en los últimos años en conversaciones que Donato no quiso detallar más, pero que tenían que ver con algo que helaba la
sangre cuando uno empezaba a unir los puntos. Aurelio escuchó todo y cuando colgó fue a buscar a Irene, le tomó las manos y le dijo lo que había escuchado. La cara de Irene no mostró sorpresa, mostró algo peor, reconocimiento, como si una parte de ella lo supiera y hubiera estado esperando que alguien le pusiera las palabras, porque Irene era enfermera y había trabajado con casos de personas.
en situaciones que el sistema no quería nombrar y sabía, aunque no lo hubiera dicho en voz alta, que el norte de Sonora en 2008 no era solo minería y ganadería. ¿Qué vamos a hacer?, le preguntó a Aurelio. Aurelio tardó. Serrano tiene que saber esto. ¿Y si lo sabe? Esa pregunta quedó flotando entre los dos. Al día siguiente, el 12 de octubre, Sandra Ibarra regresó al campamento, esta vez sin camarógrafo.
Venía sola, con una grabadora pequeña y una actitud diferente, menos periodista de noticiero, más alguien que tiene información y quiere saber si la otra persona tiene más. Se sentó con Irene en una de las mesas del campamento base. Le ofreció café de termo. Irene lo aceptó. Encontré algo”, dijo Sandra sin preámbulo. El rancho de Jaro.
Hay un camino de terracería que llega hasta ahí, desde la carretera federal 17. Un camino que en los mapas del gobierno aparece como acceso a uso ganadero. Pero gente de la zona me dijo que por ese camino se han visto movimientos de vehículos en horas raras, de noche principalmente. Irene escuchó sin interrumpir.
Ha sido no soy tonta. Sandra bajó la voz. Pero tengo el nombre de alguien que sí estuvo cerca hace como un mes, un hombre que trabaja en una milpa de ahí. Me dijo que vio cosas que no supo cómo interpretar en ese momento, pero que ahora con lo del niño, está pensando hablar con la policía, con usted primero.
Irene miró a Sandra un momento largo. ¿Por qué me lo dices a mí? Sandra no respondió de inmediato, luego dijo algo que no estaba en ningún manual de periodismo, pero que era absolutamente verdad. Porque si esto sale mal, prefiero que la familia lo sepa primero, no los medios. El hombre que había visto cosas cerca del rancho se llamaba Abundio Rosas.
Tenía 52 años. Cultivaba maíz y chile en una parcela a unos 8 km del rancho de Jaro. Llegó al día siguiente, el 13 de octubre, en una bicicleta vieja con una gorra de visera raída y las manos manchadas de tierra. se sentó con Irene, Aurelio y Sandra en la cabaña de Serafín, que para ese momento ya era el espacio de reuniones no oficiales del caso.
Abundio habló despacio, midiendo cada palabra. dijo que a mediados de septiembre, unos 20 días antes de la excursión escolar, había visto pasar por la orilla de su parcela una camioneta blanca dos veces en tres días sin cargar nada visible. Lo que le llamó la atención fue que la segunda vez la camioneta se detuvo unos minutos exactamente en el punto donde el camino de su parcela cruzaba con el acceso al rancho de Jaro.
Del vehículo bajó un hombre, no era Jaro, era más joven. estuvo mirando el terreno tomando fotos con un celular, midiendo distancias a pasos, “Como si estuviera estudiando el lugar”, dijo Abundio. Luego la camioneta se fue y Abundio no lo pensó más hasta que escuchó lo del niño perdido. Aurelio le preguntó si podía describir al hombre.
Abundio lo hizo. Alto, moreno, cabello corto, una cicatriz en la barbilla. Nadie en la mesa dijo nada por un momento. Luego Serafín, que había estado escuchando desde una silla en el rincón, se levantó y fue a su camioneta. Volvió con una foto, una foto vieja impresa en papel fotográfico del tipo que uno saca en las tiendas de revelado.
La puso sobre la mesa frente a Abundio. Es este hombre. Abundio miró la foto, frunció el ceño. Tardó. Sí, creo que sí. Irene giró la foto para verla. Era un hombre que no conocía, pero Serafín lo conocía. Y cuando Serafín dijo el nombre, todo en el cuarto cambió. El nombre era Fermín Duarte y Fermín Duarte era cuñado de Gilberto Aro.
Pero lo que era más importante, lo que Serafín sabía y que ahora por fin estaba dispuesto a decir era que Fermín Duarte había estado en esa sierra antes, específicamente en el área cercana al sendero que usaban los grupos escolares para llegar al mirador. Serafín lo sabía porque tres semanas antes de la excursión, mientras hacía su ronda de mantenimiento de senderos, había encontrado evidencia de que alguien había acampado ilegalmente en una zona restringida del área protegida, cerca del mirador.
