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Pedro Armendáriz regresaba de noche a la casa de su infancia sin que nadie supiera por qué.

Pedro Armendáriz regresaba de noche a la casa de su infancia sin que nadie supiera por qué.

Detrás de esa fachada de adobe y cal que todavía hoy resiste en la colonia Guerrero, hay algo que los vecinos más viejos aprendieron a no mencionar en voz alta, algo que los familiares de Pedro Armendaris nunca quisieron confirmar ni desmentir del todo. Algo que, según malas lenguas que corrieron por los pasillos de los estudios de la época de oro, fue enterrado con el mismo actor cuando lo velaron en agosto de 1963.

Si estás viendo esto, ya es demasiado tarde para que te digan que no debías saberlo. Quédate porque lo que pasó dentro de esa casa en la Ciudad de México va mucho más allá del hombre que conociste en las películas. Va mucho más allá de lo que cualquier biógrafo oficial se atrevió a escribir. Hay actores que mueren y dejan un legado y hay actores que mueren y dejan un silencio.

Pedro Armendaris cayó en la segunda categoría. El hombre que encarnó al Charro Bravo, al héroe de la revolución, al macho indoblegable que John Ford admiraba tanto que cruzó el río Bravo para filmarlo. [música] Ese hombre guardó algo en la casa donde creció que nunca salió del todo a la luz. Y la casa lo sabe, las paredes lo saben.

Quienes vivieron en esa zona durante los años 40 [música] y 50 dicen que la construcción tiene una presencia distinta a las demás, que hay habitaciones donde el aire no circula bien aunque las ventanas estén abiertas, que hay [música] un cuarto en la parte trasera que ninguno de los inquilinos que llegaron después se quedó usando más de dos meses seguidos.

 Pedro Armendaris Hastings [música] nació el 9 de mayo de 1912 en la ciudad de México, hijo de [música] Pedro Armendaris García y de Adela Hastings, una mujer de origen norteamericano cuya presencia en la familia dejó una huella contradictoria. Por el lado paterno, sangre mexicana pura de Sonora. Por el materno, una línea anglosajona que el propio actor nunca supo del todo cómo integrar.

 Los que lo conocieron en los años de gloria de la época de oro dicen que esa fractura interna fue siempre su combustible y su cruz al mismo tiempo, que cuando filmaba escenas de furia [música] no estaba actuando, que cuando sus ojos se ponían vidriosos delante de la cámara había algo real ahí adentro que la lente alcanzaba a capturar sin que él lo pudiera controlar del todo.

 La infancia en esa casa de la colonia Guerrero fue breve y convulsa. Su madre murió cuando él tenía apenas 7 años. Siete. Una edad en que la mente de un niño todavía no tiene el lenguaje para procesar la pérdida, así que la guarda en otro lugar, la entierra en una cámara interna que no tiene llave visible. Según algunos cronistas que investigaron la vida temprana del actor, la muerte de Adela Hastings dejó un vacío que la familia intentó cubrir con silencio y con trabajo.

 El padre se fue a Estados Unidos poco después. Pedro y su hermana quedaron al cuidado de familiares. La casa siguió en pie, los muebles siguieron donde estaban. Pero algo cambió en la energía de ese lugar que los que la habitaron después describieron décadas más tarde con una palabra que se repite demasiado como para ser coincidencia.

Pesadez. Esa palabra la usó por primera vez en público una mujer que trabajó como empleada doméstica en la propiedad durante los años 50, cuando la casa ya había pasado por varias manos y ya nadie recordaba del todo su historia completa. Su testimonio recogido por un [música] periodista de nota roja que lo publicó en un tabloide capitalino, cuyo nombre prefiero no mencionar para no darle más crédito del que merece, decía algo que llamó la atención de [música] varios investigadores independientes que documentaron la vida del actor en los

años que siguieron a su muerte. Decía que en las noches, cuando la casa quedaba sola y ella cerraba desde adentro antes de subir a su cuarto, escuchaba pasos en el corredor de la planta baja, pasos que se detenían frente a la puerta del cuarto trasero y luego nada, silencio absoluto, como si quién caminaba supiera que no podía entrar, que había en ese [música] cuarto trasero que incluso los fantasmas, si que existían parecían respetar como un límite que no se cruza.

Para entender lo que algunos investigadores encontraron o creyeron encontrar, hay que entender primero [música] quién fue Pedro Armendariz antes de ser Pedro Armendariz, antes del cine, antes de los contratos con la RKO, antes de que John Ford lo pusiera frente a Henry Fonda y ante el mundo entero. Hay que entender al muchacho que creció en esa casa sin madre y con un padre ausente, rodeado de una ciudad que en los años 20 todavía digería las cicatrices de la revolución.

 Una ciudad donde la violencia no era noticia, sino paisaje, donde desaparecían personas y nadie preguntaba demasiado, donde las casas guardaban secretos porque la alternativa era peor. Pedro llegó a los Estados Unidos siendo adolescente. [música] Estudió en el Polytechnic State College de San Luis Obispo, California.

 regresó a México a principios de los años 30 con un inglés perfecto, una presencia física que intimidaba y una ambición que los que lo conocieron en esa época describían como algo casi mineral, algo que venía de dentro y no tenía negociación. Entró al cine en 1935. Para 1943 era ya la figura más importante del cine mexicano, el actor que Emilio Fernández, el indio, usaba una y otra vez como eje de sus películas más ambiciosas.

 María Candelaria, Flor Silvestre, la perla basada en el cuento de Steinbeck [música] que le abrió las puertas de Hollywood de par en par. Pero en los estudios, según malas lenguas que corrieron por décadas entre asistentes de producción y extras que trabajaron con él, había una versión de Pedro Armendaris que en la pantalla no mostraba del todo.

 un hombre con una sombra pegada a los talones que no venía de ningún papel sino de algún lugar más antiguo, más interior, más conectado quizás con aquella casa de la colonia Guerrero, donde perdió a su madre y donde el tiempo para él se detuvo de una manera que nunca logró del todo preparar. Hay una anécdota que circuló entre los íntimos del actor durante los años 40 y que varios cronistas recogieron sin poder confirmarla del todo.

 Decía que Armendaris, en los momentos de mayor estrés durante un rodaje, desaparecía durante horas. No avisaba, no dejaba recado, simplemente no estaba. Y cuando regresaba tenía los ojos de quien acaba de sostener una conversación larga y difícil con alguien que los demás no podían ver. El director Emilio Fernández, que era hombre de carácter y no toleraba tardanzas ni ausencias, hizo una [música] sola excepción en toda su carrera con un solo actor, con Pedro, porque sabía, según contaron quienes estuvieron [música] presentes, que cuando Pedro desaparecía y regresaba

Hablar de Pedro Armendáriz es hablar de presencia. De una mirada firme —dicen muchos, verde e hipnótica— que no solo atravesaba la pantalla, sino también el alma de los personajes que interpretaba.

así con esa mirada, la toma siguiente salía perfecta siempre, como si el actor hubiera ido a buscar algo a un lugar donde los demás no tenían acceso y volviera cargando con ello. ¿A dónde iba? Nadie lo supo con certeza, [música] pero posibles comentarios decían que más de una vez cuando los rodajes se hacían en la ciudad de México, el chóer que lo llevaba a los estudios Churubusco lo encontraba por la mañana [música] sentado en el automóvil esperando, pero con la ropa diferente a la que había usado el día anterior, como si hubiera

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