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The case that divided Colombia — novice disappeared the night of her vows, found with the bishop

The case that divided Colombia — novice disappeared the night of her vows, found with the bishop

Hay noches que una ciudad entera preferiría olvidar. Noches que se instalan en la memoria colectiva como una mancha que ningún aguacero logra lavar. Para Pasto, una ciudad enclavada entre volcanes y niebla en el sur de Colombia, esa noche fue el 14 de agosto de 1998. Sor Catalina Andrade tenía 22 años. era, según quienes la conocieron, la clase de persona que ilumina los espacios con una presencia que no se explica del todo, pero que todos perciben.

Había llegado al convento de las hermanas de la providencia 3 años antes, con una maleta pequeña y una determinación que impresionó incluso a las novicias más veteranas. Esa noche, en pocas horas, iba a pronunciar sus primeros votos solemnes. Iba a consagrar su vida, iba a desaparecer. Lo que la policía encontró al amanecer del 15 de agosto no fue un cuerpo, no fue una escena de crimen, no fue siquiera una señal de lucha.

 Lo que encontraron fue simplemente el silencio de una celda vacía y un hábito blanco doblado sobre la cama con una prolijidad que años después un investigador experimentado describiría como la única cosa en este caso que nunca pude explicarme del todo. Durante 11 años, el nombre de Catalina Andrade circuló en los pasillos del convento como una pregunta sin respuesta.

 11 años de búsqueda, de silencios institucionales, de familias rotas y comunidades divididas. Y entonces, en el otoño de 2009, algo sucedió en una ciudad a 700 km de pasto, que lo cambió todo. ¿Qué clase de secreto es tan grande que una institución entera, una diócesis, una familia y una mujer joven están dispuestas a enterrarlo por más de una década? ¿Y qué hace que ese secreto y después de tanto tiempo se niegue finalmente a seguir en silencio? Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete

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fotografías de los viajeros. La Pasto Real, la ciudad que sus habitantes conocen desde adentro con toda la densidad que eso implica. De pasto es la capital del departamento de Nariño, situada a más de 2500 m sobre el nivel del mar, en el altiplano andino del sur de Colombia, a pocos kilómetros de la frontera con Ecuador.

 En 1998, la ciudad tenía alrededor de 350,000 habitantes. una economía basada en el comercio, la agricultura de montaña y la administración pública y una vida religiosa que permeaba cada aspecto de la cotidianidad de una manera que ya resultaba inusual, incluso para el resto del país. La Iglesia Católica en Pasto no era simplemente una institución religiosa, era en muchos sentidos el tejido conectivo de la sociedad local.

Las parroquias organizaban no solo los sacramentos, sino también las redes de ayuda entre vecinos, las ferias de empleo, los grupos de jóvenes. El obispo de la diócesis era y junto con el gobernador y el alcalde, una de las tres figuras de autoridad más reconocidas de la región. Y en 1998 ese obispo era monseñor Rodrigo Cifuentes Arbeláez, un hombre de 64 años, oriundo de Manizales, que llevaba 19 años al frente de la diócesis y que era conocido por un estilo de liderazgo que sus colaboradores describían como

pastoral y sus críticos más escasamente como hermético. El convento de las hermanas de la providencia estaba ubicado en el barrio de San Juan de Dios, a pocas cuadras del centro histórico de la ciudad. Era una construcción colonial de paredes gruesas, patios de ladrillo y jardines interiores donde crecían azaleas y begonias.

 La comunidad estaba compuesta en 1998 por 16 hermanas profesas y cuatro novicias, entre ellas Catalina. Maam María Catalina Andrade Villota había nacido el 3 de marzo de 1976 en El Contadero, un municipio pequeño del departamento de Nariño, a unos 70 km de pasto por una carretera que en aquella época seguía siendo en varios tramos de difícil tránsito en temporada de lluvias.

 Era la tercera de cinco hijos de Ernesto Andrade, agricultor y de Gloria Villota, maestra de escuela primaria. Los vecinos del contadero que la recordaban hablar de ella coincidían en dos cosas, que era inteligente, de una inteligencia rápida y curiosa, que la hacía destacar en la escuela y que tenía una cualidad difícil de nombrar, una especie de calma interior que la gente percibía antes incluso de que ella dijera una sola palabra.

 No fue una vocación repentina ni dramática. Catalina había expresado interés en la vida religiosa desde los 15 años y sus padres, aunque ambos eran creyentes, reaccionaron con la mezcla de orgullo y inquietud que suele acompañar a ese tipo de noticias cuando viene de un hijo. La madre Gloria había querido que su hija estudiara en pasto, que se formara como maestra como ella, que tuviera opciones, según contaría años después en una entrevista, el padre Ernesto era más callado en sus opiniones, pero quienes lo conocían bien sabían que la idea de

que su hija tomara votos de clausura le producía una melancolía que nunca llegó a articular completamente. Catalina llegó al noviciado en agosto de 1995 con 19 años. Había terminado el bachillerato en el contadero y había pasado dos años trabajando como auxiliar en la escuela donde daba clases su madre, un periodo que ella describía en las cartas que enviaba a su familia y como un tiempo de discernimiento usando la palabra que la Iglesia utiliza para ese proceso de reflexión sobre la vocación.

Las hermanas de la providencia la recibieron y según el testimonio de la superiora de aquella época, la madre Inés Guerrero, quedaron impresionadas desde el primer día por su madurez espiritual y su disposición a la comunidad. Durante 3 años, Catalina vivió el ritmo del noviciado, las laudes al amanecer, la lecto divina, el trabajo comunitario, la instrucción teológica, los retiros.

Las cartas que enviaba a casa eran regulares, afectuosas, llenas de detalles pequeños sobre la vida del convento, la huerta que estaban cultivando, el libro que estaban leyendo en la lectio, las visitas pastorales a las comunidades del barrio. Nada en esas cartas de que su madre guardó todas y que años después revisaría con una atención angustiada, buscando señales que hubiera podido perderse.

 sugería nada distinto de lo que describían. Una joven que había encontrado el lugar donde quería estar. Y sin embargo, y sin embargo, había algo, no en las cartas, que eran lo que eran, sino en los espacios entre ellas, en las visitas familiares cada dos o tres meses, donde Catalina llegaba a el contadero con esa misma calma que todos le reconocían, pero donde su madre, con la antena particular que tienen las madres para detectar lo que sus hijos no dicen, notaba a veces una especie de tensión bajo la superficie.

No tristeza, no arrepentimiento, algo más difícil de nombrar, algo que Gloria Andrade, en los años que siguieron a la desaparición, Tir intentaría describir decenas de veces y nunca lograría precisar con exactitud. La última visita de Catalina a El Contadero fue en junio de 1998, dos meses antes de la ceremonia de votos.

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