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SI NACISTE ENTRE 1955 y 1975 DIOS QUIERE DECIRTE ALGO IMPORTENTE SOBRE TU DESTINO FINAL

Tengo 68 años y esta mañana, mientras revisaba unas notas viejas en mi despacho de Barbate, encontré una carta que había olvidado por completo. Una carta que me envió un rabino de Jerusalén en 1987 después de una entrevista que nunca publiqué. La carta estaba doblada dentro de un ejemplar del Talmud que él me regaló.

Y cuando la abrí, eh, sentí algo extraño en el pecho, algo parecido al vértigo, porque esa carta hablaba exactamente de lo que estoy a punto de contarte. Soy J. J. Benítez, periodista, investigador. Llevo más de 50 años recorriendo el mundo, más de 100 países visitados, 60 libros escritos, miles de entrevistas realizadas y te advierto desde ahora lo que voy a revelarte en las próximas páginas no es especulación, eh, es el resultado de décadas de investigación silenciosa y la revelación final, créeme, es la más perturbadora de todas.

Si naciste entre 1955 y 1975, prepárate, porque lo que descubrí sobre tu generación cambiará para siempre tu comprensión de quién eres. Déjenme contarles cómo empezó todo esto. Fue en marzo de 1983. Yo había viajado a Egipto siguiendo la pista de unos manuscritos que supuestamente contenían fragmentos perdidos del evangelio de Marcos.

Ya saben cómo son estas cosas. Eh, uno nunca sabe si va a encontrar algo valioso o simplemente otra falsificación más de las tantas que circulan por ahí. El caso es que terminé en el monasterio de Santa Catalina, al pie del Monte Sinaí, un lugar que literalmente, literalmente te corta la respiración cuando lo ves por primera vez.

Era temprano por la mañana. Recuerdo el frío del desierto, ese frío seco que te pela la piel. Y recuerdo el silencio, un silencio tan profundo que podías escuchar tu propia sangre circulando. El padre Atanasio, un monje copto de barba blanca y ojos increíblemente claros, me recibió en la biblioteca del monasterio.

Hablaba un español perfecto, aprendido. Me dijo durante una estancia en Salamanca en los años 60. Pues bien, después de revisar varios documentos sin mayor interés, el padre Atanasio me preguntó algo extraño. Me dijo, “¿En qué año naciste, Juan José?” Le respondí que en 1946. Y él asintió lentamente, como si mi respuesta confirmara algo que ya sabía.

“Entonces, ¿no eres de la generación marcada?”, dijo. Y se quedó callado. La generación marcada. ¿De qué hablaba este hombre? Le pedí que me explicara, pero él movió la cabeza. No puedo mostrarte lo que vine a mostrarte, dijo. No está destinado para ti, pero hay algo más, algo que quizá así puedas ver.

Y sacó de un cajón una carpeta de cuero gastada atada con un cordón negro. Dentro había una carta, una carta escrita en griego antiguo con traducción al latín en los márgenes. El padre Atanasio me explicó que era una copia de un documento mucho más antiguo, probablemente del siglo IIV. El autor era un obispo llamado Atanasio de Alejandría.

El mismo nombre del monje que tenía frente a mí. Fue mi inspiración para el nombre. me dijo sonriendo levemente. La carta hablaba de una profecía, una profecía que, según el obispo, había sido transmitida oralmente entre los primeros cristianos y que se remontaba a los apóstoles mismos. Y esa profecía identificaba con precisión asombrosa a una generación específica, una generación que nacería en los años de la reconstrucción después del gran sufrimiento del pueblo elegido.

Una generación que crecería bajo la sombra del fuego del cielo. Una generación de testigos. Leí aquellas palabras en silencio mientras el padre Atanasio me observaba. Y cuando terminé le pregunté lo obvio, ¿a qué generación se refiere? Él respiró hondo. A los que nacieron entre 1955 y 1975, respondió, “Los que vinieron al mundo después del regreso de Israel a su tierra, después de Hiroshima, después de que el átomo se partiera y la humanidad cruzara un umbral del que ya no hay retorno, me quedé mirándolo sin saber

qué decir. ¿Cómo podía un obispo del siglo IIV conocer fechas tan precisas? ¿Cómo podía describir el establecimiento del Estado de Israel en 1948 o el uso de armas nucleares en 1945? No las conocía, dijo el padre Atanasio, como si leyera mi mente, pero conocía los signos y los signos son inconfundibles.

Eh, el monje me explicó algo que yo desconocía por completo. Me dijo que en la tradición cristiana oriental, especialmente entre los coptos, existía una interpretación profética que había sido preservada oralmente durante siglos. una interpretación que conectaba las profecías del Antiguo Testamento con las del Nuevo de una manera que la Iglesia occidental había perdido o quizá deliberadamente olvidado.

Y esa interpretación hablaba claramente de señales temporales específicas que identificarían a la generación final. “Mira”, me dijo el padre Atanasio sacando otro documento de la carpeta. Este es un comentario del siglo VI sobre el libro de Daniel. Aquí está escrito, cuando el pueblo de la alianza regrese a Sion después del gran sufrimiento, cuando las naciones se levanten contra ellos y fracasen, cuando el fuego del cielo haya caído sobre la tierra, entonces nacerá la generación que verá el cumplimiento de todas las cosas. me

mostró línea por línea el regreso a Sion claramente 1948, el levantamiento de las naciones, las guerras árabes israelíes que comenzaron inmediatamente después el fuego del cielo, Hiroshima y Nagasaki en 1945 y la generación que nacería después de todo esto entre 1955 y 1975 aproximadamente una década después del cumplimiento de estas señales, como si hubiera sido necesario un tiempo de estabilización antes de que esta generación específica comenzara a llegar al mundo.

Esa tarde eh caminé solo por el desierto que rodea el monasterio. Necesitaba pensar, necesitaba procesar lo que acababa de leer. Y mientras caminaba con el viento levantando arena a mi alrededor, me hice una pregunta que me perseguiría durante décadas. y si era cierto, y si realmente existía una generación marcada por el destino.

Y si esa generación estaba viva ahora mismo sin saberlo, el padre Atanasio me había dicho algo más antes de que yo saliera a caminar. me había dicho que esta generación no había sido marcada para ser destruida, sino para ser testigo. Ellos verán cosas que ninguna otra generación ha visto, me dijo. Verán el fin de una era y el comienzo de otra, y su testimonio será lo que conecte ambas eras.

Sin ellos, la transición sería catastrófica. Con ellos hay esperanza. Le pregunté qué tipo de cosas verían. Él negó con la cabeza. No puedo decírtelo con precisión porque las profecías son simbólicas, eh, ya lo sabes, pero hablan de señales en los cielos, de cambios en la tierra, de transformaciones sociales y espirituales tan profundas que la mayoría de la humanidad no podrá procesarlas.

Y hablan de un despertar, un despertar en esta generación específica que les permitirá comprender lo que está ocurriendo mientras todos los demás estarán confundidos. Volví a España convencido de que había encontrado una curiosidad histórica interesante nada más, pero no pude olvidar aquella carta, no pude olvidar las palabras del padre Atanasio y sobre todo no pude dejar de notar algo inquietante, ¿no? Cada vez que entrevistaba a alguien que había tenido una experiencia espiritual profunda, una visión, un encuentro inexplicable

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