Hablaban de esos sueños en las noches después de cenar, mientras veían noticias en el televisor viejo de la sala. Eran sueños modestos, alcanzables, reales. En marzo de 2019, esos sueños todavía parecían posibles. Hernán tenía 47 años, Clara 45. Sus hijas estaban creciendo bien, la casa estaba casi paga.
Todo iba en orden, todo tenía sentido. Hernán manejaba su taxi por las calles de Cúcuta, sin saber que en menos de dos semanas su vida iba a romperse en pedazos, sin saber que Clara no iba a volver de una jornada de vacunación en zona rural, sin saber que el Estado lo iba a abandonar y sin saber que él mismo iba a convertirse en algo que nunca imaginó ser.
Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o departamento de Colombia nos estás viendo. El 14 de marzo de 2019, Clara salió de su casa a las 5 de la mañana. Tenía programada una jornada de vacunación en la vereda la Gabarra, zona rural del municipio de Tibú, a más de 2 horas de Cúcuta por carretera.
iba en una camioneta blanca de la alcaldía junto con otros tres funcionarios, un médico joven recién graduado, una promotora de salud y un conductor. La jornada estaba planeada desde hacía semanas. Iban a vacunar a niños de comunidades campesinas que no tenían acceso regular a servicios de salud.
Era un trabajo que Clara hacía con frecuencia. No era la primera vez que iba a zona rural. Sabía que había riesgo, pero también sabía que alguien tenía que hacerlo. Hernán la despidió en la puerta de la casa. Le dijo que tuviera cuidado como siempre. Clara le sonrió, le dio un beso rápido y subió a la camioneta que la esperaba en la esquina.
Hernán la vio alejarse por la calle y después entró a prepararse para su propio día de trabajo. No sabía que esa iba a ser la última vez que la vería con vida. La camioneta de la alcaldía llegó a la vereda La Gabarra, cerca de las 8 de la mañana. Montaron el puesto de vacunación en la escuela del pueblo, una construcción pequeña de madera y zinc.
Atendieron a más de 50 niños durante la mañana. Todo transcurría normal. Pero a la 1 de la tarde, cuando ya estaban empacando el material para regresar a Cúcuta, un grupo de hombres armados rodeó la escuela. Eran siete vestidos de civil con fusiles y brazaletes que los identificaban como miembros del Frente de Guerra Oriental del ELN.
El comandante del grupo, un hombre de unos 30 años al que llamaban Pacho, les ordenó que bajaran de la camioneta. Les dijo que venían por ellos porque la alcaldía no había pagado el impuesto que debía. Les dijo que los iban a llevar a otro lugar mientras se negociaba su liberación.
Clara intentó explicar que ella solo era una auxiliar de enfermería, que no tenía nada que ver con la alcaldía, que solo había ido a vacunar niños. El comandante no la escuchó. Los cuatro funcionarios fueron subidos a una camioneta distinta, con los ojos vendados y llevados hacia la montaña.
Nadie en lavarra se atrevió a llamar a la policía. Nadie quería problemas con el ELN. Recién al día siguiente, cuando la camioneta de la alcaldía no regresó a Cúcuta, los familiares comenzaron a preocuparse. Hernán esperó a Clara toda la noche del 14 de marzo. Llamó a su celular decenas de veces. Todas las llamadas fueron directo al buzón.
A la madrugada del 15 llamó al hospital Erasmo Meos. Le dijeron que Clara no había llegado a trabajar. Llamó a la alcaldía de Tibú. Nadie contestó. fue a la policía de Cúcuta. Le dijeron que esperara, que probablemente la camioneta había tenido problemas mecánicos en la carretera que ya iban a aparecer, pero Hernán sabía.
Conocía esas carreteras, conocía esa zona. Sabía que si Clara no había regresado, era porque algo malo había pasado. El 15 de marzo por la tarde, la alcaldía de Tibú finalmente denunció el secuestro. La Policía Nacional y el Gaula comenzaron operativos de rastreo en la zona rural, pero la vereda, la Gabarra y sus alrededores son territorio controlado por el ELN desde hace décadas.
La policía no puede entrar sin correr el riesgo de emboscadas. El ejército tampoco. Las negociaciones con grupos armados por secuestros pueden durar meses, años y mientras tanto, los secuestrados están solos. Hernán no durmió durante 11 días. Se quedaba despierto en la sala de su casa con el celular en la mano esperando una llamada que nunca llegó.
Sus hijas lloraban encerradas en sus cuartos. Los vecinos traían comida que nadie comía. La policía no daba respuestas. La fiscalía abrió una investigación, pero no había avances. El 25 de marzo, un campesino que pasaba cerca del río Catatumbo encontró algo extraño entre los matorrales. Llamó a la policía.
Dos horas después, un equipo del CTI llegó al lugar y comenzó a excavar. Encontraron cuatro cuerpos en una fosa común, poco profunda, cubiertos con ramas y tierra. Hernán fue llamado a la morgue del CTI en Cúcuta para identificar el cuerpo. Clara tenía un disparo en la nuca. Según el informe de medicina legal, había muerto al menos 5 días antes de ser encontrada.
