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DENTRO de su MAJESTUOSO RANCHO: Conoce su FORTUNA OCULTA ahora RAFAEL BUENDÍA

DENTRO de su MAJESTUOSO RANCHO: Conoce su FORTUNA OCULTA ahora RAFAEL BUENDÍA

Hoy van a descubrir la vida actual de don Rafael Buenía, el ídolo consagrado eternamente como el compositor de los pobres. Ese genio zacatecano que compuso más de 500 joyas musicales que leyendas como el inmenso Vicente Fernández, los jefes de jefes Los Tigres del Norte, Antonio Aguilar y la Gran Chavela Vargas transformaron en auténticos himnos para millones de familias mexicanas.

 Este maestro que en su época dorada amasó una fortuna, sus allegados estiman en más de 80 millones de pesos y que hoy, superando los 90 años de edad, transita entre dos mundos que muy pocos tienen el privilegio de conocer. Su discreto departamento allá en Orlando, Florida, y su amado rancho en Zacatecas, donde volvió a la bendita tierra que lo vio nacer.

 ¡Cuánta riqueza forjó realmente el gran Rafael Buen día Día en cinco décadas de intachable y brillante trayectoria como compositor, cantante, productor y cineasta. ¿Qué magia esconde ese refugio zacatecano al que la figura que abarrotó el mítico astrodome de Houston y el mismísimo Zócalo capitalino regresa cada año solo para sentarse bajo aquellos mismos árboles donde, siendo apenas un niño, aprendió a transmutar el dolor ajeno en canciones inmortales.

¿Qué destino tuvieron las regalías de esas 500 obras maestras que aún resuenan en las frecuencias radiales y plataformas digitales de medio mundo? ¿Y cuál es la cruda verdad tras la brutal guerra con los pulpos disqueros que le robaron décadas de ganancias en el más bil de los silencios? Porque la leyenda de Rafael Buen Día no es meramente la de un gigante que le prestó su voz a los marginados.

 es sobre todo la epopya de un artista que erigió todo un imperio con sus letras al que despojaron mediante la letra chiquita de contratos abusivos que nadie se digó a explicarle y que pese a todo halló la entereza para preservar lo que verdaderamente valía oro, su tierra, su rancho y su poesía. Arranquemos con esta historia. Rancho nuevo de Morelos, Zacatecas.

 Un terruño que en los mapas de nuestro México figura como un puntito tan minúsculo que exige usar lupa para ubicarlo. Un pueblito mágico donde allá por los lejanos años 30 del siglo pasado la existencia giraba en torno a la milpa, las buenas cosechas y las largas charlas de sobremesa, donde los viejos relataban crónicas con la misma fluidez con la que respiraban el aire puro.

 En ese universo rural de cepa vio la luz Rafael Buen día Díaz de León. Su padre, un hombre humilde y sin estudios formales, poseía un talento innato para la rima que sus vecinos ovvacionaban en las fiestas patronales, un don que sus chamacos mamaron sin siquiera notarlo, de misma forma en que uno asimila su lengua materna, sin el menor esfuerzo de manera instintiva, como la misma agua que uno bebe, sencillamente porque es lo que abunda en la casa.

 Convertir cualquier vivencia cotidiana en verso. Solía rememorar el maestro Rafael al hablar de su viejo. El olor a lluvia, los potrillos, amargura del compadre que perdió la siembra. Absolutamente todo escondía una melodía si uno sabía prestar oído. Su santa madre, por su parte, inundaba el hogar con los corridos más sentidos y cánticos religiosos. No tenían radio.

 La única música que existía era la que brotaba del alma y de las propias voces de su gente. Y nuestro pequeño Rafael lo absorbía todo con la devoción del predestinado que aún no lo comprenda del todo. Intuye en el fondo que esos ecos serán la materia prima de toda su existencia. A sus escasos 12 años, Parios primera composición íntegra, una tonada tan melancólica y desgarradora sobre un padre brasero que jamás volvió al hogar.

 Su maestra descubrió en su libreta le rogó que la interpretara en el festival del pueblo y la voz de aquel muchachito flaco de Rancho Nuevo de Morelos se elevó por vez primera ante un auditorio que enmudeció por completo y acto seguido rompió en un aplauso ensordecedor. Aquella primera y humilde ovación en aquel pueblito perdido, marcó el verdadero génesis de un fenómeno que no culminaría sino hasta décadas después en el inmenso astrodome de Houston.

 A los 14 años de edad, Rafael logró persuadir a su padre para que lo dejara calarse en un certamen regional de talento en Salinas de Hidalgo, allá en el Bello San Luis Potosí. Para poder costear los pasajes, la familia tuvo que rematar una de sus cabras, una humilde cabra. Ese fue el tributo que rindió el rancho de Buen día para que su talentoso muchacho pudiera pisar las tablas por primera vez lejos de su terruño amado.

Su madre le confeccionó con sus propias manos una camisa blanca y un pantaloncito negro que le bailaban un poco en el cuerpo. Asimismito llegó Rafael al certamen, aferrado a su guitarra vieja y a un temazo de su propia inspiración sobre las duras fatigas del campo. sin representante, sin técnica vocal de academia, armado única y exclusivamente con lo que le había aprendido a su padre armando coplas en la humilde mesa de su cocina y arrasó.

 El exigente jurado le otorgó el codiciado primerísimo lugar, y todo el público de Salinas de Hidalgo se rindió de pie para aclamar a aquel muchacho escuálido de Zacatecas. La recompensa económica se redujo a unos cuantos pesos y un lote de preciados discos de acetato. Pero el verdadero tesoro que el maestro Rafael Buen día conquistó esa noche no se pagaba con todo el oro del mundo, la certeza absoluta de que su arte podría arrancarlo de la pobreza y no de cualquier modo, sino de la forma más pura y honesta que existe, entregándole a su raza el talento que a

él le sobraba. La valiente y visionaria decisión de emigrar a la capital llegó apenas rebasados los 20 años. Un auténtico soñador zacatecano armado con una lira traqueteada, un veliz atestado de corridos a puño y letra y esa bravura inquebrantable que solo abrigan los que vienen desde abajo, los que saben de sobra que al jugársela no les puede arrojar nada peor de lo que ya han vivido en carne propia.

 La paliza del trayecto en camión se prolongó por más de 12 horas. La gran ciudad de México se erguía colosal, gélida, en la más absoluta ignorancia de que acababa de acoger al titán, que en los años venideros le ofrendaría varias de sus joyas musicales más veneradas en toda la historia. Aquellos primeros meses fueron un calvario de cuartuchos de azotea, puro pan con café y un sinfín de puertas que le cerraban en las narices.

 Las todopoderosas disqueras le hacían el feo. Los magnates de la radio le juraban que la época de oro de la canción ranchera estaba sepultada para siempre. Más de uno se atrevió a mofarse de su cantadito zacatecano con esa crueldad típica del capitalino soberbio hacia el hermano de provincia que llega cargando ilusiones que rebasan por mucho su currículum.

 Pero nuestro Rafael se tragaba el coraje y seguía tocando con el alma. Pulquerías, cantinas de barriobos, esquinas polvorientas, cimentando tabique a tabic. La imponente leyenda del cantautor que le escribía a los marginados que el despiadado negocio la música siempre ignoraba. Fue precisamente en medio de esas batallas callejeras donde germinó y se regó como pólvora su estandarte, el compositor de los pobres.

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