50 años antes de que el mayo Zambada controlara Sinaloa, una mujer ya había inventado el narcotráfico en México y nadie lo sabe. Quédate hasta el final de esta historia porque lo que vas a escuchar cambiará todo lo que creías saber sobre el origen del narco mexicano. Ayuda a este pequeño canal a alcanzar más personas que aman las historias reales del narcotráfico.
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Era el año 1930 en Ciudad Juárez, Chihuahua, una ciudad fronteriza donde el polvo del desierto se mezclaba con el humo de las cantinas y el olor a sudor de los trabajadores que cruzaban el puente internacional cada mañana. Las calles de tierra se llenaban de vendedores ambulantes, de mujeres con rebos negros cargando canastas, de niños descalzos corriendo entre los carros de caballos.
El sol caía implacable sobre los techos de adobe, creando sombras largas que se escondían en los callejones estrechos, donde se susurraban secretos que nunca debían salir a la luz. En una de esas calles polvorientas, en una casa modesta de paredes encaladas y ventanas pequeñas, vivía una mujer que nadie imaginaba que cambiaría la historia.
Su nombre era Ignacia Yaso, pero todos la conocían simplemente como la Nacha. Tenía 30 años. El cabello negro recogido en un chongo apretado, las manos curtidas por el trabajo duro, los ojos oscuros que parecían ver más allá de lo que la gente mostraba en la superficie. Vestía con sencillez, faldas largas de tela gruesa, blusas de algodón blanco, un reboso que llevaba siempre sobre los hombros, incluso en los días más calurosos.
La Nacha no era una mujer hermosa, según los estándares de la época. No tenía la piel clara que tanto admiraban, no usaba maquillaje, no se rizaba el cabello como las señoritas de sociedad que paseaban por el centro los domingos después de misa. Pero había algo en ella que hacía que la gente la recordara.
Una presencia, una forma de mirar que te decía que esta mujer había visto cosas, había sobrevivido cosas, había aprendido secretos que otros ni siquiera imaginaban. Había nacido en 1900 en un rancho pobre de Chihuahua. Su padre era campesino. Su madre murió cuando ella tenía 12 años, dejándola a cargo de cinco hermanos menores.
Aprendió desde niña que nadie iba a rescatarla, que si quería comer tenía que trabajar, que si quería sobrevivir tenía que ser más fuerte que el hambre, más astuta que la miseria. A los 15 años se casó con Pablo González. No por amor, por necesidad. Necesitaba un hombre que la ayudara a mantener a sus hermanos. Pablo era bueno, trabajador, honesto, todo lo que se podía pedir en esos tiempos.
Pero ser bueno y honesto no llenaba estómagos, no pagaba ropa para los niños, no curaba las enfermedades. Los primeros 10 años de su matrimonio fueron una lucha constante contra la pobreza. Cinco embarazos, cinco nacimientos, dos niños que murieron antes del año. El dolor de enterrar a tus hijos en cajitas de madera que tú misma ayudaste a clavar.

El silencio de las noches cuando no tienes ni una vela para alumbrar la oscuridad, el frío del invierno cuando no hay leña para la estufa, el llanto de los niños pidiendo comida que no existe. La Nacha lavaba ropa ajena, cocía para las familias ricas, vendía tamales en el mercado, hacía cualquier trabajo que pagara, aunque fuera unos centavos.
Y cada noche, cuando todos dormían, se quedaba despierta mirando el techo agrietado de su casa, pensando que tenía que haber una forma mejor, una forma de salir de ese infierno de pobreza. La oportunidad llegó en 1928. Una vecina, una mujer mayor que había vivido en El Paso, le contó en secreto sobre un negocio que podía dar mucho dinero. Medicinas.
Había gente del otro lado que pagaba muy bien por ciertas medicinas que aquí en México se conseguían fácil, pero allá estaban controladas. La Nacha escuchó con atención. Hizo preguntas, muchas preguntas. ¿Qué medicinas? ¿Quién compraba? ¿Cuánto pagaban? ¿Cómo se cruzaban? ¿Había peligro? ¿Qué pasaba si te atrapaban? La vecina le dio nombres, direcciones, contactos y una advertencia. Era peligroso.
Podías ir a la cárcel, podías perder todo, pero si tenías coraje, si eras cuidadosa, podías cambiar tu vida para siempre. La Nacha no durmió esa noche, estuvo calculando, pensando, planeando. Pablo roncaba a su lado ajeno a la revolución que estaba empezando en la cabeza de su esposa. Los niños dormían en sus petates en el cuarto de al lado.
La casa entera dormía, excepto ella. Al amanecer ya había tomado su decisión. Iba a hacerlo. Iba a arriesgarse porque seguir como estaba era una muerte lenta y ella prefería morir de un balazo que de hambre. Empezó pequeño, muy pequeño. Con el dinero que había ahorrado vendiendo tamales durante tres meses, compró su primer paquete de heroína. 2 onzas.
Un farmacéutico de Juárez, que también hacía negocios del lado oscuro, se la vendió. le enseñó cómo reconocer la calidad, cómo cortarla, cómo empaquetarla, cómo esconderla. Su primer cruce fue aterrador. Caminó hasta el puente con las piernas temblando. Llevaba la heroína envuelta en papel encerado, metida dentro de su corsé, pegada contra su piel.
Sentía cada paso como si fuera a explotar, como si todos pudieran ver a través de su ropa, como si los agentes de aduana tuvieran rayos X en los ojos. Buenos días, señora, dijo el agente americano en el puente. Buenos días, respondió ella con voz que intentaba sonar normal. ¿A qué va el paso? A comprar tela para cocerle ropa a mis hijos.
El agente la miró de arriba a abajo. Una mujer sencilla, humilde, con ropa vieja y zapatos gastados, nada sospechosa. La dejó pasar con un gesto de mano. La Nacha cruzó conteniendo el aliento, caminó tres cuadras más, se metió en un baño público, se encerró en un cubículo y empezó a llorar de alivio, de terror, de emoción. Lo había logrado.
Había cruzado su primera carga. La entrega fue en una cantina cerca de la estación de tren. Un hombre con sombrero de vaquero, palabras codificadas que la vecina le había enseñado. El intercambio fue rápido. Él le dio los billetes sin contarlos. Ella le dio el paquete sin hablar.
5 minutos después ya no estaban en la misma cantina. La Nacha regresó a Juárez con $0 en el bolsillo. Que equivalían a dos meses de salario de Pablo por un solo viaje, por media hora de trabajo. Esa noche compró carne para la cena. Carne de verdad, no huesos, no menudencias, visteces. Los niños comieron hasta llenarse. Pablo la miró extrañado.
¿De dónde sacaste para la carne? Me pagaron un trabajo especial. Costura fina para una señora rica. Pablo aceptó la explicación. ¿Por qué iba a sospechar? Su esposa era una mujer honesta, trabajadora, buena madre, buena esposa. Al día siguiente, la Nacha fue al mercado. Compró zapatos para los niños, zapatos usados, pero en buen estado.
Los niños no habían tenido zapatos en dos años. Corrieron por la casa gritando de alegría, enseñándole a todos los vecinos sus zapatos nuevos. A la semana volvió a cruzar, esta vez con menos miedo, con más confianza. El mismo agente la dejó pasar. La misma rutina, el mismo cliente, más dinero en el bolsillo.
A las dos semanas cruzó otra vez. Ya empezaba a conocer los horarios, a saber cuándo había menos vigilancia, cuáles agentes eran más estrictos, cuáles se podían sobornar, cuáles ni siquiera revisaban a las mujeres mayores con aspecto humilde. A los tres meses ya cruzaba dos veces por semana, ya había aumentado las cantidades, ya tenía varios clientes, ya estaba ganando más dinero del que Pablo ganaba en la fábrica de ladrillos.
Pero cada cruce era una obra de teatro, una actuación perfecta, un solo error y todo se derrumbaba. Ignacia desarrolló personajes cuando cruzaba por la mañana temprano. Era la madre pobre que iba a comprar medicinas para su hijo enfermo. Llevaba una carta falsa de un doctor. Tenía lágrimas reales en los ojos cuando el agente le preguntaba.
Los agentes la dejaban pasar por compasión. Cuando cruzaba por la tarde, era la costurera que iba a entregar vestidos a sus clientas americanas. Llevaba telas en una bolsa grande. Las telas escondían los paquetes de heroína envueltos en papel encerado. Los agentes apenas miraban. Una costurera mexicana era demasiado común para sospechar.
Los domingos se vestía con su mejor ropa, la que usaba para misa, se peinaba cuidadosamente, se ponía un poco de colorete, parecía una señora respetable yendo a visitar a familia en El Paso. Los agentes la saludaban con cortesía, nunca la revisaban. Aprendió a leer a la gente, a los agentes especialmente. Después de tr meses, ya sabía cuáles eran los peligrosos.
El agente Miller, un texano alto con bigote amarillo de nicotina, revisaba todo a todos con meticulosidad de cirujano. Cuando Miller estaba de turno, la Nacha no cruzaba. Simple, no valía el riesgo. El agente Johnson era distinto, gordo, perezoso, odiaba su trabajo. Solo quería que terminara su turno para ir a beber. Cuando Johnson estaba de guardia, la Nacha podría haber cruzado con una maleta llena de heroína.
Y él no habría notado. El agente Rodríguez, un mexicano americano de segunda generación que hablaba español con acento gringo, era corrupto. La Nacha lo supo la tercera vez que cruzó. La miró de una forma especial, una mirada que decía, “Sé lo que haces y yo puedo ayudar por un precio.” La Nacha esperó. dejó que Rodríguez la mirara varias veces más, que le hiciera preguntas curiosas, que insinuara cosas, hasta que un día él le dijo en voz baja, “Sé a qué te dedicas, señora.
” El corazón de Ignacia se detuvo, pero su rostro no mostró nada. “Perdón, no te hagas. Sé que cruzas medicinas, drogas, lo que sea. Ignacia lo miró directamente calculando, decidiendo si este era el momento de correr o de negociar. No sé de qué habla, oficial. Rodríguez sonrió. Claro que no. Y yo no vi nada. Nunca veo nada, especialmente cuando recibo, digamos, una gratificación por mi discreción.
¿Cuánto? cada vez que cruces. Yo estoy aquí martes y jueves de 8 a 4. Cruza en esos días. Yo te dejo pasar sin problemas. Ignacia pensó rápido. $ era mucho, pero valía la pena si significaba cruzar sin miedo, sin riesgo, con una gente que activamente la protegía. Trato dijo. Y así comenzó una relación que duraría años.
Rodríguez se convirtió en su seguro, su protección, su ventaja. Gracias a él pudo aumentar las cantidades, cruzar con menos estrés, planear mejor. Con el tiempo contrató a más agentes, no todos, solo los corruptos, los que necesitaban dinero, los que tenían vicios, los que tenían deudas. La Nacha los identificaba, los estudiaba y luego los compraba.
Era más barato pagar sobornos que perder cargamentos. En 1929, la situación económica en Estados Unidos empeoró dramáticamente. El crash de la bolsa en octubre destruyó fortunas de la noche a la mañana. Millones perdieron sus empleos. La desesperación se extendió por todo el país y la gente desesperada busca escape.
Las ventas de alcohol ilegal se dispararon, las apuestas en peleas de gallos y carreras de caballos aumentaron y el consumo de drogas explotó. La heroína ofrecía olvido. Ofrecía un lugar donde esconderse de la realidad brutal. Ofrecía horas de paz artificial en un mundo que se desmoronaba y la Nacha era una de las principales proveedoras en la frontera. La demanda superaba la oferta.
Los clientes hacían fila, pagaban lo que fuera. La Nacha tuvo que buscar más proveedores. Viajó a Sinaloa personalmente. Se reunió con cultivadores de amapola en los pueblos perdidos de la sierra. Negoció precios. estableció rutas de suministro. En uno de esos viajes conoció a don Matías, un viejo que había cultivado a Mapola toda su vida.
