Siempre era diferente al principio, casi nunca era diferente al final. Rosario no respondió. tomó la siguiente plántula de ago, que había acomodado en la sombra del mezquite más cercano para que no se estresaran con el calor de las 11 de la mañana de agosto. Midió la distancia con un cordel que había marcado a 2 m exactos con nudos de estambre rojo.
Clavó la coa en la tierra compacta con las dos manos y siguió plantando. Maguey por maguei, hoyo por hoyo, en tierra que llevaba tres décadas produciendo sorgo forrajero y que nadie en elegido había considerado para otra cosa, porque el zorgo era lo que había dado el abuelo de Rosario y el padre de Rosario.
Y Rosario misma durante los 12 años que llevaba trabajando la parcela, desde que su marido Aurelio se fue al norte en 1979 y no regresó con la misma frecuencia con que había prometido regresar. La safra siguiente, el campo oriente del ejido Benito Juárez, produjo el rendimiento combinado por hectárea, más alto que cualquier parcela del municipio de Dr.
Arroyo había registrado desde que la delegación empezó a llevar estadísticas en 1974. El ingeniero Fortino Salinas pasó frente a la parcela cuatro veces ese día de cosecha en su camioneta de la delegación, más despacio cada vez. A la cuarta pasada se detuvo, se bajó, se quitó el sombrero y caminó hasta donde estaba Rosario revisando el sistema de riego.
Le preguntó si podía hablar con ella. Rosario dijo que sí. Le señaló la sombra del mezquite con un gesto de la mano. El mismo mezquite donde había guardado las bolsas de vivero 3 años antes. Mi suegro abandonó la parcela en 1976. No porque quisiera. Don Leandro Méndez era un hombre que no abandonaba nada por voluntad propia de los que se levantan antes del sol y se acuestan después de que oscurece sin considerar que pudiera existir otra manera de vivir.
lo abandonó, porque su corazón dijo hasta aquí después de 40 años de madrugar en el semidesierto neoleonés, de cargar costales de semilla cuando los peones no llegaban, de manejar el tractor en la tierra pedregosa que no perdonaba el descuido ni el cansancio, de preocuparse por el precio del sorgo que bajaba cuando más lo necesitabas que subiera, por el agua del pozo que bajaba de nivel cada temporada seca, un poco más que la anterior.
por la deuda de la caja de crédito rural que esperaba con la paciencia de las deudas, que saben que no tienen prisa porque el tiempo trabaja para ellas. Derrame cerebral, no infarto. A los 63 años, en el tractor, durante la siembra de primavera de 1976, el médico del centro de salud de doctor Arroyo fue claro desde el primer día.
Nada de campo, nada de esfuerzo, nada de sol fuerte. Para un hombre como don Leandro, quedarse sentado era la forma más lenta de morir que había, pero era la única que le quedaba disponible. La parcela quedó en manos de su hijo Aurelio Méndez, que era mi marido desde 1971, que tenía 28 años en 1976 y que llevaba esos 5 años dividido entre la parcela y los trabajos de temporada en las construcciones de Monterrey, que pagaban lo que la parcela no alcanzaba a pagar.
Aurelio manejó la parcela 3 años más, de 1976 a 1979, con el mismo sistema que su padre había usado y que su abuelo había usado antes que su padre. Sorgo en temporal, sorgo en riego cuando el pozo alcanzaba, venta a la bodega de elegido, al precio que la bodega decidía que era justo ese año, que casi nunca era el precio que tú necesitabas que fuera.
En el verano de 1979, Aurelio consiguió un trabajo fijo en una planta de construcción en Monterrey. Un trabajo con seguro y con sueldo quincenal, que pagaba más en un mes que la parcela en una temporada buena. Se fue en septiembre. Dijo que regresaba en diciembre. Regresó en febrero. El siguiente año regresó en abril. Para 1982, Aurelio regresaba en diciembre y se iba en enero, y la parcela era mía.
en todos los sentidos que importaban. Tenía 27 años cuando Aurelio se fue la primera vez. Tenía dos hijos, Leandro de 6 años y Consuelo de cuatro. Tenía una parcela ejidal de 16 haáreas en el semidesierto del municipio de Dr. Arroyo, en la parte sur de Nuevo León, que colinda con Tamaulipas y con San Luis Potosí.
