El silencio que habita hoy en esta casa no es un silencio normal, es una entidad física. Es un peso insoportable que se ha instalado en cada rincón, en cada pasillo, en cada espacio que antes llenaba su presencia. Es curioso y a la vez cruel como el mundo asume que el silencio es la simple ausencia de ruido, cuando para mí este silencio es el grito constante de que Alejandro ya no está.
Antes el concepto del silencio simplemente no existía en nuestro hogar. Nuestra vida estaba construida sobre melodías. Siempre había una canción flotando en el aire, un tarareo improvisado desde la cocina mientras preparaba algo, el sonido metálico, dulce y nostálgico de una guitarra afinándose en las madrugadas de insomnio o simplemente su risa, esa risa grande, profunda, ronca y maravillosamente contagiosa, que tenía el poder absoluto de iluminar mis días más oscuros y de llenar cada
grieta de mi propia alma. Hoy ese silencio me aplasta, me asfixia, me obliga a enfrentar la realidad más desgarradora que un ser humano puede soportar. Han pasado las horas, han pasado los días y el mundo exterior allá afuera sigue girando con su prisa de siempre, con esa indiferencia que duele.
La gente en la calle sigue su curso. Los noticieros de televisión y las portadas de los periódicos no dejan de hablar de su partida. Las estaciones de radio y las plataformas digitales saturan las ondas reproduciendo sus canciones una y otra vez. Escucho a lo lejos, desde las ventanas abiertas de los vecinos o desde los autos que pasan por la avenida, cómo suenan.
Qué cara más bonita. Colegiala, un imposible amor. Jarvín prohibido. Despertaré. El mundo entero, la industria, la farándula, todos lloran al inmenso ídolo. La República Dominicana entera llora desconsolada a la pérdida irreparable de su mayimbito. La música latina en cada rincón del continente, desde Nueva York hasta el rincón más escondido de Suramérica, llora una de las voces más perfectas, más puras, más prodigiosas y más afinadas que Dios haya puesto jamás sobre la faz de esta tierra.
Pero yo no lloro al ídolo. Yo no lloro al artista que llenaba estadios y acaparaba premios. Yo lloro a mi esposo. Yo lloro a mi Alejandro. Hoy, frente a este abisme insondable que es su ausencia física, decido romper mi propio silencio. Y quiero que quede claro, no lo hago buscando compasión ni buscando ser la protagonista de una portada de revista, ni persiguiendo la atención mediática.
Ustedes saben muy bien que nunca me gustó la luz cegadora de los reflectores. Ese era su mundo natural, su ecosistema, su escenario glorioso, no el mío. Lo hago porque hay una verdad inmensa, una verdad que palpita y me ahoga en el pecho, una verdad que necesito gritarle al miento con todas mis fuerzas para que atraviese el cielo y llegue a donde quiera que él esté ahora mismo, seguramente afinando una guitarra y cantando junto a los ángeles.
Y esa verdad absoluta, inquebrantable e negal que ahora se siente tan frío, tan hostil y tan vacío, jamás, pero escúchenlo bien, jamás encontraré a otro ser humano como Alex. Bueno, quiero que el mundo, que se cree dueño de su figura, entienda quién era realmente el hombre que dormía a mi lado cada noche, el hombre que despertaba entre mis brazos.
Ustedes, su amado y respetado público, al que él le debía todo y al que amaba con locura, conocieron al gigante indomable de los escenarios. Conocieron al lombre que venía de San José de las Matas con una maleta llena de sueños y que se paraba frente a miles y miles de personas. Y con solo cerrar los ojos, levantar el micrófono y emitir la primera nota de un bolero cortavenas o de un merengue apambichao, tenía el poder mágico de paralizar el tiempo.
Ustedes vieron al artista de la voz de terciopelo, impecable, al bohemio empedernido, al romántico incurable que los hizo enamorarse por primera vez, sufrir por un desamor, llorar de nostalgia y bailar hasta el amanecer. Pero yo tuve el inmenso privilegio de conocer al hombre vulnerable. Conocí a un ser humano con un corazón tan inmensamente noble, tan genuino y tan desprovisto de cualquier tipo de maldad o egoísmo, que a veces, se lo confieso con el alma rota, me asustaba que el mundo le hiciera daño.
Alejandro era en muchísimos sentidos un niño grande atrapado en el cuerpo de una leyenda, un hombre que poseía el poder absoluto de conmover a multitudes enteras en un concierto masivo, pero que en la intimidad de nuestra sala era capaz de llorar desconsoladamente viendo una película vieja o que detenía su vehículo en medio del tráfico de la ciudad simplemente para bajarse a acariciar y alimentar a un perrito callejero con una ternura que literalmente te partía el alma en mil pedazos.
