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Plantó maguey entre el sorgo mientras el ingeniero se reía…

Siempre era diferente al principio, casi nunca era diferente al final. Rosario no respondió. tomó la siguiente plántula de ago, que había acomodado en la sombra del mezquite más cercano para que no se estresaran con el calor de las 11 de la mañana de agosto. Midió la distancia con un cordel que había marcado a 2 m exactos con nudos de estambre rojo.

Clavó la coa en la tierra compacta con las dos manos y siguió plantando. Maguey por maguei, hoyo por hoyo, en tierra que llevaba tres décadas produciendo sorgo forrajero y que nadie en elegido había considerado para otra cosa, porque el zorgo era lo que había dado el abuelo de Rosario y el padre de Rosario.

Y Rosario misma durante los 12 años que llevaba trabajando la parcela, desde que su marido Aurelio se fue al norte en 1979 y no regresó con la misma frecuencia con que había prometido regresar. La safra siguiente, el campo oriente del ejido Benito Juárez, produjo el rendimiento combinado por hectárea, más alto que cualquier parcela del municipio de Dr.

Arroyo había registrado desde que la delegación empezó a llevar estadísticas en 1974. El ingeniero Fortino Salinas pasó frente a la parcela cuatro veces ese día de cosecha en su camioneta de la delegación, más despacio cada vez. A la cuarta pasada se detuvo, se bajó, se quitó el sombrero y caminó hasta donde estaba Rosario revisando el sistema de riego.

Le preguntó si podía hablar con ella. Rosario dijo que sí. Le señaló la sombra del mezquite con un gesto de la mano. El mismo mezquite donde había guardado las bolsas de vivero 3 años antes. Mi suegro abandonó la parcela en 1976. No porque quisiera. Don Leandro Méndez era un hombre que no abandonaba nada por voluntad propia de los que se levantan antes del sol y se acuestan después de que oscurece sin considerar que pudiera existir otra manera de vivir.

lo abandonó, porque su corazón dijo hasta aquí después de 40 años de madrugar en el semidesierto neoleonés, de cargar costales de semilla cuando los peones no llegaban, de manejar el tractor en la tierra pedregosa que no perdonaba el descuido ni el cansancio, de preocuparse por el precio del sorgo que bajaba cuando más lo necesitabas que subiera, por el agua del pozo que bajaba de nivel cada temporada seca, un poco más que la anterior.

por la deuda de la caja de crédito rural que esperaba con la paciencia de las deudas, que saben que no tienen prisa porque el tiempo trabaja para ellas. Derrame cerebral, no infarto. A los 63 años, en el tractor, durante la siembra de primavera de 1976, el médico del centro de salud de doctor Arroyo fue claro desde el primer día.

Nada de campo, nada de esfuerzo, nada de sol fuerte. Para un hombre como don Leandro, quedarse sentado era la forma más lenta de morir que había, pero era la única que le quedaba disponible. La parcela quedó en manos de su hijo Aurelio Méndez, que era mi marido desde 1971, que tenía 28 años en 1976 y que llevaba esos 5 años dividido entre la parcela y los trabajos de temporada en las construcciones de Monterrey, que pagaban lo que la parcela no alcanzaba a pagar.

Aurelio manejó la parcela 3 años más, de 1976 a 1979, con el mismo sistema que su padre había usado y que su abuelo había usado antes que su padre. Sorgo en temporal, sorgo en riego cuando el pozo alcanzaba, venta a la bodega de elegido, al precio que la bodega decidía que era justo ese año, que casi nunca era el precio que tú necesitabas que fuera.

En el verano de 1979, Aurelio consiguió un trabajo fijo en una planta de construcción en Monterrey. Un trabajo con seguro y con sueldo quincenal, que pagaba más en un mes que la parcela en una temporada buena. Se fue en septiembre. Dijo que regresaba en diciembre. Regresó en febrero. El siguiente año regresó en abril. Para 1982, Aurelio regresaba en diciembre y se iba en enero, y la parcela era mía.

en todos los sentidos que importaban. Tenía 27 años cuando Aurelio se fue la primera vez. Tenía dos hijos, Leandro de 6 años y Consuelo de cuatro. Tenía una parcela ejidal de 16 haáreas en el semidesierto del municipio de Dr. Arroyo, en la parte sur de Nuevo León, que colinda con Tamaulipas y con San Luis Potosí.

Tierra de clima extremo, de lluvias que cuando llegan lo hacen de golpe y cuando no llegan, te dejan mirando el cielo durante meses con la garganta seca y los surcos cuarteados. Tierra de nortes que bajan del altiplano en octubre y noviembre con viento seco que destroza lo que no está bien agarrado. Tierra de veranos con 40 gr al mediodía que hacen que trabajar en el campo entre las 11 y las 4 sea trabajar contra el cuerpo propio.

Y tenía exactamente el conocimiento que 20 años de haber crecido en ese campo me habían dado. ¿Cuál surco del campo norte? Se encharcaba cuando llovía fuerte dos días seguidos. ¿Cuál esquina del campo poniente se helaba antes que el resto cuando llegaba el norte de noviembre, cuando el sorgo pedía agua, aunque el suelo todavía se viera húmedo en la superficie? porque había aprendido a leer las hojas, el color, el ángulo en que colgaban a las 2 de la tarde.

Había pasado 20 años mirando, siguiendo, preguntando, sin que nadie se diera cuenta de que estaba aprendiendo. Porque en esa época, en esos ejidos, una mujer que preguntaba demasiado sobre el campo era una rareza. Y yo no quería ser rareza, quería aprender. 10 años trabajé la parcela sola con peones en temporada alta, con mis propias manos cuando no había de otra, con orgullo que no se doblaba, aunque el precio del sorgo cayera dos temporadas seguidas, aunque el nivel del pozo bajara otro metro ese año, aunque los vecinos de el ejido me

dijeran que vendiera la parcela a quien pudiera trabajarla de verdad, que una mujer sola con dos hijos chicos no tenía caso que se quebrara la espalda por 16 haáreas de semidesierto. Yo decía que gracias y seguía. La idea del maguei me llegó de una manera que no tiene nada de dramático ni de inspirado.

Llegó de la misma manera en que llegan las ideas útiles en el campo de observar algo que no cuadra y quedarse con esa incomodidad hasta que la incomodidad se convierte en pregunta y la pregunta se convierte en búsqueda. Lo que no cuadraba era el borde oriente de mi parcela, 700 met de cerca de alambre de púas con postes de mezquite, delimitando el lado más expuesto al viento del noreste, que bajaba del altiplano entre febrero y mayo, y que en los años malos te dejaba sin el metro superficial de tierra, que la raíz del sorgo necesita para sostenerse. Llevaba

tres temporadas midiendo la erosión en ese borde con un método que me había inventado yo misma. Incaba varillas de fierro de construcción en el suelo a distancias fijas a lo largo de la cerca y medía cuánto asomaban sobre la superficie cada 6 meses. Si la varilla asomaba más que la última vez, el suelo había bajado.

En tres temporadas, el borde oriente había perdido en promedio 5 cm de suelo superficial. en los puntos más expuestos, 5 cm que no regresaban. El zorgo que sembraba en el primer surco junto a la cerca producía la mitad que el zorgo del centro del campo. Siempre había sido así y cada año era un poco peor que el anterior. Lo que me dio la idea fue un artículo que encontré en el boletín técnico del INIA que el ingeniero Fortino dejaba en la sala de espera de la delegación cuando iba a tramitar papeles de crédito.

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