Los otros tres funcionarios también habían sido ejecutados de la misma forma. La fiscalía determinó que el ELN los había matado porque la alcaldía no pagó el rescate exigido. Nadie fue capturado. Nadie pagó por eso. Hernán enterró a Clara en el cementerio central de Cúcuta el 28 de marzo de 2019.
Fue un entierro pequeño con familiares cercanos y algunos vecinos del barrio San Mateo. No hubo flores costosas, no hubo discursos, solo un ataúd sencillo y un lote prestado por un primo que trabajaba en la alcaldía. Las hijas de Hernán lloraron durante toda la ceremonia. Él no lloró. Se quedó parado frente a la tumba con las manos en los bolsillos mirando la tierra recién removida.
estaba vacío. Sentía como si algo dentro de él se hubiera apagado para siempre. Los días siguientes fueron una nebulosa. Hernán no volvió a manejar taxi durante dos semanas. Se quedaba en la casa, sentado en el sofá de la sala mirando las paredes. Sus hijas intentaban hablarle, pero él apenas respondía.
Los vecinos traían comida, la dejaban en la puerta y se iban en silencio. La policía lo llamó un par de veces para preguntar si tenía información adicional sobre el caso. Hernán respondía con monosílabos, no tenía nada que decir. La fiscalía le asignó un funcionario de la unidad de derechos humanos que lo visitó una vez, le entregó unos papeles sobre el proceso judicial y le dijo que tuviera paciencia, que estos casos tardaban años en resolverse.
Hernán firmó los papeles sin leerlos, pero por las noches, cuando sus hijas ya estaban dormidas, Hernán se quedaba despierto en la sala. Y ahí, en ese silencio, algo comenzó a crecer dentro de él. No era dolor, no era tristeza, era otra cosa. Era rabia. Rabia contra el ELN que le había quitado a Clara.
Rabia contra el Estado que no hizo nada para salvarla. Rabia contra un sistema que dejaba que esto pasara una y otra vez. Sin consecuencias, sin justicia. Hernán no era un hombre violento, nunca había peleado con nadie, nunca había tenido un arma en sus manos. Pero ahora, sentado en la oscuridad de su sala, empezó a pensar cosas que nunca antes había pensado.
A mediados de abril, Hernán volvió a manejar taxi. Necesitaba dinero. Las cuentas seguían llegando y sus hijas todavía tenían que comer, pero algo había cambiado en él. Ahora, cuando manejaba por los barrios de Cúcuta, prestaba atención a cosas que antes ignoraba. Miraba a los jóvenes en motos que cobraban vacunas.
Escuchaba las conversaciones en las tiendas, en las cantinas, en las esquinas. Empezó a preguntar con cuidado, sin llamar la atención. Le preguntaba a otros taxistas si sabían quiénes eran los que cobraban en tal barrio. Le preguntaba a comerciantes si conocían los nombres de los que venían a pedir plata.
Le preguntaba a desplazados que llegaban de zonas rurales si habían visto gente armada del ELN en sus veredas y empezó a anotar. Compró un cuaderno viejo en una papelería del centro y lo guardó debajo del asiento del taxi envuelto en una bolsa plástica. Ahí anotaba todo lo que escuchaba. Nombres, apodos, descripciones, motos, direcciones, horarios.
El Paisa Moto Roja cobra los jueves. Vive cerca de la cancha de la libertad. Mono Javier, miliciano urbano, recoge plata en El Salado los lunes. Pipe, mensajero, anda en una moto negra sin placas, pasa por el centro los viernes. Hernán no sabía exactamente qué iba a hacer con esa información. Solo sabía que necesitaba hacer algo, que no podía quedarse de brazos cruzados, mientras los que mataron a Clara seguían vivos, cobrando vacunas, controlando barrios, caminando tranquilos por las calles de
Cúcuta. En mayo, Hernán comenzó a seguir a algunos de esos hombres. Lo seguía en su taxi a distancia, sin que se dieran cuenta. Aprendió sus rutinas, aprendió dónde vivían, a qué horas salían, con quién se juntaban. Aprendió que la mayoría de ellos eran descuidados, que confiaban demasiado, que pensaban que nadie se atrevería a tocarlos porque llevaban el nombre del ELN en la boca.
Hernán no les tenía miedo. Ya no le tenía miedo a nada. Había perdido lo único que le importaba y ahora tenía un objetivo, un código. No iba a matar a cualquiera, solo a los que trabajaban para el ELN. Solo a los que cobraban, reclutaban, amenazaban. Solo a los que formaban parte de esa máquina que le había quitado a Clara.
Sabía que si actuaba no habría vuelta atrás. Sabía que probablemente iba a terminar muerto o preso, pero ya no le importaba. Su vida ya había terminado el 14 de marzo de 2019. Ahora solo estaba decidiendo cómo iba a gastarla. El 7 de agosto de 2019, 4 meses después del entierro de Clara, Hernán tomó una decisión.
Esa noche llovía en Cúcuta, una lluvia fina que convertía las calles del barrio La Libertad en espejos oscuros. Hernán estacionó su taxi a tres cuadras de una tienda donde sabía que alias el paisa compraba cigarrillos todas las noches. Lo había seguido durante semanas. Conocía su rutina.
