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La Primera REINA del Narco: La Nacha (50 Años ANTES de El Mayo)

50 años antes de que el mayo Zambada controlara Sinaloa, una mujer ya había inventado el narcotráfico en México y nadie lo sabe. Quédate hasta el final de esta historia porque lo que vas a escuchar cambiará todo lo que creías saber sobre el origen del narco mexicano. Ayuda a este pequeño canal a alcanzar más personas que aman las historias reales del narcotráfico.

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Era el año 1930 en Ciudad Juárez, Chihuahua, una ciudad fronteriza donde el polvo del desierto se mezclaba con el humo de las cantinas y el olor a sudor de los trabajadores que cruzaban el puente internacional cada mañana. Las calles de tierra se llenaban de vendedores ambulantes, de mujeres con rebos negros cargando canastas, de niños descalzos corriendo entre los carros de caballos.

El sol caía implacable sobre los techos de adobe, creando sombras largas que se escondían en los callejones estrechos, donde se susurraban secretos que nunca debían salir a la luz. En una de esas calles polvorientas, en una casa modesta de paredes encaladas y ventanas pequeñas, vivía una mujer que nadie imaginaba que cambiaría la historia.

Su nombre era Ignacia Yaso, pero todos la conocían simplemente como la Nacha. Tenía 30 años. El cabello negro recogido en un chongo apretado, las manos curtidas por el trabajo duro, los ojos oscuros que parecían ver más allá de lo que la gente mostraba en la superficie. Vestía con sencillez, faldas largas de tela gruesa, blusas de algodón blanco, un reboso que llevaba siempre sobre los hombros, incluso en los días más calurosos.

La Nacha no era una mujer hermosa, según los estándares de la época. No tenía la piel clara que tanto admiraban, no usaba maquillaje, no se rizaba el cabello como las señoritas de sociedad que paseaban por el centro los domingos después de misa. Pero había algo en ella que hacía que la gente la recordara.

Una presencia, una forma de mirar que te decía que esta mujer había visto cosas, había sobrevivido cosas, había aprendido secretos que otros ni siquiera imaginaban. Había nacido en 1900 en un rancho pobre de Chihuahua. Su padre era campesino. Su madre murió cuando ella tenía 12 años, dejándola a cargo de cinco hermanos menores.

Aprendió desde niña que nadie iba a rescatarla, que si quería comer tenía que trabajar, que si quería sobrevivir tenía que ser más fuerte que el hambre, más astuta que la miseria. A los 15 años se casó con Pablo González. No por amor, por necesidad. Necesitaba un hombre que la ayudara a mantener a sus hermanos. Pablo era bueno, trabajador, honesto, todo lo que se podía pedir en esos tiempos.

Pero ser bueno y honesto no llenaba estómagos, no pagaba ropa para los niños, no curaba las enfermedades. Los primeros 10 años de su matrimonio fueron una lucha constante contra la pobreza. Cinco embarazos, cinco nacimientos, dos niños que murieron antes del año. El dolor de enterrar a tus hijos en cajitas de madera que tú misma ayudaste a clavar.

El silencio de las noches cuando no tienes ni una vela para alumbrar la oscuridad, el frío del invierno cuando no hay leña para la estufa, el llanto de los niños pidiendo comida que no existe. La Nacha lavaba ropa ajena, cocía para las familias ricas, vendía tamales en el mercado, hacía cualquier trabajo que pagara, aunque fuera unos centavos.

Y cada noche, cuando todos dormían, se quedaba despierta mirando el techo agrietado de su casa, pensando que tenía que haber una forma mejor, una forma de salir de ese infierno de pobreza. La oportunidad llegó en 1928. Una vecina, una mujer mayor que había vivido en El Paso, le contó en secreto sobre un negocio que podía dar mucho dinero. Medicinas.

Había gente del otro lado que pagaba muy bien por ciertas medicinas que aquí en México se conseguían fácil, pero allá estaban controladas. La Nacha escuchó con atención. Hizo preguntas, muchas preguntas. ¿Qué medicinas? ¿Quién compraba? ¿Cuánto pagaban? ¿Cómo se cruzaban? ¿Había peligro? ¿Qué pasaba si te atrapaban? La vecina le dio nombres, direcciones, contactos y una advertencia. Era peligroso.

Podías ir a la cárcel, podías perder todo, pero si tenías coraje, si eras cuidadosa, podías cambiar tu vida para siempre. La Nacha no durmió esa noche, estuvo calculando, pensando, planeando. Pablo roncaba a su lado ajeno a la revolución que estaba empezando en la cabeza de su esposa. Los niños dormían en sus petates en el cuarto de al lado.

La casa entera dormía, excepto ella. Al amanecer ya había tomado su decisión. Iba a hacerlo. Iba a arriesgarse porque seguir como estaba era una muerte lenta y ella prefería morir de un balazo que de hambre. Empezó pequeño, muy pequeño. Con el dinero que había ahorrado vendiendo tamales durante tres meses, compró su primer paquete de heroína. 2 onzas.

Un farmacéutico de Juárez, que también hacía negocios del lado oscuro, se la vendió. le enseñó cómo reconocer la calidad, cómo cortarla, cómo empaquetarla, cómo esconderla. Su primer cruce fue aterrador. Caminó hasta el puente con las piernas temblando. Llevaba la heroína envuelta en papel encerado, metida dentro de su corsé, pegada contra su piel.

Sentía cada paso como si fuera a explotar, como si todos pudieran ver a través de su ropa, como si los agentes de aduana tuvieran rayos X en los ojos. Buenos días, señora, dijo el agente americano en el puente. Buenos días, respondió ella con voz que intentaba sonar normal. ¿A qué va el paso? A comprar tela para cocerle ropa a mis hijos.

El agente la miró de arriba a abajo. Una mujer sencilla, humilde, con ropa vieja y zapatos gastados, nada sospechosa. La dejó pasar con un gesto de mano. La Nacha cruzó conteniendo el aliento, caminó tres cuadras más, se metió en un baño público, se encerró en un cubículo y empezó a llorar de alivio, de terror, de emoción. Lo había logrado.

Había cruzado su primera carga. La entrega fue en una cantina cerca de la estación de tren. Un hombre con sombrero de vaquero, palabras codificadas que la vecina le había enseñado. El intercambio fue rápido. Él le dio los billetes sin contarlos. Ella le dio el paquete sin hablar.

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