Tierra de clima extremo, de lluvias que cuando llegan lo hacen de golpe y cuando no llegan, te dejan mirando el cielo durante meses con la garganta seca y los surcos cuarteados. Tierra de nortes que bajan del altiplano en octubre y noviembre con viento seco que destroza lo que no está bien agarrado. Tierra de veranos con 40 gr al mediodía que hacen que trabajar en el campo entre las 11 y las 4 sea trabajar contra el cuerpo propio.
Y tenía exactamente el conocimiento que 20 años de haber crecido en ese campo me habían dado. ¿Cuál surco del campo norte? Se encharcaba cuando llovía fuerte dos días seguidos. ¿Cuál esquina del campo poniente se helaba antes que el resto cuando llegaba el norte de noviembre, cuando el sorgo pedía agua, aunque el suelo todavía se viera húmedo en la superficie? porque había aprendido a leer las hojas, el color, el ángulo en que colgaban a las 2 de la tarde.
Había pasado 20 años mirando, siguiendo, preguntando, sin que nadie se diera cuenta de que estaba aprendiendo. Porque en esa época, en esos ejidos, una mujer que preguntaba demasiado sobre el campo era una rareza. Y yo no quería ser rareza, quería aprender. 10 años trabajé la parcela sola con peones en temporada alta, con mis propias manos cuando no había de otra, con orgullo que no se doblaba, aunque el precio del sorgo cayera dos temporadas seguidas, aunque el nivel del pozo bajara otro metro ese año, aunque los vecinos de el ejido me
dijeran que vendiera la parcela a quien pudiera trabajarla de verdad, que una mujer sola con dos hijos chicos no tenía caso que se quebrara la espalda por 16 haáreas de semidesierto. Yo decía que gracias y seguía. La idea del maguei me llegó de una manera que no tiene nada de dramático ni de inspirado.
Llegó de la misma manera en que llegan las ideas útiles en el campo de observar algo que no cuadra y quedarse con esa incomodidad hasta que la incomodidad se convierte en pregunta y la pregunta se convierte en búsqueda. Lo que no cuadraba era el borde oriente de mi parcela, 700 met de cerca de alambre de púas con postes de mezquite, delimitando el lado más expuesto al viento del noreste, que bajaba del altiplano entre febrero y mayo, y que en los años malos te dejaba sin el metro superficial de tierra, que la raíz del sorgo necesita para sostenerse. Llevaba
tres temporadas midiendo la erosión en ese borde con un método que me había inventado yo misma. Incaba varillas de fierro de construcción en el suelo a distancias fijas a lo largo de la cerca y medía cuánto asomaban sobre la superficie cada 6 meses. Si la varilla asomaba más que la última vez, el suelo había bajado.
En tres temporadas, el borde oriente había perdido en promedio 5 cm de suelo superficial. en los puntos más expuestos, 5 cm que no regresaban. El zorgo que sembraba en el primer surco junto a la cerca producía la mitad que el zorgo del centro del campo. Siempre había sido así y cada año era un poco peor que el anterior. Lo que me dio la idea fue un artículo que encontré en el boletín técnico del INIA que el ingeniero Fortino dejaba en la sala de espera de la delegación cuando iba a tramitar papeles de crédito.
No era un artículo sobre Magei específicamente. Era un artículo sobre sistemas de cortinas rompevientos en el altiplano semiárido del norte de México con datos sobre especies nativas, tas de crecimiento, efecto sobre la velocidad del viento y sobre la temperatura del suelo en la zona protegida. Uno de los cuadros comparativos incluía el agchugu y el maguey americano como opciones para ejidos con suelo pedregoso y limitaciones de riego por su capacidad de sobrevivir temporadas de sequía prolongadas sin riego suplementario una

vez establecidos por su sistema radical extenso que fijaba el suelo contra la erosión eólica y por su doble función, protección del viento y producción de biomasa comercializable. El maguey en particular tenía una característica que los otros cultivos de la comparación no tenían. Sus pencas tiernas, cortadas en el momento correcto de desarrollo, eran forraje de emergencia de alta calidad para ganado en épocas de sequía severa, con un precio en los mercados regionales del noreste que podía triplicar el precio
del sorgo en los años más secos. Precisamente porque el maguei producía cuando el zorgo ya no tenía nada que dar y sus piñas, el corazón de la planta que maduraba después de varios años, tenían mercado con los productores artesanales de mezcal de la zona serrana de Nuevo León y de los municipios vecinos de Tamaulipas.