Él sentía el mundo con una intensidad que pocos pueden comprender. Su sensibilidad era su mayor don artístico, pero también su mayor carga emocional. Nuestra historia no fue un cuento de hadas ni un guion de película romántica perfecta, de esas donde todo es color de rosa y los conflictos se resuelven con una canción.
Fue muchísimo más profundo, más complejo y más hermoso que eso. Fue una historia brutalmente real. Atravesamos tormentas tan oscuras y violentas que habrían hundido a cualquier otro barco, que habrían destruido y fragmentado a cualquier otra pareja en cuestión de días. Cuando las sombras de la vida intentaron apoderarse de su luz deslumbrante, cuando el peso aplastante de la fama, de las expectativas desmedidas de la industria musical, de los juicios implacables y de sus propias y feroces batallas internas,
amenazaban con apagar su voz dorada para siempre, ahí estábamos nosotros. Éramos un equipo inquebrantable, una muralla de dos. Me decían constantemente, incluso personas cercanas, que era una locura, que era un sacrificio demasiado grande, que era muy difícil estar al lado de un artista de su magnitud lidiando con tantas pruebas en el camino.
Pero yo siempre me pregunto y les pregunto, ¿cómo le das la espalda al gran amor de tu vida cuando más te necesita? ¿Cómo abandonas a un alma tan pura, tan excepcional, que en el fondo, detrás del ruido y las luces, simplemente estaba buscando desesperadamente el camino de regreso a la paz? Yo no lo salvé, aunque eso es lo que a veces los medios y la gente repitan por ahí para crear un mito.
No fui su salvadora, no soy una heroína. Nos salvamos mutuamente. Nos rescatamos el uno al otro del naufragio. En sus momentos de mayor oscuridad, de mayor fragilidad, él me enseñó lo que significa la verdadera, la auténtica humildad. me enseñó a perdonar lo imperdonable, a mirar mucho más allá de las apariencias engañosas, de los chismes de pasillo y de los juicios implacables de una sociedad que primero te eleva al cielo y luego disfruta viéndote caer.
Cuando Alejandro tropezaba o caía, se levantaba con una determinación tan feroz que me dejaba sin aliento. Y lo hacía muchas veces solo porque no quería decepcionarme, porque quería ser el hombre que él sabía que yo veía en él. Y cuando me miraba fijamente, con esos ojos oscuros, profundos y nostálgicos, cargados de una tristeza hermosa que solo los verdaderos bohemios poseen, y me decía con la voz quebrada que solo quería hacer las cosas bien por mí y por el respeto a su música.
En ese preciso, exacto y sagrado instante, yo sabía, con una certeza absoluta que me recorría las venas, que mi lugar en el mundo, mi único y verdadero propósito en esta vida, era sostener su mano. Y la sostuve. Vaya, si la sostuve, la sostuve con toda la fuerza física, mental y espiritual de mi ser.
Fui su ancla cuando la marea subía, su escudo cuando las críticas llovían y su refugio seguro cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso. Y él a cambio me lo pagó con el amor más puro, más devoto, más apasionado, leal y absoluto que una mujer pueda tener la dicha inmensa de recibir en 100 vidas. Si cierro los ojos en este momento, puedo viajar en el tiempo a nuestras mañanas.
No había lujos exagerados en nuestra intimidad. No había luces de neón parpadeando, ni guardaespaldas custodiando puertas, ni aplausos ensordecedores llenando el aire. Solo éramos Alejandro y Sara en nuestro pequeño y sagrado universo. Él tenía la costumbre inquebrantable de levantarse antes que yo, sin importar a qué hora nos hubiéramos acostado.
Iba a la cocina, preparaba el café paso a paso, exactamente como a mí me gustaba, y me lo llevaba a la cama. Se sentaba en el borde del colchón, me acariciaba el rostro con esas manos que sabían sacarle lágrimas a una guitarra, apartando el cabello de mi frente con una delicadeza infinita y me cantaba bajito al oído.
No cantaba para ensayar una presentación de la noche, no lo hacía para calentar la garganta o afinar, cantaba porque para él la música era literalmente el oxígeno que respiraba. Yo lo miraba medio dormida, escuchaba esa voz de terciopelo inconfundible acariciando mis oídos y pensaba cada mañana que estaba presenciando un milagro privado.
