Es una orden real, dice. No hay más discusión. Seinab y Safinat tienen un día para prepararse, un día para un viaje a Europa en pleno invierno. No tienen pasaportes, no tienen ropa adecuada para el frío europeo. Las tiendas más grandes de Alejandría se abren especialmente para ellas. Madre hija corren comprando abrigos, vestidos, maletas.
En 24 horas están en un tren hacia Europa con la familia real, los Alpes Suizos. Saint Moritz. Enero de 1937. La nieve cubre las montañas. El aire es tan frío que duele respirar. Safinat nunca ha visto nieve así. Nunca ha esquiado. Las hermanas de Faruk, las princesas Faucia, Faiza, Faica y Fatia, la tratan con amabilidad. Son cercanas en edad. Se ríen juntas, esquían juntas.
Y Faruk observa. El joven rey de 17 años no puede apartar los ojos de Safiná. Ella tiene 15. Es hermososa, sí, pero hay algo más. Una dignidad natural, una inteligencia en sus ojos. Coquetea con él no intenta impresionarlo, simplemente es ella misma y eso lo fascina. Pasan semanas juntos. De St.
Moritz Banabichi, luego París, luego Marsella. Para cuando regresan a Egipto, Faruk está enamorado o cree estarlo. Es difícil distinguir el amor del deseo cuando tienes 17 años y eres rey. En Londres, una tarde de primavera, Faruk lleva a Safinat a un jardín. Le pregunta hipotéticamente, “¿Qué pensaris a ella si Asiel hipotéticamente le propusiera matrimonio?” Safiná, que tiene 15 años y medio, le responde que necesitaría pensar en ello y consultar a su padre.
Faruk se sorprende. Está acostumbrado a que la gente diga así inmediatamente a todo lo que pide, pero respeta su respuesta. Eso lo hace desearla más. Cuando regresan a Egipto, Safiná habla con su padre, Joseph Sulfikar, que es un hombre sabio y ha trabajado en los tribunales el tiempo suficiente para conocer los secretos oscuros de los poderosos, le dice la verdad.
No quiero que te cases con él. No lo dice por falta de ambición, lo dice por amor. Conoce a la familia real, ¿no? Conoce sus caprichos, sus crueldades. Conoce cómo tratan a las mujeres, pero también sabe que cuando un rey quiere algo es casi imposible negarse. Inasli presiona, Seinab presiona. El propio Faruk visita la casa sulficar.
Se arrodilla frente a Safiná en su fiesta de 16 cumpleaños. Frente a todos los invitados, frente a su familia, le propone matrimonio formalmente, le regala un anillo con un diamante que su padre, el rey Fuad, le había dado a la reina Nazly. Es un gesto público, dramático, imposible de rechazar sin causar un escándalo internacional.
Jusph sulficar finalmente acepta. Faruk le otorga el título de pay, Un soborno envuelto en honor. El matrimonio se anuncia oficialmente y Safinas, de 16 años, descubre que su nombre va a cambiar. El rey Fuad había establecido una tradición. Todos los miembros de la familia real deben tener nombres que comiencen con F, Faruk, Fausia, Faica, Fatia y ahora Fiarida.
Safinat deja de existir oficialmente. Nace Farida en árabe significa la única, la incomparable. Es una ironía cruel porque pronto descubrirá que para Faruk ella será todo menos única. 20 de enero de 1938, El Cairo. El palacio Cuba. La boda del siglo en Egipto. Farida tiene 16 años. Faruk tiene 18. Ella usa un vestido diseñado por la Casa Saward de París, un vestido que pesa 18 kg, bordado con hilos de oro con una cola de 6 m.
Usa tiara en forma de loto diseñada especialmente para ella con diamantes que brillan como estrellas. Faruk le ha dado una dote llamada Shapka, que incluye joyas valoradas en fortunas. Le ha prometido que estas joyas se mantendrán en un fideicomiso para las futuras reinas de Egipto. Las celebraciones duran una semana. Las calles del Cairo están iluminadas.
Hay desfiles, fuegos artificiales, bailes en los palacios. Se distribuye comida gratis a los pobres, ropa a las familias necesitadas. Dinero a las viudas. Cada familia que tuvo un bebé el mismo día que se celebró la boda recibe una libra egipcia. 17 familias reciben ese regalo. En 1938, una libra egipcia es una fortuna para la gente común.
El pueblo ama a Farida, es joven, es hermosa, es egipcia, no es extranjera, no es distante, sonríe, saluda y Farok parece feliz. Por primera vez en mucho tiempo, Egipto siente esperanza. Tal vez este joven rey y su joven reina traerán días mejores. Tal vez la monarquía, que se ha sentido cada vez más desconectada del pueblo, finalmente tendrá un rostro humano.
Farida se toma su papel en serio. acepta ser presidenta de la Sociedad de la Media Luna Roja, presidenta honoraria de la Unión Feminista Egipcia y la Alianza de la Nueva Mujer, patrona de la compañía de guías SC de Egipto. Va a eventos públicos, visita hospitales, habla con mujeres sobre educación, salud, derechos.
Es la primera reina egipcia desde Cleopatra en aparecer en público sin velo. Es la primera en tener un rol representativo público. Las reinas anteriores vivían en reclusión. Farida rompe esa tradición. Las fotografías de la época la muestran sonriendo, elegante, serena, con Faruk a su lado. Parecen enamorados, parecen felices. Las apariencias, como siempre, mienten, porque detrás de las puertas del palacio la vida de Farida es muy diferente.