El paisa salía de su casa cerca de las 9:30, caminaba hasta la tienda, compraba un paquete de cigarrillos y una gaseosa, después volvía por la misma ruta, siempre solo, siempre desprevenido. Esa noche Hernán llevaba algo en el bolsillo de su chaqueta, algo que había conseguido dos semanas antes a través de un conocido que trabajaba en un taller mecánico de la zona industrial.
No era difícil conseguir armas en Cúcuta. La ciudad está pegada a Venezuela y por la frontera pasa de todo. Hernán nunca había disparado un arma en su vida, pero había practicado en una finca abandonada en las afueras de la ciudad de madrugada cuando no había nadie cerca. No era buen tirador, pero a corta distancia no necesitaba hacerlo.
A las 10:05 de la noche, el paisa salió de la tienda con su paquete de cigarrillos. Caminó por la calle vacía con las manos en los bolsillos silvando una canción. No vio a Hernán hasta que fue demasiado tarde. Hernán se bajó del taxi, caminó rápido hacia él y cuando el paisa volteó ya estaba a menos de 2 met.
No hubo palabras, no hubo forcejeo, solo un disparo seco que sonó amortiguado por la lluvia. El paisa cayó en el pavimento mojado con los ojos abiertos, todavía sosteniendo el paquete de cigarrillos en la mano. Hernán volvió al taxi, arrancó y salió del barrio por una ruta que había planificado con anticipación.
Pasó por calles secundarias evitando avenidas principales. No había cámaras de seguridad en esa zona. No había testigos. Los vecinos que escucharon el disparo pensaron que era un petardo o un escape de moto o un portazo. Nadie salió a mirar. En barrios como La Libertad, uno aprende a no mirar.
Al día siguiente, la policía de Cúcuta encontró el cuerpo de El Paisa. En la madrugada un patrullero que hacía ronda vio algo en el suelo y se acercó. llamó alin. Acordonaron la zona, tomaron fotos, levantaron el cadáver, abrieron una investigación. El caso quedó registrado como homicidio sin resolver, presunto ajuste de cuentas entre bandas.
No había testigos, no había evidencia. Solo un hombre muerto en una calle oscura con un disparo en el pecho y una vida de extorsiones que nadie iba a llorar. Lo que la policía no supo porque nadie lo reportó es que esa misma noche un taxi blanco salió del barrio La Libertad a las 10:15 sin pasajeros, con un conductor que manejaba despacio con calma, como si no tuviera prisa, como si solo fuera otro taxista volviendo a su casa después de una noche de trabajo.
Hernán llegó a su casa en San Mateo, cerca de las 11. guardó el arma en un hueco que había hecho en el techo del garaje envuelta en trapos. Se duchó, se cambió de ropa, quemó la ropa que llevaba puesta en un barril de basura en el patio trasero. Entró a la casa. Sus hijas ya estaban dormidas. Se acostó en su cama, en el mismo lado donde siempre dormía, y cerró los ojos.
No sintió remordimiento, no sintió miedo, solo sintió que había hecho lo que tenía que hacer. y que no iba a detenerse ahí. Los meses que siguieron fueron extrañamente normales para Hernán. Seguía manejando taxi todos los días. Seguía llevando pasajeros al terminal, al centro, a los barrios. Seguía pagando sus cuentas, llevando comida a la casa, hablando con sus hijas.
Por fuera todo parecía igual, pero por dentro algo había cambiado. Hernán ya no era el mismo hombre. Había cruzado una línea que no se puede descruzar y ahora que la había cruzado, descubrió que cruzarla de nuevo era más fácil. En octubre de 2019, alias Mono Javier apareció muerto en el barrio El Salado.
Era un miliciano urbano del ELN que cobraba vacunas en tiendas y talleres de la zona. Lo encontraron en un callejón con dos disparos en la espalda. La policía lo trató como otro ajuste de cuentas. En diciembre, alias Pipe, un mensajero que transportaba dinero de extorsiones, fue asesinado mientras manejaba su moto por el centro de Cúcuta.
Se estrelló contra un poste. Cuando los paramédicos llegaron, ya estaba muerto. Tenía un disparo en el costado. La policía no encontró al responsable. En enero de 2020, alias Chucho, encargado de reclutamiento del ELN en barrios populares, murió en una cantina de atalaya. Estaba bebiendo con amigos cuando alguien entró, le disparó tres veces y salió sin decir una palabra.
Los testigos dijeron que el atacante llevaba casco y chaqueta oscura. Nadie pudo dar una descripción clara. El caso quedó archivado semanas después por falta de pruebas. La policía de Cúcuta empezó a anotar un patrón, pero no le dio importancia al principio. Eran homicidios en zonas conflictivas contra personas vinculadas al ELN en un contexto de guerra entre grupos armados.
Eso pasaba todo el tiempo. Lo que no era normal es que todos los asesinatos fueran limpios, sin testigos, sin evidencia. Pero en marzo de 2020, un detective del SI llamado Andrés Morales comenzó a revisar los expedientes con más cuidado y notó algo. En cuatro de las escenas del crimen, vecinos habían mencionado haber visto un taxi blanco cerca del lugar, minutos antes o después del homicidio.