Pasé dos noches leyendo ese artículo y los cuatro artículos que citaba, que pedí prestados en la biblioteca del municipio. Luego pasé una semana haciendo cálculos en la mesa de la cocina después de que los niños dormían con el único foco de la cocina encendido y el silencio del semidesierto afuera. Calculé el costo de las plántulas de agic delegación forestal de Linares.
Calculé el número de magueelles que necesitaba para cubrir los 700 m de cerca en tres hileras con la densidad que el artículo recomendaba para cortina rompevientos en suelo tepetoso. calculé la reducción de erosión proyectada en el borde oriente para el tercer y el cuarto año, basada en los datos del artículo adaptados a mis condiciones de suelo y viento.
Calculé el ingreso proyectado por venta de pencas tiernas de Mageay a partir del segundo año usando el precio que había investigado, llamando por teléfono a tres compradores de forraje del municipio y de los municipios vecinos de Matehuala y Cerritos. Calculé separadamente el ingreso potencial por piñas de maguei para mezcal artesanal, usando el precio que me dio un productor de rayones al que encontré en el mercado regional de doctor Arroyo un domingo de octubre.
El resultado era que la inversión inicial se recuperaba en el segundo año de producción por venta de forraje de emergencia y que a partir del tercer año el ingreso neto combinado del borde oriente era significativamente mayor que el ingreso del borde, produciendo solo sorgo a plena capacidad. Los anoté en el cuaderno con tres colores para las tres hipótesis y las tres llegaban al mismo resultado con diferente margen.
Le llevé los cálculos al ingeniero Fortino Salinas en su oficina de la delegación un martes de marzo de 1983. El ingeniero Fortino tenía 42 años, llevaba 17 como extensionista en el municipio y era un hombre que había visto suficientes ideas con suficiente convicción para haberle perdido el respeto a la convicción como indicador de nada.
Era hombre de resultados verificados en campo, no de proyecciones en papel. Me escuchó durante 20 minutos, revisó los cálculos, revisó las fuentes, miró por la ventana un momento, luego dijo, “Rosario, el maguei como cortina rompevientos tiene antecedentes en el altiplano de San Luis Potosí, pero en suelo tepetoso como el tuyo en este municipio no hay datos probados.
El ciclo de la gabericana para producción de piña es de 8 a 12 años. dependiendo de las condiciones. Eso es mucho tiempo de espera para un ejido de 16 haáreas con acceso limitado a riego. El mercado de mezcal artesanal en el noreste es pequeño y fluctuante, y el forraje de penca de Maguei tiene aceptación limitada con ganado, que no está acostumbrado a él.
Mi recomendación técnica es que mantenga el zorgo en toda la superficie y trabaje con el programa de conservación de suelo de la delegación para el borde de la cerca. Le dije que entendía su recomendación. Fui a casa, revisé mis cálculos otra vez, llamé a los compradores de forraje y les pregunté directamente si en temporada de sequía severa tenían abasto suficiente de forraje de emergencia.
Los tres dijeron que no. y que en esos años pagaban el precio que hubiera porque el ganado no esperaba. Compré las plántulas en el vivero de Linares. Las 180 plántulas de agicaron en la caja de una camioneta rentada un miércoles de agosto de 1983 a las 7 de la mañana envueltas en costales de yute húmedos para protegerlas del calor del transporte.
Las descargué con Leandro, que tenía 10 años, y que ese verano había decidido que era suficientemente grande para cargar bolsas de vivero sin que nadie le preguntara. Las acomodamos en la sombra de la troje en filas ordenadas, separando las más grandes para el extremo norte, que era el más expuesto al viento, las medianas para el centro y las más pequeñas para el sur.
El agbe americana del noreste de México, en condiciones de suelo tepetoso y clima semiárido, tiene un comportamiento específico que el artículo del INIA describía con detalle. Las primeras semanas después del trasplante son las más críticas porque la planta está estableciendo el contacto entre sus raíces y el suelo nuevo y cualquier estrés hídrico en ese periodo puede hacer que entre en dormancia antes de que las raíces estén consolidadas.
Rosario lo sabía. Había preparado un sistema de riego manual con un tanque de 2,000 L que el vecino Aurelio Garza le prestó sobre su camioneta y lo había programado para las primeras seis semanas de establecimiento. Después, el agape americana no necesitaría riego. Esa era exactamente la característica que la hacía adecuada para el semidesierto neoleonés.
