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La Vida Actual de Wilfredo Benítez a sus 67 Años; Lejos del Ring y del Ruido

Puerto Rico, 6 de marzo de 1976. La arena está desbordada. Hay gente de pie en los pasillos, gente pegada a cualquier espacio libre que quede, todos mirando hacia el centro del ring con esa tensión particular que tienen las noches donde algo que todavía no tiene nombre está a punto de suceder.

En una esquina está Antonio Cervantes, Kid Pambele, campeón mundial superligero de la Asociación Mundial de Boxeo, hombre con más de 30 peleas como profesional, con el cinturón en la cintura desde 1972. campeón que había defendido ese título 10 veces antes de esa noche y que había apagado las luces de rivales mucho más  construidos, mucho más experimentados, mucho más listos, al menos en el papel que el muchacho del otro lado del ring.

En la otra esquina hay un chamaco puertorriqueño de 17 años. 17. La misma edad que tienen los que todavía se preocupan por los exámenes de la preparatoria. Cuando terminen los rounds, nadie va a olvidar su nombre. Hoy, casi 50 años después, Wilfredo Benítez tiene 69 años y vive en Puerto Rico, no en una mansión, no rodeado de los lujos que tres títulos mundiales y décadas de pelear en las arenas más grandes del boxeo podrían haber pagado en una vida tranquila, sencilla, cuidado por su familia y por una isla que nunca lo olvidó, aunque el

mundo más allá de sus fronteras sí lo haya olvidado demasiado pronto y demasiado fácil. Sugar Ray Leonard ganó medalla de oro olímpica en los Juegos de Montreal en 1976. Fue campeón del mundo en cinco categorías de peso distintas. Peleó con los mejores boxeadores de su generación, Roberto Durán, Thomas Herns, Marvin Hagler.

Su nombre aparece en cualquier lista seria de los mejores de todos los tiempos. Y en múltiples ocasiones, a lo largo de los años, en distintas entrevistas y contextos, Leonard dijo algo que tomaba por sorpresa a cualquiera que lo escuchaba, que Wilfredo  Benítez había sido el rival más difícil de toda su carrera. No el más fuerte, no el que más golpeaba, el más difícil, el que lo obligó a sacar una versión de sí mismo que no había tenido que sacar frente a nadie más.

Piénsalo bien, raza. Leunar peleó con Duran, peleó con Hern, peleó con Hagler y cuando alguien le preguntaba quién había sido lo más difícil que enfrentó en su vida, el nombre que salía era Wilfredo Beníz. Beníz ganó tres títulos mundiales en tres categorías de peso  distintas. Fue el campeón más joven en la historia del boxeo cuando conquistó su primer cinturón.

Fue el orgullo de Puerto Rico en una época donde el boxeo era algo parecido a una religión en la isla y hoy vive con una sencillez que no tiene nada que ver con la del tipo que tiene dinero y prefiere la paz del campo. La de Beníz es una historia más complicada que eso, más honesta, más difícil de ver de frente sin que algo te apriete por dentro.

Quédate porque lo que viene no lo encuentras en ningún resumen de dos párrafos y porque la historia de Wilfredo Benítez no es solo la historia de un campeón. Es la historia de lo que el boxeo puede darte y de lo que también te puede cobrar sin avisarte, sin pedir permiso, sin que nadie te lo explique cuando todavía tienes 17 años y el mundo entero está aplaudiendo.

Para entender a dónde llegó Wilfredo Benítez, hay que entender de dónde salió, con qué poco llegó y qué tan lejos quedó ese punto de partida de lo que terminó siendo. Nació el 12 de septiembre de 1958 en el Bronx, Nueva York. Sus padres eran puertorriqueños. Su padre, Gregorio Benítez, amaba el boxeo con la intensidad de los que crecen, mirando ese deporte como una salida, como una oportunidad que el mundo no les va a dar de ninguna otra forma.

Cuando Wilfredo era niño, la familia se mudó a Bayamón, Puerto Rico. Y fue ahí donde Gregorio comenzó a entrenar a sus hijos, porque no era solo Wilfredo. Sus hermanos Frankie y Gregorio Junior también terminaron siendo boxeadores profesionales. La familia Benítez era una familia de boxeo. Pero entre todos el que tenía algo que los demás no podían copiar era Wilfredo.

Le decían el radar. Y hay pocos apodos en la historia del boxeo que describan mejor lo que un peleador hacía dentro del ring. El radar porque su cabeza se movía con una precisión que los entrenadores que lo vieron describían como algo que no habían visto igual. Podías lanzarle tu mejor golpe con toda la convicción del mundo atrás, con los años de entrenamiento encima del puño y la cabeza de Benítez se movía 4 5 cm.

Justo lo necesario. El guante pasaba de largo, el aire quedaba donde debía estar su cara y él ya estaba en posición de responder. Sin desperdicio, sin pánico, sin movimiento de más, como si tuviera una fracción de segundo extra antes que todos los demás, como si el reloj corriera más despacio para él que para el resto del mundo.

Los mejores peleadores defensivos de la historia del boxeo  son pocos. Willy Pep, el llamado Will o the Wisp, que hacía lo mismo con una ligereza que parecía magia. Pernel Whiteker. Una generación después con ese estilo esquivo que frustraba a rivales de todo tipo, Wilfredo Benítez entra en esa conversación y cuando los que saben de boxeo de verdad la tienen, el nombre del radar siempre aparece.

Debutó como profesional a los 15 años. 15. Dilo en voz alta y que aterrice bien. 15 años arriba de una lona, peleando con adultos por dinero de verdad. en 1973, en una época donde las reglas de protección para los peleadores jóvenes no eran lo que son hoy, donde el negocio del boxeo tenía mucho menos control sobre lo que pasaba con los menores que subían al ring.

Wilfredo empezó a acumular victorias y fue madurando no solo en técnica, sino en algo más difícil de enseñar, en paciencia táctica, en lectura del rival, en esa capacidad de saber cuándo atacar y cuándo dejar que el otro se equivocara y cargara con las consecuencias de su propio error. Para cuando llegó a los 17 años, su récord ya tenía peso suficiente para que su padre presionara por una oportunidad titular.

Y la oportunidad llegó de las más grandes que podía llegar. Antonio Cervantes, Kid Pambé era en ese momento uno de los peleadores más peligrosos del mundo. Colombiano nacido en CT, un hombre que había llegado al título por el camino más duro posible y que había demostrado que sabía defenderlo con una consistencia brutal. Desde 1972 había defendido el cinturón superligío de la MB más de 10 veces.

Lo había hecho contra rivales de distintos estilos, distintas naciones, distintas maneras de pelear. Tenía experiencia, tenía pegada al cuerpo y a la cabeza. tenía la confianza de un campeón que sabe que ha visto de todo y que no se va a dejar sorprender. Cuando llegó a Puerto Rico esa noche de marzo de 1976, nadie que conociera el boxeo de verdad esperaba que un chamaco de 17 años lo pudiera con él.

Los periodistas escribieron sobre el atrevimiento. Los analistas hablaron de la ingenuidad del equipo de Benítez de aceptar una pelea así tan pronto. El consenso era que Wilfredo era un talento, sí, pero que esto era demasiado grande, demasiado rápido. El ambiente en la arena esa noche era el de esas ocasiones donde la esperanza supera la lógica.

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