Durante al menos dos noches. había reportado el incidente porque no había encontrado nada concluyente, solo cenizas de una fogata pequeña, una lata de refresco y unas marcas en el suelo que podían ser de tienda de campaña o simplemente de animales. Pero ahora, con lo que sabían, esas marcas cobraban otro significado. Alguien había estado ahí observando, aprendiendo el terreno días antes de que 42 niños de quinto grado llegaran de excursión.
Esa noche Irene Saldivar no durmió. No fue una noche de llanto, fue una noche de claridad fría y aterradora, del tipo que llega cuando uno deja de esperar que alguien venga a salvar la situación y entiende que lo que está pasando es más grande y más oscuro de lo que quería creer.
tenía 15 días de muerta por dentro, 15 días de caminar entre el campamento y el operativo y las llamadas de familiares, y los formularios y las declaraciones. 15 días de repetir el nombre de su hijo, como si nombrarlo lo mantuviera en algún lugar tangible. Afuera de la cabaña, el viento movía los encinos, hacía frío. Irene tomó el cuaderno de reptiles de Juan, que le habían dado al inicio del operativo, junto con las cosas que Juan dejó en la carpa antes de la caminata al mirador.
Lo abrió en la primera página. Juan había escrito su nombre con letra apretada y redonda en la portada interior, Juan de Saldivar. Y abajo, con un plumón rojo, había dibujado una serpiente de cascabel enroscada. Debajo del dibujo, con su caligrafía de niño, había escrito: “Las víboras no atacan, sino las molestas.
El problema es que a veces uno las molesta sin querer.” Irene cerró el cuaderno y supo que al día siguiente tenía que tomar decisiones que nadie iba a tomar por ella. El 16 de octubre, con 17 días de búsqueda y un operativo oficial que ya era más simulacro que realidad, ocurrieron dos cosas casi al mismo tiempo.
La primera, Óscar Serrano llamó a Irene para informarle que la Procuraduría estaba reclasificando el expediente. Ya no sería extravío de menor, pasaría a desaparición con posible intervención de terceros. lo que en términos prácticos significaba que el caso subía de nivel, que involucraría a más instancias, que habría un agente del Ministerio Público especializado que tardaría más tiempo. La segunda.
Abundio Rosas llegó a la cabaña de Serafín muy temprano en la mañana, antes de las 7. Venía corriendo. Estaba pálido bajo la piel quemada del sol. La noche anterior alguien había llegado a su parcela. No había entrado, no había dañado nada, pero había dejado un mensaje. En la puerta de su casa, clavado con un cuchillo, había un papel doblado.
El papel decía en letras mayúsculas con plumón negro, “Lo que no viste, no existe. Lo que dijiste, olvídalo.” Abundio lo puso sobre la mesa con manos que no terminaban de estabilizarse. Nadie en el cuarto dijo nada. El sonido del viento afuera entre los encinos de pronto parecía diferente, como si la sierra hubiera estado escuchando todo el tiempo y alguien más también.
El papel estaba arrugado en las esquinas, como si quien lo había escrito lo hubiera doblado con prisa. La tinta del plumón era gruesa, sin temblores, una mano firme, alguien que no estaba nervioso cuando lo escribió. Eso era lo más aterrador, no la amenaza en sí, sino la calma con que fue entregada. Serafín tomó el papel con un trapo, sin tocarlo con los dedos, y lo guardó en una bolsa de plástico. Miró a los demás.
Miraron de vuelta. Nadie dijo lo obvio, que esto confirmaba que Abundio había visto algo real, que alguien sabía que había hablado y que ese alguien tenía ojos en lugares que ninguno de ellos podía ver. Irene fue la primera en hablar. Hay que llevar esto a Serrano. Aurelio la miró. Y si Serrano ya lo sabe, fue Serafín quien respondió, da igual.
Si lo saben, lo pusimos sobre la mesa. Si no lo saben, mejor, pero quedarnos con esto aquí, señaló la bolsa, no sirve de nada. Abundio dijo que él no iba a ningún lado, que tenía mujer y tres hijos, que había dicho lo que sabía, pero que no podía ir más lejos. Nadie lo culpó. Se fue en su bicicleta por el mismo camino por donde había venido, sin mirar atrás, y la sierra se lo tragó igual que siempre.
Óscar Serrano recibió la bolsa con el papel esa misma mañana. Su reacción fue controlada, profesional, del tipo que uno aprende después de años de ver cosas que no debería tener que ver. Tomó nota del nombre de Abundio, aunque prometió no citarlo directamente en ningún documento inicial. Preguntó si alguien más había tocado el papel. preguntó la hora exacta en que Abundio lo había encontrado.
Luego preguntó algo que nadie esperaba. El señor Rosas mencionó si reconoció la voz o pasos de alguna persona esa noche, algo que escuchara. Irene lo miró fijo. Dijo que no escuchó nada, que lo encontró en la mañana. Serrano asintió. Anotó. ¿Cómo supo el señor Rosas que el mensaje era para él? y no para otro miembro de la familia.
