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Me llamaban “el fenómeno”, hasta que el viudo más rico del estado me pidió matrimonio frente a todos.

Me llamaban “el fenómeno”, hasta que el viudo más rico del estado me pidió matrimonio frente a todos.

[PARTE 1]

El sonido de las risas de aquellas mujeres cortaba el aire caliente de Sonora más que un cuchillo afilado.

Mis dedos temblaban mientras acomodaba los cartones de huevos en el mostrador de madera astillada del mercado.

A mis treinta y ocho años, conocía de memoria aquel murmullo venenoso que me perseguía desde la infancia.

Fue el fuego. El maldito fuego que devoró el granero de mis padres cuando yo tenía apenas siete años, dejándome el lado izquierdo del rostro convertido en un mapa de cicatrices rojas y tensas.

“Ahí está el monstruo del pueblo”, escuché susurrar a Doña Carmelita, la chismosa oficial de Magdalena de Kino, mientras fingía revisar unos tomates.

Apreté los párpados, tragándome las lágrimas, acostumbrada a ser la mujer que todos miraban con asco o con lástima.

Fue en ese preciso instante cuando el rugido de una camioneta negra interrumpió el bullicio del mercado.

Alejandro Fernández, el hacendado más rico y temido de la región, bajó del vehículo con la misma autoridad con la que caminaba por sus miles de hectáreas.

Llevaba botas de cuero polvorientas, una camisa de lino impecable y un sombrero Stetson que ensombrecía sus ojos oscuros.

Para sorpresa de todos, no caminó hacia la oficina del alcalde ni hacia el banco; caminó directamente hacia mi humilde puesto.

“Buenos días. ¿Es usted la dueña de las cinco hectáreas que colindan con el Río San Ignacio?”, preguntó con voz profunda, quitándose el sombrero por respeto.

Levanté el rostro lentamente, esperando ver el habitual gesto de repulsión en sus facciones al notar mis cicatrices.

Pero no hubo asco; sus ojos se mantuvieron fijos en los míos, penetrantes y extrañamente cálidos.

“Sí, señor. Soy Alma… Alma Ruiz”, respondí, sintiendo que la garganta se me cerraba.

“Necesito negociar una servidumbre de paso por sus tierras para mi ganado, y estoy dispuesto a pagarle muy bien”, dictaminó, ignorando por completo a las decenas de personas que nos observaban boquiabiertas.

Doña Carmelita, incapaz de contener su veneno, se acercó de inmediato con una sonrisa hipócrita.

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