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La Llamaban Inútil… Pero Salvó Al Anciano Del Molino Con Una Caja De Semillas

En el pueblo de Baldesinos, donde las casas de piedra gris se apretaban unas contra otras como si tuvieran miedo de la llanura abierta que las rodeaba, todos conocían a la muchacha que caminaba cargando el cántaro con las dos manos, aunque las demás lo llevaran en equilibrio sobre la cadera. No porque Clara Viláero fuera ruidosa ni causara problemas, sino porque siempre parecía estar a punto de romper algo.

 Tenía 17 años, los dedos finos manchados de tierra. El cabello oscuro escapándose siempre de la trenza que su tía, Consuelo le hacía cada mañana con la misma severidad con que apretaba los labios al mirarla. Su madre había muerto de una fiebre cuando Clara tenía 5 años. Su padre había marchado a buscar trabajo en la ciudad, prometiendo volver cuando tuviera dinero suficiente.

 Al principio, Clara contaba los meses, después contó las estaciones. Luego dejó de contar porque su tía tenía una manera de cortar esas conversaciones que hacía que el silencio doliera más que cualquier respuesta. Vivía con su tío Bernardo Palomares y su tía Consuelo en una casa baja junto a la era. Bernardo era un hombre callado que debía dinero a medio pueblo y lo sabía.

 Consuelo compensaba su miedo al hambre, siendo dura con todo lo que podía controlarse, y lo que más fácil le resultaba controlar era clara. Si rompía un plato, Consuelo lo decía durante una semana. Si derramaba el caldo, Consuelo miraba el suelo con una expresión que valía más que cualquier regaño.

 Si tardaba en volver del pozo, la frase de bienvenida era siempre la misma. Para lo único que sirves es para hacer esperar. Clara había aprendido a moverse por la casa como si pidiera perdón por ocupar espacio. Había aprendido también que responder no servía de nada, que era mejor bajar la vista, asentir y esperar a que el momento pasara.

 Pero algunas noches, tumbada en su catre bajo el alero del tejado, se preguntaba si existía en algún lugar alguien que no la mirara como una equivocación permanente. Aquella mañana de octubre, Consuelo le empujó el cántaro contra el pecho antes de que Clara terminara de despertarse del todo. Agua del río para lavar. Y si puedes, trae algo de leña seca y no tardes, que hoy hay que blanquear la cocina y no pienso hacerlo sola mientras tú te quedas mirando las nubes.

 Clara tomó el cántaro. Bernardo estaba sentado junto a la lumbre sin mirarla. Pareció querer decir algo, pero se lo tragó junto con el café aguado. Afuera, el aire olía a tierra húmeda y a humo de leña verde. Las otras muchachas del pueblo estaban ya junto a la fuente. Petra Solano con su trenza perfecta. Lola Miraflores con esa manera de reírse que llenaba la plaza entera.

 Se ve Andújar apoyado en el muro con los brazos cruzados como si el mundo le debiera algo. Y Blas Medina, que nunca decía mucho, pero siempre se ponía donde más molestaba. Ahí va la rompeollas, dijo Petra sin molestarse en bajar la voz. Clara no necesitó mirar. Conocía el tono de memoria. Ya rompió el cántaro viejo añadió Lola.

 Ese es el tercero, ¿no? El cuarto, dijo Sebe. Mi madre dice que a Consuelo le sale más cara a la sobrina que criar una mula. Blast no dijo nada, pero se rió. Clara apretó el asa del cántaro y siguió caminando hacia el río. Había aprendido que contestar solo alargaba las burlas, pero el calor que le subía por el cuello no desaparecía por ignorarlo.

 El camino bajaba desde la plaza hasta el río, por entre huertos pequeños divididos por muros de piedra cubiertos de musgo. Más allá del último huerto, donde el camino hacía un codo antes del puente de madera, estaba la casa del molino viejo, una construcción de piedra oscura con la rueda parada desde hacía años, el tejado remendado con teja nueva en algunos tramos y en otros todavía con las losas originales del siglo anterior.

 En el porche colgaban manojos de plantas secas atados con hilo, ristras de ajos, cestos de mimbre apilados con un orden que no era descuido, sino costumbre muy antigua. Una sola ventana daba al camino, casi siempre cerrada. Allí vivía don Fermín Alcántara. Los adultos hablaban de él con una mezcla de respeto y distancia.

 Decían que era el curandero del pueblo, aunque él nunca se llamó así, que su mujer había muerto hacía 12 años y que desde entonces la casa del molino había ido cerrándose al mundo de la misma manera en que una herida cierra sobre sí misma. Los jóvenes lo llamaban el viejo de las hierbas y evitaban pasar demasiado cerca.

 Cebe decía que si uno miraba demasiado rato la ventana cerrada, don Fermín aparecía y te echaba una maldición de hongos en el pan. Lola aseguraba que eso era imposible. Blast decía que igual prefería no comprobarlo. Clara no sabía qué creer. Solo sabía que cada vez que pasaba frente a aquella casa, olía a algo que no sabía nombrar.

Una mezcla de tomillo seco, cera caliente y tierra después de la lluvia. un olor que le recordaba sin saber por qué, algo que había perdido antes de poder guardarlo. Aquella mañana, al pasar junto al muro del huerto, la piedra sobre la que puso el pie para no hundirse en el barro del camino se movió bajo su peso.

 Clara perdió el equilibrio. El cántaro voló de sus manos y golpeó el suelo con un sonido seco. No se rompió, pero el agua se derramó entera y el cuello del cántaro quedó desportillado. Por un lado se quedó mirándolo desde el suelo con las palmas llenas de barro, calculando mentalmente cuántos días duraría el comentario de consuelo.

 “Si te quedas ahí sentada, el barro acabará siendo parte de ti.” La voz era ronca, sin impaciencia, pero sin ternura tampoco. Clara levantó la vista. Don Fermín Alcántara estaba de pie junto a la puerta lateral del huerto, con una asada al hombro y un sombrero de ala ancha que le oscurecía la mitad del rostro. Era un hombre alto, pero encorbado por los años, con las manos grandes y los nudillos marcados por el trabajo, por algo que podría haber sido artritis.

 Sus ojos eran de un gris tan claro que parecían tener luz propia. “Perdone”, dijo Clara levantándose. No quería molestar. Don Fermín miró el cántaro, luego el barro en las manos de ella, luego el camino mojado. “¿Por qué pides perdón?” La piedra se movió sola. “¿La empujaste tú?” No, señor. Entonces, pide perdón cuando rompas algo a propósito. Para el resto, levántate.

Clara no supo que responder. Se quedó de pie sacudiéndose el barro de la falda. Don Fermín señaló el cántaro con la barbilla. Está desportillado. Sirve todavía, pero habrá que tener cuidado al llenarlo. Miró el río y luego volvió a mirarla. ¿Vives con Bernardo Palomares? Soy su sobrina.

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