Silencio. Era una buena pregunta. Nadie se la había hecho. Serrano lo dejó ahí sin respuesta, como quien siembra una semilla y prefiere ver que crece. La reclasificación del expediente trajo consigo una figura nueva, el agente Rodrigo Casillas, del área de delitos contra personas de la Procuraduría Estatal. 41 años, oriundo de Ciudad Obregón, flaco, con el pelo gris antes de tiempo y una manera de caminar que sugería que estaba siempre calculando la distancia a la salida más cercana.
Asillas llegó al área de Ajos Babispe el 17 de octubre en una camioneta institucional con dos asistentes. Instaló una pequeña base de operaciones en el municipio de Bacoach, en la sala trasera de la presidencia municipal y empezó a pedir documentación. Lo primero que pidió fue el expediente completo del operativo de búsqueda.
Lo segundo, el historial de actividad catastral en el área de la sierra en los últimos 5 años. Lo tercero, los registros de entrada y salida del área protegida en los dos meses anteriores a la excursión. El guarda del parque, Serafín Bjorquez, fue el primero en ser entrevistado. La sesión duró 3 horas. Cuando salió, Serafín tenía una expresión que Irene no supo leer de inmediato.
No era alivio, no era miedo, era algo intermedio, como el de alguien que acaba de soltar un peso que llevaba cargando demasiado tiempo, pero que todavía no sabe si haberlo soltado fue lo correcto. Irene no pudo entrar a esa entrevista. Ningún familiar podía. Casillas fue claro en eso. Pero esa noche Serafín fue a buscarla a la cabaña donde ella y Aurelio seguían viviendo sin querer irse del área, aunque el operativo formal ya era mínimo.
Se sentó, se sirvió agua y le contó. Le dijo todo lo que le había dicho a casillas, el campamento ilegal cerca del mirador, el botón azul en la grieta, la marca en la roca apuntando al norte, la foto de Fermín Duarte. Irene escuchó cada palabra. Luego preguntó, “¿Le dijiste también lo que piensas que pasó?” Serafín bajó la vista al vaso de agua.
“Le dije lo que sé, no lo que pienso.” “¿Y qué piensas?” Un momento largo, el viento afuera, un búo en algún árbol cercano. Pienso que alguien usó esa excursión, que no fue accidente, que sabían que iban a llegar niños y que eligieron a uno. La palabra eligieron cayó en el cuarto como una piedra en agua quieta. Irene no respondió, no necesitó hacerlo, porque eso era exactamente lo que ella también pensaba desde hacía días y no había podido decir en voz alta, elegir no fue azar, fue elección.
Eso era lo más insoportable de todo. Casillas trabajó rápido y en silencio los días siguientes. No daba información a los medios, no daba información a los familiares más allá de lo mínimo requerido por protocolo. Aurelio lo confrontó dos veces. La segunda vez Casillas lo miró con esa paciencia gastada que tienen los investigadores curtidos y le dijo algo que quedó grabado.
Señor Saldivar, lo que estoy construyendo se puede caer con una sola filtración. Si eso pasa, no tenemos nada. Y si no tenemos nada, las personas responsables nunca pagan. ¿Me entiende lo que le estoy diciendo? Aurelio lo entendía, no le gustaba, pero lo entendía. Esa tensión entre la urgencia de los padres y la cautela de la investigación fue una de las fracturas permanentes del caso.
Irene lo describió así años después. Yo necesitaba saber. Casillas necesitaba tiempo y Juan no tenía tiempo. El 22 de octubre, 18 días después de la desaparición, ocurrió el primer avance concreto. Un equipo de la Procuraduría acompañado por Serafín realizó un recorrido guiado siguiendo la línea que marcaba la roca norte, subiendo por la cañada con agua, cruzando una zona de pinos donde el terreno ganaba altura y luego bajaba hacia un arroyo secundario que Serafín conocía, pero que no estaba en los mapas turísticos del área. Con ese arroyo, a
algo más de 8 km del punto donde el perro rayo se había detenido, encontraron evidencia una mochila azul vacía, pero con el nombre Juan de Zaldivar, escrito adentro del cierre principal con marcador negro y junto a la mochila en la orilla del arroyo unas huellas de tenis que coincidían con el número de calzado de Juan.
Dos pares de huellas más de adulto. Cuando Casillas le comunicó esto a Irene y Aurelio, Irene se sostuvo de la mesa. No se cayó, pero necesitó sostenerse. La mochila confirmaba que Juan había llegado hasta ahí, que no estaba perdido por accidente, que había alguien con él, dos adultos al menos. Casillas les explicó que las huellas del arroyo tenían aproximadamente entre 8 y 12 días de antigüedad, según el análisis inicial de los técnicos, lo que significaba que habían sido hechas probablemente entre los días 4 y 8 de octubre, muy cerca de la fecha de
desaparición. Lo que no había en ese arroyo era sangre, no había señales de violencia física visible. Eso Casillas lo dijo y repitió dos veces, mirando a los ojos de Irene mientras lo hacía. No era un consuelo, pero era algo. El cuaderno de reptiles no estaba en la mochila. Eso fue lo primero que Irene notó cuando le mostraron fotografías del contenido.