Morales llevó sus hallazgos a su supervisor. Le dijeron que era una coincidencia, que en Cúcuta había miles de taxis blancos, que no era suficiente para abrir una línea de investigación seria. Pero Morales no se convenció. Empezó a hacer su propia investigación en sus ratos libres, revisando reportes, hablando con testigos, buscando patrones.
descubrió que todos los homicidios habían ocurrido en barrios donde el ELN operaba abiertamente, que todas las víctimas estaban vinculadas al grupo armado y que en todos los casos alguien había mencionado un taxi blanco. Mientras la policía investigaba lentamente, Hernán seguía trabajando, pero ahora tenía un aliado, aunque ese aliado no lo supiera, un vendedor ambulante de jugos que trabajaba en el centro le debía un favor a Hernán.
Meses atrás, Hernán lo había ayudado a llevar a su hijo al hospital cuando el niño tuvo una emergencia. El vendedor nunca olvidó ese gesto y cuando Hernán le preguntó con cuidado si conocía gente que trabajaba para el ELN en los barrios, el vendedor empezó a pasarle información, nombres, lugares, horarios, no por dinero, solo porque confiaba en Hernán y porque él también estaba cansado de pagar vacunas todos los meses.
Con esa información, Hernán empezó a construir un mapa más grande. Ya no solo buscaba a los cobradores de esquina, ahora quería a los que daban las órdenes, a los mandos medios, a los que habían estado involucrados en el secuestro de Clara. Y para llegar a ellos necesitaba salir de Cúcuta.
Necesitaba meterse en zona rural donde el ELN controlaba todo. Necesitaba ser más inteligente, más paciente. En junio de 2020, Hernán comenzó a hacer algo que llamó la atención de algunos de sus pasajeros habituales. Empezó a ofrecer carreras largas hacia veredas de Tibú y el Tarra. Decía que necesitaba más plata, que las carreras en la ciudad ya no dejaban tanto.
Los pasajeros le preguntaban si no tenía miedo de meterse por esas zonas. Hernán respondía que ya estaba acostumbrado, que había que trabajar. Pero la verdad es que Hernán no iba a esas veredas solo por dinero. Iba a buscar objetivos, iba a cazar. En julio de 2020, Hernán identificó a tres nombres que aparecían una y otra vez en las conversaciones que escuchaba.
alias Pacho, alias Mico y alias Toño. Estos no eran cobradores de esquina, eran mandos medios del Frente de Guerra Oriental del ELN. Pacho era el comandante financiero, el que manejaba el dinero de las extorsiones y secuestros. Operaba desde una finca cerca de la Gabarra, la misma zona donde habían secuestrado a Clara.
Miko era el encargado de secuestros y extorsiones, el que daba las órdenes para interceptar funcionarios, comerciantes, ganaderos. Y Toño era el coordinador de milicias urbanas en Cúcuta, el que manejaba la red de cobradores y reclutadores en los barrios. Hernán sabía que estos hombres eran diferentes.
No caminaban solos de noche, no se exponían, tenían escoltas, cambiaban de lugar constantemente, usaban celulares que reemplazaban cada semana, eran cuidadosos, pero también eran humanos y los humanos cometen errores. A través del vendedor ambulante, Hernán se enteró de que Toño y Mico visitaban Cúcuta con frecuencia para supervisar las operaciones urbanas.
Se quedaban en casas de seguridad en los barrios, nunca en hoteles. Se movían en motos, siempre con casco, siempre por rutas diferentes. Pero había momentos en los que bajaban la guardia, momentos en los que se sentían seguros. Y esos eran los momentos que Hernán estaba esperando.
En agosto de 2020, Cúcuta celebraba sus fiestas patronales. Las calles se llenaban de vendedores ambulantes, música, luces. La policía reforzaba la seguridad en el centro, pero los barrios populares quedaban desatendidos. Todo el mundo estaba de fiesta y eso incluía a los miembros del ELN. El vendedor ambulante le contó a Hernán que Mico y Toño iban a estar en una cantina del barrio La Libertad la noche del 15 de agosto.
Era el cumpleaños de un miliciano local. Iban a beber, a celebrar, iban a ir sin escoltas porque era un lugar que consideraban seguro. Hernán pasó esa semana planificando. Estudió las rutas de entrada y salida del barrio. Identificó calles sin cámaras, sin iluminación, sin retenes de policía.
revisó su taxi, se aseguró de que el tanque estuviera lleno, de que las llantas estuvieran en buen estado. Guardó el arma en un compartimento secreto que había construido debajo del asiento del copiloto. No le dijo nada a nadie, ni a sus hijas, ni al vendedor ambulante, ni a los otros taxistas. Este era su asunto, su decisión, su riesgo.
La noche del 15 de agosto, Hernán salió de su casa a las 9. Le dijo a sus hijas que iba a trabajar, que tal vez llegaría tarde porque las fiestas siempre dejaban buenas carreras. Laura y María no sospecharon nada. Hernán manejó hasta el barrio La Libertad y se estacionó a dos cuadras de la cantina La Esperanza, un lugar pequeño de paredes desconchadas y música a todo volumen.
