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El secreto que la novia enterró en la tierra

Cuando vi a aquella novia cavando con las manos desnudas en mitad del monte, lo primero que pensé fue que estaba loca.

No lo digo con crueldad. Lo pensé de verdad. Porque nadie en su sano juicio se mete en la selva baja de Tabasco con un vestido blanco de encaje, sin zapatos, con el pelo deshecho, la boca partida y los ojos de quien acaba de ver al diablo de cerca.

Era casi de noche.

El sol caía rojo detrás de los árboles, y el aire olía a polvo caliente, a hojas secas y a tormenta que nunca llegaba. Mi caballo, Trueno, se había detenido de golpe en el sendero. No relinchó. No retrocedió. No hizo nada de esos aspavientos que hacen los caballos cuando sienten una víbora o un animal escondido. Solo se paró. Quieto. Con las orejas levantadas hacia un claro que quedaba más abajo, entre dos palmas torcidas.

Y allí estaba ella.

Una mujer joven, arrodillada en la tierra, cavando como si la vida le dependiera de ello. El vestido de novia estaba roto por abajo y manchado de barro rojizo. Tenía los pies llenos de heridas. Las manos le temblaban, pero no paraba. Cada pocos segundos levantaba la cabeza y miraba hacia el camino, como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento.

Yo he visto miedo muchas veces. En animales enfermos. En peones endeudados. En mujeres que llegan al rancho preguntando por trabajo porque en casa ya no pueden volver. Pero aquel miedo era distinto.

Aquel miedo tenía prisa.

Me bajé del caballo despacio, sin hacer ruido. Avancé unos pasos por la barranca hasta quedar a unos metros de ella. Entonces vi el agujero.

Y dentro del agujero vi una caja.

No era una caja cualquiera. Era de madera oscura, pesada, con esquinas de metal y cerraduras antiguas. Una caja hecha para guardar algo que no podía perderse. Algo que no debía caer en manos equivocadas.

—Señorita —dije.

Ella se congeló.

No gritó. Eso fue lo que más me inquietó. Una persona inocente suele gritar cuando la descubren en mitad del monte. Ella no. Ella se quedó rígida, con las manos metidas en la tierra, respirando como quien calcula si todavía puede huir.

—Usted no debería estar aquí —dijo sin volverse.

No era una frase. Era una advertencia.

Di otro paso.

—¿Qué está enterrando?

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