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LEYENDA DEL BÉISBOL MEXICANO MATÓ A SU ESPOSA Y SUEGRA — SUS HIJAS ESTABAN EN EL CUARTO DE AL LADO

Era miércoles, un miércoles de agosto sin nada especial. Las calles de Culiacán olían a tierra mojada porque había llovido temprano, una de esas lluvias cortas y pesadas que caen en Sinaloa y se van antes del mediodía sin pedir permiso. El sol de las 3 de la tarde ya había secado el asfalto.

Las bugambilias del fraccionamiento seguían encharcadas en sus macetas y en una casa de colonia residencial con reja pintada de negro y una camioneta pickup estacionada en el garaje. Todo parecía igual que cualquier otro día. Las dos niñas estaban adentro. Nadie en esa calle, ningún vecino, ninguna señora que pasara con su mandado, ningún muchacho que anduviera en bicicleta.

Imaginaba lo que estaba ocurriendo dentro de esa casa en ese momento. Nadie. Quédate hasta el final porque hay un detalle sobre las últimas palabras que Óscar dijo esa tarde. Palabras que quedaron registradas y que ningún abogado, ningún fiscal y ningún periodista pudo explicar del todo, que la gente a cargo describiría como lo más perturbador de todo el expediente.

No fue el arma, no fue lo que encontraron, fue eso. Quédate. Culiacán no es una ciudad que se deje de escribir fácil. Tiene avenidas anchas con palmeras recortadas. Centros comerciales modernos, hospitales privados, fraccionamientos con casetas y vigilancia, pero también tiene colonias donde la gente se conoce por el apodo del abuelo y donde los niños juegan en la calle hasta que oscurece.

Tiene una temperatura que en agosto sube a 38 gr en la sombra y baja apenas unos grados en la noche. El ambiente es pesado, húmedo, pegajoso. La gente de aquí dice que Culiacán te abraza o te aplasta y no hay manera de saber cuál de las dos hasta que ya es demasiado tarde. El fraccionamiento donde vivía Óscar Rivera estaba en la zona norte.

Casas de dos plantas, bardas altas, jardines pequeños. El tipo de colonia donde los vecinos se saludan desde la banqueta, pero rara vez se meten a la sala de los demás. Una comunidad de gente trabajadora con recursos, el tipo de lugar donde la tragedia se guarda puertas adentro y solo sale cuando ya no queda de otra. Ahí vivía él, ahí murieron ella.

Óscar Gerardo Rivera tenía 47 años cuando ocurrió todo. Había nacido en Culiacán, había crecido en Culiacán y en Culiacán había construido todo lo que tenía, la fama, la familia y el peso que cargaba desde hacía meses sin que casi nadie lo viera venir. Era Piter, lanzador derecho, uno de esos jugadores que aparecen una sola vez en generaciones.

Durante 12 años jugó en la Liga Mexicana de Béisbol, primero con los tomateros de Culiacán, después con otros equipos del Siempre con ese brazo que parecía hecho para lanzar pelotas a velocidades que los bateadores tardaban en procesar. ganó premios, salió en periódicos, lo entrevistaron en televisión regional más de una vez, pero lo que lo hizo diferente a todos, lo que hizo que su nombre se grabara en la historia de ese deporte en México, fue un partido de postemporada que nadie que estuvo ahí olvidó.

Un juego perfecto, 26 bateadores, 26 outs, ningún hit, ninguna base por bolas, ningún error. El tipo de actuación que en el béisbol es tan rara que hay pitchers que juegan 20 años y se retiran sin haber visto uno en vivo. Óscar lo hizo en postemporada, que es cuando el miedo aprieta más fuerte y las manos sudan aunque uno no quiera.

La gente que lo vio ese día habla de él, como se habla de alguien que caminó sobre el agua. Después de retirarse, Óscar se quedó en Culiacán. Trabajaba como entrenador de jóvenes en una academia de béisbol que él mismo había ayudado a fundar. Iba por las mañanas, regresaba por las tardes, llevaba a sus hijas a la escuela cuando tocaba.

La vida ordinaria de un hombre que había sido extraordinario y que ahora hacía lo que hacen todos. Vivir el día a día. Su esposa se llamaba Marcela Gómez Ibarra. Tenía 43 años. Marcela era maestra de primaria. Llevaba 18 años frente a un salón. Sus exalumnos la recuerdan por su voz tranquila y por la paciencia que tenía para explicar las mismas cosas 10 veces sin cansarse.

Tenía el cabello negro que empezaba a salpicar de gris y que ella no hacía el menor esfuerzo por ocultar. Era de las personas que caminan derecho y miran a los ojos. Llevaba 20 años casada con Óscar. La señora Remedios Barra tenía 68 años. Era la mamá de Marcela, viuda desde hacía 6 años. Vivía sola en una casa a 40 minutos de ahí, pero desde así algunos meses pasaba varias semanas al mes en casa de su hija.

Iba a ayudar a estar cerca, como hacen las mamás cuando sienten que algo en la casa de su hija no está del todo bien, aunque no puedan decir exactamente qué es. Las niñas se llamaban Valentina y Sofía, 12 y 9 años. Béisbol tiene una frase que los jugadores se dicen entre ellos. Uno controla la pelota, uno controla el lanzamiento.

Óscar la repitió durante años en sus entrenamientos. La diferencia, dice el refrán, está en lo que uno puede manejar y lo que no. El lanzamiento depende de ti. Lo que el bateador hace con él, el viento, el rebote en el guante del catcher. Eso está fuera de tu control. Hay que aprender a soltar.

No está claro si Óscar lo aprendió alguna vez. Lo que sí está claro es que en los meses previos a agosto de 2023, algo en él había dejado de soltar, algo lo tenía atrapado y mientras más tiempo pasaba, más apretado lo tenía. Los que lo conocían en la academia de béisbol notaron el cambio antes de que él dijera una palabra.

Llegaba más tarde, se distraía en los entrenamientos. Uno de sus asistentes, un hombre que había trabajado con él 4 años, le preguntó un día si estaba bien. Óscar le dijo que sí, que estaba bien, que había dormido poco. El asistente no preguntó más. La primera señal que Marcela tuvo, la primera que ella reconocería después de que todo ocurrió, llegó en mayo.

Fue un mensaje en el celular de Óscar que ella vio sin querer. Él lo había dejado en la mesa de la cocina mientras iba al baño. La pantalla se encendió sola con una notificación y Marcela, que estaba parada ahí con una taza de café en la mano, leyó las dos líneas que aparecieron antes de que la pantalla se apagara. No era un mensaje de trabajo.

Marcela no dijo nada ese día. se quedó parado un momento, terminó su café, lavó la taza y se fue a preparar el desayuno de las niñas como si nada hubiera pasado. Pero adentro de ella algo se tensó, algo que ya no se volvió a aflojar del todo. En los días siguientes empezó a prestar más atención. No de manera escandalosa, no revisando cajones ni siguiéndolo, solo observando la manera en que Óscar ponía el celular boca abajo cuando ella entraba al cuarto, los fines de semana que decía que tenía que ir a la academia aunque la

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