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La primera audición de Pedro Infante duró 8 minutos y dejó a Jorge Negrete sin palabras

Era un martes de 1943 a las 8:30 de la mañana cuando Pedro Infante empujó la puerta de la RCA Víctor en Ciudad de México con una maleta de cartón atada con mecate, los zapatos con la suela despegada por el lado izquierdo y el estómago vacío desde la noche anterior. Tenía 23 años y llevaba 4 meses en la capital.

Había llegado desde Mazatlán con el dinero justo para el camión y la dirección de una vecindad en la colonia Guerrero que le había dado un conocido que tampoco tenía mucho más que ofrecer. La ciudad lo había recibido de la misma manera que recibe a todos los que llegan con algo que demostrar y sin nadie que los espere, con indiferencia completa.

Esos 4 meses habían sido una acumulación silenciosa de puertas que no se abrían del todo. Había tocado en una carpa de la colonia Tepito tres noches seguidas por un pago que apenas cubría el camión de regreso. Había cantado en una fonda del centro durante dos semanas hasta que el dueño decidió que la música espantaba a los clientes del desayuno.

Había dejado su nombre en dos radiodifusoras sin que nadie lo llamara de vuelta. Cada uno de esos intentos había terminado de la misma forma, sin un no claro, sin una puerta cerrada de golpe, sino con esa variante más desgastante del rechazo, que es la indiferencia, que no duele de inmediato, pero que se va acumulando en algún lugar del cuerpo hasta que pesa más que el cansancio.

La noche anterior había dormido mal en el catre de la vecindad que compartía con otros tres hombres que también intentaban algo en una ciudad que no les debía nada. se había quedado mirando el techo escuchando el ruido de la calle hasta pasada la medianoche, repasando mentalmente las canciones que iba a intentar cantar si alguien le daba 5 minutos.

No era la primera vez que ensayaba así, en silencio y en la oscuridad, sin más auditorio que el techo descascarado y la certeza de que o seguía intentando o regresaba a Mazatlán con las manos vacías. se levantó antes de que amaneciera, se lavó la cara en el lababo del pasillo que escupía el agua fría a golpes.

Se peinó con el peine de dientes rotos, que era de los pocos objetos que había traído desde Sinaloa, y salió a la calle con la maleta, aunque no tenía a dóe llevarla, porque dejarla en la vecindad mientras no estaba le parecía más riesgo del que valía correr. Caminó 40 minutos hasta la grabadora porque el dinero del tranvía era el mismo dinero del almuerzo y entre las dos cosas eligió llegar.

Cuando empujó esa puerta a las 8:30, no tenía cita. No tenía nombre conocido que mencionar. No tenía nada más que la voz que había estado ensayando mentalmente durante toda la noche y la convicción todavía intacta, aunque ya con algunos raspones de que esa voz valía algo si alguien se tomaba el tiempo de escucharla.

Lo que Pedro no sabía cuando entró esa mañana era que en el estudio del segundo piso, Jorge Negrete llevaba ya una hora grabando su propio disco y que en menos de 40 minutos ese hombre iba a detenerse en medio de una sesión y pedir silencio absoluto para escuchar algo que venía del pasillo. La recepción de la RCA Víctor era una sala de techos altos con piso de mosaico y olor a papel húmedo y cigarro frío.

Había un mostrador de madera oscura detrás del cual una secretaria de cabello recogido revisaba una pila de documentos con la concentración de quien tiene demasiado trabajo y muy poco tiempo para atender interrupciones. En las dos sillas apoyadas contra la pared esperaban ya un hombre de traje con un portafolio en las rodillas y una muchacha joven con una partitura doblada entre los dedos.

Los dos tenían la misma expresión tensa de quien llegó temprano porque no podía permitirse llegar tarde y ahora esperaba con la paciencia de quien no tiene otra opción. Pedro dejó la maleta junto a la pared, se acercó al mostrador y dijo que quería una audición, que había preparado tres canciones y que no necesitaba mucho tiempo.

La secretaria no levantó los ojos de los documentos cuando respondió. Dijo que el productor encargado de las audiciones no llegaba hasta las 10, que había una lista de espera con nombres de la semana anterior y que si quería podía dejar el suyo, pero no había garantía de que lo llamaran ese día ni esa semana. Pedro dijo que dejaría su nombre.

La secretaria abrió un cuaderno sin ningún énfasis particular, escribió Pedro Infante con la misma presión con que habría escrito cualquier otra cosa y volvió a sus documentos. El intercambio completo había durado menos de un minuto y al final de ese minuto Pedro estaba exactamente donde había empezado, solo que ahora con un nombre escrito en un cuaderno que nadie iba a consultar con ninguna urgencia, fue a sentarse en la única silla libre que quedaba junto a la pared.

Puso la maleta entre los pies para no estorbar el paso y se quedó mirando el pasillo que se abría detrás del mostrador, por donde entraban y salían personas con el paso seguro de quien tenía un lugar concreto a donde ir. Desde el fondo del pasillo llegaba de vez en cuando un sonido apagado de música. algo que podía ser un piano o podía ser una grabación reproduciéndose.

Era difícil saberlo desde ahí, pero era suficiente para recordar que al fondo de ese pasillo había algo real, algo que funcionaba, algo al que todavía no tenía acceso, pero que existía a menos de 30 m de donde estaba sentado. Esperó. El hombre del traje fue llamado antes de las 9 y volvió en 12 minutos con la expresión resuelta de quien recibió una respuesta que no le gustó, pero que ya procesó y cerró.

La muchacha de la partitura fue llamada poco después y no regresó a la sala de espera, lo que podía significar varias cosas, pero que Pedro eligió interpretar como algo bueno, porque necesitaba creer que las cosas buenas eran posibles en ese pasillo. A las 9:40 llegó el productor. Era un hombre de mediana estatura con bigote recortado y el saco ligeramente arrugado, de quien ya llevaba varias horas trabajando aunque apenas fueran las 10 de la mañana.

Pasó por la recepción sin detenerse, intercambió tres palabras con la secretaria en voz baja y desapareció por el pasillo con la prisa de alguien que tiene más pendientes que horas disponibles. La secretaria llamó al siguiente nombre de la lista. No era Pedro. Esperó otra media hora. En ese tiempo escuchó desde algún punto del segundo piso una voz que reconoció de inmediato, aunque nunca la hubiera escuchado en persona.

Era una voz que había salido de radios y fonógrafos en Mazatlán, en los patios de las casas, en las cantinas del puerto. Una voz que Pedro conocía de la misma manera en que se conocen las cosas que están en el aire antes de que uno sepa sus nombres. Era Jorge Negrete grabando en el piso de arriba y el sonido bajaba por las paredes de ese edificio con la naturalidad de algo que pertenecía ahí, que tenía su lugar ganado, que no necesitaba pedir permiso para ocupar el espacio.

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