Su suegra, la reina Nasle, quien la eligió personalmente, ahora la trata con desdén. Nasle quiere controlar todo. ¿Cómo se viste Farida? ¿Con quién habla? ¿Qué dice en público? ¿Qué come? ¿Cuándo sale? Farida, que tiene su propia mente y su propia voluntad, se resiste. Las dos mujeres chocan constantemente. Los periódicos incluso publican historias sobre su enemistad pública.
Es embarazoso, es público, es horrible. Y Faruk Faruk resulta ser muy diferente del príncipe encantador que la cortejó en los alpex suizos. Tiene mal temperamento, es caprichoso, es controlador. Prometió que ella lo ayudaría con sus deberes reales, que gobernarían juntos. Pero los políticos, hombres mayores que lo rodean, le dicen que una mujer en Oriente no debe involucrarse en politic y Faruk, que es débil ante los hombres fuertes, acepta.
Farida es excluida, decorativa, silenciosa, útil solo para fotos, pero el verdadero problema, el que definirá su matrimonio y finalmente lo destruirá, es simple. Farida necesita dar a luz a un hijo varón, un heredero, un príncipe, el futuro rey de Egipto y el tiempo corre. 1938. Farida queda embarazada poco después de la boda. El palacio está eufórico.
Los doctores de la corte, los adivinos, los supersticiosos consejeros, todos juran que será un niño. Faruk está convencido. Se lo dicen los patrones del té, las fases de la luna, los sueños de su madre. Todo indica un varón. Por primera vez desde la boda, Faruk trata a Farida con ternura. Incluso le presta atención.
Ella está embarazada de su heredero. Es valiosa. 17 de noviembre de 1938, 10 meses después de la boda, el Palacio Montasa, en Alejandría. Farida entra en trabajo de parto. Tiene 17 años. Está aterrorizada, sola en una habitación llena de doctores hombres y enfermeras que no conoce. Su madre no puede estar con ella. Es protocolo.
Las reinas dan a luz solas con el personal médico. Afuera, Faruk camina de un lado a otro. Tiene 18 años. Fuma cigarro tras cigarro. Espera, el bebé nace. Una niña perfectamente saludable, hermosa, pelirroja como su abuela Nasle. La llaman ferial. El palacio organiza celebraciones. Se distribuye comida a los pobres.
Cada familia que tuvo un bebé ese día recibe una libra egipcia. 17 familias. Hay fuegos artificiales, hay desfiles. El pueblo celebra, pero Faruk está devastado. Intenta ocultarlo. Sonríe para las fotografías. Carga su hija, pero sus ojos cuentan otra historia. No es un niño, no es el heredero y su primo, el príncipe Ali, todavía está en línea para el trono.
Faruk se siente humillado como si su masculinidad estuviera en duda, como si todos en el reino pensaran que no es lo suficientemente hombre para ser un heredero varón. Farida está exhausta. Exhausta. Ha pasado por un parto difícil. Tiene 17 años. Acaba de dar a luz a una niña sana.
esperaría gratitud, amor, apoyo, lo que recibe es frialdad, decepción y el comienzo de un resentimiento que crecerá como cáncer durante los próximos 10 años. El palacio busca explicaciones, soluciones. Todo el mundo tiene una teoría. Coman estas comidas especiales, beban estas hierbas. Hagan el amor en estas posiciones, en esta fase de la luna, a esta hora del día.
Faruk, desesperado por probar su virilidad, hace cosas ridículas. Come ostras, 600 ostras por semana para aumentar su livido. 600 ostras por semana. Su cuerpo comienza a cambiar, aumenta de peso, desarrolla hábitos alimenticios poco saludables que lo perseguirán el resto de su vida. Y Farida. A Farida le dicen que es su culpa, que su cuerpo no es lo suficientemente fuerte, que necesita orar más, comer mejor, ser más obediente, ser más sumisa.
Todo es su responsabilidad. El sexo del bebé, según la ciencia moderna, lo determina el esperma del padre. Pero en 1938 en Egipto la ciencia importa poco cuando la tradición dice que es culpa de la madre. Faruk comienza a buscar consuelo en otros lugares. Otras tiene 18, 19, 20 años. Es rey, es rico, es poderoso.
Y las mujeres están disponibles. Cortesanas, actrices, bailarinas, extranjeras, egipcias, casadas, solteras. A Faruk no le importa. Las lleva al palacio, las lleva a restaurantes, las lleva a viajes y no se molesta en ocultarlo. Farida se entera, por supuesto que se entera. Todo el palacio lo sabe. Los periódicos egipcios no pueden publicarlo debido a la censura real, pero los periódicos extranjeros lo publican.
Fotografías de Faruk, cada vez más gordo, cada vez más calvo, rodeado de mujeres hermosas en clubes nocturnos del Cairo y Alejandría. Bailando, bebiendo sherbet rindo mientras su esposa se queda en el palacio. Sola, humillada. 1940. Farida está embarazada otra vez. Otra oportunidad. Seguramente esta vez será un niño. Las mismas predicciones, los mismos adivinos. Las mismas fases lunares.
