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Una maestra rural desafió al presidente frente a sus alumnos: “Venga a ver la verdad”, y el convoy llegó sin avisar

El día que el convoy del presidente Bukele apareció en Santa Clara, Isabella Morales pensó que no venían a escucharla, sino a castigarla.

Los motores negros levantaron polvo frente a la escuelita rural, y los niños dejaron de escribir como si alguien hubiera apagado el aire dentro del aula. María, con sus trenzas torcidas y los zapatos manchados de lodo, se pegó a la ventana.

—Maestra, ¿hicimos algo malo?

Isabella sintió que la garganta se le cerraba. Tenía 35 años, 28 alumnos, 15 libros rotos y un techo que lloraba cada vez que llovía. Pero ese día, por primera vez, el miedo no le ganó.

—No, María. Lo malo es que nos hayan obligado a estudiar así durante años.

Tres días antes, Isabella había grabado un video con su celular, apoyándolo sobre la única computadora vieja de la escuela. La pantalla parpadeaba, el ventilador no funcionaba y detrás de ella se veía una pared descascarada con mapas pegados con cinta.

—No sé si el convoy del presidente Bukele viene a ver a nuestros niños o solo para un espectáculo —dijo mirando directo a la cámara—. Pero si realmente quiere ver la verdad, lo invito a Santa Clara. Venga a ver a nuestros niños estudiando con velas. Venga a ver aulas con goteras, pupitres partidos y 15 libros para 28 estudiantes.

Después mostró todo.

Mostró los cuadernos húmedos cuando llovía.

Mostró las piedras que usaba para enseñar sumas.

Mostró figuras geométricas recortadas de cartón.

Mostró una bolsa de pan dulce que compraba con su propio salario para los niños que llegaban sin desayunar.

—Trabajo 60 horas a la semana —continuó con la voz quebrada—. Soy maestra, limpiadora, reparadora, psicóloga y, muchas veces, la única adulta que escucha a estos niños. Los niños rurales también son el futuro de El Salvador. Cada día que los olvidan, también están enterrando el potencial de este país.

El video se volvió viral.

Algunos la llamaron valiente. Otros dijeron que buscaba fama. El director departamental le mandó un mensaje seco: “Borre eso antes de que la arruine”.

Isabella no lo borró.

Ahora, mientras los vehículos oficiales se detenían frente al patio de tierra, los vecinos salían de sus casas. Las madres de los alumnos se cubrían la boca. Los hombres murmuraban que la maestra se había metido con alguien demasiado grande.

La puerta del aula se abrió.

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