Apagó el motor y esperó. A las 11 de la noche vio movimiento. Varios hombres salieron de la cantina riendo, empujándose unos a otros. Hernán reconoció a dos de ellos por las fotos que había visto. Miko, un hombre de unos 35 años, robusto con gorra y Toño, más delgado, con barba corta, venían con otros cuatro hombres. Todos iban borrachos.
Caminaron hacia dos motos estacionadas en la esquina. Hernán arrancó el taxi, avanzó despacio por la calle paralela, dio la vuelta en la esquina. Cuando los hombres estaban a punto de subirse a las motos, Hernán aceleró, frenó en seco frente a ellos, se bajó del taxi, levantó el arma y disparó.
No gritó, no dijo nada, solo disparó. Miko cayó primero con dos impactos en el pecho. Toño intentó correr, pero tropezó. Cayó en el pavimento. Hernán le disparó en la espalda. Los otros hombres se tiraron al suelo gritando. Hernán volvió al taxi, arrancó y desapareció antes de que alguien pudiera reaccionar. Las sirenas comenzaron a sonar 5 minutos después.
Patrullas, ambulancias, curiosos grabando con celulares. Miko y Toño estaban muertos cuando llegaron los paramédicos. Otros dos hombres resultaron heridos. La policía acordonó la zona. Tomaron declaraciones. Nadie vio al atacante con claridad. Pero un vecino que estaba asomado en su ventana sí vio algo.
Un taxi blanco que salió a toda velocidad después de los disparos. Y esta vez el vecino anotó las tres últimas cifras de la placa y llamó a la línea 123. El 16 de agosto de 2020, la policía de Cúcuta emitió un boletín interno. Buscaban un taxi blanco modelo Chevrolet Park, con placas terminadas en 427. El detective Andrés Morales del SIM fue el primero en conectar los puntos.
Había pasado meses investigando por su cuenta los homicidios de miembros del ELN. Había notado el patrón del taxi blanco y ahora finalmente tenía una pista concreta. Morales pidió acceso a la base de datos de taxis registrados en Cúcuta. Había 47 vehículos que coincidían con esa descripción. Empezó a revisar uno por uno nombres de propietarios, direcciones, antecedentes.
El nombre de Hernán Darío Villamizar Pavón apareció en la lista. Morales revisó su historial. No tenía antecedentes penales, no tenía multas graves, no había reportes de mal comportamiento, era un taxista más entre miles. Pero cuando Morales siguió investigando, encontró algo que le llamó la atención.
La esposa de Hernán, Clara Inés Rojas, había sido asesinada por el ELN en marzo de 2019. El caso estaba en los archivos de la fiscalía Secuestro en Tibú. ejecución en zona rural, sin capturas, sin justicia. Morales llamó a su supervisor, le mostró la información, le explicó su teoría.
Hernán Villamizar había estado matando miembros del ELN durante más de un año como venganza por la muerte de su esposa. El supervisor lo escuchó en silencio y después le dijo que necesitaban más evidencia antes de actuar, que no podían allanar la casa de un hombre solo porque su taxi coincidía con una descripción vaga, que necesitaban algo sólido.
Morales no discutió, pero sabía que tenía razón y sabía que tenía que actuar rápido antes de que Hernán volviera a matar. Mientras la policía se organizaba, Hernán seguía su rutina. El 17 de agosto manejó taxi como siempre. Llevó pasajeros al terminal, hizo carreras por los barrios, volvió a su casa al mediodía, almorzó con sus hijas.
Todo parecía normal, pero por dentro Hernán sabía que algo había cambiado. Había sentido la mirada de un patrullero cuando pasó por el centro. Había notado que un carro de la policía lo seguía durante dos cuadras antes de desviarse. Sabía que estaban buscándolo. Sabía que era cuestión de tiempo. Esa noche, Hernán se quedó despierto en la sala de su casa.
Miraba las paredes, pensaba en Clara, pensaba en todo lo que había hecho durante el último año. 14 hombres muertos, tal vez más, había perdido la cuenta. No se arrepentía. Cada uno de esos hombres había sido parte de la máquina que le quitó a Clara. Cada uno de ellos había cobrado vacunas, amenazado familias, reclutado jóvenes, matado inocentes.
El mundo estaba mejor sin ellos. Y si Hernán tenía que pagar por eso, lo haría. Pero al menos Clara había sido vengada. Al menos él había hecho algo que el Estado nunca hizo. El 18 de agosto de 2020, a las 5:30 de la mañana, Hernán escuchó golpes en la puerta. Miró por la ventana, vio camionetas del Sijin, vio agentes con chalecos antibalas, vio fusiles.
Supo que había llegado el momento. No intentó huir, no intentó esconderse, simplemente abrió la puerta con las manos en alto. Los agentes entraron a la casa gritando órdenes. Lo esposaron, lo tiraron al suelo. Sus hijas salieron de sus cuartos llorando, gritando, preguntando qué estaba pasando. Hernán no dijo nada, solo miró a Laura y a María una última vez y les dijo que todo iba a estar bien, aunque sabía que no era cierto.