50 haáreas escondidas en un valle remoto, protegido por hombres armados con su propio laboratorio rudimentario, donde convertían el opio en heroína. Don Matías había escuchado rumores sobre una mujer de Juárez que estaba cambiando el negocio, que pagaba bien, que pagaba a tiempo, que nunca engañaba a sus proveedores. Cuando la Nacha apareció en su rancho, la recibió con respeto.
“Dicen que eres la más lista de todos los que compran mi producto”, dijo don Matías mientras tomaban café en su terraza, mirando los campos de amapola que se extendían hasta el horizonte. Dicen muchas cosas, algunas son ciertas. ¿Y qué es lo cierto? que pago bien, que compro regular, que si me das calidad te doy lealtad. Don Matías asintió.
Había tenido muchos compradores en sus años. La mayoría era gente traicionera, que regateaba, que prometía y no cumplía, que desaparecía cuando surgían problemas. “Te voy a dar un trato,” dijo. “Tú compras todo lo que produzco. Exclusividad. Yo no le vendo a nadie más. A cambio te garantizo calidad constante, entregas a tiempo y protección en el camino hasta Juárez.
Y si algo sale mal, si los federales te agarran, no me van a agarrar. Tengo a medio pueblo en la nómina, desde el alcalde hasta el último policía. Pero si llega a pasar, tú no sabes quién soy. Nunca me conociste. Nunca estuviste aquí. La Nacha sonrió. Este hombre hablaba su idioma. trato, pero con una condición más.
Si me vendes a alguien más, si rompes el acuerdo, no va a ser bonito. Tengo amigos en todas partes y no perdono la deslealtad. Don Matías extendió su mano. No necesitas amenazarme. Mi palabra vale más que cualquier contrato. Se dieron la mano. Un apretón firme, un acuerdo que duraría 15 años hasta que don Matías muriera de viejo en 1944.
De regreso a Juárez, en el camión que la llevaba por caminos de tierra polvorientos, la Nacha contó los bultos de heroína que don Matías le había dado como primer envío. 20 kg. La cantidad más grande que había movido en su vida. Su valor en la calle era miles de dólares. Su corazón latía rápido, pero su mente estaba fría.
Calculando, planeando, visualizando los próximos pasos. Este era el momento, el momento en que dejaba de ser una traficante pequeña y se convertía en algo más grande, en una operadora, en alguien que controlaba la cadena completa, desde la producción hasta la venta final. Cuando llegó a casa, Pablo la esperaba nervioso.
Había estado preocupado toda la semana. Ignacia había estado fuera cinco días sin comunicación, en territorio peligroso. “Necesitamos hablar”, dijo ella después de quitarse el polvo del camino. Se sentaron en la cocina. Los niños dormían. La casa estaba en silencio. Solo el sonido de perros ladrando a lo lejos y el viento silvando por las grietas de la ventana.
Esto se está poniendo muy grande, Pablo. Ya no es un negocio pequeño. Estamos moviendo cantidades que si nos agarran nos van a meter a la cárcel por décadas o nos matan. Pablo tragó saliva. Sabía que ese día llegaría. ¿Qué propones? Necesitamos ser más profesionales, más organizados, más cuidadosos y necesitamos protección. Protección real.
No solo agentes de aduanas sobornados. Necesitamos a la policía de Juárez de nuestro lado, a los políticos, a los militares, a todos. ¿Y cómo hacemos eso? Dinero, mucho dinero. Todos tienen un precio. Hay que encontrarlo y pagarlo. Pablo asintió lentamente. Y si no funciona, Ignacia lo miró con ojos duros como piedra.
Entonces, nos vamos de México. Tengo contactos en California. Podríamos empezar de nuevo allá, pero prefiero quedarme. Este es nuestro territorio, nadie nos va a sacar. Esa conversación marcó el inicio de la verdadera expansión. La Nacha empezó a sobornar sistemáticamente. El jefe de policía de Juárez fue el primero. Un hombre ambicioso llamado Capitán Morales, que ganaba 120 pesos al mes y tenía seis hijos que alimentar.
La Nacha le ofreció 500 pesos al mes. Una fortuna. A cambio, Morales tenía que advertirle de cualquier operación que planearan contra ella. Tenía que desviar investigaciones, tenía que proteger sus bodegas y a su gente. Morales aceptó sin dudarlo. 500 pesos eran más de lo que ganaba en 4 meses. Su esposa podría tener ropa nueva, sus hijos podrían ir a buenas escuelas, podrían comer carne todos los días.
El siguiente fue el alcalde de Juárez, un corrupto que ya recibía dinero de casinos ilegales y prostíbulos. La Nacha le ofreció 1000 pesos al mes. Él aceptó con una sonrisa. El coronel de la guarnición militar local fue más difícil. Era un hombre de principios, o al menos eso decía. Rechazó la primera oferta y la segunda.
La Nacha no insistió. En lugar de eso, investigó. descubrió que el coronel tenía una amante en el paso, una cantante de cabaret, joven, bonita, cara. El coronel gastaba en ella más de lo que podía permitirse con su salario militar. Estaba endeudado, desesperado. La Nacha se acercó diferente la tercera vez. No ofreció un soborno directo.
Ofreció pagar las deudas del coronel. 2000 pesos. Sin preguntas, sin condiciones explícitas. El coronel aceptó y después, cuando la Nacha necesitaba un favor, él no podía decir que no, porque ahora estaba comprometido, ahora era cómplice. Así construyó su red de protección paso a paso, persona por persona, identificando debilidades, explotándolas, comprando lealtades.
En 1930, la Nacha era intocable en Juárez. Nadie se atrevía a tocarla. Todos sabían quién era, todos sabían a qué se dedicaba, pero nadie podía hacer nada porque todos los que importaban estaban en su nómina. Pero el verdadero salto llegó cuando conoció a don Antonio. El encuentro fue casual, o quizás no.
En el mundo del narcotráfico, pocas cosas suceden por casualidad. Era octubre de 1930. La Nacha estaba entregando un paquete pequeño a uno de sus clientes regulares, un farmacéutico en el paso que compraba morfina para revenderla discretamente. El farmacéutico, un hombre nervioso de 60 años llamado Bernardo, la hizo esperar en la trastienda mientras atendía a unos clientes.
Mientras esperaba, sentada en una silla desvencijada entre cajas de medicamentos, escuchó voces en la oficina contigua. Una voz rasposa de hombre mayor hablando en español con acento del norte de México. Necesito más opo, Bernardo. Mis clientes están preguntando. Los fumaderos están llenos todas las noches. Tengo lista de espera.
Don Antonio, yo solo consigo lo que puedo. Mi proveedor actual es poco confiable, a veces llega, a veces no, y la calidad varía. Pues encuentra otro proveedor. Te pago bien, muy bien, pero necesito consistencia. Necesito alguien que no me falle. La Nacha prestó atención. Opio, fumaderos.
Cliente insatisfecho buscando proveedor confiable. Cuando Bernardo regresó para pagarle, ella preguntó directamente, “¿Ese señor que estaba aquí? Don Antonio, ¿quién es?” Bernardo palideció. Nadie. Un cliente. No es asunto tuyo, Ignacia. Necesita opio. Escuché. Yo puedo conseguirlo mucho. Buena calidad, precio justo. Bernardo la miró como si hubiera perdido la razón.
Don Antonio es es alguien importante, peligroso. No es como los pequeños encargos que tú haces. Él mueve cantidades grandes. Tiene conexiones, protección. No querrá tratar con una mujer desconocida que cruza paquetes escondidos en su ropa. Déjame hablar con él. Solo eso, si no le interesa, no pasó nada.
Bernardo dudó, pero don Antonio era buen cliente y si la Nacha realmente podía proveer opio de calidad constante, Bernardo también se beneficiaría. Tendría dos clientes grandes en lugar de uno. Está bien, regresa mañana a las 8 de la noche, él vendrá. Pero si le haces perder el tiempo, nunca más vuelvas a mi farmacia. La Nacha regresó al día siguiente.
Llegó temprano. Se vistió con su mejor ropa limpia, pero sin exagerar. Quería parecer respetable, confiable, no ostentosa. Don Antonio llegó exactamente a las 8. Era un hombre de unos 60 años, robusto, con bigote canoso perfectamente recortado y traje oscuro de buena calidad. Usaba sombrero fedora negro. Caminaba con bastón, no por necesidad, sino por elegancia.
Sus ojos eran grises, fríos, calculadores. Cuando vio a la Nacha esperando en la trastienda, frunció el ceño. Bernardo, ¿quién es esta mujer? Don Antonio, ella es Ignacia González, la que le mencioné. Dice que puede conseguir opio de calidad. Don Antonio la miró de arriba a abajo sin disimulo, evaluándola como se evalúa mercancía.
Tú, una mujer, ¿cuánto has movido en tu vida? unas cuantas onzas escondidas en tu falda. La Nacha no se inmutó, sostuvo su mirada. He cruzado heroína, morfina y opio durante dos años. Nunca me han detenido. Nunca he perdido un cargamento. Tengo fuentes confiables en México. Sé cómo cruzar. Sé cómo no llamar la atención.
Yo necesito cantidades que tú ni siquiera puedes imaginar. 5 libras por semana, a veces más. ¿Puedes manejar eso, 5 libras? Más de 2 kg. Era 20 veces más de lo que ella cruzaba normalmente. Pero la Nacha no titubió. Puedo. ¿Y si te arrestan? ¿Y si hablas? Nunca hablo. Y no me van a arrestar. Soy una mujer humilde que cruza para visitar familia.
Los agentes ni me miran dos veces. Don Antonio se acercó más. Olía a tabaco caro y colonia europea. Su voz bajó de volumen, pero ganó en intensidad. Si me fallas una vez, no hay segunda oportunidad. Si robas aunque sea un gramo, no hay segunda oportunidad. Si hablas con alguien sobre nuestro negocio, no hay segunda oportunidad.
¿Entiendes lo que significa no hay segunda oportunidad? Entiendo perfectamente y yo tengo mis propias condiciones. Pago por adelantado o al momento de entrega. Nunca crédito, respeto mutuo. Y si usted me falla, yo también me voy. Don Antonio sonró. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Me gusta que tengas agallas. Está bien. Te daré una prueba. 2 libras de opio, máxima calidad. Lo necesito en 5 días. Te pagaré $100. 50. Ahora, 50. Cuando entregues. $100. Era más dinero del que la Nacha ganaba en tres meses de cruces pequeños. Pero quiero ver dónde va a terminar mi mercancía. Quiero ver tus fumaderos. Don Antonio levantó una ceja.
¿Por qué? Porque si voy a arriesgar mi libertad trayendo grandes cantidades, necesito saber que valen la pena. Necesito saber que no me estás usando para algo que va a explotar en mi cara. Don Antonio la estudió en silencio durante varios segundos, luego asintió. Muy bien, ven conmigo. Salieron por la puerta trasera de la farmacia.
Don Antonio tenía un packart negro estacionado en el callejón. Un chóer con cara de pocos amigos esperaba al volante. Subieron al asiento trasero. Manejaron en silencio durante 15 minutos por las calles del paso. Cruzaron el centro. Pasaron por el barrio chino. Llegaron a una zona industrial cerca de las vías del tren.
Almacenes viejos, edificios abandonados, poca iluminación. El carro se detuvo frente a un edificio de ladrillo de dos pisos. Desde afuera parecía vacío. Ventanas tapadas, pintura descascarada, un letrero oxidado que decía Texas Storage Company. Entraron por una puerta lateral. Un guardia con pistola al cinto los dejó pasar sin decir palabra.
Subieron escaleras angostas. El olor a opio quemado se hizo más fuerte con cada escalón. Un olor dulce empalagoso que se pegaba a la garganta. En el segundo piso había una puerta de madera con mirilla. Don Antonio tocó tres veces. Patrón específico. La mirilla se abrió. Ojos amarillentos los observaron. La puerta se abrió.
El fumadero. La Nacha nunca había visto algo así. Era una sala grande de unos 20 m de largo. Las ventanas estaban completamente cubiertas con madera y cortinas gruesas, iluminación tenue de lámparas de aceite con pantallas rojas. El aire era denso, casi sólido, humo de opio flotando en capas, creando formas fantasmales bajo la luz rojiza.