Todos dicen varón. Foruk está esperanzado. Trata a Farida un poco mejor. Por unos meses. 7 de abril de 1940, el palacio Abdén en el Cairo. Nace otra niña, Fausia. Como la hermana favorita de Faruk. Es hermosa, sana, perfecta, pero no es un niño. Faruk ni siquiera intenta ocultar su decepción. Esta vez apenas visita a Farida después del parto, apenas mira a la bebé.
Las celebraciones son menores, más silenciosas. El pueblo todavía celebra. Aman reina, pero el palacio está tenso. Tenso. La presión sobre Farida es insoportable. 24 horas al día. Nasle la mira con desprecio. Faruk la ignora. Los cortesanos susurran, los periódicos especulan. Los políticos preguntan abiertamente cuánto tiempo más pueden esperar por un heredero.
Mohamed Ali, el primo de Faruk, espera en las sombras sonriendo, sabiendo que cada hija que nace lo acerca más al trono. Y Farida sigue intentando porque es su deber, porque ama a sus hijas, porque todavía tiene esperanza de que tal vez, solo tal vez, un hijo varón salve su matrimonio. ¡Qué trágica es esa esperanza! ¡Qué patética! Una mujer de 20 años creyendo que su valor depende del cromosoma y de un espermatozoide sobre el cual no tiene absolutamente ningún control. 1943.
Embarazo número tres. Esta vez Farida reza más. Come lo que le dicen, hace lo que le ordenan. Los doctores dicen varón. Los adivinos dicen varón. Todo el mundo dice varón tiene que ser tercera vez es la vencida, es la matemática de la desesperación. 15 de diciembre de 1943, El Palacio Abdeín.
Nace otra niña fadia, hermosa, sana, perfecta. La tercera hija de Farida. La tercera decepción de Faruk. Esta vez Faruk explota. No va a ver a su esposa. No carga a la bebé. sale del palacio, va a un club nocturno, se emborracha convet champán, baila con prostitutas y le dice a cualquiera que quiera escuchar que que se siente traicionado, que su esposa le ha fallado, que no puede cumplir con su deber más básico.
Farida tiene 22 años, tres hijas, cero esperanza y un marido que la odia. Los siguientes años son un infierno scioso. Faruk ya ni siquiera finge. Lleva a sus amantes al palacio. Las presenta en eventos donde debería estar Farida. Una vez despierta Farida en medio de la noche para describirle su última conquista sexual, le dice textualmente, me dijo que fui tan maravilloso que si no hubiera sabido que era el rey, me habría pagado en lugar de que yo le pagara a ella.
Esto sonó es un documental inventando drama. Esta cita está en los registros históricos. En las memorias de personas que estaban allí, Faruk despertó a su esposa para contarle esto. Es crueldad pura, es sadismo y Farida lo aguanta porque es reina, porque tiene tres hijas pequeñas, porque el divorcio en 1943 para una mujer, incluso para una reina, significa escandalizar a toda su familia, perder a sus hijos, perder su estatus.
Entonces aguanta. Se retira más y más de la vida pública. Ya no asiste a eventos, ya no sonríe para las cámaras. Se queda en sus habitaciones, cría a sus hijas. Ferial. Faustia Facia. Tres niñas que crecen sabiendo que su padre las considera insuficientes, que su mero nacimiento fue una decepción.
Qué forma tan cruel de crecer. 1944. Farida deja oficialmente la cama y la habitación de Faruk. Se muda a sus propias habitaciones. Establece su propia casa dentro del palacio. Es una separación sin ser un divorcio. Paruk quiere divorciarse. Sus consejeros le dicen que espere. Farida ha jurado que se volverá a casar si él se divorcia de ella.
Y si ella tiene un hijo varón con otro hombre, Faruk parecerá completamente inadecuado. Parecerá que el problema era él, no ella. Entonces esperan una separación fría, tensa, pública. Mientras tanto, Egipto está en crisis. Es la Segunda Guerra Mundial. Los británicos ocupan el país, controlan el canal de Suez. Hay tropas británicas por todas partes.
Faruk intenta mantener la neutralidad de Egipto, pero los británicos no lo permiten. En 1942, tropas y tanques británicos rodean el palacio Abdin. El embajador británico Miles Llamson fuerza Faruk a nombrar primer ministro a Mustafa Alnajaspacha del partido Waft. Es una humillación pública.
El rey de Egipto, siendo obligado a hacer lo que los británicos ordenan en su propio palacio, con tanques apuntando a sus ventanas. El prestigio de Faruk se desmorona. El pueblo egipcio ve a su rey como débil, como títere de los británicos. Y mientras su poder político se desintegra, su vida personal es un circo. Come sin control.
Su peso llega a 140 kg. 140. Es gordo, calvo, sudoroso, pero sigue siendo rey. Sigue teniendo poder y sigue culpando a Farida por todos sus fracasos. Los periódicos extranjeros publican fotografías. Faruk en clubes nocturnos de Europa, Faruk en casinos, Faruk con mujer. El palacio egipcio censura las noticias locales, pero no puede controlar la prensa internacional.
Cada fotografía que llega a Egipto humilla más a Farida. Ella es la reina que su rey no quiere, la esposa que no fue suficiente, la madre de hijas no de hijos. Y todavía el pueblo egipcio la ama. Cuando aparece en público, rara vez ahora la gente la aclama. Gritan su nombre, le envían cartas, le expresan su apoyo porque ven en ella algo que reconocen.
