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León XIV rompió once años de silencio con un gesto que nadie esperaba

35 hombres llegados desde 35 rincones del mundo se arrodillaron uno tras otro ante el Papa. Y a cada uno León XIV le colocó sobre los hombros con sus propias manos una sencilla banda de lana blanca. Pasó el lunes pasado en la fiesta de San Pedro y San Pablo dentro de la basílica más importante del catolicismo.

Esos 35 hombres eran arzobispos, algunos de las ciudades más grandes del planeta. Y esa banda blanca con cruces negras que ahora cargaban sobre los hombros tiene un nombre que muy pocos conocen. Se llama Palio. Para la mayoría de la gente que vio las imágenes fue apenas un detalle más de una ceremonia larga y solemne, un trozo de tela sobre unos hombros.

Pero quédate porque ese pedazo de lana esconde una de las historias más hermosas y más extrañas de toda la iglesia. Una historia que empieza, aunque cueste creerlo, con dos corderos y con una niña que murió hace más de 17 años y esconde, además un pequeño misterio reciente. Porque durante 11 años ningún papa había entregado ese palio como lo hizo León XV el lunes pasado.

Y ahí está la pregunta que va a recorrer todo este video, la que de verdad importa. Su antecesor, el Papa Francisco, había cambiado este gesto a propósito por una razón muy bonita que enseguida vas a entender. Y León XIV, con toda la intención del mundo, deshizo ese cambio y volvió a la costumbre antigua. ¿Por qué un Papa querría recuperar con sus propias manos un rito que el anterior había decidido dejar de hacer? Así la respuesta dice más sobre la clase de pastor que quiere ser este hombre de lo que parece a simple vista. Y para llegar a ella,

primero hay que entender qué es exactamente esa banda blanca y de dónde sale. Empecemos por lo más sencillo, por lo que tienes delante de los ojos. El palio es una banda estrecha de lana blanca de apenas unos centímetros de ancho cosida en forma de círculo para descansar sobre los hombros. De ella cuelgan dos tiras cortas, una por delante sobre el pecho y otra por detrás sobre la espalda y está adornada con seis cruces de seda negra.

A veces lleva también tres pequeños alfileres metálicos clavados en la tela que recuerdan los clavos con que Cristo fue crucificado. Visto así de cerca no parece gran cosa. Una prenda humilde, casi pobre, comparada con el oro y la púrpura que suele rodear a un papa. Y esa humildad, ya lo verás, es justo lo que quiere decir.

Cada parte de esa banda guarda su propio mensaje y vale la pena conocerlo. Las seis cruces negras recuerdan, según la tradición las heridas del cordero de Dios de Cristo entregado por amor. Los tres alfileres que a veces lleva clavados evocan los clavos de la cruz para que el pastor no olvide jamás el precio de la salvación que anuncia.

Y el color, ese blanco purísimo, habla de la ternura con que hay que tratar a los humildes y a los que se equivocan. Hasta la forma cuenta. Esa banda que rodea los hombros y cae sobre el pecho y la espalda dibuja sin palabras a un hombre cargando un peso. El peso dulce de un rebaño. Nada en el palio sobra. Cada hilo predica, porque cada detalle de esa banda esconde un significado.

Y el primero de todos es el más tierno. Esa lana blanca representa a una oveja. en concreto a la oveja perdida que el buen pastor carga sobre sus hombros para llevarla de vuelta al rebaño. Es una de las imágenes más queridas del evangelio. Jesús que deja las 99 ovejas a salvo y sale a buscar a la única que se ha perdido y cuando la encuentra, en lugar de regañarla, se la echa sobre los hombros y vuelve contento a casa.

Eso es el palio. Una oveja de lana sobre los hombros del pastor. Cada arzobispo que lo recibe se lleva encima ese recordatorio constante. Tu tarea es cargar con el rebaño, llevarlo sobre los hombros como hizo el maestro, empezando siempre por la oveja que se pierde. Servir a tu gente más que mandar sobre ella.

Hasta aquí la idea, pero la forma en que se fabrica ese palio es lo que convierte esto en una historia de verdad. ¿Qué tiene que ver una niña martirizada hace más de 16 siglos con la banda que hoy cargan los arzobispos del mundo? Más de lo que imaginas. Y aquí es donde aparecen los dos corderos y la niña mártir. Todo arranca cada año el 21 de enero, en una fecha que casi nadie tiene marcada en el calendario.

Ese día la Iglesia recuerda a Santa Inés, una jovencita de Roma de apenas 12 o 13 años, martirizada hace más de 17 años por negarse a renunciar a su fe y a entregar su pureza. una niña que prefirió morir antes que traicionar lo que creía. Y aquí viene el detalle que une todo. Su nombre, Inés, viene del latín Agnes.

Y Agnes suena casi igual que Agnus, que en latín significa cordero. Por ese juego de palabras, desde los primeros siglos, Santa Inés quedó para siempre unida a la imagen de un corderito inocente, manso, entregado, igual que ella. La historia de aquella niña merece contarse porque es de las que estremecen.

Según la tradición, Inés era una jovencita romana de familia noble, hermosa, que a los 12 o 13 años ya había entregado su corazón por entero a Cristo. Un joven poderoso, hijo de un alto cargo de Roma, se enamoró de ella y la pidió en matrimonio. Ella lo rechazó porque se había prometido solo a Dios. Aquel desaire en plena persecución le costó la vida.

La amenazaron, la humillaron, la arrastraron y aún así no renegó de su fe. Cuenta la tradición que intentaron quemarla y las llamas no la tocaron y que al final murió atravesada por una espada como se mataba a los corderos. Una niña de 12 años plantándole cara al imperio más poderoso de la tierra sin más arma que su fe.

Por eso la Iglesia la ama tanto y por eso su corderito sigue 16 siglos después tejido en los hombros de los arzobispos del mundo. Por eso, cada 21 de enero ocurre algo que parece sacado de otro tiempo. Le presentan al Papa dos corderos vivos para que los bendiga. Dos corderitos blancos adornados con flores. A uno lo cubren con flores blancas que recuerdan la virginidad de la santa.

Al otro con flores rojas que recuerdan su martirio, la sangre que derramó. El Papa los bendice y después esos animales son cuidados con esmero durante meses por unos monjes hasta que llega el momento de esquilarlos. De esa lana, de esos dos corderos concretos bendecidos por el Papa y de ninguna otra se fabrican los palios de ese año. Imagina el cuidado.

Cada banda que un arzobispo recibe nació literalmente de la lana de un cordero bendecido a los pies del Papa en memoria de una niña que murió por Cristo. La escena del 21 de enero tiene algo de cuento antiguo. Los dos corderitos llegan en una cesta adornada, traídos hasta el Papa, por quienes custodian la basílica de Santa Inés, levantada en Roma sobre el lugar donde la niña fue enterrada.

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