A lo largo de las paredes había catresa, tal vez 40 catres en total. En cada uno yacía una persona. Chinos con largas trenzas, mexicanos con ropa de trabajo, incluso algunos americanos blancos con trajes caros, todos acostados de lado, perdidos en sueños inducidos por el opio. Entre los catres caminaban mujeres jóvenes chinas en su mayoría.
Preparaban las pipas, calentaban bolitas de opio negro sobre llamas pequeñas hasta que burbujeaban y humeaban. Colocaban el opio derretido en las pipas largas de bambú con cabezales de cerámica. Se las entregaban a los fumadores que inhalaban profundamente, retenían el humo, luego lo expulsaban lentamente mientras sus ojos se ponían vidriosos y sus cuerpos se relajaban completamente.
El sonido era extraño, respiraciones profundas, exhalaciones largas, murmullos incoherentes, alguna risa ocasional sin razón aparente, el borboteo constante del opio al quemarse. En un rincón había un mostrador donde un chino viejo con barba larga cobraba a los nuevos clientes. $ por una sesión de 2 horas. $10 toda la noche.
Los fumadores pagaban, recibían un número de catre, se quitaban los zapatos y se acostaban a esperar su pipa. Don Antonio la guió entre los catres. Llegaron a un cuarto pequeño en la parte trasera, su oficina, escritorio de madera oscura, caja fuerte en la pared, ventana pequeña con vista al callejón para escapar si era necesario.
Se sentó detrás del escritorio. La Nacha permaneció de pie. Esto es uno de cuatro fumaderos que controlo en el paso. Este es el más grande. Los otros tres son más pequeños, pero igual de productivos. Entre los cuatro consumimos aproximadamente 20 libras de opio al mes, a veces más cuando hay eventos especiales, Navidad, Año Nuevo, días de pago en las fábricas y todos tus proveedores actuales no pueden cubrir eso. Tengo tres proveedores.
Uno en California que trae opio de San Francisco, otro aquí local que lo consigue de los chinos que lo cultivan en pequeñas parcelas en Nuevo México y uno en México que cruza cantidades pequeñas. Pero ninguno es consistente. Ninguno tiene calidad garantizada y los tres cobran demasiado porque saben que dependo de ellos.
Si yo te proveo la cantidad que necesitas, ¿dejarías a los otros? Si me demuestras que puedes hacerlo durante 6 meses sin fallar, sí, te daría todo el negocio, pero tiene que ser calidad superior. Opio negro de Sinaloa o Durango, nada de esa basura café que cultivan aquí los principiantes. La Nacha asintió. Ya estaba calculando.
5 libras por semana serían 260 libras al año. A 50 la libra serían $,000 anuales. Solo de don Antonio. Si realmente le gustaba el producto y le daba todo su negocio, serían 20 libras al mes, $,000 mensuales, 12,000 al año, más de lo que Pablo ganaba en 10 años trabajando en la fábrica.
Puedo conseguirte el opio que necesitas, pero necesito tiempo para organizarme. 5 días para las dos libras de prueba. Luego dame dos semanas para establecer la cadena de suministro permanente. Después de eso, entregas semanales sin falta. Trato. Toma. Don Antonio sacó $50 del cajón del escritorio y se los extendió. 50. Ahora. 50 cuando entregues.
Si todo sale bien, estableceremos un acuerdo permanente. La Nacha tomó el dinero. Era más efectivo del que había tenido junto en toda su vida. Esa noche, cuando regresó a Juárez, esperó a que los niños estuvieran dormidos. Luego habló con Pablo en la cocina. Le contó todo. Don Antonio, los fumaderos, las cantidades, el dinero. Pablo escuchó en silencio.
Cuando ella terminó, él no dijo nada. durante un largo minuto. Solo miraba la mesa pensando, finalmente habló. Si hacemos esto, no hay vuelta atrás. Ya no serán pequeños encargos. Será un negocio real, con riesgos reales. Lo sé. Si nos arrestan, iremos a prisión por años. Los niños crecerán sin nosotros.
Por eso no nos van a arrestar. Seremos más cuidadosos que nunca, mejores que nunca. Y si lo hacemos bien, podríamos darles a nuestros hijos una vida que nosotros nunca tuvimos. Exactamente. Pablo la miró a los ojos. En ellos vio determinación, hambre, inteligencia y amor. Todo mezclado. Está bien, lo haremos, pero a mi manera, con organización, con planeación, con sistemas.
Eso, ¿qué significa? Significa que dejas la fábrica mañana mismo. Te dedicas completamente a esto. Tú manejas las relaciones con clientes y proveedores. Yo manejo la logística, los cruces, el dinero, la seguridad. Dividimos responsabilidades. Así si algo sale mal, no cae todo al mismo tiempo. La Nacha sonríó. Socio. Pablo extendió la mano. Socia.
se dieron la mano sin papeles, sin abogados, solo palabra y confianza. Esa decisión tomada en una cocina humilde de Juárez en octubre de 1930 cambió todo. Los siguientes 5co días fueron un torbellino. La Nachajó a Chihuahua, habló con don Matías, le explicó la situación. Necesitaba dos libras de opio negro de la más alta calidad ahora y luego necesitaría cantidades regulares cada semana.
Don Matías sonrió con su sonrisa de oro. Finalmente estás pensando en grande, mi hija. Me da gusto. Te conseguiré lo que necesitas, pero para cantidades así, necesitas pagar por adelantado. No puedo arriesgar mercancía de ese valor sin garantías. La Nacha le dio 30 de los 50 que había recibido de don Antonio.
Don Matías le prometió el opio en tr días. Cumplió. Tres días después tenía dos libras del mejor opio negro de Sinaloa. Resina oscura como la noche, pegajosa, aromática, la calidad que los fumaderos exigían. Mientras tanto, Pablo trabajó en la logística. Compraron un Ford Modelo A usado por $80. No era nuevo, pero corría bien.
Pablo pasó dos días en un taller mecánico con un amigo de confianza. Le quitaron el asiento trasero, construyeron un compartimiento falso debajo, perfecto para esconder hasta 10 libras de opio. Imperceptible a simple vista, solo alguien que desmontara completamente el interior lo encontraría. El quinto día, todo estaba listo.
La Nacha cruzó el puente en el Ford a media mañana, vestida como ama de casa de clase trabajadora. Pablo iba en el asiento del pasajero vestido con ropa de obrero. Llevaban bolsas de compras con frutas y verduras en el asiento trasero para disimular. Debajo, en el compartimiento secreto, las dos libras de opio.
El agente de aduana era uno que la nacha no había sobornado aún. Un americano joven de Iowa que tomaba su trabajo demasiado en serio. Propósito de su visita a Estados Unidos. Compras oficial para la semana. ¿Traen algo que declarar? Solo frutas y verduras. ¿Quiere verlas? El agente miró las bolsas en el asiento trasero.
Bolsas abiertas donde claramente se veían manzanas, jitomates, cebollas. No es necesario. ¿Cuánto tiempo piensan quedarse? Solo el día de hoy. Regresamos esta noche. Adelante. Así de fácil. El compartimiento secreto funcionó perfectamente. Esa tarde, la Nacha entregó las dos libras a don Antonio en el fumadero. Él las inspeccionó personalmente.
Calentó una muestra pequeña, probó el olor, la textura, asintió con aprobación. Esto es calidad superior, mejor que lo que he conseguido en meses. Le pagó los $50 restantes. Luego sacó un sobre con más dinero. Aquí hay $500. Adelanto para las próximas 10 entregas. 5 libras cada semana durante 10 semanas. Si cumples todo sin falta, pasamos a un acuerdo permanente.
20 libras al mes, $1,000 mensuales. Pago mitad adelantado, mitad al recibir, $500. La Nacha nunca había tenido tanto dinero junto. Trato. Y así comenzó una relación comercial que duraría años. Don Antonio se convirtió en su cliente más grande y más leal. Nunca le falló. Nunca se retrasó en los pagos, nunca cuestionó la calidad, porque la Nacha nunca le dio razones para hacerlo.
Ella cumplió cada entrega, cada semana sin falta, durante 10 semanas, luego 20 semanas, luego todo el año. Don Antonio, impresionado con la consistencia y profesionalismo, empezó a recomendarla con otros. Pronto la Nacha tenía una docena de clientes regulares, doctores que compraban morfina para sus pacientes ricos y también para revender en el mercado negro.
Farmacéuticos que hacían lo mismo, dueños de cantinas clandestinas que ofrecían drogas junto con el alcohol ilegal que vendían durante la prohibición. Proxenetas que les daban heroína a sus prostitutas para mantenerlas adictas, dependientes y controladas. El dinero fluía, mucho dinero, más dinero del que la Nacha había visto en toda su vida.
Compraron una casa más grande, dos casas, tres. Invirtieron en negocios legítimos como fachada, una tienda de telas, una carnicería, un taller de mecánica. Pablo resultó ser bueno para los números, para llevar cuentas, para organizar rutas y horarios, para tratar con proveedores. Mientras la Nacha era la cara del negocio, la que tomaba decisiones estratégicas, Pablo manejaba la logística.
Contrataron a su primer empleado en 1931. Un joven de 18 años llamado Martín, que necesitaba dinero para mantener a su madre enferma. Lo pusieron a cruzar pequeñas cantidades, le pagaban bien. Le enseñaron cómo hacerlo, cómo vestirse, cómo actuar. ¿Qué decir si lo interrogaban? Martín fue el primero de muchos.
En dos años ya tenían 20 personas trabajando para ellos. Cruzadores, empacadores, guardaespaldas, mensajeros. Una pequeña organización que operaba con eficiencia militar. La Nacha estableció reglas claras desde el principio. Nada de violencia innecesaria, nada de llamar la atención, nada de drogas para consumo personal. Todos sus empleados tenían que estar limpios y alertas.
Nada de hablar del negocio fuera del trabajo, nada de robar. La lealtad se pagaba bien, la traición se castigaba sin piedad. Solo hubo una traición en esos primeros años. Un cruzador llamado Joaquín, que pensó que podía robar mercancía y venderla por su cuenta, robó 2 kg de heroína de alta calidad, valor de miles de dólares.
La Nacha se enteró en menos de 24 horas. Tenía ojos en todas partes. Gente que le debía favores, gente que le tenía lealtad, gente que sabía que era mejor trabajar con ella que contra ella. Mandó a tres hombres a buscar a Joaquín. Lo encontraron tratando de cruzar a Texas con su familia. Lo trajeron de regreso a Juárez.
Lo metieron en un cuarto en el sótano de una de las casas de la Nacha. Ella bajó sola. Sin Pablo, sin nadie más, solo ella y Joaquín. El hombre estaba amarrado a una silla, sudando, temblando, suplicando. “Tú sabías las reglas”, dijo la Nacha con voz tranquila. Te pagaba bien, te trataba con respeto, te di trabajo cuando nadie más te lo daba y así me pagas.
Por favor, doña Nacha, tengo familia. Yo también tengo familia y tengo un negocio que proteger. Si dejo que tú me robes y no pasa nada, todos van a pensar que pueden robarme. No puedo permitirlo. Sacó una pistola de su falda, una pun 38 que Pablo le había enseñado a usar. Joaquín empezó a gritar, a suplicar, a llorar. La Nacha no dudó, le disparó una vez en la cabeza.
El cuerpo se desplomó junto con la silla. La sangre empezó a extenderse por el piso de cemento. Ella guardó la pistola, subió las escaleras, le dijo a sus hombres que limpiaran el desastre, que se deshicieran del cuerpo, que dejaran claro a todos que esto era lo que pasaba con los traidores. Esa noche cenó tranquila con su familia.
Ayudó a sus hijos con sus tareas. Se acostó a dormir sin pesadillas. Había hecho lo necesario. Nada más, nada menos. La noticia se corrió rápido en el bajo mundo de Juárez. La Nacha no perdonaba traiciones. La Nacha era seria. La Nacha era peligrosa a pesar de ser mujer, o tal vez precisamente porque era mujer, porque nadie esperaba esa dureza en alguien que se veía como una madre de familia cualquiera.