Había una bolsa vacía de papas fritas, una botella de agua a medio usar tirada a un lado, los audífonos de Juan enredados, un lápiz roto, pero no el cuaderno. Irene se lo dijo a Casillas. Casillas anotó. Más tarde, en privado, le dijo a su asistente que eso podía significar dos cosas. que alguien tomó el cuaderno porque había algo en él que no debía verse o que Juan lo llevaba consigo en el momento del encuentro con los adultos y todavía lo tenía encima.
Las dos posibilidades tenían implicaciones muy distintas. Sandra Ibarra se enteró del hallazgo de la mochila a través de una fuente dentro de la presidencia municipal. llamó a Irene. Irene no contestó. llamó a Aurelio. Aurelio, tampoco. Sandra entendió el mensaje, pero [carraspeo] tampoco se detuvo. Siguió investigando por su cuenta con la discreción de alguien que sabe que se está moviendo en un terreno donde los pasos en falso se pagan caro.
Hizo llamadas, habló con personas que conocían la zona, rastreó el nombre de Fermín Duarte en archivos de noticias locales de años anteriores. Lo que encontró no la sorprendió, pero sí la entristeció. Fermín Duarte había aparecido mencionado en un caso de 2005 en Chihuahua, un caso de tráfico de personas que nunca llegó a juicio porque los testigos clave retiraron sus declaraciones uno por uno.
El caso fue archivado. Fermín Duarte nunca fue formalmente acusado, pero su nombre estaba ahí, en un expediente viejo, en una carpeta digital de un noticiero de Chihuahua que había cubierto el caso antes de que se cerrara. Sandra guardó esa información, la organizó, la documentó y esperó el momento correcto para usarla.
Aurelio Saldivar tomó otra decisión en esos días que tampoco consultó con nadie. Fue solo al rancho de Harro. No entró, no fue a confrontar a nadie. Fue a ver, a observar desde afuera, a entender el terreno con sus propios ojos, porque ya no podía quedarse quieto esperando que otros vieran por él. Dejó la camioneta a kilómetro y medio del acceso y caminó por el monte.
Llegó a un punto desde donde podía ver la entrada del rancho sin ser visto. Estuvo ahí dos horas con binoculares que le había prestado Serafín. Vio movimiento, dos hombres que trabajaban cerca de un corral, una camioneta que entró y salió, un generador que funcionaba aunque había cables de luz llegando del poste de la carretera.
No vio nada que pudiera fotografiar como evidencia. No escuchó nada relevante, pero vio algo al regreso que no esperaba. En el camino de vuelta, cruzando por un borde de monte bajo, encontró una pequeña pila de piedras. No era natural. Las piedras habían sido apiladas deliberadamente, tres sobre tres, en una formación que no tenía lógica geológica ni ganadera.
Al lado de las piedras, casi enterrado en la tierra suelta, había un objeto pequeño. Aurelio se agachó. Era un botón de plástico azul oscuro, idéntico al que Serafín tenía en el bolsillo de su chaleco desde el primer día. Aurelio llamó a Serafín inmediatamente. Serafín llegó en 20 minutos. Comparó los dos botones.
Eran iguales, mismo tamaño, mismo tono azul, mismo tipo de plástico con cuatro agujeros pequeños del mismo uniforme. Serafín lo miró a los ojos. ¿A qué distancia estabas del rancho cuando encontraste esto? Como 500 m al sur de la entrada. Eso está fuera de la propiedad catastral de Jaro, pero está en la ruta que conecta el arroyo donde encontramos la mochila con el rancho.
Lo dejó ahí sin decir lo que los dos estaban pensando. Esa noche llamaron a Casillas. Casillas llegó al día siguiente, recogió el botón, fue al lugar exacto que Aurelio le indicó. estuvo ahí un rato con sus asistentes. Fotografiaron, midieron, tomaron muestras de tierra. Cuando terminaron, Casillas se acercó a Aurelio. Señor Zaldivar, necesito que entienda algo.
Lo que usted hizo ayer, ir solo a esa zona fue muy peligroso, no solo para usted, también para la investigación. Si alguien lo vio, si cambiaron algo dentro afuera del rancho porque notaron su presencia, podría haberme cerrado una puerta. Aurelio no respondió. Entiende, “Entiendo, dijo Aurelio y luego agregó, ¿cuándo van a entrar al rancho?” Casillas no respondió esa pregunta.