Saqué mi libreta y revisé el plano que había dibujado en papel cuadriculado durante las semanas anteriores. Tres hileras paralelas a la cerca. Primera hilera a 1 metro del alambre. Segunda hilera a 2 m de la primera, tercera hilera a 2 m de la segunda, con los maguelles en cada hilera a 2 m exactos entre plantas.
El diseño técnico para cortinas rompevientos en semidesierto con vientos predominantes del noreste recomendaba esa densidad con esa especie con variaciones posibles según el tipo de suelo y la intensidad del viento predominante. para el borde oriente del ejido Benito Juárez, con el Tepetate superficial y el norte que bajaba directo del altiplano potosino, la densidad de 2 met entre plantas era el mínimo necesario para que la cortina fuera efectiva desde el segundo año.
El primer día marqué las posiciones con estacas de madera a lo largo de los 700 m, 330 estacas aproximadamente. El segundo día empecé a plantar bajo el sol de 40 gr con el viento del noreste, tirándome polvo a la cara y la tierra tan compacta que para hacer el hoyo de cada plántula necesitaba clavar la coa con fuerza y repetir al menos tres veces por hoyo para alcanzar los 40 cm de profundidad que el agbe necesitaba.
Cada hoyo me tomaba entre 4 y 6 minutos, 180 hoyos. El tercer día llegó el ingeniero Fortino con dos técnicos jóvenes. Se bajó de la camioneta, se recargó en el cofre con los brazos cruzados y me observó plantar durante un rato sin decir nada. Luego dijo con la voz de alguien que intenta ser gentil, pero no puede evitar que le salga el escepticismo.
Rosario. El ager suelo tepetoso no va a desarrollar el sistema radical suficiente para ser efectivo como cortina en los primeros dos años. Las raíces van a topar con el tepetate antes de los 40 cm. Seguí plantando. Uno de los técnicos jóvenes se agachó junto a uno de los hoyos y lo miró con interés genuino.
El ingeniero Fortino continuó. El primer norte fuerte de noviembre te los va a voltear antes de que estén arraigados. Seguí plantando. Si en dos años esos maguelles no están produciendo, vas a haber perdido la inversión y la superficie del borde por esas temporadas. Seguí plantando. Los tres se subieron a la camioneta y se fueron.
Leandro, que estaba acarreando agua en un bote desde el tinaco, me preguntó cuando la camioneta se alejó. ¿Qué dijo el ingeniero? Le dije que hay que regar bien los maguelles las primeras seis semanas. Siguió cargando agua. Había cuatro hombres en elido que siguieron el asunto de los magueelles con opiniones formadas desde el principio.
El primero era don Crescencio Reyes, elegidatario con más hectáreas y más años en el municipio, 67 años en 1983, que había sembrado sorgo y maíz en el semidesierto neoleonés desde antes de que ninguno de los técnicos de la delegación naciera y que creía con la firmeza de quien ha sobrevivido 40 años de campo, que las ideas nuevas costaban más de lo que valían.
Don Crescencio llegó a la cerca el tercer día de plantación en su camioneta. Se bajó, miró los maguelles recién plantados con la expresión de quien mira algo que ya sabe cómo va a terminar. Y le dijo a don Nabor Escobedo que había llegado con él. Mire nomás, la Rosario sembrando lechuguilla en la sija. En 10 años eso va a ser puro cardonal inútil y le va a meter plagas al sorgo.
Don Navor, que sembraba sorgo forrajero y cebolla blanca en el ejido colindante, asintió con la autoridad de quien no tiene que agregar nada porque el que habló antes ya dijo todo. El segundo era Memo Gutiérrez, sobrino de Don Crescencio, 30 años, que había perdido un invernadero de jitomate en una granizada dos años antes y que desde entonces tenía opiniones muy firmes sobre los proyectos que se apartaban de lo probado.
El tercero y el cuarto eran don Nabor y el propio ingeniero Fortino, que no era hombre de elegido, pero cuyo escepticismo era suficientemente visible como para contar. Los cuatro siguieron viniendo a la cerca con la regularidad particular de quienes esperan ver algo fallar y no quieren perdérselo cuando ocurra. Don Crescencio y don Nabor venían juntos casi siempre entre las 9 y las 11 con su café en termo de Peltre y se instalaban en el camino de terracería a comentar entre ellos.
Don Crescencio decía, “El maguei tarda 8 años en dar piña. Para cuando eso madure, la Rosario ya vendió la parcela.” Don Navor decía, “Si es que los nortes no se los llevan primero.” Memo Gutiérrez decía, “Mi tío tiene razón. El problema de los que estudian es que no saben lo que hace el suelo de aquí en noviembre. El ingeniero Fortino venía en sus visitas mensuales y siempre se detenía en la parcela, aunque no fuera parte del itinerario.