Una mujer, una mujer sufriendo, una mujer digna en medio de la humillación. Farida se convierte en símbolo, no de la monarquía gloriosa, sino de la mujer egipcia que soporta, que sobrevive, que mantiene su dignidad cuando todo se desmorona. Pero hay un límite para cuánto puede soportar una persona. Noviembre de 1948. 10 años después de la boda, Farida tiene 27 años.
Ha pasado una década en un matrimonio que la ha roto. Faruk le ha quitado su dinero. Para obtener fondos, Farida tiene que pedirle al administrador de su casa un hombre que ella detesta. Farac le compró una finca como regalo, luego se la quitó, le dio un palacio como regalo de bodas, luego lo mantuvo cuando se separaron. Es vengativo, es cruel, es infantil.
Y Farida finalmente dice, “Basta, no se sabe exactamente qué la rompe. Quizás es otra amante, quizás es otra humillación, quizás simplemente es el peso acumulado de 10 años de miseria.” Pero Farida va donde Faruk y le dice que quiere el divorcio. Él está sorprendido. Ha sido tan horrible con ella que asumió que simplemente lo aguantaría para siempre.
Pero Farida, que fue elegida por ser dócil y controlable, resulta tener un núcleo de acero. Las negociaciones comienzan. Faruk intenta sobornarla. Le ofreces una finca, ella la rechaza. Ni siquiera va a visitar. Le ofrece regalos caros, ella los rechaza. Quiere solo una cosa, libertad y custodia de sus hijas, al menos de la menor Fadia, que tiene 5 años.
Faruk acepta darle a Fadia, pero se queda con Ferial y Fausia, 10 y 8 años. La mayor tiene 10 años. Farida tiene que elegir perderlas a todas o al menos tener a una. Elige tener a una. Es la decisión de Sofi. Es imposible. Es desgarradora, pero es la única opción que tiene. El divorcio procesa rápidamente, demasiado rápidamente para un evento de tal magnitud. Y hay otra cosa extraña.
El mismo día que se anuncia el divorcio de Farida y Faruk, también se anuncia el divorcio de la princesa Fausía, hermana de Faruk, del Sha Mohamad rea de Irán. 17 de noviembre de 1948. Dos divorcios reales el mismo día. No es coincidencia. Faruk y el Shah lo planearon para dividir la tensión de los medios, para que ninguno de los dos divorcios reciba demasiado escrutinio, para que se diluya el escándalo, no funciona.
Ambos divorcios son escándalos enormes, pero el de Farida, especialmente, porque el pueblo la ama y culpan a Faruk. Los periódicos, ahora que ella ya no es reina y no hay censura, publican todo. 10 años de infidelidades, de crueldad, de humillación. El público se entera de todo y el odio hacia Faruk crece.
El divorcio debilita la monarquía fatalmente. Porque si Faruk no pudo mantener el amor de la mujer que el pueblo adoraba, ¿cómo puede mantener el amor del pueblo? La pregunta flota en el aire y encuentra respuesta 4 años después. Después del divorcio, Farida se queda en Egipto. Vive en Samalec, un barrio en una isla en el Nilo, un apartamento modesto comparado con los palacios donde vivió.
Vive con su hija menor Fadia y con su madre Seinab. Sus otras dos hijas están con Faruk. Las ve ocasionalmente, brevemente con con supervisión. Es tortulas B. 1950. Faruk se vuelve a casar. La novia es Narriman Sadek. Tiene 16 años. Es hija de un funcionario de clase media. Hermosa, voluptuososa. Faruk tiene 30 años. Ha aprendido nada de su primer matrimonio.
Narriman es incluso más joven que Farida cuando se casó. El patrón se repite. 16 de enero de 1952. On Narriman da a luz a un niño. Ahmad Fuad, el heredero varón que Faruk quería desesperadamente. Hay celebraciones masivas. Faruk está eufórico. Finalmente, prueba de su masculinidad. Un hijo, un un príncipe, el futuro rey de Egipto.
Pero el futuro ya no es lo que solía ser. 23 de julio de 1952, El Cairo. 4 de la madrugada, un grupo de oficiales militares llamados los oficiales libres liderados por el general Muham Nagib y el coronel Gamal Abdel Naser, toman el control de las estaciones de radio, los edificios gubernamentales clave, las instalaciones militares. Es un golpe de estado.
Rápido, silencioso para la mañana casi sin sangre. Rodean el palacio Russeltín en Alejandría, donde Faruk está de vacaciones con su nueva familia. Le dan un ultimátum, abdica o muere. 26 de julio de 1952, 6 de la tarde. El yate real Marousa, está anclado en el puerto de Alejandría. Faruk, de 32 años, camina hacia el barco.
Con él van su esposa Narriman, su hijo de 6 meses Ahmad Fuad y sus tres hijas del primer matrimonio. Ferial de 13 años, Fauusia de 12, Fadia de 8. Farida no está, no la dejan ir, no la invitan. Sus hijas se van y ella se queda viéndolas partir, sabiendo que tal vez nunca las volverá a ver. El marusa zarpa al atardecer. Faruk se para en la cubierta, mira a Egipto por última vez.
La tierra que gobernó durante 16 años. La tierra que lo rechazó. llora en sus manos. Lleva su colección de pornografía, sus joyas, sus monedas, sus objetos de valor. Deja atrás un país en ruinas, una monarquía destruida, dos exesposas, tres hijas que apenas conoce y un hijo que reinará como rey por menos de un año antes de que la monarquía sea abolida completamente.
