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El lado oscuro de la vecindad: La verdad detrás del fin de “El Chavo del Ocho”

A comienzos de 1980, no existía en la televisión mexicana, ni probablemente en toda Hispanoamérica, un fenómeno de popularidad comparable a “El Chavo del Ocho”. Cada semana, millones de espectadores aguardaban con ansias la llegada de las nuevas ocurrencias de aquel niño huérfano que vivía en un barril y compartía sus días con personajes tan entrañables como Don Ramón, Kiko, la Chilindrina, el Profesor Jirafales y Doña Florinda. Con un humor aparentemente sencillo, basado en el slapstick clásico y juegos de palabras ingeniosos, Roberto Gómez Bolaños, el genio detrás del proyecto, había logrado lo que pocos: crear un puente emocional indestructible con su audiencia. Sin embargo, detrás de la pantalla, lejos de las risas y la “bonita vecindad”, se gestaba una realidad muy distinta. Lo que los espectadores no veían era un calvario de tensiones humanas, laborales y personales que terminaría por resquebrajar los cimientos de uno de los programas más importantes de la cultura pop.

El ascenso meteórico de Chespirito no fue casualidad. Roberto Gómez Bol

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