Miraba los magueelles. Anotaba en su libreta, no decía nada. Rosario también anotaba. Mismo punto de observación, mismo técnico, sin comentarios. Era una variación que valía registrar. Lo que ninguno de los cuatro esperaba era lo que ocurrió en el primer norte de noviembre. Tres meses después de que Rosario plantara el último maguei.
El norte llegó en la segunda semana de noviembre de 1983 con viento sostenido de 40 km porh durante 2 días y rachas que llegaban a 60. En elegido Benito Juárez, ese tipo de norte era el norte normal de noviembre, el tipo que ya conocías en los huesos y que sabías exactamente cómo iba a dejar los cultivos del borde expuesto.
Cuando Rosario salió a revisar sus maguelles tercer día, cuando el viento había cedido lo suficiente para caminar sin perder el sombrero, los 180 agaves estaban en su lugar. No uno volcado, no uno arrancado. La gave americana tiene un sistema de raíces laterales que en las primeras semanas de establecimiento extiende horizontalmente antes de bajar, creando una red de anclaje superficial que el artículo de línea describía como el mecanismo específico que hace a la especie resistente al viento en suelo tepetoso, precisamente porque no depende
de la profundidad para anclarse, sino de la extensión horizontal. Rosario lo anotó en el cuaderno con fecha, condición del viento y temperatura. Era exactamente lo que el artículo había predicho. Era la primera vez que un dato del artículo se verificaba en campo real. El primer año documenté con una disciplina que no le habría pedido disculpas a ningún comité de investigación.
Cada 15 días, sin excepción, tomaba muestras de suelo en cinco puntos fijos del borde oriente, marcados con varillas de fierro pintadas de rojo para encontrarlo siempre en el mismo lugar y cinco puntos del centro del campo como referencia. Las muestras iban en bolsas de plástico etiquetadas con fecha, código de punto y profundidad, y cada dos meses mandaba el lote al laboratorio de suelos de la estación experimental del INIA en Saltillo.
Además, medía la velocidad relativa del viento con un instrumento simple de fabricación propia, suficiente para comparar el borde oriente con el borde poniente sin protección. Todo iba a un cuaderno con columnas de fecha, punto de medición, resultado y observaciones. Leandro revisaba el cuaderno con ella los domingos por la mañana y señalaba los valores que se salían del patrón con la concentración de quien lleva años viendo a su madre hacer cuentas en la mesa de la cocina.
Los datos del primer año eran modestos en magnitud, pero consistentes en dirección. En los meses de norte más intenso, la velocidad relativa del viento en el borde oriente era 12% menor que en el borde poniente. La humedad superficial del suelo en el filo oriente era tres puntos porcentuales mayor que en la medición del año anterior.
En el mismo periodo, los maguelles habían sobrevivido el primer norte de noviembre, las heladas de enero que bajaron a -4 ºC y habían llegado a la primavera con alturas de entre 60 cm y 1,20. El ingeniero Rodrigo Fuentes de Línea llegó a la parcela de Rosario por primera vez en febrero de 1984, mandado por el coordinador de la estación experimental de Saltillo, que había notado algo inusual en los primeros análisis de suelo.
La materia orgánica en los puntos del borde oriente subía con una velocidad mayor de la que las condiciones de clima y suelo habrían predicho sin intervención. El investigador quería ver el sistema en campo. El ingeniero Rodrigo tenía 36 años, doctorado en edafología y la costumbre de los investigadores de campo que trabajan en condiciones difíciles.
Llegaba sin corbata, con su propio equipo de muestreo y hacía preguntas antes de sacar conclusiones. Caminó el borde oriente durante una hora y media, agachándose a revisar el suelo entre los maguelles, midiendo la profundidad del horizonte orgánico con su propia sonda. Cuando terminó, le pidió a Rosario que le mostrara el cuaderno de datos del primer año.
Lo leyó despacio en la sombra del Mezquite. Luego hizo la pregunta que Rosario no esperaba que fuera la primera. ¿Quién le diseñó el esquema de distribución de hileras y densidades? Rosario le dijo que ella, basándose en el artículo de Linea y en sus mediciones propias de viento y suelo, el ingeniero Rodrigo cerró su libreta y dijo, “Sus datos son los más ordenados que he revisado en una parcela egidal en el norte de México.