La respuesta llegó 4ro días después, aunque no como nadie esperaba. El 27 de octubre, un trabajador del rancho de Jaro, un joven de 19 años llamado Isidro Palomares, apareció en la presidencia municipal de Bacoachi. Estaba solo, tenía una mochila con sus cosas. Dijo que quería hablar con alguien de la Procuraduría. Lo atendió casillas en persona y Isidro era de Cananea.
Llevaba 3 meses trabajando en el rancho, contratado para cuidar el ganado y hacer labores generales. Dijo que cuando escuchó en la radio lo del niño desaparecido y vio en la televisión la foto de Juan, algo se movió en su interior que no pudo ignorar. Lo que Isidro declaró esa tarde duró 6 horas. Casillas paró varias veces para dar al joven agua y tiempo.
Isidro habló despacio con pausas largas, como quien está destejiendo algo que tardó mucho tiempo en tejerse. No todo lo que dijo se hizo público inmediatamente, pero había una parte central que Casillas le comunicó a Irene y Aurelio esa misma noche en la sala trasera de la presidencia municipal con la puerta cerrada.
Y Isidro había visto a un niño en el rancho, un niño de unos 10 años, pelo negro, tenis blancos. Lo había visto una sola vez, el 5 de octubre, el día después de la desaparición. Lo estaban sacando del rancho en la parte trasera de una camioneta, no en la caja de carga, en el asiento trasero entre dos hombres. La camioneta tomó el camino norte, que no lleva a Bacoachi, sino hacia la sierra, y de ahí hacia el límite con Chihuahua.
Yidro no había dicho nada hasta ahora porque tenía miedo, porque el nombre de Jaro en esa región era suficiente para cerrarle la boca a cualquiera, pero no había podido dormir bien en tres semanas y eso también era suficiente para algo. Irene escuchó todo esto con Aurelio a su lado. Cuando Casillas terminó, Irene hizo solo una pregunta.
¿Estaba bien el niño cuando Isidro lo vio? Casillas eligió las palabras con cuidado y Sidro dice que estaba despierto, que no parecía herido, que miraba por la ventana. Irene cerró los ojos un momento. Miraba por la ventana. Juan mirando por la ventana de una camioneta que se lo llevaba lejos. Esa imagen fue la que Irene cargó durante todos los meses que siguieron.
El caso escaló de manera importante en los días posteriores. El testimonio de Isidro Palomares, corroborado parcialmente por los botones del uniforme y la trayectoria que marcaban la mochila, y el punto donde Aurelio encontró las piedras, fue suficiente para que la Procuraduría solicitara una orden de cateo para el rancho de Aro.
La orden fue aprobada el 29 de octubre. El cateo se realizó el 31. Gilberto Aaron no estaba en el rancho cuando llegaron. Se había ido. Nadie en el rancho sabía a dónde, o eso dijeron. Fermín Duarte tampoco. Lo que encontraron en el rancho fue documentado en un expediente que tardó semanas en procesarse. Había evidencia de actividad reciente en una habitación del fondo que no correspondía al uso ganadero declarado de la propiedad.
una cama, restos de comida y algo que el técnico forense anotó sin elaborar demasiado en el informe inicial. En el suelo de madera de esa habitación, entre las tablas, una pequeña pieza de papel doblada. Cuando la desplegaron, era una hoja de un cuaderno con dibujos de reptiles y en la esquina inferior, con letra apretada y redonda, Juan de Saldivar.
Irene recibió esa noticia de casillas por teléfono. Estaba en Bacoachi, sentada afuera de la cabaña de Serafín, mirando el cielo que empezaba a nublarse. Cuando colgó, no dijo nada por mucho tiempo. Aurelio estaba a su lado. Esperó. Finalmente, Irene habló. Estuvo ahí. Mi hijo estuvo en ese cuarto. Aurelio le tomó la mano.
Lo sabemos ahora. Eso es algo no es suficiente, pero es más que ayer, el 28 de noviembre, casi dos meses después de la desaparición, la Procuraduría emitió órdenes de apreción contra Gilberto Aro y Fermín Duarte por los delitos de privación ilegal de la libertad, tráfico de personas y delincuencia organizada. Se sumaron al expediente dos cargos menores contra personas que trabajaban en el rancho.
Jaro y Duarte no estaban en México, o eso indicaban las investigaciones en ese momento. La orden de búsqueda se extendió al ámbito federal. Intervino la CIEDO, la subprocuraduría de investigación especializada en Delincuencia organizada. El caso dejó de ser un asunto de la Procuraduría de Sonora y se convirtió en algo más grande, más burocrático, más lento.
Para Irene y Aurelio, eso fue un avance que también fue un golpe. Cada vez que el caso subía de nivel institucional, ellos sentían que se alejaba de sus manos. que Juan se volvía un número en un expediente federal en lugar de un niño de 10 años con un cuaderno de reptiles. Sandra Ibarra publicó su reportaje el primero de diciembre.