Los años 30 fueron de construcción constante. La operación creció, se expandió. Ya no solo trabajaban en Juárez, ahora tenían contactos en Chihuahua, en Sinaloa, donde compraban el opio directamente a los campesinos, en Durango, donde había laboratorios que procesaban la heroína. En Monterrey, donde había rutas alternativas hacia Texas, la Nacha viajaba constantemente supervisando, negociando, estableciendo alianzas, resolviendo problemas.
Pablo se quedaba en Juárez manejando las operaciones diarias. En 1935, durante uno de sus viajes a Sinaloa, la Nacha conoció a un joven de 23 años que estaba empezando en el negocio. Se llamaba Pedro Avilés Pérez. Sería años después conocido como el pionero del narco en Sinaloa, el primero en usar avionetas para transportar droga, el hombre que transformaría el cultivo artesanal de amapola en una industria millonaria.
Pero en aquel día de marzo de 1935, Pedro era apenas un muchacho ambicioso con las manos callosas y la ropa remendada, un campesino que cultivaba a Mapola en una parcela escondida en las montañas de Badirahuato, que bajaba al pueblo cada dos semanas con su cosecha envuelta en Petates, que vendía el opio crudo a intermediarios que le pagaban una miseria, que soñaba con algo más grande, pero no sabía cómo lograrlo.
El encuentro sucedió en el rancho de don Matías. el proveedor principal de la nacha. Era una tarde calurosa de primavera. La nacha había viajado desde Juárez en tren, luego en camión, luego a caballo por caminos de terracería que serpenteaban entre las montañas. Llegó al rancho cubierta de polvo, con el sol quemándole la nuca, pero con los ojos alerta y la mente calculando números.
Don Matías la recibió en el corredor de su casa. Una construcción simple de adobe con techo de teja. Había café recién hecho, tortillas calientes, carne seca, conversación sobre la cosecha, sobre los precios, sobre la calidad del opio de ese año. Tengo un muchacho aquí que quiero que conozcas, dijo don Matías después de un rato.
Es de Badiraguato, trabaja duro, tiene una parcela pequeña, pero la cuida mejor que nadie. El opio que produce es de primera calidad, puro, sin adulteraciones. ¿Por qué quieres que lo conozca? Preguntó la Nacha bebiendo su café sin prisa. Porque está buscando expandirse. Necesita un comprador confiable, alguien que le pague bien y constante.
Y tú necesitas más proveedores. Buenos proveedores. Este muchacho puede ser uno de ellos. La Nacha asintió. Tráemelo. Minutos después, Pedro Avilés Pérez entró al corredor. Era delgado, casi flaco, con piel curtida por el sol y ojos que brillaban con una mezcla de nerviosismo y determinación. Llevaba ropa limpia pero gastada, sombrero de palma en la mano, botas remendadas, olía a tierra mojada y a sudor honesto de trabajo.
“Don Matías me mandó llamar”, dijo con voz tímida. Siéntate, muchacho, dijo la Nacha señalando una silla de madera. Don Matías me dice que produces buen opio. Pedro se sentó al borde de la silla como si estuviera listo para saltar en cualquier momento. Miraba a la Nacha con curiosidad, mezclada con respeto. Había oído hablar de ella.
Todos en Sinaloa habían oído hablar de la nacha de Juárez, la mujer que controlaba el cruce de la frontera, la mujer que había conseguido lo que ningún hombre había logrado. Una operación estable, segura, rentable. Sí, señora. Cultivo 3 hectáreas en la sierra. Amapola pura, sin mezclas. Sé cómo cortarla en el momento exacto.
Cómo extraer el látex sin desperdiciar nada. ¿Cómo secarlo bien para que no se eche a perder? ¿Cuánto produces al año?”, preguntó la Nacha. Unos 60 kg de opio crudo. Depende de las lluvias, de las heladas. Este año fue bueno. Saqué 70 kg. ¿Y a quién se lo vendes? ¿A quién me lo compre? Normalmente a los intermediarios del pueblo.
Me pagan 15 pesos el kilo, a veces menos y dicen que la calidad no es buena. La Nacha hizo números mentales. 70 kg a 15 pesos eran 1050 pesos al año. Una miseria. Con eso Pedro apenas sobrevivía, compraba lo mínimo, comía lo justo. No le quedaba nada para reinvertir, para expandirse, para crecer. ¿Y te gustaría vender más?, preguntó la Nacha.
Los ojos de Pedro se iluminaron. Claro que sí, señora. Tengo tierra. Conozco más rancheros que tienen tierra buena. Podría producir el doble, el triple, pero necesito capital, semillas, herramientas y necesito un comprador que me pague bien y constante. La Nacha lo estudió en silencio durante largo rato. Vio en ese muchacho nervioso algo que reconoció inmediatamente.
Hambre, no de comida, hambre de éxito, de poder, de ser alguien. La misma hambre que ella había sentido cuando empezó. La misma determinación, la misma voluntad de arriesgarse. “Te voy a hacer una propuesta”, dijo finalmente. Yo te compro toda tu producción. Toda. No importa cuánto produzcas, te pago 25 pesos el kilo.
Siempre sin regateos, sin trucos. El pago es en efectivo. En el momento de la entrega, nunca te voy a deber. Pedro abrió la boca ligeramente. 25 pesos el kilo era casi el doble de lo que los intermediarios le pagaban. Pero tengo condiciones, continuó la nacha. Primera, exclusividad total. Me vendes solo a mí.
Si descubro que le vendes a otro, se acaba el trato. Segunda. Calidad garantizada. Si me mandas opio adulterado, malo, de baja calidad, se acaba el trato. Tercera, discreción absoluta. Nadie puede saber que trabajas para mí, ni tu familia, ni tus amigos, ni tus vecinos. Este es un negocio secreto. ¿Entendido? Pedro asintió rápidamente. “Sí, señora, he entendido.
Hay una cosa más”, dijo la Nacha, inclinándose levemente hacia delante. “En este negocio vas a enfrentar muchas tentaciones. Vas a conocer gente que te vaen a ofrecer cosas: dinero rápido, sociedades, atajos. Vas a ver a otros hacerse ricos de la noche a la mañana con métodos que parecen fáciles. No caigas en eso.
Los que se hacen ricos rápido caen rápido también. Los que duran son los que construyen despacio. Los que no llaman la atención, los que trabajan en las sombras. Pedro la escuchaba con total concentración, absorbiendo cada palabra como si fuera enseñanza sagrada. Otra cosa, continuó la Nacha, nunca uses tu propia mercancía. Nunca.
Los que se drogan pierden el juicio, toman malas decisiones, se vuelven descuidados. En este negocio, ser descuidado te mata o peor, te manda a la cárcel. ¿Y cómo sabe usted todo esto, señora?, preguntó Pedro con genuina curiosidad. Porque llevo 7 años en el negocio. He visto caer a docenas de hombres que pensaban que eran listos, que pensaban que tenían todo bajo control.
Unos murieron, otros están presos, otros perdieron todo su dinero. Los que sobrevivimos somos los que aprendimos a ser pacientes, cuidadosos, invisibles. Pedro asintió lentamente. Estaba recibiendo más que un contrato comercial. Estaba recibiendo una maestría completa en cómo sobrevivir en un negocio donde la mayoría moría joven. “Hay otra lección importante”, dijo la Nacha.
En este negocio, la violencia debe ser tu última opción, no la primera. Muchos hombres resuelven todo con balas. Eso llama la atención. Eso trae problemas. Eso hace que las autoridades se pongan serias. La verdadera inteligencia está en evitar conflictos, en negociar, en encontrar soluciones que beneficien a todos. La violencia debe usarse solo cuando ya no hay otra salida y aún así debe ser rápida, limpia, silenciosa.
Usted ha tenido que usar violencia, señora. Una sola vez, hace 3 años, un socio me robó. Le dio oportunidad de devolver lo que era mío. Se negó. Pensó que por ser mujer no haría nada. Se equivocó. Mandé dos hombres a su casa una noche. Al día siguiente apareció colgado de un árbol. El mensaje fue claro.
Desde entonces nadie me ha robado. El silencio que siguió fue pesado. Pedro tragó saliva. Entendió que la mujer frente a él, que hablaba con voz suave y tomaba café con educación, era capaz de cosas que pocos hombres se atreverían a hacer. “Entonces, ¿aceptas el trato?”, preguntó la Nacha. “Sí, señora, acepto.” La Nacha extendió su mano. Pedro la estrechó.
El apretón fue firme, seco, definitivo, un pacto sellado sin papeles, sin testigos. Solo la palabra de dos personas que entendían que en ese mundo la palabra valía más que cualquier contrato. “Te voy a adelantar 500 pesos”, dijo la Nacha. “Para que compres semillas, para que expandas tus cultivos, para que contrates ayuda si la necesitas.
Lo descontaré de las primeras entregas, pero quiero que empieces a producir más desde ahora. Necesito expandir mi operación y necesito proveedores confiables. Gracias, señora. No la voy a decepcionar. Más te vale, porque si me decepcionas, no tendrás segunda oportunidad. Don Matías, que había observado toda la conversación en silencio desde el otro extremo del corredor, sonríó satisfecho.
Acababa de presenciar el nacimiento de una sociedad que duraría años, que haría rico a Pedro Avilés, que consolidaría aún más el poder de la Nacha, que cambiaría la historia del narcotráfico en Sinaloa. Antes de irse, la Nacha le dijo a Pedro una última cosa. ¿Sabes por qué te estoy dando esta oportunidad? Porque veo en ti lo que otros no ven.
Veo hambre de progreso, veo inteligencia, veo disciplina, pero sobre todo veo que eres de los que escuchan, de los que aprenden, de los que no creen que ya lo saben todo. Esos son los que llegan lejos en este negocio. Los arrogantes mueren rápido. Voy a recordar todo lo que me dijo hoy, señora. Todo, hazlo.
Y un día, cuando seas viejo y alguien te pregunte cómo lo lograste, vas a recordar este día. Vas a recordar que todo empezó aquí con una mujer de Juárez que vio potencial en un muchacho de Badirahuato. Pedro Avilés Pérez nunca olvidó esa conversación. Años después, cuando ya tenía avionetas, cuando ya controlaba gran parte del tráfico de drogas en Sinaloa, cuando era considerado el pionero de la aviación narco en México, cuando jóvenes como Héctor Luis Palmas Alguera y Joaquín Guzmán Lo era, lo buscaban para aprender del negocio.
Siempre contaba la historia de la Nacha. Ella fue mi maestra, decía. Ella me enseñó que este negocio no es de locos ni de violentos, es de gente inteligente, paciente, disciplinada. Todo lo que soy se lo debo a una mujer que me dio una oportunidad cuando nadie más lo hizo. Y era verdad. Ese día de marzo de 1935, en un rancho perdido en las montañas de Sinaloa, se había formado un vínculo que trascendería décadas.
La Nacha le dio a Pedro su primera oportunidad real, le enseñó los principios que lo convertirían en leyenda. Le mostró que el narcotráfico podía ser un negocio serio, organizado, profesional. Pedro nunca la traicionó. Durante años le entregó su mejor opio, siempre con la calidad prometida, siempre a tiempo, siempre con discreción.
Y la Nacha siempre le pagó exactamente lo acordado, sin demoras, sin trucos. Con el respeto que merece un socio confiable. Fue una relación comercial perfecta, basada en confianza mutua, en beneficio compartido, en el entendimiento de que en un negocio ilegal la palabra valía más que el oro. Décadas después, cuando historiadores estudiaban la evolución del narcotráfico en México, identificaron ese momento como crucial.
El encuentro entre la Nacha de Juárez y Pedro Avilés Pérez de Sinaloa, la pionera del cruce fronterizo y el futuro rey de la aviación narco, dos visionarios, dos innovadores, dos personas que entendieron que las drogas podían ser algo más que un negocio callejero improvisado. Y todo comenzó con una conversación en un corredor con café y tortillas, con una mujer que vio potencial donde otros solo veían a un campesino pobre, con un joven que tuvo la sabiduría de escuchar.