El registro en la casa de Hernán duró más de 6 horas. Los agentes del CTI revisaron cada rincón. Abrieron cajones, armarios, levantaron colchones, revisaron el patio. En la sala encontraron el cuaderno con anotaciones, nombres, direcciones, horarios, descripciones de motos. Todo estaba ahí, escrito con letra clara, organizado.
En el garaje, escondida en un hueco del techo, encontraron el arma. Era una pistola calibre 9 mm sin registro con el número de serie limado. En el taxi de Hernán, estacionado frente a la casa, encontraron restos de pólvora en el asiento del conductor. También encontraron mapas de Cúcuta marcados con círculos rojos en los barrios La Libertad, El Salado y Atalaya.
Y en el compartimento secreto debajo del asiento del copiloto, encontraron fotos impresas de varios de los hombres que habían sido asesinados durante el último año. Hernán fue trasladado a las instalaciones del Sijin en Cúcuta. Lo llevaron a una sala de interrogatorios. No pidió abogado, no pidió nada, simplemente se sentó en la silla y esperó.
El detective Andrés Morales entró a la sala con una carpeta llena de documentos. se sentó frente a Hernán, le puso las fotos de las víctimas sobre la mesa, 14 fotos, 14 hombres muertos y le preguntó si sabía quiénes eran. Hernán miró las fotos y asintió. Morales le preguntó si había matado a esos hombres.
Hernán respondió que sí. Morales le preguntó por qué y Hernán por primera vez en más de un año habló. Le contó lo de Clara. Le contó del secuestro, de la fosa común, del disparo en la nuca. le contó que la fiscalía no hizo nada, que la policía no capturó a nadie, que el estado lo había abandonado.
Le contó que cada uno de esos hombres en las fotos había sido parte del ELN, que habían cobrado vacunas, que habían amenazado familias, que habían reclutado jóvenes y le contó que él no era un asesino, que solo había hecho lo que el estado no hizo, que solo había buscado justicia.
Morales lo escuchó en silencio y después le dijo que eso no era justicia, que matar a 14 personas era asesinato, sin importar las razones, que Hernán había cruzado una línea que no se puede cruzar. Hernán no discutió, solo dijo que volvería a hacerlo, que si pudiera regresar en el tiempo tomaría las mismas decisiones, que Clara merecía venganza y que él se la había dado.
La noticia de la captura de Hernán se difundió rápidamente. Los medios de comunicación de Cúcuta llegaron a las instalaciones del Sijin. Las cámaras grabaron cuando lo sacaron esposado para trasladarlo a la fiscalía. Los titulares decían, “Taxista de Cúcuta confesó haber matado a 14 miembros del ELN.
Las redes sociales explotaron. Algunos lo llamaban asesino, otros lo llamaban héroe. Algunos decían que merecía cadena perpetua. Otros decían que merecía una medalla. El barrio San Mateo se dividió. Los vecinos que lo conocían desde hace años no podían creer que Hernán hubiera hecho todo eso.
Otros decían que siempre supieron que algo raro estaba pasando, que Hernán había cambiado después de la muerte de Clara, que ya no era el mismo. La Fiscalía General de la Nación asignó el caso a un fiscal especializado en crímenes contra grupos armados. revisaron toda la evidencia, el cuaderno, el arma, las fotos, los testimonios de los vecinos que vieron el taxi blanco, los informes de medicina legal que confirmaban que las balas encontradas en algunos de los cuerpos coincidían con el arma de
Hernán. La evidencia era abrumadora. Hernán no lo negó. Confesó 14 de los homicidios. negó dos que la policía le atribuía porque dijo que esos no los había cometido. Él dijo que solo había matado a quienes estaban directamente involucrados en la muerte de Clara o en las operaciones del ELN en Cúcuta. El abogado de oficio que le asignaron intentó argumentar que Hernán había actuado en un estado de alteración emocional extrema, que había perdido a su esposa de forma violenta, que el Estado no le había dado
protección ni justicia. Pero el fiscal respondió que nada de eso justificaba matar a 14 personas, que Hernán había actuado con premeditación, con frialdad, con un plan claro, que no había sido un crimen pasional, que había sido una campaña de exterminio y que, por lo tanto, debía pagar con todo el peso de la ley.
El proceso judicial de Hernán Darío Villamizar se llevó a cabo entre septiembre de 2020 y diciembre de 2021. Fue un caso largo, complicado, lleno de testimonios y pruebas. La fiscalía presentó 14 cargos por homicidio agravado. Cada cargo llevaba una pena de entre 20 y 40 años de prisión. Si se sumaban todos, Hernán podía enfrentar más de 100 años de cárcel.
El abogado de oficio hizo lo que pudo. Argumentó que Hernán no tenía antecedentes, que era un hombre trabajador, un padre de familia, alguien que había sido empujado al límite por la violencia del ELN y la inacción del Estado. Pidió que se considerara el contexto, el dolor, la desesperación. Pero la fiscalía no se dio.
Presentó testimonios de familiares de las víctimas. Algunos de los hombres que Hernán había matado también tenían familias, también tenían hijos, esposas, madres y esas familias también pedían justicia. Algunos de ellos dijeron que sus familiares no eran criminales, que solo trabajaban para sobrevivir, que no tenían opción en zonas controladas por el ELN.
