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Granjero viudo encuentra a una novia sucia y descalza… pero su vestido escondía algo

Cuando vi a aquella novia en mitad del camino, pensé que el calor me estaba jugando una mala pasada.

No sería la primera vez. En aquella parte seca de Castilla, cuando el sol cae y la tierra todavía escupe el fuego que ha tragado durante todo el día, uno puede ver cosas raras. El aire tiembla encima del polvo. Las piedras parecen moverse. Los olivos se vuelven sombras torcidas. Y un hombre que lleva demasiados años solo puede confundir un saco abandonado con un cuerpo, una rama con un brazo, una nube baja con un recuerdo.

Pero aquello no era una nube. Ni una rama. Ni un saco.

Era una mujer.

Una novia.

Sentada en mitad del camino de tierra que atravesaba mi finca, con el vestido blanco extendido sobre el polvo rojo, el velo roto, los pies desnudos y la cabeza hundida entre los hombros como si el mundo entero se hubiera desplomado sobre ella.

Mi caballo, Sultán, se detuvo antes de que yo tirara de las riendas.

Eso fue lo que me puso en alerta.

Un caballo viejo no se detiene así por capricho. Sultán conocía aquel camino mejor que muchos hombres conocen el pasillo de su propia casa. Habíamos pasado por allí cientos de veces. De día, de noche, con lluvia, con viento, con el alma tranquila y con el alma rota. Nunca se paraba sin razón. Si se detenía, era porque algo olía mal.

Y aquella tarde olía mal.

No por el polvo. No por el sudor seco del verano. No por los cardos quemados al borde de la vereda.

Olía a miedo.

Bajé despacio de la silla. La rodilla izquierda me protestó, como hacía siempre desde que me caí arreglando el tejado del cobertizo. Puse una mano en el cuello de Sultán para tranquilizarlo, aunque en realidad creo que lo hacía para tranquilizarme yo.

—Señorita —dije—. ¿Me oye?

La mujer no contestó.

El viento sopló desde el oeste. Un viento caliente, áspero, de esos que traen polvo fino y se meten en los ojos. Le levantó un poco el velo. Vi una mejilla manchada de tierra, un mechón de pelo oscuro pegado a la piel, la boca entreabierta.

—Señorita —repetí, dando un paso más—. ¿Está usted herida?

Entonces levantó la cabeza.

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