Lo había sostenido semanas esperando el momento preciso, sin comprometer la investigación, pero sin dejar morir la historia. El reportaje salió en un noticiero regional, pero fue retomado por medios nacionales. Era un trabajo minucioso. Nombraba a Haro y a Duarte. Conectaba el caso de Juan con el expediente de 2005 en Chihuahua.
trazaba el corredor de actividad ilegal en la sierra norte de Sonora y ponía sobre la mesa una pregunta que el sistema no quería responder directamente. ¿Cuánto tiempo antes de la excursión sabían las autoridades locales sobre las operaciones en el rancho de Jaro? El reportaje no acusaba directamente a nadie en la policía o la procuraduría, pero la pregunta estaba ahí y las preguntas que quedan ahí sin respuesta hacen más daño que las acusaciones directas.
Serrano, el funcionario que había pedido discreción a Irene semanas antes, fue suspendido preventivamente mientras se investigaba si había omitido reportar información sobre Harro en sus archivos. La suspensión fue temporal. Volvió a su cargo 6 meses después. Nadie fue procesado por omisión.
El invierno llegó a la sierra con frío seco y noches interminables. Irene y Aurelio volvieron a Bacoachi, a su casa, no porque hubieran abandonado la búsqueda, sino porque la búsqueda había cambiado de forma. Ya no era hombres con linternas en el monte, era abogados, expedientes, llamadas, reuniones con funcionarios que los recibían con café y palabras vacías.
La vida cotidiana siguió como sigue siempre, aunque uno no quiera que siga. Irene volvió al trabajo en el IMS porque necesitaban el sueldo. Aurelio siguió yendo a Hermosillo en tres semanas. Los dos llegaban a la casa por las noches y se miraban en silencio porque había demasiadas cosas que decir y ninguna tenía la forma correcta todavía.
La habitación de Juan seguía igual. Nadie la tocó. El cuaderno de reptiles, el original, no había vuelto. La hoja que encontraron en el rancho estaba en el expediente en alguna oficina federal en Ciudad de México. Enero de 2009, 3 meses después de la desaparición, Laciedo reportó avances en la localización de Gilberto Aro.
Aparentemente estaba en Sonora del Norte, muy cerca de la frontera con Arizona. Las autoridades estadounidenses habían sido notificadas a través de los canales de Interpol. Haro fue detenido el 14 de febrero de 2009 en Nogales, Sonora, cuando intentaba cruzar la línea fronteriza por un punto no oficial. Lo detuvieron agentes federales mexicanos en coordinación con el CBP de Estados Unidos.
Fermín Duarte no fue detenido ese día ni ese mes. La detención de Haro se anunció en los medios con cautela. Se habló de un detenido en el marco de una investigación por crimen organizado. El nombre de Juan Saldivar no apareció en los comunicados iniciales. Irene lo leyó en las noticias como cualquier otra persona, sin aviso previo de Casillas.
Llamó a Casillas furiosa. Casillas. le pidió disculpas. Le dijo que la detención había sido rápida y que los protocolos de comunicación con familias se habían omitido por error. Irene le preguntó si la detención de Haro los acercaba a Juan. Casillas tardó. Haro puede ser una pieza clave para encontrar dónde está su hijo, dijo finalmente, pero eso depende de lo que diga en interrogatorio y eso toma tiempo.
Todo en este caso toma tiempo, respondió Irene y colgó. El interrogatorio de Gilberto Aro duró días. Aro negó todo inicialmente. Luego reconoció algunas cosas bajo la presión del expediente acumulado, pero manejó cada reconocimiento con el cálculo de alguien que sabe que la información es su único activo. Lo que dijo sobre Juan fue lo siguiente, y es importante leerlo exactamente como salió en el expediente filtrado meses después.
El niño estuvo en el rancho una noche. No fue idea mía. Fue por instrucción de alguien arriba de mí que yo no voy a nombrar. Al día siguiente se lo llevaron. Yo no sé a dónde. No tuve más contacto con ese asunto. No nombró a nadie. No dio coordenadas. No dio nombres de quienes lo transportaron. y su abogado logró que buena parte de esa declaración quedara sujeta a revisión por un juez que tardó meses en resolver.
El sistema hizo lo que hace con frecuencia en estos casos. Funcionó para los que saben usarlo y Juan seguía sin aparecer. Tadeo Luque, el mejor amigo de Juan, tenía 11 años cuando su familia se mudó de Bacoachi a Hermosillo por motivos laborales. Antes de irse fue a buscar a Irene. Era un sábado por la tarde.
Llegó solo en bicicleta con una mochila cargada. de la mochila sacó un cuaderno, no el cuaderno de reptiles de Juan, sino uno propio de pasta verde. Señora Irene, dijo, yo guardé esto. Irene lo tomó, lo abrió. Era una colección de notas que Tadeo había hecho desde la desaparición de Juan. todo lo que recordaba, cada conversación, cada detalle del día en el mirador, hechas, nombres, cosas que había escuchado decir a los adultos cuando creían que los niños no prestaban atención.