Ese mismo año, 1935, la Nacha tuvo su primer encuentro serio con las autoridades mexicanas, no los policías locales que estaban en su nómina, sino federales de Ciudad de México, agentes que venían con órdenes de investigar el tráfico de drogas en la frontera. Vivía con su esposo Pablo González, un hombre callado y trabajador que se ganaba la vida como empleado en una fábrica de ladrillos.
Tenían cinco hijos que corrían por la casa llenándola de gritos y risas. Desde afuera, desde la calle Polvorienta, parecía una familia como cualquier otra. Una mujer de su casa, un hombre honesto, niños jugando, comida humilde en la mesa, nada especial, nada que llamara la atención. Pero eso era exactamente lo que la Nacha quería que vieran, porque detrás de esa fachada de mujer común, de madre abnegada, de esposa obediente, la Nacha estaba construyendo algo que nadie en México había construido antes, algo que ni siquiera tenía nombre todavía, algo que
décadas después se convertiría en el negocio más poderoso y más sangriento de toda América Latina. Todo comenzó con las plantas, con la amapola que crecía salvaje en las montañas de Sinaloa y Durango, con la marihuana que los campesinos cultivaban en pequeñas parcelas escondidas, plantas que la gente usaba desde tiempos ancestrales para calmar el dolor, para dormir mejor, para olvidar por un rato el hambre y el cansancio.
Plantas que los curanderos conocían bien y que los abuelos fumaban en pipas de barro mientras contaban historias al final del día. Pero la Nacha vio algo diferente en esas plantas. Vio dinero, vio poder, vio una oportunidad que nadie más estaba viendo. Del otro lado del puente, en El Paso, Texas, había soldados americanos que volvían de la Primera Guerra Mundial, adictos a la morfina que les daban para el dolor.
Había trabajadores de las fábricas que buscaban algo para soportar los turnos de 12 horas. Había gente rica que quería drogas exóticas para sus fiestas. Había demanda. Había mercado y no había nadie que estuviera suministrando de manera organizada. La Nacha empezó pequeña, muy pequeña, con paquetitos de heroína envueltos en papel de periódico que escondía entre la ropa cuando cruzaba el puente a pie, mezclada con las trabajadoras domésticas que iban a limpiar casas en el paso, con bolsitas de marihuana cocidas dentro de muñecas de trapo que sus hijos llevaban como si
fueran juguetes, con frasquitos de láudano disimulados entre los productos de la canasta del mercado. Al principio, Pablo, su esposo, no sabía nada. Ella cruzaba el puente dos, tres veces por semana. Decía que iba a comprar telas más baratas en el paso, que iba a visitar a una prima enferma, que iba a la farmacia americana porque las medicinas eran mejores.
Pablo no preguntaba mucho. Era un hombre sencillo que confiaba en su mujer, que trabajaba de sol a sol en la fábrica, que llegaba cansado a casa y se conformaba con un plato de frijoles y unas tortillas calientes. Pero los meses pasaron y la nacha empezó a llegar con cosas: telas caras, ollas nuevas, zapatos para los niños que nunca habían tenido zapatos nuevos.
Un día llegó con un gramófono, otro día con una máquina de coser singer. Las vecinas empezaron a murmurar, ¿de dónde sacaba el dinero? ¿Qué estaba haciendo Ignacia del otro lado? Una noche Pablo la confrontó. Después de que los niños se durmieran en la cocina pequeña iluminada por una vela. El olor a café recalentado flotando en el aire. Pablo, siéntate.
Necesito decirte algo. La voz de la Nacha era tranquila, firme, sin temblores, sin nervios. Ella había ensayado este momento en su cabeza cientos de veces. sabía exactamente qué iba a decir. Sabía exactamente cómo iba a convencerlo. Pablo se sentó en la silla de madera, las manos grandes y callosas sobre la mesa, mirándola con una mezcla de preocupación y cansancio.
¿Qué pasa, mujer? ¿Por qué traes esa cara? La Nacha se sirvió una taza de café, se sentó frente a él, lo miró directo a los ojos. Tenemos cinco hijos, Pablo. Cinco bocas que alimentar. Tú trabajas como mula en esa fábrica y apenas nos alcanza para frijoles. Los niños andan descalzos, la casa se está cayendo.
Cada invierno pensamos que no vamos a sobrevivir porque no tenemos para leña. Pablo asintió lentamente. Todo eso era verdad. Dolorosamente verdad. Yo encontré una forma de que vivamos mejor, continuó la nacha. Una forma de que los niños tengan comida todos los días, de que tú no tengas que matarte trabajando, de que podamos tener una casa digna.
¿Qué forma?, preguntó Pablo, aunque en el fondo ya lo sabía. Ya había escuchado los rumores, ya había visto las miradas de las vecinas. Cruzo medicinas al otro lado, cosas que la gente necesita, cosas que aquí son legales, pero allá no se consiguen fácil. Gano bien. Muy bien. Pablo cerró los ojos, respiró profundo. El silencio se extendió entre ellos como una sombra.
Es peligroso”, dijo finalmente. Todo es peligroso, Pablo. Morirse de hambre también es peligroso. Ver a tus hijos enfermos y no tener para el doctor también es peligroso. Vivir toda tu vida en la miseria también es peligroso. Ella extendió la mano sobre la mesa. Tomó las manos ásperas de su marido entre las suyas. Confía en mí.
Sé lo que estoy haciendo. Soy cuidadosa, soy inteligente y voy a hacer que esta familia salga adelante. Pablo la miró durante largo rato. Vio la determinación en sus ojos, vio la fiereza, vio algo que nunca había visto antes en ninguna mujer de Juárez, algo que lo asustaba y lo fascinaba al mismo tiempo.
“Está bien”, susurró. “Pero si algo sale mal, no va a salir mal.” Lo interrumpió la Nacha con una sonrisa pequeña. Yo me encargo de todo. Y así fue. Pablo dejó la fábrica de ladrillos, empezó a ayudarla, a cruzar el puente con ella, a hacer contactos del otro lado, a transportar cantidades cada vez más grandes.
La Nacha le enseñó todo lo que había aprendido, cómo esconder la mercancía, cómo leer a la gente, cómo saber en quién confiar y a quién evitar, cómo negociar precios, cómo manejar a los clientes. En menos de un año, la Nacha ya no cruzaba el puente a pie, ya no llevaba paquetitos escondidos en la ropa, ahora tenía un sistema. Tenía gente trabajando para ella.
Tenía conexiones con campesinos en Sinaloa que cultivaban la amapola. Tenía químicos que sabían convertir el opio en heroína. Tenía transportistas que movían la droga desde las montañas hasta Juárez. Tenía cruzadores que pasaban la mercancía al otro lado en carros con doble fondo, en carretas de verduras, en camiones de carga.
y tenía clientes, muchos clientes, médicos que compraban morfina para sus consultorios, farmacéuticos que vendían laudano sin receta, dueños de bares que ofrecían heroína a sus clientes especiales, soldados que se habían vuelto adictos en la guerra, trabajadores de las minas, prostitutas que necesitaban algo para soportar las noches, gente rica que experimentaba con drogas exóticas en sus mansiones del paso.
Nacha nunca usaba las drogas que vendía, nunca probó la heroína, nunca fumó marihuana. Para ella esto era un negocio puro y simple, un negocio como vender tortillas o zapatos. La gente quería algo, ella lo suministraba, la gente pagaba, ella ganaba. Así de simple, así de claro. No se hacía ilusiones románticas sobre lo que hacía. No se decía a sí misma que estaba ayudando a la gente a calmar su dolor.
No justificaba el negocio con excusas. Morales. Ella sabía exactamente qué estaba vendiendo. Sabía que arruinaba vidas. Sabía que algunas de las personas que compraban su heroína terminarían muertas en algún callejón del paso. Pero también sabía que si ella no lo hacía, alguien más lo haría.
Y preferible que el dinero quedara en su bolsillo, en su familia, en su futuro. La casa modesta de paredes encaladas se transformó. Primero compraron la casa de al lado, luego la de al lado de esa. Terminaron con toda la manzana. Construyeron un complejo enorme con habitaciones para la familia, oficinas para el negocio, bodegas para almacenar la mercancía.
Instalaron teléfono, algo casi nadie en Juárez tenía. Compraron los primeros automóviles del barrio, tres Ford Modelo T negros que causaban sensación cuando pasaban por las calles de tierra. Los niños fueron a buenas escuelas, tuvieron ropa nueva, comieron carne todos los días. La Nacha contrató empleadas domésticas, niñeras, cocineras.
La familia que vivía en la pobreza 5 años atrás, ahora era de las más prósperas de Ciudad Juárez. Pero la Nacha no se conformó con ser rica. Quería ser respetable. Quería que su dinero comprara no solo cosas materiales, sino aceptación social. empezó a donar a la iglesia grandes cantidades. El padre de la parroquia de repente tenía dinero para reparar el techo que se caía a pedazos, para comprar ornamentos nuevos, para hacer fiestas espectaculares el día de la Virgen de Guadalupe.
Donó a escuelas, a hospitales, a orfanatos. Organizó posadas en Navidad, donde regalaba juguetes a todos los niños pobres del barrio. Pagó funerales de gente que había muerto sin un peso. Ayudó a familias que no tenían para comer. La gente empezó a verla diferente. Ya no era Ignacia la traficante, era doña Nacha la benefactora, la señora generosa, la mujer que ayudaba a los necesitados.
Cuando caminaba por las calles, la gente la saludaba con respeto. Los hombres se quitaban el sombrero. Las mujeres la llamaban para pedirle consejos. Los niños corrían a su lado esperando que les diera dulces. Las autoridades la dejaban trabajar. Los policías de Juárez recibían su parte. Los agentes de aduanas también.
Los políticos locales disfrutaban de su generosidad. Todos sabían lo que hacía, pero nadie decía nada porque todos estaban ganando algo. En Estados Unidos la situación era diferente. La ley Bolsteed de 1920 había prohibido el alcohol creando un mercado negro masivo. Las drogas también estaban cada vez más reguladas.
La ley Harrison de 1914 había empezado a controlar la venta de opiacios. Esto creó una demanda enorme de sustancias ilegales y la Nacha estaba en el lugar perfecto en el momento perfecto. Ciudad Juárez se convirtió en la capital del vicio de la frontera. Bares clandestinos, casinos, prostíbulos y drogas, muchas drogas.
Turistas americanos cruzaban el puente buscando lo que no podían conseguir en su país. Soldados de Fort BL venían en grupos. Hombres de negocios del paso tenían contactos del lado mexicano y todos, absolutamente todos, pasaban por la Nacha o por alguien que trabajaba para ella. Pero el éxito trajo competencia. Otros vieron lo que la Nacha estaba haciendo, vieron el dinero que estaba generando y quisieron un pedazo del pastel.
Empezaron a aparecer traficantes pequeños, hombres principalmente hombres que pensaban que una mujer no podía manejar un negocio así, que ella había tenido suerte. que era cosa de tiempo antes de que perdiera el control. Uno de ellos era Enrique Torres, un tipo violento de Chihuahua que llegó a Juárez con cinco hombres armados pensando que podía tomar el territorio.
Instaló su propia operación. Empezó a cruzar heroína usando las mismas rutas que la Nacha, a venderle a los mismos clientes, a precios más bajos para quitarle mercado. La primera vez que se encontraron fue en un bar cerca del puente. La Nacha entró sola con su reboso negro y su falda larga, caminando tranquila entre las mesas llenas de hombres bebiendo.
Torres estaba sentado al fondo con sus pistoleros, riéndose fuerte, haciendo bromas sobre la mujer que pensaba que podía competir con los hombres de verdad. La Nacha se sentó en su mesa sin que la invitaran. “Tenemos que hablar”, dijo con voz clara. El bar se quedó en silencio. Todos voltearon a ver. Los hombres de Torres pusieron las manos sobre sus pistolas, pero la Nacha no se inmutó.