El marrusa se dirige a Italia. Faruk vivirá el resto de su vida en el exilio en Roma. en Mónaco engordando cada vez más, comiendo en restaurantes caros, jugando en casinos, solo, patético. Un rey que perdió todo porque no pudo controlar su ego, su apetito, su crueldad. 18 de marzo de 1965, Roma, el restaurante Ile de France.
Faruk, de 45 años, peso estimado 180 kg, cena. Ostras, langosta, cordero. Varios postres en la mesa. Muere en camino al hospital. Hospital, ataque cardíaco su cuerpo, que abusó durante décadas con comida y exceso, finalmente se rindió. Cuando mueren los reyes en el exilio, hay una pregunta.
¿Quién vendrá al funeral? Farida va y lleva a sus tres hijas. Han pasado 13 años desde que se divorciaron, 16 años desde el último día que fueron felices juntos, si es que alguna vez lo fueron. Farida va a la morgue de Roma. Mira el cuerpo hinchado del hombre que una vez fue su rey, el padre de sus hijas.
El hombre que la amó por 5 minutos y la odió durante 10 años. No sabemos qué sintió. No hay registro de sus emociones. Solo sabemos que estuvo allí, que miró, que se fue y que nunca habló públicamente sobre él después de eso. 1964. Farida finalmente deja Egipto. La monarquía ha sido abolida. La República ha sido establecida. Ner gobierna.
No hay lugar para exreinas en el nuevo Egipto. Farida se muda al Líbano. Abeirut vive en un apartamento pequeño y comienza a pintar. No es la primera vez. Su tío Mahmud Said le enseñó de niña, pero ahora lo hace en serio, con urgencia, con necesidad, como terapia, como forma de existir. En Beirut toma clases con J.
Gder, un pintor Liban Ain Armenio, cuyo estudio en Almerado por los mejores artistas del Líbano. Asadur Farid Manuquian. Farida estudia con ellos. Pinta paisajes egipcios de memoria. Pinta abstracciones. Experimenta con guache tratado según las leyes del esmalte. Una técnica que desarrolla ella misma. Usa metal fundido, manipula la luz para mantenerse, pinta retratos de la burguesía de Beirut.
Cobra poco, lo suficiente para pagar el alquiler y la comida. Vive modestamente, casi en pobreza. Esta mujer, que una vez fue la reina de Egipto, que vivió en palacios, que usó diamantes valorados en millones, ahora vende retratos para pagar el alquiler. Es una caída, pero también es una liberación. Por primera vez en su vida, Farida no es propiedad de nadie.
No es la hija del juez, no es la esposa del rey, es simplemente Farida o tal vez finalmente Safiná otra vez ella misma. 1968, Farida se muda a París. Vive allí hasta 1974. Durante estos 6 años pinta intensamente. Un galerista llamado Raymond Nenta la apoya. le organiza su primera exposición individual en la galería Herbé Odermat.
Es 1968. Farida tiene 47 años. Es su debut oficial como artista. El poeta y crítico de arte Patrick Walberg escribe el prefacio del catálogo de la exposición. dice, “Usando un proceso conocido solo por ella, en el que el washe es tratado según las leyes del esmalte, obtiene un material de excepcional riqueza con acentos brillantes.
La crítica es positiva. Las pinturas se venden, no por fortunas, pero se venden. Farida es reconocida no como exreina, sino como artista por derecho propio. Viaja, expone en Europe, en Estados Unidos. Vive cerca de sus hijas que están en Suiza. Las ve regularmente ahora. Son adultas. Tienen sus propias vidas. Ferial se casó con Jean Piier Perreten en 1966.
Tuvieron una hija Yasmín. Pero Perreten murió en 1968. Ferial nunca se volvió a casar. Faucia se convirtió en intérprete simultánea. Nunca se casó. sufre de esclerosis múltiple. Fadia se casó con Pierre Orlov, un geólogo suizo de ascendencia rusa en 1965. Tienen dos hijos, Michel Hamil y Alexander Ali.
Las tres hijas crecieron en el cisexilio, separadas de su madre durante años cruciales, viviendo con un padre que las consideraba insuficientes, viendo como la monarquía colapsaba, cómo su país las rechazaba. Cómo su familia se desintegraba. Llevan cicatrices, todas ellas. 1974. Anuar Sadad es presidente de Egipto. Naser murió en 1970.
Sadad es diferente, más abierto, más tolerante. Permite que Farida regrese a Egipto. Ella tiene 53 años. Ha estado fuera 10 años. regresa no a los Palacios, a un apartamento pequeño en Maadi, un barrio tranquilo del Cairo. Sigue pintando, sigue viviendo con su pensión miserable. El gobierno egipcio le da algo, no mucho, lo suficiente para no morir de hambre, pero no lo suficiente para vivir con dignidad.
Mayo de 1980. Una exposición de las obras de Farida se lleva a cabo en el hotel Lemeridién en el Cairo. Es exitosa. La gente viene, compran algunas pinturas, la reconocen. Algunos con nostalgia, algunos con pena, algunos con curiosidad. Así que esto es lo que le pasó a la reina. Se convirtió en pintora.
Viven Madi sola. Nunca se volvió a casar. Nunca tuvo otro amor. Pasó 40 años sola después de 10 años de matrimonio infernal. Es curioso cómo calculamos las vidas. Farida vivió 67 años. 10 fueron como reina, 40 como exreina. 10 años definieron cómo el mundo la recuerda, 40 años son olvidados. Es injusto. Esos 40 años fueron probablemente más plenos que los 10, más auténticos, más suyos.