¿Le interesaría participar en un estudio de seguimiento de 3 años? El segundo año fue cuando los datos empezaron a hablar con una claridad que ninguna opinión podía desacreditar. En marzo de 1985 llegó la doctora Esperanza Villarreal del Colegio de Posgraduados Campus San Luis Potosí, especialista en sistemas agroforestales del semidesierto mexicano, que había viajado desde San Luis Potosí después de que el ingeniero Rodrigo le describiera los datos preliminares.
Caminó el borde oriente con su propio equipo durante 2 horas, tomando muestras en puntos que Rosario no habría elegido. midiendo parámetros que Rosario no tenía instrumento para medir. Los resultados del laboratorio llegaron tres semanas después. Materia orgánica del suelo en el borde oriente, 15% mayor que en el centro del campo en el segundo año de sistema.
Retención de humedad en la zona previamente más erosionada del borde, 20% mayor que la línea base, densidad aparente del suelo, 11% menor, lo que indicaba que la estructura del suelo estaba mejorando activamente, ganando porosidad, perdiendo la compactación que los años de erosión habían acumulado. Al final del correo con los resultados, la doctora Esperanza escribió una sola oración adicional.
Sus datos representan el primer caso documentado de sistema agroforestal de maguey americano en función de cortina rompevientos en suelo tepetoso del municipio de Dr. Arroyo. ¿Le interesaría coautorar un artículo? Rosario le respondió esa misma semana, “Déjeme terminar el tercer año y tener los datos de rendimiento del cultivo. Prefiero publicar cuando el ciclo de evidencia esté completo.
Hay algo que quiero contarles aquí antes de seguir, porque tiene que ver con algo que la mayoría de los egidatarios del semidesierto neoleonés en los años 80 no sabía y que yo tampoco sabía cuándo empecé y que el maguei hace en el suelo de manera silenciosa y sin que tú le pongas un peso en insumos. El aave americana tiene raíces que pueden extenderse horizontalmente hasta 6 m desde la base de la planta y bajar en profundidad hasta 2 m donde el suelo lo permite.
Esa arquitectura radical hace dos cosas que no tiene equivalente en ningún cultivo anual. Primero, rompe físicamente las capas compactadas del subsuelo que décadas de tráfico de tractor y pisoteo han formado, abriendo canales por donde el agua de lluvia penetra verticalmente en lugar de escurrirse por la superficie llevándose la tierra.
Segundo, establece una relación con hongos micorrísicos nativos del semidesierto que mejoran la capacidad de absorción de agua y nutrientes de las raíces del sorgo adyacente, porque esos hongos se extienden desde las raíces del maguei hacia el suelo circundante y forman una red subterránea que conecta el sistema radical del magagei con el sistema radical de los cultivos cercanos.
Las hojas que se caen naturalmente de las pencas exteriores y se descomponen en el suelo añaden materia orgánica que mejora la estructura del suelo año con año. La sombra parcial de las pencas más altas reduce la temperatura superficial en los metros más cercanos a la hilera. No es un maguei, es una red de relaciones biológicas que se vuelve más compleja y más productiva cada año que pasa, mientras tú te ocupas del zorgo.
El tercer año fue el año en que el ingeniero Fortino Salinas dejó de venir con la actitud de alguien que espera haber confirmado su escepticismo y empezó a venir con la actitud diferente, más callada de alguien que está revisando si se equivocó. Ese año, Rosario sembró sorgo forrajero en el Campo Oriente con exactamente el mismo manejo que en los años anteriores.
Misma densidad, misma fecha, mismo fertilizante. La única variable diferente era el estado del suelo en el borde oriente. Después de 3 años de sistema de maguei. En agosto, cuando el zorgo estaba en el punto de mayor demanda hídrica, la diferencia entre el borde oriente y el centro del campo era visible desde el camino de terracería sin ningún instrumento.
Las plantas del primer surco junto a los maguelles eran más altas. El follaje era más oscuro, indicador de mayor disponibilidad de nitrógeno. El suelo entre las hileras tenía una textura diferente, menos polvo seco, más estructura, más oscuro que el suelo del centro del campo. Cuando hizo el corte de cosecha, el rendimiento del borde oriente, los primeros 15 m cerca, superó al rendimiento del centro del campo en 28% por hectárea.