Miraba directo a Torres con esos ojos oscuros que parecían ver hasta el alma. “No tengo nada que hablar contigo, vieja. Este es territorio libre. Yo vendo donde se me da la gana.” La Nacharó. una sonrisa pequeña que no llegaba a los ojos. Aquí nada es gratis, Torres. Todo tiene un precio y tú vas a pagar el precio de querer jugar en M y terreno sin mi permiso. Torres se ríó.
Sus hombres se rieron con él. ¿Y qué vas a hacer? ¿Mandar a tu marido a pegarme? ¿Llorar con los policías? La Nacha se levantó lentamente, se ajustó el reboso sobre los hombros, se inclinó hacia Torres hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia. Voy a hacer lo que hago con todos los que no entienden las reglas. Voy a destruirte.
Y salió del bar tranquila como había entrado. Torres y sus hombres siguieron riéndose. Pensaron que era una amenaza vacía. Una mujer tratando de actuar como hombre. Nada de qué preocuparse, pero la Nacha no hacía amenazas vacías. Dos días después, un cargamento grande de torres fue interceptado en la aduana. Los agentes, que siempre lo dejaban pasar de repente se pusieron muy estrictos.
Revisaron cada centímetro del camión. Encontraron 50 kg de heroína escondidos en el piso falso. Torres perdió toda la mercancía. perdió el dinero, perdió la confianza de sus proveedores. Una semana después, los clientes de Torres empezaron a ser arrestados. Uno por uno, doctores que compraban morfina para revender, farmacéuticos que movían láudano, todos arrestados de repente, todos con cargos graves, todos señalando a Torres como su proveedor.
Al mes, tres de los hombres de Torres fueron encontrados muertos en un callejón de Juárez, asesinados a balazos, con señales claras de tortura y con un mensaje, no se metan con la nacha. Torres entendió el mensaje, empacó sus cosas, huyó de Juárez con los dos hombres que le quedaban. Nunca más se supo de él.
Algunos dicen que se fue a Durango, otros que cruzó a Estados Unidos, otros que terminó muerto en algún desierto del norte. Nadie sabe con certeza y a nadie le importó. La lección fue clara para todos los demás. Ciudad Juárez pertenecía a la Nacha y punto. Los años 30 pasaron. La Nacha consolidó su imperio, expandió sus operaciones.
Ya no solo traficaba heroína y marihuana, ahora también movía morfina, cocaína que llegaba de Sudamérica, opio puro para los fumaderos chinos que empezaban a aparecer en el paso. Tenía una red que se extendía desde Sinaloa hasta Texas. Campesinos en las montañas, químicos en laboratorios clandestinos, transportistas con rutas secretas, cruzadores que movían miles de kilos al mes, distribuidores en El Paso, en San Antonio, en Dallas, hasta en Chicago y Nueva York.
Y todo pasaba por sus manos, cada peso, cada decisión, cada problema. Pablo se convirtió en su mano derecha. Ya no era el hombre tímido que trabajaba en la fábrica de ladrillos. Ahora manejaba la parte operativa del negocio, supervisaba los cruces, negociaba con proveedores, resolvía problemas con violencia cuando era necesario. Se volvió duro, frío, eficiente.
Los hijos crecieron rodeados del negocio. Sabían a qué se dedicaba su madre, aunque nunca se hablaba abiertamente en casa. Veían el dinero, veían el respeto, veían el miedo en los ojos de la gente que trataba con la Nacha. Algunos de ellos eventualmente entraron al negocio, otros se alejaron buscando vidas normales lejos de Juárez.
Pero el verdadero cambio llegó en 1942. Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial y de repente todo cambió. Las fábricas farmacéuticas americanas estaban trabajando al máximo de su capacidad, produciendo morfina para el ejército, para los soldados heridos, para los hospitales militares en Europa y el Pacífico, para las operaciones de emergencia en el Frente de Batalla.
Pero no era suficiente, nunca era suficiente. Miles de soldados heridos necesitaban analgésicos potentes. Las operaciones quirúrgicas en condiciones de campo de batalla requerían morfina de alta calidad. Los hospitales militares consumían cantidades industriales y las fuentes legales simplemente no podían mantener el ritmo de producción necesario.
Fue en marzo de 1942 cuando la Nacha recibió una visita inesperada. Un hombre tocó a la puerta de su casa alto militar en su forma de pararse aunque vestía ropa civil. unos 40 años, cabello rubio cortado muy corto, ojos azules que no dejaban de evaluar todo a su alrededor. Habló en español con acento marcado de Texas. “Busco a la señora Ignacia Chazo”, dijo.
La Nacha lo recibió en su sala, le ofreció café. Se sentaron frente a frente. El hombre se presentó como el capitán Richard Morrison del cuerpo médico del ejército de Estados Unidos. Trabajaba en For Bliss, el enorme complejo militar en El Paso. No voy a perder tiempo con rodeos, señor Yaso dijo Morrison.
Sé perfectamente a qué se dedica usted. Tengo reportes de inteligencia de los últimos 10 años. Sé que controla el tráfico de opio y heroína en esta frontera. Sé que tiene contactos en Sinaloa. Sé que su producto es de excelente calidad. La Nacha no dijo nada, solo tomó un sorbo de su café y esperó. Normalmente estaría aquí para arrestarla”, continuó Morrison.
“Pero estos no son tiempos normales. Estados Unidos está en guerra y necesitamos morfina, mucha morfina, más de la que nuestras fábricas pueden producir y necesitamos que sea confiable, pura, consistente. “¿Me está pidiendo que le venda droga al ejército americano?”, preguntó la Nacha con calma. “Le estoy ofreciendo un contrato,”, respondió Morrison.
No oficial, no registrado, pero un contrato al fin. 50 kg de morfina al mes, 25 kg de heroína farmacéutica, 10 kg de codeína, calidad médica, pureza mínima del 95%. Entrega cada primer viernes del mes en un punto que le indicaré y a cambio $50,000 al mes pagados en efectivo. Protección total de las autoridades fronterizas durante la duración de la guerra.
Ninguna interferencia en sus otras operaciones mientras cumpla con el contrato. La Nacha mes durante quién sabe cuántos años que durara la guerra, era más dinero del que había ganado en toda su vida. Era una fortuna que la convertiría en una de las personas más ricas de México, pero también era arriesgado, extremadamente arriesgado.
Si algo salía mal, si alguien se enteraba, podía ser acusada de traición. Tanto por México como por Estados Unidos, podía terminar en la cárcel. O peor, necesito pensar, dijo la Nacha. Tiene 24 horas, respondió Morrison. Si acepta, vuelvo mañana de esta hora con el primer pago. Si no acepta, esta conversación nunca ocurrió y en dos semanas alguien más recibirá esta oferta.
Esa noche la Nacha no durmió. Se sentó en su terraza mirando las luces del paso del otro lado del río, pensando, calculando, evaluando riesgos y beneficios. Pablo la encontró ahí cerca del amanecer. ¿Qué te tiene despierta?, preguntó la Nacha. le contó todo. La oferta, las cantidades, el dinero, los riesgos. Pablo Silvobajo.
Es muchísimo dinero, Nacha. Nos haría ricos para siempre. Pero si algo sale mal, lo sé. Interrumpió ella. Pero piénsalo bien. El ejército americano nos está pidiendo que hagamos esto. Nos están ofreciendo protección oficial. Si alguien nos agarra, tenemos la defensa de que estábamos ayudando al esfuerzo de guerra.
¿Y confías en ellos? No confío en nadie, respondió la Nacha. Pero los números no mienten y esta es una oportunidad que nunca volverá a presentarse. Al día siguiente, cuando Morrison regresó, la Nacha tenía su respuesta. Acepto. Pero con una condición. Morrison levantó una ceja. Quiero la mitad del pago por adelantado cada mes. 25,000 antes de la entrega.
25,000 después. y quiero que me proporcionen transporte militar para cruzar el producto. No voy a arriesgar mis propias rutas en esto. Morrison consideró durante un momento largo, luego asintió. Hecho. La primera entrega es en dos semanas. ¿Podrá tenerlo listo? Lo tendré, prometió la Nacha. Y así comenzó la operación más lucrativa de su vida.
El primer desafío era la producción. 50 kg de morfina al mes más 25 de heroína más 10 de codeína era una cantidad industrial. No podía producirse en los pequeños laboratorios clandestinos que tenía en Juárez. Necesitaba algo mucho más grande, mucho más profesional. La Nachajó personalmente a Sinaloa, se reunió con don Matías en su rancho entre las montañas.
El viejo narcotraficante la recibió con sorpresa y respeto. Era raro que ella saliera de Juárez. Necesito tu ayuda, don Matías”, dijo la Nacha. “Necesito mucho, opio, el mejor que puedas conseguir. Cantidades que nunca antes has movido.” “¿Cuánto?”, preguntó don Matías. 100 kg de opio crudo al mes. Mínimo, posiblemente más. Don Matías se rió.

Una risa profunda que terminó en tos. Nacha, mi amiga, eso es más de lo que toda Sinaloa produce en un mes. ¿Qué vas a hacer con tanto? Tengo un cliente nuevo, respondió ella. Un cliente muy grande, que paga muy bien, que necesita suministro constante. ¿Puedes conseguirlo o no? Don Matías se quedó pensativo. Sus ojos viejos evaluaban, calculaba.
Puedo, pero va a costar. Tendré que expandir las plantaciones, contratar más campesinos, aumentar la producción en todos los ranchos de la sierra. Va a tomar un par de meses establecerlo todo. Tienes 6 semanas, dijo la Nacha y sacó un fajo de billetes de su bolsa. Aquí hay $10,000 para los gastos iniciales. Te pagaré $30 por kilo de opio crudo.
En efectivo, cada mes, mientras dure el contrato. Don Matías tomó el dinero. Lo contó rápidamente con dedos expertos. Trato hecho, Nachita. En seis semanas tendrás tu primer embarque. Pero conseguir el opio era solo el principio. La Nacha necesitaba un químico, alguien que supiera convertir el opio crudo en morfina farmacéutica de alta pureza.
No los cocineros improvisados que trabajaban en sus laboratorios clandestinos. Un químico profesional. Lo encontró en la Universidad Autónoma de Chihuahua un profesor de química llamado Tomás Beltrán, un hombre de mediana edad que tenía problemas de alcoholismo y deudas de juego, perfecto para ser reclutado.
La Nacha se presentó en su oficina una tarde. Se sentó frente a su escritorio lleno de papeles y libros. Profesor Beltrán, tengo una propuesta de trabajo para usted. El hombre la miró con ojos cansados detrás de lentes gruesos. No sé quién es usted, señora, pero yo soy un académico. No tengo tiempo para Le pagaré $,000 al mes, interrumpió la Nacha.
Por supervisar un proceso químico, convertir opio crudo en morfina farmacéutica, pureza del 95% o superior. Beltrán palideció. Eso es eso es ilegal, señora. Es producción de narcóticos. Es un trabajo, profesor, un trabajo muy bien pagado y creo que usted tiene deudas, muchas deudas, con gente que no es tan paciente como yo.
¿Cómo sabe usted de mis deudas? Yo sé muchas cosas, profesor. Sé que debe 20,000 pesos en el casino. Sé que los prestamistas lo están presionando. Sé que su salario de la universidad apenas le alcanza para vivir. Sé que su esposa está enferma y necesita medicinas caras. Beltrán apretó los puños sobre el escritorio. ¿Qué quiere de mí exactamente? Quiero que instale y supervise un laboratorio farmacéutico que entrene a mis trabajadores en el proceso de extracción de morfina, que garantice la calidad del producto, que me entregue 50 kg al mes de morfina pura
y que mantenga la boca cerrada. El profesor se quedó en silencio largo rato. La Nacha podía ver la batalla interna en su rostro, la ética contra la necesidad. El orgullo contra la desesperación. 6000 al mes, dijo finalmente en voz baja, y pago de todas mis deudas actuales y tratamiento médico para mi esposa.