Me preguntaba a mí misma qué acto de bondad extrema había hecho yo en esta vida o en una vida pasada para merecer que esta voz, un patrimonio que le pertenece al mundo entero, al que millones pagan por escuchar de lejos, me despertara cada día cantándome a centímetros de mi rostro solo para mí. Él me amó con cada célula viva de su cuerpo, con cada respiración y cada fibra de su existencia. Y yo lo amé.
Lo amo y lo amaré de una forma que ni siquiera todos los diccionarios, todos los poemas y todas las canciones del mundo juntos podrían alcanzar a describir. Lo amé en la vertiginosa cima del éxito, cuando subía a las tarimas a levantar trofeos, cuando rompía todos los récords de asistencia en las discotecas y estadios y la gente coraba su nombre hasta enloquecer en un frenecí de euforia.
Era fácil amarlo brillando, pero lo amé, un millón de veces más en sus silencios más dolorosos y profundos, en sus noches de insomnio, en sus momentos de duda y extrema fragilidad. Lo amé cuando se miraba al espejo del baño y dudaba de sí mismo, a pesar de ser la leyenda viva que era. Lo amé de manera fiera e infinita cuando después de un concierto agotador de 3 horas donde había dejado el alma frente a miles, llegaba a la habitación del hotel o a nuestra casa, se quitaba la camisa empapada de sudor, se recostaba a mi lado en la cama,
escondía su rostro en mi pecho como un niño pequeño buscando amparo contra los monstruos. y me susurraba al oído, casi llorando de agotamiento, que yo era su paz, su única y verdadera paz en medio del huracán implacable que es la fama. Ahora la gente se me acerca, me abraza con lástima y asumo que con la mejor de las intenciones me repiten frases hechas.
Me dicen que sea fuerte, que el tiempo lo cura todo, que la herida sanará. Qué mentira tan inmensa, tan absurda y tan cruel. El tiempo no cura la ausencia de un amor de esta magnitud cósmica. El tiempo simplemente te enseña a disimular la herida en público. Te enseña a caminar cojeando del alma sin que los demás lo noten demasiado.
Te enseña a llorar hacia adentro. Me dicen que todavía tengo vida por delante, que debo rehacer mi camino, que a él no le gustaría verme así. Pero lo que no entienden, lo que absolutamente nadie parece comprender porque no estuvieron dentro de nuestra burbuja, es que mi vida entera era él.
Él era mi brújula, mi norte, mi mapa, mi paisaje, mi destino final y mi único hogar. Una casa enorme, llena de muebles hermosos y premios en las paredes no es un hogar si no está Alejandro caminando descalzo por el pasillo buscando algo dulce en la cocina a medianoche. Una cama matrimonial inmensa es solo un mueble frío, inmenso y desolador.
Si no siento su respiración acompasada y tranquila a mi lado en el silencio sepulcral de la madrugada, si no siento su brazo pesado y cálido rodeándome la cintura para atraerme hacia él instintivamente mientras dormía. Díganme ustedes, ¿cómo le explico al mundo que mi corazón, en cierto modo metafísico e irrevocable, se detuvo exactamente el mismo día, a la misma hora y en el mismo maldito segundo que el de él dejó de latir? ¿Cómo les explico con palabras humanas que aunque mis pies sigan caminando por esta tierra y mi corazón siga bombeando sangre y mis
pulmones sigan tomando aire por inercia, una parte fundamental de mi alma, la parte más hermosa, vibrante y luminosa que yo tenía, ya cruzó al otro lado de la luz aferrada a su mano. Escúchenme bien. Se lo digo a todos los que en algún momento amaron, aplaudieron o criticaron a Alex. Bueno, y se lo dijo al universo entero para que quede decretado.
No habrá otro jamás en esta existencia. Me niego rotundamente, con cada átomo de mi ser, a buscar en otros ojos la luz brillante, pícara y a la vez tan tierna que solo mi Alejandro tenía. Me niego categóricamente a buscar en otras manos, en otros brazos. El calor en la seguridad invencible que solo él sabía darme cuando el mundo me daba miedo.
Porque un amor así, un amor que te atraviesa el pecho de lado a lado, que te desgarra y te reconstruye por dentro, que te eleva hasta tocar el cielo con la punta de los dedos y te hace experimentar lo divino en la tierra, no se repite jamás. Es un evento único en la galaxia. Dios en su infinita misericordia nos dé el inmenso privilegio de encontrar a nuestra verdadera alma gemela una sola vez en la eternidad.