Era la memoria de un niño de 11 años, imprecisa en algunas partes, clara en otras, pero era un esfuerzo enorme hecho por alguien que no quería que la historia se olvidara. Irene lo miró largo tiempo sin poder hablar. Tadeo esperó con esa paciencia seria que tenía desde chico. “Gracias”, dijo Irene finalmente. “Es que Juan siempre anotaba todo”, explicó Tadeo.
Decía que si no lo escribes desaparece, así que yo también lo anoté. Irene lo abrazó. Tadeo no supo bien qué hacer con eso, pero lo dejó. Y cuando se fue, Irene se quedó con el cuaderno verde en las manos, sentada en el escalón de la puerta, mirando la calle de tierra de Bacuachi bajo el sol de enero.
Fermín Duarte fue detenido en abril de 2009 en Chihuahua, en circunstancias que la Procuraduría describió como resultado de trabajo de inteligencia. no dio detalles sobre qué tipo de trabajo. Los medios tampoco profundizaron demasiado. Duarte llegó al sistema penal con varios cargos encima. El de Juan era solo uno de ellos. Eso que debería haber sido señal de más recursos para el caso, en realidad significó que Juan se diluyó entre otros expedientes, otros nombres, otras familias.
Irene aprendió en esos meses algo que no enseñan en ningún lado, que cuando el crimen es sistémico, cuando no es solo una persona, sino una estructura, las víctimas individuales se vuelven puntos en un mapa más grande que nadie termina de dibujar completo. Juan era un punto, un punto con nombre, con cara, con un cuaderno de reptiles y una risa fuerte que su madre no olvidaba.
Pero el sistema lo veía como un punto. Casilla siguió en el caso hasta mediados de 2009. Luego fue transferido a otra unidad. Su reemplazo era un agente que no conocía el expediente y que tardó semanas en ponerse al día. En ese tiempo, el caso perdió impulso. Sandra Ibarra publicó dos reportajes más sobre Juan y otros casos similares en la región.
El segundo ganó un premio de periodismo regional. Sandra lo recibió con satisfacción y con culpa, porque los premios en casos sin resolver siempre tienen ese sabor amargo de celebrar la historia de alguien que todavía no tiene final. Abundio Rosas se mudó de su parcela ese verano. No dijo a dónde. Serafim Bjóquez siguió en su trabajo en el área protegida.
siguió conociendo cada cañada como la palma de su mano y durante años, cada vez que hacía sus rondas y pasaba por el punto donde el perro rayo se había detenido, se paraba un momento, miraba el suelo y seguía caminando. Juan Saldivar no apareció en 2008, tampoco en 2009. La investigación federal continuó en un sentido técnico, es decir, el expediente siguió abierto con actuaciones periódicas, con declaraciones y contradicciones y recursos legales presentados por los abogados de Jaro y Duarte.
Pero el avance real, el que mide lo que importa, era mínimo. Irene y Aurelio aprendieron a existir con esa incertidumbre. No se acostumbraron. Nadie se acostumbra a eso, pero aprendieron a cargarla sin que los tumbara todos los días. Algunos días sí los tumbaba. Pero no todos. Irene se integró a una red nacional de familias con hijos desaparecidos.
Viajó a Ciudad de México dos veces para reunirse con legisladores. Habló en foros. dio entrevistas que cada vez le costaban más trabajo, pero que seguía dando porque detenerse significaba dejar de buscar. Aurelio habló menos, pero buscó más. Siguió moviendo contactos, siguió haciendo preguntas en la región. En algún momento de 2010 recibió información que no pudo verificar del todo, pero que tampoco pudo ignorar.
un nombre, una ciudad, una frontera. El nombre era el de una organización con base en Sonora que operaba como intermediaria en redes de tráfico transfronterizo. La ciudad era Agua Prieta, donde vivía su hermano Donato. La frontera era la misma de siempre, Sonora con Arizona, uno de los cruces más activos de esa época.
La información venía de una fuente que Aurelio nunca reveló. públicamente, ni siquiera a Irene en un principio. Pero lo que esa fuente le dijo era que en 2008, en el contexto de esa red habían pasado por el corredor varios menores, no solo Juan, varios, y que algunos de ellos habían cruzado hacia el norte. Hacia el norte. Aurelio no dormía bien desde octubre de 2008, pero esa noche durmió peor que nunca.
Porque cruzar hacia el norte significaba muchas cosas, algunas muy oscuras, pero también con un porcentaje de posibilidad que no era cero, significaba que Juan podía estar vivo en algún lugar. Irene le preguntó un día directo, sin rodeos. ¿Crees que está vivo? Aurelio tardó mucho en responder, más de lo normal.