Hecho, respondió la Nacha sin dudar. Y así, en un almacén discreto en las afueras de Ciudad Juárez, nació un laboratorio farmacéutico clandestino. Tomás Beltrán lo equipó con destiladores profesionales, con recipientes de vidrio de grado industrial, con químicos de alta pureza. con todo lo necesario para producir morfina que podía pasar por producto farmacéutico legítimo.
La primera producción fue en mayo de 1942. 50 kg de morfina cristalina blanca, pureza del 97%, empacada en frascos sellados que parecían venir de una fábrica legítima. Morrison la inspeccionó personalmente, tomó muestras, las hizo analizar en el laboratorio de Ford Bliss. Regresó dos días después con una sonrisa.
Cualidad excepcional, señor Yazo. Mejor de lo que esperaba. Aquí está el pago completo. Le entregó un maletín. La Nacha lo abrió. $50,000 en billetes de 100 y 50. Ordenados en paquetes perfectos. La segunda entrega será el primer viernes de junio dijo Morrison. Mismo punto de entrega, misma cantidad. Y así comenzó una rutina que duraría 3 años.
Cada mes, don Matías enviaba opio crudo desde Sinaloa, caravanas de mulas que bajaban de la sierra cargadas con el látex oscuro y pegajoso. Se ocultaba en sacos de frijoles, en cajas de maíz, en barriles supuestamente llenos de melaza. Llegaba al laboratorio de Juárez, donde Tomás Beltrán y su equipo lo procesaban.
El proceso tomaba dos semanas, extracto tras extracto, purificación tras purificación, hasta obtener los cristales blancos de morfina pura. Luego venía el cruce y aquí Morrison cumplió su palabra. Cada primer viernes del mes, un camión militar aparecía en un punto acordado en las afueras de Juárez. Los soldados cargaban las cajas marcadas como suministros médicos varios.
El camión cruzaba el puente internacional sin inspección, con documentación militar que nadie se atrevía a cuestionar. Del otro lado, en Fort BL, Morrison recibía la mercancía, la distribuía a hospitales militares, a unidades médicas de campaña, a instalaciones donde preparaban los suministros que luego se enviaban a Europa y el Pacífico.
Y cada mes la Nacha recibía su pago, $50,000, mes tras meses, sin falta. El dinero era tanto que ya no sabía dónde ponerlo. Compró propiedades en El Paso bajo nombres ficticios, casas, edificios de apartamentos, locales comerciales. Abrió cuentas en bancos de Texas usando identidades falsas. Invirtió en negocios legítimos, en restaurantes, en tiendas, en una pequeña cadena de farmacias.
En 6 meses, la Nacha había acumulado más riqueza que en 15 años de tráfico normal. Pero como siempre en este negocio con el éxito vinieron los problemas. En febrero de 1943, uno de los camiones militares fue detenido en la inspección del puente. No por sospecha, solo un control rutinario. Un inspector joven y entusiasta insistió en revisar la carga.
A pesar de que era un vehículo militar. Encontró los frascos de morfina. El escándalo que casi se desata fue monumental. Un camión del ejército americano transportando narcóticos. podía significar investigaciones del Congreso, cortes marciales, escándalos políticos. Morrison actuó rápido. En 24 horas el inspector fue transferido a Alaska.
Los reportes fueron clasificados como secreto militar. Los frascos fueron oficialmente registrados como confiscados de contrabandistas mexicanos en operación encubierta. La crisis pasó, pero fue un recordatorio de lo peligroso del juego que estaban jugando. Morrison visitó a la Nacha esa noche. Eso estuvo cerca. Dijo, “Demasiado cerca.
Necesitamos un método más seguro.” ¿Qué propone?, preguntó la Nacha. una empresa de fachada, un distribuidor médico legítimo en el paso que importe morfina desde fábricas mexicanas autorizadas con documentación completa, permisos, licencias, todo legal en apariencia. La Nacha asintió lentamente. Puedo arreglar eso.
Conozco a un abogado en el paso. Samuel Cohen, judío, muy inteligente, un poco corrupto, perfecto para esto. Morrison sonrió. Entonces, hagámoslo bien. Quiero que esta operación sea hermética porque si nos descubren ahora, no habrá lugar en la tierra donde pueda esconderla, señora Yaso, a usted ni a mí. En marzo de 1943 nació oficialmente Río Grande Medical Supplies, una empresa de distribución médica con oficinas en El Paso.
Importadora autorizada de productos farmacéuticos mexicanos. Samuel Cohen era el director ejecutivo. La Nacha era la propietaria oculta a través de tres capas de sociedades fantasma. La empresa tenía licencias legítimas, importaba productos médicos reales, vendía hospitales y clínicas. era en apariencia completamente legal y entre los embarques legítimos movía la morfina de la nacha.
Cajas etiquetadas como sulfato de morfina, uso médico importado de laboratorios farmacéuticos de Guadalajara, con sellos oficiales con documentación impecable, con certificados de calidad firmados por químicos mexicanos que estaban en la nómina de la nacha. Los camiones de Rio Grande Medical Supplies entregaban a hospitales militares en Texas, Nuevo México y Arizona. Nadie sospechaba.
¿Por qué habrían de sospechar? Era una empresa legal haciendo entregas legales. El sistema funcionó perfectamente durante 2 años, pero en 1944 llegó otra crisis. Esta vez desde adentro, Tomás Beltrán, el químico, recayó en el alcoholismo. Empezó a llegar borracho al laboratorio, a cometer errores en el proceso de purificación.
Un lote completo de morfina salió con solo 80% de pureza. Inaceptable para uso médico. Morrison rechazó la entrega, exigió explicaciones. La Nacha confrontó a Beltrán en el laboratorio. ¿Qué pasó con este lote?, preguntó señalando los frascos defectuosos. Beltrán, con ojos rojos y manos temblorosas, apenas podía sostener la mirada.
Hubo Hubo un problema con la destilación final. No es nada. Puedo reprocesarlo. Tienes tres días, dijo la Nacha fríamente. Tres días para darme un lote perfecto o encuentro a otro químico, ¿me entiendes? Beltrán asintió miserablemente. Inacha, agregó mirando al suelo. Necesito más dinero. Los gastos de mi esposa, el tratamiento.
La Nacha lo interrumpió con un gesto. Cuando me entregues un lote perfecto, hablamos de dinero. Ahora ponte a trabajar. Beltrán lo logró. En 72 horas de trabajo, casi sin dormir, reprocesó todo el lote. Pureza final, 96%. Aceptable. La Nacha le aumentó el sueldo a 8,000 al mes y contrató a un segundo químico como respaldo por si acaso.
Para mediados de 1945, el sistema funcionaba como relojería suiza. Cada mes sin falta la morfina llegaba, el dinero llegaba, todo el mundo cumplía su parte. Y entonces, en agosto de 1945, la guerra terminó. Japón se rindió. Las tropas empezaron a regresar a casa. La necesidad de morfina militar se desplomó de la noche a la mañana.
Morrison visitó a la Nacha por última vez en septiembre de 1945. Se acabó, señor Ayazo. Ya no necesitamos los suministros. El contrato termina hoy. La Nacha asintió. Lo había visto venir. Fue un placer hacer negocios con usted, capitán. Morrison le entregó un último sobre más grueso que los habituales. 60,000. un bono por el servicio excepcional.
Y mi consejo, cierre el laboratorio, destruya todo el equipo, despida al químico, borre cualquier evidencia de que esto existió. Las autoridades civiles van a empezar a presionar fuerte ahora que la guerra terminó. No es momento de ser descuidada. La Nacha sobre y Rio Grande Medical Supplies puede mantenerla si quiere, es legítima, pero no mueva nada ilegal a través de ella, ni un gramo.
Porque ahora que la guerra terminó, yo no puedo protegerla más. Si la atrapan, está sola. Morrison se puso de pie para irse. En la puerta se detuvo y miró hacia atrás. Para el récord, señor Alazo, nunca existió un capitán Morrison. Nunca hubo un contrato. Esta conversación nunca ocurrió. Está claro, cristalino respondió la Nacha.
Y así terminó la operación más lucrativa de su vida. En 3 años había ganado aproximadamente ,00ones dó. Una fortuna absolutamente obscena para la época. Más dinero del que la mayoría de las personas veían en 10 vidas. Siguió el consejo de Morrison al pie de la letra. cerró el laboratorio. Tomás Beltrán recibió una generosa indemnización con la condición de que se mudara a Ciudad de México y nunca volviera a Juárez.
El equipo químico fue destruido y tirado al Río Bravo. El almacén fue vendido. Rí Grande Medical Supplies continuó operando, pero ahora solo con productos completamente legítimos, se convirtió en un negocio próspero y respetable. La Nacha invirtió sus 2 millones sabiamente en propiedades, en negocios, en cuentas bancarias secretas.
Se convirtió en una de las mujeres más ricas de toda la frontera y como siempre, nadie sospechaba nada. seguía siendo la piadosa doña Nacha, la benefactora que ayudaba a los pobres, la madre abnegada, la mujer respetable que iba a misa todos los domingos, una mujer que acababa de proveer morfina al ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial y se había hecho millonaria en el proceso, pero nada dura para siempre.
Con el fin de la guerra en 1945, la situación cambió. El gobierno americano ya no necesitaba suministros ilegales de morfina. Las autoridades empezaron a presionar más en la frontera. Harry Anlinger, el director de la Oficina Federal de Narcóticos, puso a Ciudad Juárez en su lista de prioridades.
Quería desmantelar las redes de tráfico que habían crecido durante la guerra. Los agentes americanos empezaron a infiltrarse, a seguir pistas, a identificar operadores clave y todos los caminos llevaban a la nacha. La mañana del 15 de marzo de 1947, la Nacha estaba tomando café en su cocina cuando escuchó los motores. Muchos motores.
Se acercó a la ventana y vio lo que había estado esperando durante semanas. Camiones militares. Seis en total. 50 soldados federales saltaron de los vehículos con rifles en mano. El comandante, un capitán de Ciudad de México con uniforme impecable y bigote negro, gritaba órdenes. Rodearon el complejo completo. Cada salida, cada ventana, cada puerta.
La Nacha puso su taza de café sobre la mesa, se alizó el vestido, se miró en el espejo del pasillo y se arregló el cabello. Respiró profundo. Sonríó. Hace 4 días, el capitán de la policía local, el que recibía 1000 pesos mensuales de su nómina, le había susurrado en una esquina oscura. Vienen los federales. Órdenes directas de Ciudad de México.
Presión de los gringos. No puedo detenerlos. Tres días, tal vez cuatro, había sido suficiente. En 72 horas, la Nacha había vaciado completamente su operación. Pablo y María coordinaron el movimiento de todo. 10 toneladas de marihuana movidas a un rancho en Chihuahua, 50 kg de opio puro escondidos en el sótano de una iglesia abandonada en las afueras.
$400,000 en efectivo distribuidos en 20 casas diferentes de confianza. Los registros, los libros de cuentas, las listas de contactos, todo quemado en un barril detrás de la casa hasta que solo quedaron cenizas. Su casa ahora era exactamente lo que parecía, la casa de una mujer de negocios legítima. Nada más.
Los golpes en la puerta fueron violentos. Bang, bang, bang. La Nacha caminó despacio hacia la entrada, abrió la puerta con una sonrisa amable. Buenos días, señores. ¿En qué puedo ayudarles? El capitán le mostró la orden de cateo. Papel oficial, sellos rojos. Firmas importantes. Señora Ignacia Jaso, tenemos orden de registrar esta propiedad.
Sospecha de tráfico de estupefacientes. Tiene que permitirnos la entrada. La Nacha tomó el papel, lo leyó despacio, asintió. Por supuesto, capitán. Mi casa está a su disposición. ¿Gustan café mientras trabajan? Acabo de preparar una olla fresca y tengo pan dulce del horno. El capitán la miró con desconfianza. Esperaba resistencia.
Gritos, pánico, intentos de escape. No, esto, no esta mujer tranquila ofreciendo café. Los soldados entraron como tormenta, voltearon los muebles, arrancaron cojines, destrozaron colchones buscando compartimientos ocultos, rompieron las paredes con martillos buscando espacios falsos. Levantaron las tablas del piso una por una.
