Alma Muriel del Sordo no fue simplemente una actriz; fue una fuerza de la naturaleza. Nacida el 20 de octubre de 1951 en la Ciudad de México, Alma no llegó al mundo para observar desde la barrera. Desde muy joven, influenciada por su tío, el reconocido director Emilio Gómez Muriel, sintió que el set de filmación era su verdadero hogar. No era un capricho infantil, era un llamado. El olor del maquillaje, la tensión antes de escuchar “¡acción!” y la magia de encarnar vidas ajenas se convirtieron en su propia sangre.
riencia no solo le dio tablas, sino que moldeó su visión artística en una cinta que abordaba temas femeninos con una valentía inusual para la época.
A medida que avanzaba la década de los 70, su nombre empezó a resonar con fuerza. En Mecánica Nacional, dio vida a Charito, consolidándose como una presencia innegable. Pero su verdadera consagración llegaría de la mano de don Ernesto Alonso, el eterno “señor telenovela”, quien la llamó para La señora joven. Ese fue el primer paso de un camino que la llevaría a convertirse en la villana más icónica, temida y respetada de las telenovelas mexicanas, dejando huella en producciones como El extraño retorno de Diana Salazar.
Detrás de la Villana: Una Vida de Tormentas
Si Alma Muriel imponía en pantalla, su vida personal era un melodrama de proporciones épicas. A los 17 años se casó con el empresario Sergio Romo, diez años mayor que ella. A pesar de lo que dictaban las normas de la época sobre el rol de la mujer en el hogar, Alma se negó a abandonar su carrera. Esta decisión, vista por su entorno como una transgresión, marcó el fin de su matrimonio y el inicio de una dolorosa batalla legal por la custodia de su hijo, Sergio Romo Muriel.
La vida amorosa de Alma continuó siendo un torbellino. Fue protagonista de escándalos que, para muchos, parecían sacados de un guion de ficción: relaciones con hombres casados, descubrimientos en camerinos que terminaron en rupturas familiares, y una intensidad al amar que le trajo tanto placer como profundas heridas. Se le vinculó sentimentalmente con figuras como Ricardo Cortés y el cantautor José María Napoleón, este último en una relación marcada por la pérdida más dolorosa de su vida: la muerte de un hijo antes de nacer. Este golpe, que muchos aseguran fracturó su espíritu, fue la sombra que la acompañó tras su fachada de mujer inquebrantable.
El Giro Inesperado: La Suegra de su Ex-Hijastra
Uno de los capítulos más peculiares y comentados de su historia personal involucra a Lolita Cortés. Alma se unió a Ricardo Cortés, quien ya tenía hijas de su matrimonio anterior con Lola Jiménez, sobrina de José Alfredo Jiménez. Lolita y la hija de Alma, Lisa, crecieron conviviendo, creando lazos familiares complejos. Con el paso del tiempo, la relación entre Lolita y Sergio, el hijo de Alma, pasó de una cercanía de “hermanastros” a un romance que eventualmente los llevó al matrimonio. Así, Alma Muriel terminó siendo la suegra de quien había visto crecer, demostrando que la realidad, en el caso de esta actriz, siempre superaba cualquier guion.
Curiosamente, a pesar de las controversias y los rumores sobre su entrada en la vida de Ricardo Cortés cuando aún estaba casado, Alma fue una pieza clave en la carrera de Lolita Cortés. Fue ella quien, al ver el talento innato de la pequeña Lolita, la impulsó a audicionar para Anita la huerfanita, papel que lanzaría la carrera de la actual jueza de hierro. Este vínculo entre ambas perduró mucho más allá del divorcio de Lolita y Sergio, manteniendo un cariño entrañable que desafió cualquier chisme.
El Retiro y el Adiós a una Mujer de Acero
Después de años de estar bajo el escrutinio público, de cargar con la etiqueta de “la mujer que rompe hogares” y de soportar traiciones amorosas, Alma decidió que era suficiente. Tras su última telenovela en Televisa, Fuego en la sangre (2008), y su paso final por el teatro con Magnolias de acero —un título irónicamente preciso para describir su carácter—, se retiró a Playa del Carmen.
Buscando la paz que la capital le había negado, Alma vivió sus últimos años lejos de los reflectores, dedicada a la escritura y a la tranquilidad. Sin embargo, el destino tenía preparado un desenlace abrupto. El 5 de enero de 2014, su asistente la encontró desvanecida en su domicilio. Un infarto masivo al miocardio le quitó la vida a los 62 años.
Alma Muriel no fue solo la villana elegante de voz firme. Fue una mujer que vivió intensamente, alguien que no supo navegar en medias tintas. Ya sea recordada por su talento imponente en el escenario o por los ecos de sus tormentas personales, su legado es innegable. Fue una mujer que, a pesar de sus cicatrices, nunca dejó de luchar por ser la dueña de su propia historia, aunque el costo fuera el escrutinio eterno de la opinión pública. Su vida, tal como ella misma lo vivió, fue una obra magistral de principio a fin.