Otros admitieron que sí, que sus familiares estaban involucrados en actividades ilegales, pero que eso no le daba derecho a Hernán de ser juez, jurado y verdugo. Durante el juicio, Hernán se mantuvo en silencio la mayor parte del tiempo. Solo habló cuando el juez le preguntó directamente si tenía algo que decir.
Y lo que dijo fue simple. Yo no soy un asesino. Yo solo hice lo que el Estado no hizo. Ellos mataron a mi esposa y nadie pagó. ¿Qué esperaban que hiciera? El juez le respondió que esperaban que confiara en la justicia, que esperaban que dejara que la ley hiciera su trabajo. Hernán no respondió, solo bajó la mirada.
El 15 de diciembre de 2021, el juez emitió su sentencia. Hernán Darío Villamizar Pavón fue declarado culpable de 14 homicidios agravados. fue condenado a 35 años de prisión con una reducción de pena por haber confesado los crímenes. El juez dijo en su fallo que aunque entendía el dolor de Hernán, no podía permitir que la venganza se convirtiera en justicia, que si cada persona que perdía a un ser querido por la violencia decidiera tomar la ley en sus propias manos, el país se hundiría en
el caos. que Hernán había cruzado una línea que no se puede cruzar y que por lo tanto debía pagar las consecuencias. Hernán fue trasladado a la cárcel, modelo de Cúcuta. Por su seguridad fue ubicado en un pabellón especial separado de los demás reclusos. El ELN había puesto precio a su cabeza.
Dentro de la cárcel había varios presos vinculados al grupo armado. Si Hernán entraba a población general, no duraría ni una semana. Los guardias del IMPEC lo sabían, por eso lo mantuvieron aislado. Solo salía de su celda una hora al día para hacer ejercicio en un patio pequeño vigilado por cuatro guardias. Sus hijas lo visitaron una sola vez, dos meses después de que entrara a prisión.
Laura y María llegaron a la cárcel con ropa oscura, con los ojos hinchados de tanto llorar. Hablaron con Hernán a través de un vidrio por teléfono. Le preguntaron por qué había hecho todo eso, por qué no les había dicho nada, por qué las había dejado solas. Hernán no supo qué responder, solo les dijo que lo sentía, que había hecho lo que creía correcto, que esperaba que algún día pudieran entenderlo.
Pero Laura solo negó con la cabeza. Le dijo que él no era su padre, que su padre había muerto el mismo día que murió mamá y que el hombre que estaba frente a ella era un extraño, un asesino. María no dijo nada, solo lloró y después se fueron. No volvieron nunca más. Hernán supo en ese momento que había perdido todo.
No solo a Clara, también a sus hijas, también su futuro, también cualquier esperanza de volver a tener una vida normal. Estaba solo, encerrado en una celda de 3 m por do con 35 años de condena por delante y con la certeza de que aunque había matado a 14 hombres, el ELN seguía operando en Cúcuta. Los cobradores seguían cobrando vacunas, los milicianos seguían reclutando jóvenes.
Nada había cambiado, solo él había pagado el precio. Los meses siguientes a su encarcelamiento fueron los más difíciles de la vida de Hernán. Se despertaba todos los días a las 5 de la mañana, no porque tuviera que trabajar, sino porque su cuerpo ya estaba acostumbrado a esa rutina. Pasaba las horas mirando el techo de su celda, contando grietas, escuchando los sonidos de la cárcel, gritos, portazos, pasos de guardias, peleas en otros pabellones.
Hernán no hablaba con nadie. No tenía amigos dentro, no quería tenerlos, solo esperaba que pasara el tiempo, solo esperaba que el día terminara para volver a dormir y después despertar y esperar de nuevo. En marzo de 2022, un año después de la muerte de Clara, Hernán recibió una carta. Era de Laura, no era larga.
Solo decía que ella se había ido a Bogotá, que estaba trabajando en una empresa de contabilidad, que había cambiado su apellido para que nadie la relacionara con él. Decía que María también se había ido, que vivía con una tía en Bucaramanga que había dejado el colegio. Decía que no lo odiaba, pero que tampoco podía perdonarlo, que necesitaba seguir con su vida, que esperaba que él entendiera.
La carta terminaba con una frase: “Ojalá mamá nunca hubiera conocido al hombre en que te convertiste.” Hernán leyó la carta tres veces, después la guardó debajo de su colchón. Nunca la respondió. No sabía qué decir. Sabía que Laura tenía razón. Sabía que se había convertido en algo que nunca quiso ser. Pero también sabía que no se arrepentía, que si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría, que Clara merecía venganza y que él se la había dado.
En los meses siguientes, Hernán empezó a escuchar rumores dentro de la cárcel. Los guardias hablaban de operativos del Gaula en zona rural de Tibú. Hablaban de capturas de miembros del ELN. Hablaban de alias Pacho, el comandante financiero que operaba desde la Gabarra. Según los rumores, Pacho había sido capturado en un operativo conjunto del ejército y la policía.