Es un boleto de ida sin derecho a réplica ni a repuesto. Y yo tuve la inmensa, la incalculable y abrumadora fortuna de encontrar la mía en Alejandro Bueno. Ya conocí el amor en su máxima expresión. Ya tuve lo mejor que este universo podía ofrecerme. No quiero nada más de esta vida, de este mundo terrenal. En cuestiones de amor, mi corazón ya tiene dueño hasta el fin de los tiempos y ese dueño lleva su nombre.
Él siempre me decía en esas charlas profundas que teníamos sobre la vida y la muerte que el día que faltara no quería verme llorar con amargura ni vestir de luto oscuro el alma. me pedía, me exigía, casi riendo, que pusiera un buen merengue derecho de esos que hacen temblar el piso, que sonaran sus bachatas clásicas, sus boleros de amargue y que lo recordara cantando, riendo y celebrando la vida, porque si algo amó él, fue la vida.
Pero mi amor, mi Alejandro adorado, luz de mis ojos, tienes que perdonarme desde donde me estés escuchando. Perdóname porque hoy y quizás mañana y pasado mañana no puedo cumplir esa promesa. Hoy no soy tan fuerte como tú siempre creías que era, como tú me hacías sentir que era. Hoy necesito llorarte hasta que me quede seca, hasta que no quede una sola lágrima en mi cuerpo.
Necesito que este dolor insoportable físico y espiritual que me está quemando las entrañas por dentro salga de alguna forma, porque si me lo guardo, si trago saliva y me hago la fuerte frente a las cámaras, siento que me voy a consumir desde adentro hasta desaparecer por completo. Déjame llorarte, amor mío, porque cada lágrima es un testimonio del inmenso amor que dejamos inconcluso en este plano.
música, su gigantesco, su monumental legado intocable. Ese es el gran consuelo que me queda. O al menos eso es lo que la gente y los locutores, los periodistas repiten como un mantra incesante para intentar aliviar un dolor que no tiene cura. Dicen que Alex Bueno no ha muerto, que es inmortal gracias a su catálogo infinito de éxitos, a esa trayectoria impecable, a esa voz prodigiosa que dejó grabada para la eternidad en cientos de discos.
Y es completamente cierto, no se los discuto. Las generaciones pasarán, el tiempo avanzará, vendrán nuevos géneros, surgirán nuevos y talentosos artistas, cambiarán las modas y las formas de escuchar música. Pero en la República Dominicana, en las frías calles de Nueva York, en los rincones de Europa, en Centro y Sudamérica, y en cada lugar del globo donde lata un solo corazón latino que sepa de sentimiento, seguirá sonando eterna, soberana e imponente la voz del Maimbito.
Seguirán bailando sus merengues en las Navidades. Seguirán apretándose y suspirando con sus bachatas. seguirán ahogando sus penas de amor con sus boleros cortavenas sentados en la barra de un bar en las madrugadas solitarias. Su legado musical es, sin lugar a la más mínima duda, un patrimonio inmaterial de nuestra cultura hispana.
Algo sagrado, intocable, mágico e inmaculado que la historia del arte jamás podrá borrar. Alejandro es historia. Pero, ¿saben qué? ¿Saben una cosa? Ese legado espectacular, esos discos de oro, esos aplausos grabados le pertenecen única y exclusivamente a ustedes, a su público, al público que él tanto respetaba, por el que se desvivía y al que amaba profundamente.
Para mí, la viuda, la mujer detrás del telón, el verdadero legado que me deja Alejandro es infinitamente superior a cualquier canción número uno en la radio. Mi legado son nuestras conversaciones existenciales y susurradas a las 3 de la mañana sobre nuestros sueños de viejos. Son sus cartas de amor escritas a veces con prisa y con faltas de ortografía en servilletas arrugadas de restaurantes de carretera o en la parte de atrás de un boleto de avión después de una gira. Son las
incontables veces que, sin importar quién lo estuviera viendo, detuvo el auto de golpe en medio de un aguacero torrencial, empapándose de pies a cabeza. solo para bajar corriendo a comprarme una flor silvestre que vio en la acera, porque se acordó de mí y quería verme sonreír. Mi legado es el recuerdo físico e imborrable de su olor.
Esta mezcla inconfundible de su colonia con su esencia natural de hombre trabajador y apasionado es el recuerdo de su forma única de abrazarme por la espalda cuando yo estaba distraída cocinando, apoyando el peso de su barbilla en mi hombro, cerrando los ojos y suspirando de alivio por estar en casa.
