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P. Santiago Martín Rompe el Silencio: Un Mensaje Urgente Para Todos los Católicos

Hermanos, hermanas, necesito que me escuchen, no como se escucha una conferencia, no como se escucha un programa de radio. Necesito que me escuchen como se escucha alguien que les está hablando desde las entrañas, desde lo más profundo del corazón, porque lo que tengo que decirles esta noche no puede esperar más.

 He callado demasiado tiempo, he esperado el momento oportuno, he pensado que quizás no era mi lugar. Pero esta noche, esta noche algo se ha roto dentro de mí y no puedo seguir mirando hacia otro lado mientras el mundo que conocemos se desmorona y mientras muchos de los que se llaman católicos duermen tranquilamente como si nada estuviera pasando.

¿Saben cuántas personas me escriben cada semana diciéndome que han perdido la fe? ¿Cuántos jóvenes me confiesan que ya no ven sentido en seguir en la iglesia? Cuántos matrimonios me llaman llorando porque sus hijos han abandonado todo lo que les enseñaron. Y saben que me parte el alma que muchos de ellos no lo perdieron por causa del mundo.

 Lo perdieron porque nadie dentro de la iglesia les dijo la verdad a tiempo. Esta noche les voy a decir la verdad. Y puede que les incomode, puede que les duela. Puede que algunos se enojen conmigo, no me importa, porque prefiero que me odien con la verdad que me quieran, con una mentira dulce. Lo que está pasando en la iglesia, en el mundo, en las familias, en sus almas, es una guerra y muchos de ustedes ni siquiera saben que están en ella.

 Escúchenme, esta noche cambia todo. Permítanme comenzar con algo que ningún predicador bonito les dirá desde un altar con flores y música suave. El mundo en el que vivimos no es neutral, no es un espacio libre donde cada uno hace su camino, es un campo de batalla. Y en ese campo de batalla hay un enemigo que trabaja sin descanso, con una inteligencia que supera a cualquier estratega militar, con una paciencia que nos deja en vergüenza y con un objetivo clarísimo.

Destruir su alma, destruir su familia, destruir la iglesia de Cristo. Yo llevo décadas hablando con católicos. He recorrido España, América Latina. He hablado con obispos, con sacerdotes, con madres que lloran, con padres que no entienden, con jóvenes que buscan. Y lo que he visto me ha convencido de una cosa.

 El gran problema de los católicos de hoy no es que sean malos. El gran problema es que no saben que hay una guerra. San Pedro lo escribió hace 2000 años y sigue siendo la frase más urgente de la Biblia. Estad sobrios y velad. Vuestro adversario, el como león rugiente, ronda buscando a quien devorar. Ven, no dice que el existe y a veces molesta, dice que ronda, que busca, que quiere devorar.

Eso es una guerra activa, constante, sistemática. Y mientras el trabaja con estrategia de siglos, nosotros vivimos como si el mayor problema de nuestra vida fuera el tráfico de la mañana o si el equipo favorito ganó el domingo. Les voy a decir algo que aprendí de un sacerdote exorcista con quien hablé durante horas.

me dijo, “Padre Santiago, el mayor triunfo del demonio no es poseer a alguien, es convencer a la gente de que no existe y lo ha logrado. Lo ha logrado de manera brillante. Hemos construido una sociedad moderna, sofisticada, llena de tecnología y psicología, donde hablar del suena a medievalismo, a superstición, a gente sin educación.

Pero mientras tanto, las estadísticas me destrozan el corazón. El consumo de pornografía ha llegado a niveles que hubieran sido inimaginables hace 30 años. Y no hablo solo del mundo secular, hablo de familias católicas, de jóvenes que van a misa el domingo y el lunes están atrapados en esa cadena invisible.

 El número de divorcios entre católicos ya casi igual al de los no creyentes. La práctica religiosa entre los menores de 40 años ha caído en picado en toda Europa y América y lo más aterrador, el nivel de desesperanza, ansiedad y vacío existencial entre los jóvenes no tiene precedentes en la historia.

 me están siguiendo porque lo que acabo de describir no es una crisis sociológica, es una crisis espiritual de proporciones bíblicas. Mi la guerra no es solo espiritual en el sentido invisible, tiene frentes muy concretos, muy visibles, muy identificables. El primer frente es la familia. Desde hace décadas existe un proyecto sistemático de destruir la familia natural tal como Dios la diseñó.

 No lo digo yo, lo dijeron ellos mismos en sus propios documentos, en sus propias declaraciones. La familia es el objetivo porque la familia es la célula base de la iglesia y de la sociedad. Destruye la familia y destruyes todo lo demás. El segundo frente es la identidad. Hoy se le dice a un niño de 10 años que no sabe si es niño o niña.

 Se le dice a un adolescente que su cuerpo es una equivocación. Se le dice a un joven que el amor entre un hombre y una mujer ordenado a la vida es una opción entre muchas ni mejor ni peor que cualquier otra. Y el estado, las escuelas, los medios de comunicación, las redes sociales, todos empujan en la misma dirección. Hermanos, esto no es progreso, esto es confusión sistemática y la confusión es el arma preferida del enemigo, porque donde hay confusión no puede haber fe.

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 Y donde no hay fe alma queda desarmada. El tercer frente es la iglesia misma. Y aquí les pido que me escuchen con mucho amor, porque lo que voy a decir duele. Hay sacerdotes que ya no creen en lo que predican. Hay homilías que podrían ser discursos de autoayuda sin mencionar a Cristo una sola vez. Hay parroquias donde la gente sale el domingo exactamente igual que entró, sin haber encontrado a Dios, sin haber sido desafiada, sin haber sido llamada a la conversión.

 Y entonces la gente se pregunta, ¿para qué volver? No estoy atacando a la iglesia. Soy sacerdote. Amo a la iglesia más que a mi propia vida. Pero precisamente porque la amo no puedo callar. El médico que ama a su paciente le dice la verdad del diagnóstico, aunque duela. El que le oculta la enfermedad no es misericordioso. Es cobarde la guerra que nadie ve está aquí. Está en sus hogares.

Está en las pantallas de sus hijos. Está en la cultura que respiran cada día. está en la tibieza de muchos que deberían ser profetas y prefieren ser simpáticos. Y ustedes necesitan saberlo, porque el primer paso para ganar una guerra es reconocer que estás en ella. Voy a ser muy honesto con ustedes y espero que lo que voy a decir no lo tomen como una traición, sino como lo que es un grito de amor desesperado.

Hay verdades que la Iglesia tiene que decir y que por miedo, por prudencia malentendida, por no querer perder fieles, por no querer conflictos con el poder civil, no está diciendo. Y ese silencio está costando almas, almas reales, personas con nombre y apellido que se están perdiendo porque nadie tuvo el valor de hablarles con claridad.

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