Pero la historia recuerda los títulos, no las personas. Septiembre de 1988. Farida es hospitalizada. Tiene 67 años, le diagnostican leucemia. También tiene neumonía. Hepatitis. Su cuerpo, que aguantó décadas de estrés y dolor emocional finalmente se está rindiendo. Pasa semanas en el hospital, 2 de octubre. La ponen en cuidados intensivos.
Entra en coma. 16 de octubre de 1988, 2:15 de la tarde. Farida muere. Es enterrada inicialmente en el cementerio de Imam El Shafei en el Cairo Viejo. No en la mezquita Alrifai, donde están enterrados los reyes de la dinastía de Mohammad Ali. Porque ella se divorció, porque su matrimonio terminó, porque aunque fue reina durante casi 11 años, el divorcio la borra de la historia oficial de la monarquía.
O al menos lo intenta, sus tres hijas sobreviven. Ferial morirá en 2009, 71 años. Fausia morirá en 2005, 64 años. Escleosis múltiple. Fadia morirá en 2002, 59 años. Todas muertas antes de cumplir 72. Todas enterradas en la mezquita al Rifai con su padre, porque ellas nunca se divorciaron.

Ellas son reconocidas como princesas. Su madre es olvidada. Pero en 2022, 34 años después de su muerte, algo cambia. Los descendientes de la familia real presentan una petición. Quieren que los restos de Farida sean trasladados. De Imam El Chafei a la mezquita al Rifai para que esté con sus hijas, para que esté con la familia real.
15 personas asisten a la ceremonia de traslado. Dos de ellas son nietas de Farida, Yasmín, la hija de Ferial y probablemente una de las hijas de Fadia. Los restos de Farida son trasladados. Finalmente, 34 años después de su muerte, es reconocida. Es colocada en la tumba real con sus hijas, con Faruk, con los reyes, como si el divorcio nunca hubiera importado, como si los 40 años de exilio y pobreza nunca hubieran existido, como si siempre hubiera sido lo suficientemente buena.
Pero no lo fue. No para Faruk, no cuando estaba viva. Solo en muerte es aceptada. Entonces, ¿qué aprendemos de la vida de Farida? ¿Qué significa esta historia? Aquí está una mujer que nació con privilegios, educada, inteligente, hermosa. Es elegida por un rey. Se convierte en reina a los 16 años. Tiene todo lo que la sociedad dice que una mujer debe querer.
Título: Riqueza, poder. Y es absolutamente miserable porque su valor está atado a algo que no puede controlar. El sexo de sus hijos, porque su esposo es cruel, porque su suegra es vengativa, porque el sistema está diseñado para aplastarla. Da a luz a tres hijas hermosas, sanas, inteligentes. Y cada nacimiento es tratado como fracaso, como si crear vida no fuera suficientemente milagroso, como si traer tres seres humanos al mundo no fuera suficiente contribución.
Necesita dar un varón, un heredero, un cromosoma y y cuando no lo hace es descartada. Pero Farida no se rompe, se dobla, se lastima, sufre, pero no se rompe. Encuentra la fuerza para pedir el divorcio en 1948 en Egipto como reina. Eso requiere coraje, requiere estar dispuesta a perder todo y pierde casi todo. Sus hijas mayores, su título, su hogar, su país eventualmente y construye una nueva glamorosa, una viidada, pinta, expone, vive sola, nunca se vuelve a casar.
Tal vez porque el matrimonio la lastimó tanto que nunca volvió a confiar. Tal vez porque valoraba su libertad más que la compañía. Tal vez porque simplemente estaba cansada. Vive 40 años después del divorcio. 40 años donde no es definida por un hombre, donde no es propiedad de nadie, donde es simplemente ella misma. Esos años son ignorados por la historia.
Los historiadores escriben sobre sus 10 años como reina, sobre el matrimonio, el divorcio, las hijas, los escándalos. Pero los 40 años de después son una nota al pie, como si no importaran, pero importan porque esos años son la prueba de que Farida era más que una reina rechazada, era un artista, una madre, una mujer que sobrevivió, que encontró significado en el pincel y el lienzo, que vivió en sus propios términos, incluso si esos términos significaban pobreza y olvido.
Hay una fotografía de Farida de los años 70. Está en su apartamento de Mahadi. Es un espacio pequeño, paredes desnudas. Ella es está sentada frente a un lienzo, pinta. Tiene el cabello gris, arrugas, manos manchadas de pintura, usa ropa simple, no hay joyas, no hay coronas, no hay nada que indique que alguna vez fue reina, pero hay algo en sus ojos. Paz.
Tal vez no felicidad, pero paz, la paz que viene de ya no tener que ser lo que otros esperan que seas. Esa fotografía dice más sobre Farida que todas las fotografías oficiales de su época como reina. En esas está perfecta. Maquillaje perfecto, ropa perfecta, sonrisa perfecta, todo perfecto, todo falso. En la fotografía de Madie es real.
Es simplemente una mujer mayor pintando en un apartamento pequeño y hay algo hermoso en eso. Farida murió sin riqueza, sin reconocimiento real. Sus obras de arte no están en los grandes museos. No es considerada una de las grandes artistas egipcias. Mahmud Said, su tío, es celebrado. Gasbia Sirry, su contemporánea, es celebrada.