No lo sé”, dijo finalmente y era la respuesta más honesta que podía dar. “Pero actúo como si lo estuviera, porque lo otro no puedo permitírmelo todavía.” Irene asintió. Yo tampoco. Y siguieron. En 2011, el expediente de Juan Saldivar fue incluido en un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sobre desapariciones de menores en el norte de México.
El informe documentaba 14 casos en Sonora y Chihuahua, entre 2005 y 2010 con características similares, niños entre 8 y 12 años, desapariciones en zonas semirurales o rurales, patrones que sugerían planificación previa, vínculos con redes de crimen organizado, 14 casos, 14 nombres, Irene leyó cada uno. y lloró de una manera diferente, no solo por Juan, también por las otras madres que estaban en el mismo lugar que ella, buscando con las mismas manos vacías.
Gilberto Aro fue sentenciado en 2012 por tráfico de personas y delincuencia organizada. Recibió una condena de 18 años. En el fallo no se mencionó explícitamente el caso de Juan Saldivar como cargo probado, sino como parte de la patrón de conducta descrito en el expediente. 18 años. Irene escuchó la sentencia por teléfono de la voz de un nuevo agente asignado al caso.
Le preguntó si eso significaba que iban a encontrar a Juan. El agente le dijo que la sentencia era un paso importante y que las investigaciones continuaban. Irene le agradeció y colgó. Fue a la habitación de Juan, abrió la ventana, se sentó en la cama. El cuaderno de reptiles no estaba, pero ella recordaba cada página. Recordaba a Juan dibujando una cascabel en la portada y escribiendo con plumón rojo su reflexión de niño de 10 años.
Las víboras no atacan sino las molestas. El problema es que a veces uno las molesta sin querer. Juan no había molestado a nadie. Juan simplemente había visto algo en el bosque que lo emocionó, un animal, un movimiento, algo que quería guardar en su cuaderno. Y eso lo llevó a alejarse del grupo. Y en ese alejamiento alguien estaba esperando, no esperando a Juan en particular, esperando a cualquier niño que se alejara. Y fue Juan.
El caso de Juan Saldivar sigue abierto. A la fecha en que esta historia fue documentada, Juan Saldivar tendría 26 años. Sería un hombre joven, quizás con trabajo, con estudios, con su propia vida. O quizás no. Quizás cruzó una frontera que no tiene vuelta fácil. Quizás está en algún lugar donde no puede decir su nombre. Nadie lo sabe con certeza.
Lo que sí se sabe es esto. Irene Saldivar nunca dejó de buscar. Se convirtió en una de las voces más constantes de la red de familias con desaparecidos en Sonora. Su nombre aparece en foros, en informes, en entrevistas, siempre con la misma calma fría que le salió aquella primera noche en el campamento. Cuando todo se rompió.
Aurelio volvió a Bacoachi definitivamente en 2010. Abrió un pequeño taller mecánico. Trabaja con las manos, que es lo que siempre lo ha mantenido en pie. Tadeo Luke estudió derecho en la Universidad de Sonora. Hoy trabaja en una organización de derechos humanos en Hermosillo. Cuando le preguntan por qué eligió esa carrera, da una respuesta corta. Por Juan, dice, y no agrega más.
Serafín Bojorquez se jubiló en 2015. El día que entregó su cargo, hizo una última ronda por el área protegida. Pasó por el mirador, bajó hacia la cañada, llegó al punto de la piedra plana donde el perro rayo se había detenido en octubre de 2008. Se paró ahí, miró el suelo, miró el monte, miró hacia el norte.
No encontró nada nuevo, pero tampoco se fue de inmediato. Estuvo ahí un momento largo, con el viento moviéndole el pelo entre Cano y el sol de marzo pegando de lado. Solo un hombre viejo en medio de una sierra enorme, con el peso de haber llegado tarde a algo, que tal vez si hubiera hablado un día antes hubiera tenido otro resultado.
Eso lo cargó siempre y lo siguió cargando. Akuachi, en la escuela primaria Lázaro Cárdenas, todavía hay niños que suben al autobús escolar en la mañana con mochilas de colores. Todavía hay excursiones, aunque ahora con más protocolos, más firmas, más teléfonos satelitales y más adultos por grupo. En el salón de quinto grado, si uno mira con cuidado la pared del fondo, todavía se puede ver la marca de un clavo donde alguna vez estuvo colgado el dibujo de un niño de 10 años.
Un dibujo de una víbora de cascabel hecho con plumón rojo con una nota abajo que decía que las víboras no atacan sino las molestas. El dibujo se cayó hace años, pero el clavo sigue y la sierra sigue igual que siempre, árida, inmensa, con sus cañones y sus ríos escondidos y sus secretos que guarda desde hace siglos.
Sonora no habla sio quiere, y cuando habla lo hace despacio en sus surros, con la voz del viento entre los encinos y el sonido del agua bajando por la piedra. A veces parece que dice un nombre, pero uno nunca está seguro.