Vaciaron cada armario, cada cajón, cada alacena. La Nacha se sentó en el patio con su taza de café, observando, sonriendo, ofreciendo agua a los soldados que sudaban bajo el sol de marzo. Encontraron ropa, fotografías familiares, recibos de tiendas legítimas, facturas de negocios normales, nada más. En el patio trasero cavaron hoyos profundos buscando entierros de droga o dinero.
Encontraron tierra, solo tierra. 6 horas después, el capitán estaba en medio de la sala rodeado de muebles destrozados y paredes rotas, su uniforme sucio de polvo, su orgullo herido, sus manos vacías. Señor Yazo, usted sabe que traficamos drogas. Todo el mundo lo sabe. ¿Dónde está todo? La Nacha tomó un sorbo de su café, miró al capitán con ojos inocentes.
Capitán, yo no sé de qué me habla. Soy una mujer de negocios. Tengo una tienda de abarrotes. Ayudo a mi comunidad. Si hay rumores sobre mí, son solo eso. Rumores, chismes de gente envidiosa. El capitán apretó los puños. Sabía, sabía que ella era culpable, pero no tenía pruebas, ni una sola prueba.
La arrestaron de todas formas. Órdenes de arriba, presión política. Necesitaban mostrar resultados. Las esposas apretaron sus muñecas delgadas, la subieron a un camión militar. La llevaron a la cárcel de Juárez. Cuando las puertas de metal se cerraron detrás de ella, la Nacha no mostró miedo. Caminó por el pasillo como si fuera dueña del lugar.
Los otros prisioneros la miraron, reconocieron el nombre, la leyenda. La encerraron en una celda pequeña, 2 m por 3 m, una cama de metal, un balde, una ventana con barrotes. Le dijeron que se quedaría ahí hasta que confesara, hasta que diera nombres. hasta que cooperara. Pasó el primer día en silencio, observando, escuchando, aprendiendo los ritmos de la prisión.
¿Quiénes eran los guardias? ¿Cuándo cambiaban turnos? ¿Qué prisioneros tenían influencia? ¿Qué prisioneros estaban desesperados? Al tercer día, un guardia joven se acercó a su celda nervioso, mirando sobre su hombro. Mi madre está enferma, señora. Necesita medicinas. No tengo dinero. La Nacha lo estudió. Vio en sus ojos hambre, desesperación, oportunidad.
¿Cuánto necesitas? 300 pesos. ¿Y qué puedes hacer por mí? El guardia tragó saliva. Sabía lo que ella preguntaba. ¿Puedo llevar mensajes? traer mensajes, lo que necesite. La Nacha asintió, le dio instrucciones, una dirección, un nombre, un código. Pablo recibiría el mensaje, pagaría al guardia y a partir de ese momento la Nacha tendría acceso al mundo exterior.
En una semana tenía tres guardias en su nómina. Mensajes entraban y salían todos los días. Órdenes, coordinación. La operación continuaba sin ella. Pablo manejaba la distribución. María supervisaba los cruces. Los contactos seguían pagando, los sobornos seguían fluyendo. Nada se detuvo. Los investigadores la interrogaron.
Una vez, dos veces, 10 veces, siempre las mismas preguntas, siempre las mismas respuestas. No sé de qué me hablan. Soy inocente. Tienen a la persona equivocada. trajeron testigos que se retractaron en el último momento, documentos que desaparecieron misteriosamente, pruebas que se contaminaron.
Cada caso que intentaban construir se desmoronaba porque la Nacha tenía abogados, los mejores, pagados con dinero que nadie podía rastrear. Después de tres meses, un juez en Ciudad de México firmó su liberación. Falta de pruebas, detención ilegal, violación de derechos. La Nacha de Juárez en un taxi, vestida con el mismo vestido que llevaba el día que la arrestaron, sin una mancha, Pablo la esperaba en casa.
María había limpiado, habían reparado los muebles, repintado las paredes. La casa lucía como nueva. ¿Cómo estuvo?, preguntó Pablo. La Nacha se quitó los zapatos, se sirvió una copa de tequila. Sonríó. Productivo, muy productivo. Hice buenos contactos adentro. Aprendí mucho sobre cómo funciona el sistema y ahora sé exactamente qué necesitamos mejorar.
Esa noche reunió a su círculo íntimo. Les explicó lo que había aprendido. Necesitaban protección más alta. Gobernadores, senadores, generales. La próxima vez que vinieran por ella, necesitaba que órdenes de más arriba detuvieran la redada antes de que empezara. Invirtió más en corrupción, mucho más, pero invirtió inteligente en las personas correctas, en los puestos correctos y funcionó porque cuando intentaron arrestarla de nuevo en 1949, la orden fue cancelada antes de que los soldados salieran de sus cuarteles. Un
general hizo una llamada, un gobernador firmó un papel y la nacha continuó libre, más fuerte, más cuidadosa, más inteligente. Había convertido su arresto en una lección, en una oportunidad, en una demostración de poder. Los años 50 fueron su época dorada. La Nacha ya era una leyenda en la frontera. Jóvenes traficantes venían a pedirle consejos, a pedirle permiso para operar, a pedirle bendiciones.
Era la madrina del narco mexicano, la fundadora, la que había inventado el sistema que todos ahora copiaban. Entre esos jóvenes que vinieron a aprender estaba una mujer que llegaría a ser casi tan poderosa como ella, María Dolores Estéz, conocida como Lola La Chata, una mujer de Ciudad de México que quería establecer su propia red de tráfico, que había escuchado historias sobre la Nacha y que viajó a Juárez solo para conocerla.
El encuentro fue en la casa de la Nacha. En su sala amplia con muebles elegantes, las dos mujeres se sentaron frente a frente tomando café. hablando en voz baja. ¿Por qué viniste hasta acá? Preguntó la Nacha. Lola la miró con respeto, pero sin timidez. Porque tú eres la única que sabe cómo una mujer puede sobrevivir en este negocio de hombres. Necesito aprender.
La Nacha asintió lentamente. Vio algo de ella misma 20 años atrás en esa mujer joven con ojos hambrientos de poder. Te voy a decir lo que nadie más te dirá. En este negocio, ser mujer es tu mayor ventaja y tu mayor debilidad. Es ventaja porque los hombres te subestiman, no te venir, no creen que seas capaz de lo que eres capaz. Úsalo.
Pero es debilidad porque siempre van a tratar de quitarte lo que construiste. Siempre van a decir que fue suerte, que tuviste ayuda de hombres, que no lo mereces. ¿Y cómo sobreviviste tú? preguntó Lola siendo más inteligente, más despiadada, más cuidadosa. Los hombres pueden darse el lujo de ser descuidados. Nosotras no.
Los hombres pueden resolver todo con violencia. Nosotras tenemos que usar la cabeza. Los hombres pueden confiar en su fuerza. Nosotras tenemos que confiar en nuestra astucia. Lola absorbió cada palabra, las memorizó, las llevó de regreso a Ciudad de México y construyó su propio imperio siguiendo los principios que la Nacha le enseñó.
Se convirtió en la narcotraficante más poderosa del centro de México. Controló el tráfico de heroína en la capital durante décadas y siempre, siempre dijo que su maestra había sido la nacha de Juárez. Pero para la nacha los problemas seguían llegando. Las autoridades americanas no se rendían. En 1959, después de años de investigación, lograron suficientes pruebas para formular cargos en Estados Unidos.
Un gran jurado la acusó de conspiración para traficar drogas, de comandar una organización criminal internacional, de corrupción de funcionarios. Si la extraditaban, enfrentaría décadas en prisión americana, tal vez cadena perpetua. La Nacha tenía 60 años. Había pasado 30 años construyendo su imperio. Había sobrevivido a docenas de intentos de arrestarla.
Había visto caer a innumerables competidores. Había enterrado a algunos de sus socios. Había visto a sus hijos crecer y formar sus propias familias. Estaba cansada. Una noche, sentada en su terraza, mirando las luces de el paso del otro lado del río, tomó una decisión. Pablo estaba a su lado, ya viejo también, el cabello completamente gris, las manos temblando ligeramente.
Ya es tiempo, dijo la Nacha. Tiempo de qué, preguntó Pablo. De retirarnos, ¿de dejar esto? Ya ganamos suficiente para 10 vidas. Los nietos están grandes. Podemos vivir tranquilos el tiempo que nos queda. Pablo no dijo nada durante largo rato, solo miraba las luces lejanas. Y el negocio, el negocio sigue sin nosotros.
Ya enseñé a suficiente gente, ya hay otros que pueden tomar el control. Es momento de que otra generación maneje esto. Así fue. La Nacha negoció su retiro, pasó el control de sus operaciones a tenientes de confianza, se quedó con propiedades legítimas, con inversiones legales, con dinero limpio suficiente para vivir cómodamente.
En 1960, de repente, las autoridades dejaron de perseguirla con tanta intensidad. Los cargos en Estados Unidos quedaron en el limbo, nunca avanzaron, nunca hubo extradición. como si alguien en alguna oficina gubernamental hubiera decidido que ya no valía la pena. La Nacha vivió sus últimos años tranquila, ayudando a su comunidad, jugando con sus nietos, yendo a misa, siendo la respetable doña Nacha que todos conocían.
Nadie hablaba de su pasado, nadie mencionaba el tráfico. Era como si esos 30 años nunca hubieran existido. Murió en 1979. A los 80 años, en su cama, rodeada de su familia, miles de personas asistieron a su funeral. El cortejo fúnebre se extendió por kilómetros, flores por todas partes, llanto, oraciones, gente diciendo que había sido una santa, una benefactora, una mujer buena y técnicamente no estaban mintiendo.
Había sido todo eso. Pero también había sido la fundadora del narcotráfico moderno en México, la primera que entendió que las drogas podían ser un negocio organizado a gran escala, la primera que estableció rutas, que corrompió sistemáticamente a pautoridades, que creó una estructura que todos después copiarían.
50 años después, cuando el mayo Zambada construyó el cartel de Sinaloa, cuando los chapitos heredaron ese imperio, cuando el negocio del narco movía cientos de miles de millones de dólares al año, nadie se acordaba de la Nacha. Pero ella había inventado todo eso. Ella había sido la primera. La primera que vio el potencial, la primera que se atrevió, la primera que tuvo éxito, la primera que sobrevivió décadas en un negocio donde la mayoría mueren jóvenes.
La primera mujer que les demostró a todos que el narcotráfico no era solo cosa de hombres y lo hizo sin violencia excesiva, sin guerras territoriales sangrientas, sin llamar la atención innecesaria, con inteligencia, con astucia, con paciencia, con la comprensión de que el poder real no se grita.
Se susurra que el verdadero control no necesita demostrarse cada día. Décadas después, investigadores que estudiaban la historia del narcotráfico en México descubrieron su historia. Encontraron documentos, testimonios, fotografías borrosas, historias que los viejos de Juárez contaban en voz baja. Empezaron a reconstruir la vida de esta mujer que había sido deliberadamente olvidada, porque esa era otra de las genialidades de la nacha.
Ella quería ser olvidada. No quería fama, no quería corridos, no quería que su nombre fuera sinónimo de droga, quería el dinero, el poder, la seguridad, pero también quería la tranquilidad de ser una señora respetable que podía caminar por la calle sin miedo y lo logró. Hoy cuando la gente habla de los pioneros del narco mexicano, mencionan a hombres, a Pablo Acosta, a Juan Nepomuseno Guerra, a Miguel Ángel Félix Gallardo, todos ellos importantes, todos ellos poderosos, pero todos ellos vinieron después de la Nacha. Ella fue la primera, la verdadera
primera. 50 años antes de que el mayo Zambada se volviera leyenda, ya había una mujer en Ciudad Juárez que controlaba el tráfico de drogas en la frontera más importante de México. Una mujer que inventó el sistema, una mujer que nadie recuerda, una mujer llamada la Nacha. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? ¿Es posible construir un imperio del narcotráfico sin violencia extrema? ¿La inteligencia puede vencer a la brutalidad? Comenta tu opinión aquí abajo y suscríbete para más historias reales del mundo del narco.