Lo habían llevado a Bogotá. Estaba siendo procesado por secuestro, extorsión, homicidio. Hernán no sintió nada cuando escuchó eso. Pacho había sido uno de sus objetivos, pero ya no importaba, ya no podía hacer nada. Su guerra había terminado y la había perdido. En julio de 2023, Hernán recibió otra visita.
No era de sus hijas, era del detective Andrés Morales, el mismo que lo había capturado. Morales entró a la sala de visitas, se sentó frente a Hernán y lo miró en silencio durante varios segundos. Después le dijo que había estado siguiendo el caso del ELN en Cúcuta, que habían capturado a varios de los mandos medios, que las extorsiones habían bajado en algunos barrios, que la policía estaba recuperando control de zonas que antes eran territorio del grupo armado y que aunque nunca lo admitiría públicamente, parte de ese
avance se debía a que Hernán había eliminado a varios de los operadores clave del ELN en la ciudad. Hernán no respondió. Solo miró a Morales con los ojos vacíos. Morales continuó. Le dijo que entendía su dolor, que él también había perdido gente por la violencia, que sabía lo que era sentir que el Estado no responde, pero que eso no justificaba lo que Hernán había hecho, que la justicia no se puede tomar por mano propia, que esa era la diferencia entre una sociedad civilizada y el caos.
Hernán finalmente habló. Le dijo que la sociedad civilizada lo había abandonado, que cuando más necesitaba al Estado, el estado no estuvo y que, por lo tanto, él había hecho lo único que podía hacer. Morales no discutió, solo asintió, se levantó y antes de irse le dijo algo a Hernán. Usted pagó un precio muy alto por su venganza y al final no cambió nada.
El ELN sigue ahí, la violencia sigue ahí, solo que ahora usted también está preso y sus hijas están solas. ¿Valió la pena? Hernán no respondió. Morales salió de la sala. Hernán se quedó sentado mirando la mesa vacía frente a él y por primera vez en más de 2 años se preguntó si Morales tenía razón.
Hoy en 2025, Hernán Darío Villamizar sigue recluido en la cárcel modelo de Cúcuta. Tiene 52 años, le quedan más de 30 años de condena por cumplir. Pasa la mayor parte de su tiempo en su celda leyendo libros que los guardias le traen de vez en cuando. A veces escribe cartas que nunca envía.
Cartas para Clara contándole lo que ha pasado. Cartas para Laura y María explicándoles por qué hizo lo que hizo. Aunque sabe que ellas nunca las van a leer. La casa en el barrio San Mateo quedó abandonada. Las ventanas están cerradas con tablas. La puerta tiene candado. En la pared hay grafitis que dicen asesino y justiciero.
El barrio sigue dividido. Algunos creen que Hernán era un criminal. Otros creen que era un hombre desesperado que hizo lo que el Estado no hizo. El LN sigue operando en Cúcuta, sigue cobrando vacunas, sigue reclutando jóvenes, sigue controlando rutas hacia Venezuela. La captura de varios de sus miembros entre 2019 y 2020 causó un reacomodo temporal, pero la estructura siguió funcionando.
Llegaron nuevos milicianos, nuevos cobradores. El sistema se adaptó. Los comerciantes de La Libertad, el Salado y Atalaya, siguen pagando su cuota. Nada cambió realmente. La Fiscalía cerró el caso de Clara Inés Rojas en 2022. Después de 3 años de investigación, no lograron capturar a ninguno de los responsables directos de su secuestro y asesinato.
El caso quedó archivado por falta de pruebas, alias Pacho fue capturado en 2023 por otros crímenes, no por el secuestro, de Clara. Está preso en Bogotá esperando juicio, pero nadie lo ha relacionado formalmente con la muerte de Clara. Oficialmente, el crimen sigue sin resolver. Laura Daniela trabaja en una firma de contabilidad en Bogotá. Cambió su apellido a Rojas.
No habla de su padre. Vive sola en un apartamento pequeño. No tiene redes sociales. María Camila vive en Bucaramanga con su tía. Dejó el colegio en 2021. trabaja en una tienda de ropa. Ninguna de las dos ha vuelto a Cúcuta. Los 14 hombres que Hernán mató también dejaron familias. Algunos tenían hijos, algunos tenían esposas, algunos tenían madres que todavía lloran su ausencia.
No todos eran criminales de carrera. Algunos solo trabajaban para el ELN porque no tenían otra opción. Otros sí eran delincuentes con historiales largos, pero todos eran humanos y todos dejaron vacíos que nunca se van a llenar. La historia de Hernán Darío Villamizad es una historia sin ganadores. Clara está muerta. Hernán está preso.
Sus hijas están solas. El ELN sigue operando. La justicia nunca llegó y la pregunta que queda flotando es la misma que el detective Morales le hizo. ¿Valió la pena? Hernán nunca respondió. Tal vez porque no tiene respuesta o tal vez porque la respuesta es demasiado dolorosa. En Cúcuta la gente sigue hablando del taxista justiciero.
Algunos con admiración, otros con miedo, otros con lástima, pero todos están de acuerdo en algo. Hernán Darío Villamizar cruzó una línea que no se puede descruzar y pagó el precio más alto. No solo perdió su libertad, perdió su familia, perdió su futuro. Si esta historia te dejó pensando, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo.
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