Farida es una nota al pie. Una curiosidad. ¿Sabías que la exreina se convirtió en pintora? Pero en el museo de arte moderno árabe Mataf en Dojaha, Qatar, hay una pintura de Farida. Se llama Niikash, fechada alrededor de 1950. Técnica mixta sobre tablero duro, 96* 47.8 cm. Es abstracta, colores brillantes, rojos, negros.
texturas complejas creadas con su técnica especial de washe tratado como esmalte. Es hermosa, es compleja, es la prueba de que Farida tenía talento, que no era solo una exreina jugando a ser artista, era una artista real. Y tal vez eso es suficiente. Tal vez no necesitamos que la historia la recuerde como grande. Tal vez es suficiente que existió, que sobrevivió, que transformó su dolor en arte, que se negó a ser definida solo por su fracaso en dar un heredero varón.
Porque la historia de Farida no es realmente sobre ella, es sobre todas las mujeres cuyo valor es medido por cosas que no pueden controlar. sobre todas las mujeres que son descartadas cuando no cumplen expectativas imposibles. Sobre todas las mujeres que sobreviven de todos modos, que construyen nuevas vidas de los escombros de las antiguas, que encuentran significado en lugares inesperados.
Farida vivió en una época donde las mujeres eran propiedad. Primero del padre, luego del esposo, incluso las reinas, especialmente las reinas. Porque las reinas son símbolos, son úteros con coronas, son fábricas de herederos y cuando esa fábrica no produce el producto correcto, es reemplazada. Simple, brutal, eficiente. Pero Farida se negó a desaparecer.
Después del divorcio, podría haberse escondido. Podría haber vivido en la oscuridad total. Nadie la habría juzgado, pero no. se fue al Líbano, estudió arte, expuso, se mudó a París, expuso, regresó a Egipto, expuso, siguió creando, siguió existiendo, siguió siendo visible, asuadamente, pero visible.
Y cuando murió sola en ese apartamento de Maadi, con 67 años de vida detrás de ella, 10 como reina y 40 como humana normal, dejó algo. No una dinastía, no herederos, no un trono, dejó pinturas. Lecciones. Dejó la prueba de que es posible sobrevivir lo imposible, que es posible ser descartada por el hombre más poderoso de tu país y aún así construir una vida que signifique algo.
No fue una vida perfecta, fue una vida de pérdida, de dolor, de separación de sus hijas durante años cruciales, de pobreza después de riqueza, de olvido después de fama. Pero fue su vida, no la vida que otros diseñaron para ella, su vida. Y tal vez al final eso es lo único que cualquiera de nosotros puede esperar, vivir nuestras propias vidas.
No las vidas que otros esperan. No las vidas que la sociedad diseña, nuestras propias vidas auténticas, complicadas, imperfectas. nuestras. Safinas, sulficar, reina, reinas, reina, artista, madre, mujer. Vivió 67 años, amó, sufrió, sobrevivió, pintó, murió, fue enterrada, fue olvidada, fue recordada, fue trasladada, fue finalmente colocada donde debería haber estado desde el principio con sus hijas, como si siempre hubiera pertenecido.
La mezquita al Rifai en la plaza Sala Aldín en el Cairo es un edificio impresionante construido en el siglo XI. Nombrado en honor al sufí Ahmad al Rifai. Ese es destino anual de las celebraciones sufíes y es la tumba de la dinastía de Muhammad Ali. Reyes, kedis, sultanes, todos enterrados allí.
Fuat primero, Faruk, Husseins, Camel. Y ahora, finalmente, Farida con sus tres hijas. Ferial, FIA, Fadia, cuatro mujeres que fueron princesas y reinas, que vivieron en palacios y murieron en exilio, que fueron adoradas y olvidadas, que fueron consideradas insuficientes por un rey que era él mismo completamente insuficiente. Ahora están juntas en paz finalmente.
Y si las tumbas pudieran hablar, ¿qué dirían? ¿Dirían que valió la pena? ¿Los títulos, los palacios, las joyas? ¿O dirían que lo único que realmente importó fueron los momentos simples, las tardes pintando? Las cartas de las hijas, el olor del café por la mañana, la luz del sol entrando por una ventana de Mahadi.
No lo sabemos, no podemos saberlo. Los muertos no hablan, solo dejan rastros, fotografías, pinturas, documentos, historias. Y nosotros, los vivos, tratamos de darle sentido a esos rastros. Tratamos de entender vidas que ya terminaron. Tratamos de aprender lecciones, encontrar significado. Pero tal vez no hay lección, tal vez solo hay historia.
una mujer llamada Safinó en Farida, que se convirtió en exreina, que se convirtió en artista, que se convirtió en cenizas, que se convirtieron en polvo, que ahora descansan en una tumba en el Cairo, una vida, una entre miles de millones, única e insignificante a la vez importante para ella, para sus hijas, para algunas personas que la conocieron.
olvidable para el resto. Pero aquí estamos décadas después de su muerte, hablando de ella, recordándola, tratando de entenderla. Y tal vez eso es suficiente. Tal vez ser recordada, aunque sea brevemente, aunque sea imperfectamente, es todo lo podemos esperar. Que alguien en algún lugar, en algún momento, diga nuestros nombres, cuente nuestras historias, trate de entender por qué vivimos como vivimos.