Lo midió tres veces. porque quería estar segura de que no era un error de conteo. No era un error. Y ese mismo año, en la primera sequía severa del verano que secó el temporal, antes de que el zorgo llegara a maduración completa en el resto del municipio, Rosario cortó las primeras pencas tiernas comerciales de los Maguelles del Borde oriente y las vendió como forraje de emergencia al precio que había negociado desde el principio, el doble del precio de referencia del Sorgo ese año.
El comprador que llegó elegido no llegó por publicidad, llegó porque don Crescencio Reyes, que llevaba un año mirando los datos del cuaderno de Rosario, con la atención callada de alguien que no quiere que nadie lo vea mirando, le mencionó el sistema a su compadre Aurelio Garza, que compraba forraje para su ganado en el municipio vecino de Matehuala y que siempre buscaba proveedores de forraje de emergencia en temporada de sequía.
Aurelio Garza llegó un martes de octubre de 1985 en su camioneta de doble cabina, sin avisar. No quiso que Rosario lo guiara. Le pidió que lo dejara caminar solo. Caminó el borde oriente de norte a sur y de sur a norte. Luego caminó el centro del campo. Se agachó a revisar el suelo entre los maguelles con las manos.
revisó las pencas tiernas con el criterio del hombre que sabe lo que el ganado necesita. Cuando terminó, se sentó con Rosario a la sombra del Mezquite y habló directamente. Le ofreció un contrato de compra de penca tierna de MAGEI para tres temporadas, precio fijo con ajuste anual, pago a 15 días de entrega.
El precio era el que Rosario había calculado en la mesa de la cocina dos años antes, usando los datos de los compradores de forraje que había llamado por teléfono. Firmaron en la mesa de la cocina tres semanas después con don Crescencio como testigo. La cosecha del cuarto año, el año en que la delegación de la Secretaría de Agricultura publicó su reporte anual de rendimientos egidales en el municipio, la parcela de Rosario Méndez encabezaba la tabla de rendimiento forrajero combinado por hectárea, zorgo más penca
de maguei americano. La primera vez que esa combinación aparecía en la tabla porque era la primera vez que alguien en el municipio la había documentado como sistema productivo intencional. El ingeniero Fortino llegó con una copia impresa de la tabla y se la entregó a Rosario sin decir nada al principio. Rosario la leyó, vio el nombre de su parcela en la primera fila, dobló el papel, lo guardó en el cuaderno.
El ingeniero Fortino se quedó parado un momento, luego dijo, “Rosario, necesito pedirte algo, que me enseñes el sistema completo para poder recomendarlo en otros ejidos. No el artículo de línea, tu sistema específico adaptado a este suelo, a este municipio, con tus datos.” Rosario lo señaló a la sombra del Mezquite. Le dijo, “Siéntese.
Tengo 4 años de cuadernos.” Don Crescencio Reyes llegó a la parcela de Rosario ese cuarto otoño, un atardecer de noviembre. Yo estaba revisando el sistema de riego junto al bordo del campo oriente cuando lo vi llegar en su camioneta gris por el camino de terracería. Se bajó despacio solo, sin don Nabor, sin el café en termo.
Caminó hasta el borde de la cerca y se quedó parado mirando los maguelles. Ya medían más de 2 met y medio los más viejos. Las pencas exteriores alcanzaban hacia el camino como brazos abiertos, verdes y firmes, y la cortina era densa y compacta a lo largo de todo el borde oriente. Desde donde estaba don Crescencio, la diferencia entre el viento en el camino de terracería y el viento dentro del campo era perceptible sin medir nada.
El viento pegaba de lleno en la cerca y la cortina lo rompía, lo dispersaba, lo reducía a una brisa que llegaba al primer surco de Zorgo sin la fuerza destructiva que en los años anteriores había acamado las plantas del borde y arrancado el suelo superficial. Don Crescencio estuvo parado ahí 10 minutos sin moverse.
Luego miró el campo cosechado con su suelo oscuro y bien estructurado. Luego volvió a mirar los magueelles y entonces se volvió hacia mí. Se quitó el sombrero con la mano derecha y lo sostuvo contra el pecho y dijo directo, sin rodeos. Rosario, quiero hacer esto en mi cerca. Lo miré. Guardé la llave del sistema de riego que tenía en la mano.
Caminé hasta donde estaba él. No le dije que ya era hora. No le dije nada que lo hiciera sentir más pequeño de lo que él mismo ya se sentía. Le dije, “Le enseño cómo.” El ingeniero Fortino Salinas publicó el caso de elegido Benito Juárez en el Boletín Técnico de la Delegación en el primer semestre de 1987. El artículo que firmó con la Dra.