Esas pequeñas cosas, esos momentos minúsculos y ordinarios que para cualquiera pasarían desapercibidos son mis verdaderas reliquias. Ese es mi tesoro incalculable y lo guardo en el cofre más profundo, recóndito y seguro de mi alma, custodiado por mi vida misma. Un lugar sagrado donde nadie de la prensa, ni el tiempo corrosivo, ni la distancia, ni siquiera la mismísima y cruel muerte me lo podrá arrebatar jamás.
es mío. El ídolo es de ustedes, pero el corazón de Alejandro bueno me pertenece por toda la eternidad. Mi Alejandro, mi esposo, mi compañero de batallas, mi magimbito querido y adorado. Si de alguna forma inexplicable, pero cierta puedes escucharme desde ese lugar de luz infinita, de colores perfectos y paz absoluta donde tengo la certeza irrebatible de que te encuentras, quiero que sepas que estoy intentando con todas las fuerzas que me quedan ser valiente por ti.
Te prometo que estoy de pie. Estoy dando la cara frente al mundo que te llora, aunque por dentro esté de rodillas, arrastrándome en el piso de nuestra habitación, suplicándole a Dios que me devuelva el tiempo, que te devuelva a mi lado, aunque sea por 5 minutos más. Te prometí frente al altar, frente a Dios y frente a la vida, que cuidaría de tu nombre en las buenas, en las malas y en las peores, que defendería tu memoria, tu historia y tu honor como una leona fiera defiende a su manada. Y quiero que sepas donde quiera
que estés volando libre ahora, que así lo haré hasta el último e inevitable aliento que salga de mis pulmones. Nadie va a ensuciar la belleza de lo que construimos juntos contra viento y marea. Nadie va a reescribir nuestra historia. Nadie borrará la verdad indiscutible, pura y cristalina de lo que fuiste.
Un hombre inmensamente bueno, tan bueno de alma y de espíritu como tu propio apellido proféticamente lo anunciaba al mundo. Hoy, mi amor, no te estoy diciendo adiós, me niego a decir esa palabra. Porque los adioses definitivos, las despedidas finales, son únicamente para las personas que dejan de amar, para los amores efímeros.
Y mi amor por ti, Alejandro, es una fuerza de la naturaleza que crece desmesuradamente cada segundo, cada minuto, cada hora, cada semana y cada mes que paso respirando este aire sin ti. Te amé desde el primer y mágico instante en que tus ojos se cruzaron, desde esa primera mirada en la que el mundo a mi alrededor desapareció y solo quedamos tú y yo.
Te amé a través de nuestro propio infierno personal y de nuestro propio cielo alcanzado. Te amo hoy en este presente doloroso, amargo e incomprensible con este vacío inmenso en el pecho que me corta la respiración a cada paso que doy por nuestra casa. Y te juro por mi vida entera, por mi alma y por lo más sagrado que existe en el universo, que te amaré mañana, pasado mañana y por todo el resto de la eternidad inabarcable que nos espera. Espérame.
Solo te pido eso, mi amor de mi vida. Espérame con paciencia infinita. Búscame un lugar bien bonito allá arriba. Explora el cielo por mí. Busca un rincón cerca de Dios. Un rinconcito donde haya mucha luz y muchísima paz, donde podamos sentarnos juntos en la eternidad a mirar los atardeceres celestiales, exactamente como tanto nos gustaba hacerlo aquí en la tierra, en silencio, tomados de la mano.
Afina tu guitarra de oro, ponte a ensayar con los coros celestiales. Cántales a los ángeles y enséñales de una vez por todas cómo se canta un verdadero bolero dominicano con el corazón en la garganta. Y te prometo, Alejandro mío, te prometo con mi vida que cuando llegue mi momento divino, cuando esta vida me permita por fin cumplir mi condena terrenal, cerrar los ojos pesados, soltar mis cargas, mi dolor y descansar, sé perfectamente que lo primero que voy a escuchar en esa inmensidad luminosa será tu voz. esa voz inconfundible,
perfecta y sanadora, llamándome por mi nombre, Sara. En ese preciso momento, en esa fracción de segundo eterno, soltaré todo lo que me ata este mundo. Correré hacia ti con los brazos abiertos, sin mirar atrás ni una sola vez. Me fundiré en tu abrazo cálido, fuerte y protector que tanto extraño.
Y entonces, por fin estaremos completos de nuevo. Estaremos intactos, estaremos juntos nueva vez. En la otra vida, donde no hay enfermedad, ni prensa, ni dolor, ni despedidas, totalmente intocables, infinitamente felices, eternos para siempre. Te amo, Alejandro Bueno, y te amaré hasta el fin de los tiempos, hasta que el sol se apague y las estrellas dejen de brillar. Yeah.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.