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Protestante dijo que el rosario era “satánico”… pero en el hospital rogó por uno al ver a María

Mi nombre es Marcos, tengo 38 años y hasta hace poco mi vida era un edificio sólido de certezas. Soy ingeniero civil, un hombre de números, de lógica, de estructuras que se sostienen con cálculos y no con plegarias. Mi fe hasta entonces era igual en una línea recta y sin desvíos hacia Dios han nacido y criado en la Iglesia Evangélica El Camino Recto.

En la bulliciosa ciudad de Monterrey me enseñaron desde niño que la fe no necesitaba adornos ni intermediarios ni rituales. Era un dialogo directo, un contrato claro entre el alma y su creador. Y en ese contrato no había lugar para estatuas, santos y mucho menos para María, para mí y para mi congregación. El catolicismo era un laberinto de tradiciones humanas, una desviación del evangelio puro y el rosario.

El rosario era el símbolo máximo de esa desviación. Lo veía como un amuleto, un objeto de superstición, una cadena que en lugar de llevar a Cristo desviaba la atención hacia una mujer que aunque bendita no era más que una mujer. Recuerdo una discusión acalorada con mi suegra Sofía. una tarde de domingo. Ella, una católica de hueso colorado, de esas que llevan el escapulario bajo la blusa y el rosario enrollado en la muñeca como si fuera parte de su piel.

Marcos, hijo, es solo una forma de meditar en la vida de Jesús con su madre a nuestro lado me dijo con su paciencia infinita mientras sostenía las cuentas de madera pulida. Sofía, con todo respeto, le respondí con la arrogancia de quien se siente dueño de la verdad. La Biblia dice que hay un solo mediador entre Dios y los hombres y ese es Jesucristo.

Repetir esas ave Marías es vano, es antibíblico, es casi satánico porque desvía la gloria que solo le pertenece a Dios. Vi el dolor en sus ojos, pero no me importó. Creía que estaba defendiendo la fe, que ciego estaba. Mi esposa Elena siempre quedaba en medio de nuestras batallas teológicas. Ella con su corazón bondadoso respetaba ambas creencias, pero había decidido seguir mi camino por amor, por unidad familiar.

Y yo estaba orgulloso de eso. Sentía que la había rescatado de la idolatría. Nuestra vida era perfecta, o eso creía yo. Teníamos una casa bonita, un hijo de 5 años, Lucas, y la certeza de que Dios estaba de nuestro lado. Pero los cimientos de mi mundo, que yo creía de roca, estaban a punto de ser probados y descubriría que en realidad estaban hechos de arena.

Todo comenzó con una simple fiebre. Elena se sentía débil con un malestar que no cedía. L médico de cabecera, dijo que era una gripe fuerte, pero en 48 horas la gripe se convirtió en una pesadilla. Elena comenzó a delirar. Su piel ardía y su respiración se volvió un jadeo desesperado. Corrimos al hospital. El diagnóstico cayó sobre mí como una losa de concreto sepsis.

Una infección bacteriana se había generalizado como un ejército invisible que conquistaba su cuerpo órgano por órgano. La ingresaron de inmediato en la unidad de cuidados intensivos. el pasillo de la UCE y se convirtió en mi nuevo hogar, un lugar estéril, frío, donde el único sonido constante era el VIP rítmico y torturador de los monitores, el olor a desinfectante y a miedo se pegaba la ropa.

médicos con sus batas blancas y sus rostros serios. Me hablaban en un lenguaje que apenas entendía shock septicu, falumu organicu, respuesta inflamatoria sistémica, pero sus ojos decían algo que yo sí comprendía perfectamente. No había muchas esperanzas, mi mundo de certezas se derrumbó. Dije, “Pinchi, mis cálculos, mi lógica, mi ingeniería no servían para nada.

Solo me quedaba la fe y me aferré a ella con la fuerza de un náufrago. Pasaba horas junto a la cama de Elena o en la pequeña capilla del hospital, que para mí disgusto tenía un crucifijo y una imagen de la Virgen. Yo los ignoraba, cerraba los ojos y oraba como me habían enseñado. Padre, en el nombre de Jesús, yo reprendo esta enfermedad, declaro sanidad sobre el cuerpo de Elena.

Tu palabra dice que por tus llagas fuimos curados y yo reclamo esa promesa ahora gritaba en susurros con los puños apretados. Mis oraciones eran exigencias recordatorios a Dios de sus propias promesas como un abogado presentando su caso ante un juez. Pero mis palabras rebotaban en las paredes blancas del hospital y caían al suelo vacías.

El VIP de las máquinas seguía igual, implacable. El rostro de Elena, pálido hinchado, no cambiaba. Los días se convirtieron en una mancha borrosa de café amargo, noches sin dormir y conversaciones sombrías con los doctores. Señor Marcos, los antibióticos no están funcionando como esperábamos. Sus riñones están fallando. Estamos haciendo todo lo posible, pero debe prepararse. Prepararme.

¿Cómo se prepara uno para perder al amor de su vida? Mi fe comenzó a agrietarse. Sentí una rabia sorda contra Dios. ¿Por qué permitía esto? No éramos fieles, no le servíamos. Mi oración se volvió un lamento, un grito mudo dentro de un hospital lleno de dolor. Me sentía como el padre Miguel de la historia, hablando solo en una iglesia vacía.

Dios parecía haberse ido de vacaciones sin avisar. Fue en una de esas noches, la quinta o sexta, ya no lo recuerdo, que llegó Sofía. Entró en la habitación de la UCE y con el paso lento de quien carga un dolor inmenso. Sus ojos estaban rojos de tanto llorar, pero en su rostro había una serenidad que me irritó.

Era una serenidad que yo no poseía. Nos escuchos. No había fuerzas para eso. El dolor nos había dejado mudos. Se acercó a la cama de Elena, le acarició la frente sudorosa y luego, sin mirarme, sacó de su bolso su viejo rosario de madera. Mi primer impulso fue decirle que guardara eso, que no trajera sus ídolos a este lugar sagrado de sufrimiento. Pero algo me detuvo.

Quizás fue el agotamiento o quizás fue ver la devoción pura en su rostro. Se sentó en una silla junto a la cama y comenzó a rezar. No fue un rezo ostentoso. Aon susujus un murmullo íntimo y constante. Dios te salve María, llena eres de gracia. Jisgranab as cuentas con una lentitud amorosa. Luego vi como tomó la mano inerte de Elena y con una delicadeza infinita deslizó el rosario entre sus dedos. Madre, mira a tu hija.

Tú también eres madre. Tú sabes lo que es este dolor. No te pido que entiendas mi pena, te pido que la acojas. Pon tu manto sobre ella, llévale nuestro ruego a tu hijo”, susurró y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Yo observaba desde la esquina, sintiendo una mezcla de desprecio y una extraña, casi dolorosa curiosidad.

Para mí era un acto de desesperación pagana, pero para ella era un acto de amor y de fe inquebrantable. Se quedó hace un largo rato en silencio. Solo ella, su hija y ese collar de cuentas. Antes Yise me miró y me dijo, “Marcos, la fe no es entender, es confiar.” Y a veces cuando no tenemos fuerzas para hablar con el padre, la madre habla por nosotros.

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