¿Por qué amamos como amamos? ¿Por qué sufrimos como sufrimos? Farida de Egipto. Una mujer que fue reina, que no fue suficiente, que fue descartada, que sobrevivió, que pintó, que vivió, que murió, que ahora descansa en una tumba en el Cairo con sus hijas, esperando que alguien algún día entienda que su vida significó algo.
por el título, no por las joyas, no por los 10 años en el palacio, sino por los 40 años después, por la forma en que se negó a desaparecer, por la forma en que transformó su dolor en algo hermoso, por la forma en que al final fue simplemente ella misma. Esa es su historia imperfecta, incompleta, como todas las historias humanas, pero suya, auténticamente suya.
Y tal vez después de todo eso es lo que importa, no ser perfecta, no ser suficiente para los demás, solo ser auténticamente tú misma, incluso si eso significa estar sola, incluso si eso significa ser olvidada, incluso si eso significa morir en un apartamento pequeño en Madi en lugar de en un palacio en Alejandría, porque al final todos morimos solos.
Reyes y mendigos, reinas y pintoras, todos. Y lo único que llevamos con nosotros es la verdad de quiénes fuimos realmente. No quienes otros pensaron que éramos, no quienes intentamos ser para complacer a otros, sino sino quienes fuimos realmente en en privado, en los momentos tranquilos cuando nadie miraba.
Y Farida en esos momentos era simplemente Safiná, una niña de Alejandría que amaba nadar. que pintaba con su tío, que soñaba sueños que nunca incluyeron coronas y palacios, que fue elegida por un rey y destruida por ese honor, que sobrevivió, que se reconstruyó, que nunca dejó de ser fundamentalmente ella misma.
Esa es la mujer que descansa ahora en la mezquita al rifai. No la reina de las fotografías oficiales, no el símbolo político, no el útero que falló en producir un heredero, sino simplemente Safiná, Farida, madre, artista, sobreviviente, mujer, humana, real. Y su historia, como todas las historias humanas, termina no con respuestas, sino con preguntas.
¿Fue feliz? No lo sabemos. ¿Tuvo arrepentimientos? Probablemente cambiaría algo si pudiera. Tal vez, tal vez no. Las preguntas permanecen sin respuestas, como debe ser, porque las vidas humanas son complejas. No son cuentos de hadas con finales claros, son complicadas, ambiguas, contradictorias, hermosas y terribles a la vez.
Y Farida vivió esa complejidad completamente. Fue víctima y sobreviviente. Fue privilegiada y empobrecida. fue amada y rechazada, fue recordada y olvidada, fue todo y nada a la vez, como todos nosotros, solo que su vida fue vivida en un escenario más grande, con luces más brillantes, con audiencia más grande, pero fundamentalmente fue tan humana como cualquiera de nosotros, con los mismos miedos, las mismas esperanzas, los mismos dolores, la misma necesidad de ser vista, de ser valorada, de significar algo y significó algo. No de
la manera que esperaba, no de la manera que otros planearon, pero significó algo para sus hijas, para las mujeres egipcias que vieron en ella un reflejo de sus propias luchas. para los artistas que reconocieron su talento, sin para nosotros ahora, décadas después, tratando de entender, tratando de aprender, tratando de honrar una vida que fue tanto más que 10 años con corona. 16 de octubre de 1988.
2:15 de la tarde. Mad el Cairo, una mujer de 67 años exhala su último aliento. Sus pulmones se detienen, su corazón se detiene, su cerebro se apaga. El cuerpo que cargó durante 67 años finalmente descansa. Ya no hay dolor, ya no hay lucha, solo silencio. Y en algún lugar de Suiza, tres hijas reciben una llamada telefónica.
Su madre ha muerto. Lloran, hacen arreglos, viajan a El Cairo, entierran a su madre y luego regresan a sus vidas, llevando el peso de ser las hijas de una reina que no fue suficiente, llevando el peso de ser rechazadas por su padre por el crimen de ser niñas, llevando el peso de una historia que nunca pidieron ser parte de Y continúa.
Como siempre, el Cairo sigue siendo el Cairo. Egipto sigue siendo Egipto. Las personas viven, mueren, aman, sufren. Y ocasionalmente alguien cuenta la historia de una reina que fue repudiada por no dar un hijo varón. Y la historia se cuenta una vez más imperfectamente, incompletamente, pero se cuenta y Farida vive otra vez por unos momentos en Palarmo, en la imaginación de quienes escuchan.
Y tal vez eso es la inmortalidad, no estatuas, no monumentos, solo historias contadas una y otra vez, cambiando un poco cada vez, pero persistiendo como prueba de que alguien vivió, amó, sufrió. importó aunque sea solo por un momento, aunque sea solo en la memoria de extraños que nunca la conocieron, pero que intentan entenderla.
Farida de Egipto. Safiná sulficar, 1921 a 1988, 67 años. Una vida, una historia. Una mujer que fue más de lo que su título sugería, más de lo que su matrimonio definió, más de lo que su divorcio implicó, simplemente más. Compleja, real, humana y ahora descansa. Finalmente con sus hijas, ¿cómo debería haber estado siempre? En paz o al menos en el silencio que pasa por paz cuando ya no hay más preguntas, cuando ya no hay más expectativas, cuando ya no hay más necesidad de ser suficiente para nadie.
Solo la quietud eterna de la muerte que viene para todos reinas y mendigos y nos hace iguales finalmente, completamente, eternamente iguales. Yes.
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