Posted in

CANTINFLAS: La AMANTE que Apareció MUERTA en un Hotel… El BEBÉ que su ESPOSA crió como PROPIO

 Ese hombre es Mario Moreno Reyes, Cantinflash, el comediante más reconocido del mundo hispano, el Chapllin mexicano, la figura que durante 30 años hizo reír a Latinoamérica entera. Y ahora, en esa madrugada de enero, está dormido en una silla incómoda esperando que su esposa muera. Pero hay algo que la enfermera no sabe, algo que casi nadie en México sabe, algo que solo Valentina, Mario y un círculo de cinco personas conocían en su totalidad.

 En esa habitación, esa madrugada, no está agonizando solamente una esposa, está agonizando la única mujer que durante 32 años cargó en silencio uno de los secretos más bien guardados del cine de oro mexicano. Un secreto que tenía nombre propio, un secreto que dormía a cuatro habitaciones de distancia en otra cama de hospital de la misma planta.

 un secreto que se llamaba Mario Moreno Ivanova y que oficialmente, según los documentos legales firmados en 1961, era hijo adoptivo de la pareja Moreno Ivanova, pero que en realidad, según los testimonios que aparecerían fragmentadamente con el paso de las décadas, era el hijo biológico de Cantinflas con una mujer estadounidense que había aparecido muerta en un hotel de Nueva York en circunstancias que jamás se aclararon del todo.

 60 años después, en marzo de 2026, esa misma habitación 517 del antiguo hospital Mocel ya no existe. El edificio fue remodelado a finales de los años 80. Las paredes que durante esa madrugada de enero de 1966 sostuvieron las últimas horas conscientes de Valentina Ivanova, fueron demolidas y reconstruidas.

 Pero hay algo de aquella noche que sí sigue intacto. 60 años después, en los archivos privados de la familia Moreno y en los testimonios fragmentados que durante seis décadas han ido apareciendo lentamente a través de empleados domésticos, abogados retirados, productores cinematográficos cercanos y un puñado de periodistas mexicanos especializados en la era de oro del cine nacional.

 Y eso que sigue intacto es una historia. Una historia que durante toda la vida de Cantinflas y durante toda la vida posterior de su hijo Mario Moreno Ivanova hasta la muerte del joven heredero en 1997, nadie de la familia oficial se atrevió a contar completa una historia con tres protagonistas y un secreto. Tres personas que cargaron durante décadas un pacto silencioso que solo se rompió cuando los tres ya estaban muertos.

 Y aquí  esta noche vamos a contar esa historia. Pero no desde el ángulo masculino habitual con el que se cuentan las biografías de los iconos del cine de oro. Vamos a contarla desde el ángulo de la mujer que más cayó. La mujer rusa que aceptó al niño. La mujer que se llevó a la tumba la verdad completa  sobre lo que pasó en aquella habitación 517 del Hospital Moz la madrugada del 5 de enero de 1966.

La mujer que muy poca gente en México conoció realmente, Valentina Ivanova Zubarev. Para entender por qué Valentina Ivanova decidió en 1961 adoptar legalmente como propio a un niño que no era biológicamente suyo y que además era el hijo de la amante extranjera de su esposo. Hay que regresar mucho antes del Hospital Mozel, mucho antes del cine mexicano, mucho antes incluso del nacimiento de Cantinflas como personaje en 1930.

 Hay que regresar a un puerto del Mar Negro en la Rusia zarista de los años X, donde una familia aristocrática perdió todo en cuestión de meses y donde una niña pequeña aprendió desde antes de cumplir los 10 años que el silencio digno era la única forma de sobrevivir cuando el mundo entero se derrumbaba alrededor de tu casa.

 Hay tres cosas sobre el matrimonio entre Mario Moreno Cantinflas y Valentina Ivanova, que durante seis décadas la familia oficial ha intentado proteger con una discreción casi rusa tres cosas que esta noche vamos a descubrir. Primero, el origen real del hijo único de la pareja, Moreno Ibabova.

 Un hijo cuya partida de nacimiento oficial sostiene fechas y nombres que durante décadas no cuadraron con los testimonios fragmentados de quienes vivieron cerca de la pareja en los años 50.  Un hijo cuya madre biológica, según las versiones que han ido apareciendo lentamente, fue una mujer estadounidense de nombre Marion Roberts, una mujer que apareció muerta en un hotel de Nueva York en 1964, en circunstancias que la policía neoyorquina nunca llegó a clarificar del todo y un hijo que durante toda su vida vivió oficialmente como adoptado, sin

enterarse hasta circunstancias muy posteriores de quién era su verdadera madre. Segundo, el mecanismo emocional exacto por el que Valentina Ivanova, una mujer profundamente católica ortodoxa, criada en una familia rusa conservadora, aceptó perdonar a su esposo, criar al hijo de la amante extranjera y sostener públicamente durante el resto de su vida la versión oficial de una adopción simple, sin que ningún periodista mexicano de la época sospechara la verdad completa.

 Y tercero, lo que Valentina Ivanova finalmente le dijo a Mario Moreno la madrugada del 5 de enero de 1966 en aquella habitación 517 del Hospital Mozel, en sus últimas horas conscientes. una conversación de aproximadamente 40 minutos, cuyo contenido jamás se hizo público en su totalidad, pero del que se han filtrado fragmentos a través de testimonios de la enfermera de turno y de los dos médicos que entraron a verificar el suero durante esa madrugada.

 Aquí no hablamos de chismes, hablamos de declaraciones grabadas en programas especializados de Televisa y Canal 11, de documentos legales que han ido apareciendo lentamente a lo largo de los años, de testimonios de los abogados que manejaron la herencia de Mario Moreno Ivanova después de su muerte en 1997 y de las propias palabras que Cantinflas dejó escapar en entrevistas tardías donde ya enfermo, ya consciente de que el tiempo se le acababa, intentó suavizar versiones oficiales que nunca terminaron de cuadrar.

 Sebasto Paul, Península de Crimea, costa norte del Mar Negro, año de 1915. En una casa señorial de tres pisos con vista al puerto militar más importante del Imperio Ruso, nace una niña la que sus padres bautizan en la Iglesia ortodoxa local con el nombre de Valentina Ivanovna Zubareva. Los Zubarev son una familia acomodada de la pequeña aristocracia naval rusa.

 El padre Andrey Zubarev es un capitán de la flota imperial del Mar Negro. La madre Olga Petrovna es hija de comerciantes de telas con raíces en San Petersburgo. La casa de Sebastopol tiene piano, biblioteca con libros en tres idiomas, sirvientes ucranianos, alfombras persas en cada habitación y un jardín pequeño con cerezos donde la pequeña Valentina juega con sus dos hermanas mayores durante los veranos calurosos de Crimea.

Es una infancia privilegiada, es una infancia ordenada, es una infancia que parece destinada a continuar dentro de los códigos rígidos de la aristocracia rusa zarista. Pero entonces llega 1917, la revolución bolchevique, el derrumbe del imperio y la familia Zubarev. Como cientos de miles de familias rusas de su clase social en aquellos años convulsos, descubre de un día para otro que su mundo ya no existe.

 El padre Andrey pierde su rango militar. La casa familiar es confiscada, los sirvientes desaparecen,  la biblioteca se llena de polvo y la pequeña Valentina, que en 1917 tiene apenas dos años recién cumplidos, empieza a vivir, sin que lo sepa todavía, la primera de muchas pérdidas que iban a definir el resto de su carácter adulto.

Read More