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El genio que hizo reír a generaciones… mientras sufría su peor batalla

Podía ser torpe, podía ser silencioso, podía estar de mal humor un martes sin que eso decepcionara a nadie. Valentina no había elegido a Cantinflas, había elegido a Mario. Y esa diferencia que desde afuera podía parecer un detalle menor era en realidad la arquitectura entera de su equilibrio interior cuando ella murió de cáncer. Después de una enfermedad que él acompañó con una discreción que rayaba en el hermetismo absoluto, algo en Mario Moreno se cerró de una manera que nunca volvió a abrirse del todo.

No volvió a casarse nunca. En casi 30 años que vivió después de perderla, no hubo otra persona que ocupara ese lugar. No porque no hubiera oportunidades, sino porque ese lugar, el único donde era simplemente Mario, había quedado vacío de una forma que él no supo o no quiso volver a llenar. Y lo que muy pocos entendieron entonces es que con Valentina no murió solo su esposa.

Murió el único testigo de quién era él cuando nadie lo estaba mirando. Y un hombre que pierde a su único testigo verdadero queda de alguna manera completamente solo en el mundo, aunque tenga millones aplaudiéndole desde afuera. La soledad de Mario Moreno después de 1966 no fue la soledad que se ve. No fue la del hombre que se queda en casa con las persianas cerradas, que deja de contestar el teléfono, que aparece demacrado en público.

Fue mucho más difícil de detectar que eso. Fue la soledad que se disfraza de agenda llena, de compromisos, de apariciones, de entrevistas donde sonríe exactamente como siempre ha sonreído. Fue la soledad del hombre que aprendió tan bien a funcionar en público que ya nadie podía distinguir cuándo estaba bien y cuándo simplemente estaba actuando.

Y Mario Moreno llevaba toda la vida actuando. Esa era precisamente su maestría y su condenas simultáneas. El México de finales de los 60 era un país que también estaba aprendiendo a disimular, un país que ponía una cara hacia afuera y guardaba otra muy distinta hacia dentro. Las familias que lo veían en televisión aquellos años estaban atravesando cosas que tampoco nombraban en voz alta, trabajos que alcanzaban cada vez menos, hijos que empezaban a hacer preguntas incómodas, un mundo que se movía más rápido de lo que las

costumbres podían sostener. Y en medio de todo eso, Cantinflas seguía apareciendo en la pantalla con la misma energía de siempre, con la misma capacidad de convertir el absurdo en carcajada. con la misma promesa implícita de que las cosas podían tomarse a la ligera sin que eso significara rendirse.

Nadie quería saber que él también estaba sosteniendo algo que pesaba demasiado. Había además otra carga que se sumaba a la del duelo, más silenciosa todavía y más difícil de confesar. Una carga que venía de antes de la muerte de Valentina, pero que después de ella se volvió imposible de ignorar.

tenía que ver con su hijo, con Mario Moreno Ivanova, con esa relación que desde el principio había estado construida sobre una historia que él nunca contó completa en público. Porque la historia de cómo ese niño llegó a su vida era también la historia de una tragedia que Mario Moreno cargó en silencio durante décadas y que explicaba muchas de las decisiones que quienes lo rodeaban nunca supieron interpretar del todo.

En diciembre de 1961, en una habitación de hotel de la Ciudad de México, una joven estadounidense llamada Marion Roberts murió por una sobredosis de barbitúricos. No era una figura pública. Su nombre no apareció en los periódicos de una manera que pudiera conectarse  fácilmente con él. La historia se manejó con la discreción  que en aquella época se aplicaba a los asuntos que los hombres poderosos preferían mantener alejados del escrutinio.

Y Mario Moreno, que para entonces era ya una de las figuras más reconocidas del país, tenía suficiente influencia como para que ciertos silencios se respetaran. Marion Roberts había llegado a México joven, sin red de seguridad, en una situación económica que la había dejado sin opciones visibles. Mario Moreno la había conocido, le había tendido una mano cuando más lo necesitaba, le había pagado deudas que ella sola no habría podido enfrentar.

Y cuando Marian murió, dejó atrás a un niño pequeño que no tenía nadie más. Mario Moreno adoptó a ese niño, lo registró con su apellido, lo crió como propio, le dio el nombre que llevaba él mismo, Mario Moreno Ivanova, en honor también a Valentina, como si quisiera coser en ese nombre las dos pérdidas más grandes de su vida adulta, pero la adopción que desde afuera podía leerse como un gesto de generosidad, de nobleza incluso.

Llevaba por dentro una complejidad moral que Mario Moreno nunca discutió públicamente, nunca explicó su relación exacta con Marion, nunca habló de las circunstancias de su muerte, nunca llenó los espacios en blanco que quienes lo conocían de cerca podían intuir, pero no confirmar. guardó esa historia como guardaba todo lo que dolía hacia dentro, con una disciplina que a veces era indistinguible del frío y ese silencio que él debió haber sentido como protección, como la única forma digna de manejar algo tan íntimo y tan

complicado, se fue convirtiendo  con los años en otro peso, porque los silencios que no se resuelven no desaparecen, se acumulan. se vuelven parte del cuerpo, se instalan en los gestos, en la manera de entrar a una habitación, en la forma de mirar a un hijo que creció sabiendo que había una historia detrás de su origen que nadie le contaba completa.

Y ese hijo, Mario Moreno Arturo Ivanova, iba a convertirse con el paso de los años en el espejo más doloroso que Mario Moreno tendría que enfrentar, porque en él estaba reflejado todo lo que había callado, todo lo que había intentado resolver con dinero y con apellido, cuando quizás lo que hacía falta era algo completamente distinto.

Mario Moreno Ivanova creció dentro de una de las casas más famosas de México y al mismo tiempo dentro de uno de sus silencios más profundos. tuvo todo lo que el dinero puede dar, educación, viajes, ropa. El apellido más reconocido del país en la bolsa del mandado y en la puerta de los restaurantes. Hubo un padre que apareció en los actos importantes, que firmó los documentos necesarios, que cumplió con la forma exterior de la paternidad, con la misma disciplina meticulosa con que cumplía con todo lo demás. Lo que no tuvo o lo

que tuvo de manera tan escasa que terminó siendo casi igual fue la versión de Mario Moreno que Valentina había conocido. La versión sin máscara, la versión que no estaba calculando el siguiente movimiento, la versión que podía sentarse a la mesa un miércoles cualquiera y simplemente estar sin que eso fuera una actuación.

Porque después de 1966 esa versión casi no existía ya. Y un hijo que crece frente a un padre que siempre está actuando aprende inevitablemente una de dos cosas. O aprende a actuar también o aprende a buscar desesperadamente algo real en los lugares equivocados. Mario Moreno Ivanova eligió la segunda. O quizás no eligió.

Quizás simplemente fue hacia donde la ausencia lo empujó, como  el agua que busca el hueco más cercano, las batallas que tuvo ese joven con el alcohol, con las decisiones que lo alejaron de cualquier forma de estabilidad, con el derroche que parecía menos un vicio que una forma de gritar en el único idioma que sentía que alguien podría escuchar.

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