Esperanza Villarreal y el ingeniero Rodrigo Fuentes para la revista mexicana de la ciencia del suelo salió en el número de julio de ese año. Rosario Méndez Durán aparecía como productora, colaboradora y fuente de datos de campo con el cuaderno de 4 años de mediciones citado como referencia primaria. El ingeniero Fortino le trajo un ejemplar un viernes de agosto.
Rosario lo leyó completo esa noche lo dobló, lo guardó en la repisa de la cocina junto a los cuadernos. Hoy los maguelles del borde oriente de la parcela miden más de 4 m. Las pencas exteriores de los ages más viejos se cruzan entre sí, formando una bóveda verde oscura que hace sombra en el camino de terracería en las mañanas.

La cortina es visible desde la carretera estatal que pasa a 2 km como una franja compacta y oscura en el horizonte del semidesierto neoleonés. La zona protegida, donde el microclima del maguei beneficia activamente al sorgo adyacente, se extiende 12 m hacia el interior del campo. La materia orgánica del suelo en el borde de la cerca está 280% por encima de los niveles que Rosario midió cuando empezó en 1983.
Los costos de insumos de la parcela bajaron en comparación con los primeros años de operación sin el sistema, principalmente por reducción en fertilizante nitrogenado y menor necesidad de riego de auxilio en el borde. Don Crescencio Reyes plantó su borde la primavera siguiente. 140 maguelles, mismo diseño de tres hileras.
Al tercer día de plantación, don Cresencio llamó a don Navor y a Memo Gutiérrez y los invitó a ver cómo se hacía. Ninguno se ríó. Don Cresencio me llamó esa noche. Yo estaba en la cocina con Leandro revisando los formularios de la universidad. Había algo diferente en su voz. No era la voz del hombre de la cerca con el café entero.
Era la voz de alguien que acaba de terminar de plantar 140 maguelles con sus propias manos. y que está procesando lo que eso significa respecto a lo que dijo 4 años antes. Me dijo, “Rosario, te debo más que una disculpa.” Le respondí, “Don Crescencio, usted no me debe nada. Usted hizo exactamente lo que hacemos en el campo.
” Observó, esperó y cuando vio la prueba actuó. Así funciona esto aquí. Así ha funcionado siempre. y así está bien que funcione. Hubo una pausa larga, luego me dijo, “4 años, es mucho tiempo.” Le respondí, “A los maguelles no les importó. Mi mamá camina la cortina de Maguelles cada mañana desde hace dos años.
Sale antes de que yo me levante, cuando el sol todavía está abajo y la luz llega horizontal entre las pencas. Lleva su taza de café y camina a los 700 met despacio, pasando los dedos de vez en cuando por la superficie cerosa de las pencas más cercanas al camino. Los pájaros, cardenales del norte y cuervos que llegaron el segundo año y se quedaron hacen ruido entre las bases de los maguelles todavía antes de que el sol caliente.
Una mañana, hace unos meses, la alcancé y caminamos juntas el último trecho sin hablar. Cuando llegamos al final de los 700 m y nos quedamos mirando hacia donde habíamos empezado, mi mamá tomó un sorbo de café y dijo sin que viniera de ninguna conversación previa, “Tu suegro, don Leandro, se hubiera reído también al principio”, le respondí, “Lo sé.
” Mi mamá miró los maguelles un momento más, luego dijo, sin voltear hacia mí. “Por eso los plantaste de todas formas, no era una pregunta. Rosario Méndez Durán no heredó una parcela próspera. Heredó tierra cansada con el borde erosionado, un marido que estaba en Monterrey y regresaba cada vez menos, dos hijos chicos y la memoria de un suegro que se había quedado en un tractor a los 63 años.
Sembró 180 maguelles sola bajo el sol de 40 gr en agosto con el viento del noreste tirándole polvo a la cara. y el ingeniero de la delegación, riéndose desde la orilla de la parcela, no le respondió. siguió plantando. 4 años después tenía el rendimiento combinado más alto en la historia registrada del municipio.
Tenía un contrato de compra con precio garantizado. Tenía los datos más ordenados que el investigador de línea había revisado en una parcela egidal en el norte de México. tenía el respeto callado de los hombres que se habían reído y tenía 180 razones verdes de más de 2 met de altura para no dudar nunca más de lo que los datos dicen cuando la tierra los respalda. M.