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Cantinflas humilló a Pedro Infante frente a todos… lo que pasó después nadie lo esperaba

Veía como sus ojos se perdían cuando creía que nadie lo miraba. Veía algo que nadie más quería ver. Pedro Infante se estaba consumiendo por dentro. Para comprender lo que ocurrió esa noche, hay que entender quiénes eran estos dos hombres. Cantinflas y Pedro Infante no eran solo actores, eran los pilares del cine de oro mexicano.

Eran los hombres que habían puesto a México en el mapa cultural de toda Latinoamérica, pero eran completamente distintos. Cantinflas era cerebral. Cada movimiento calculado, cada palabra meditada. Su comedia era arte, era comentario social, era filosofía disfrazada de payasadas. Charlie Chaplin lo había llamado el mejor comediante del mundo.

Cantinflas controlaba todo en su vida, sus películas, sus contratos, su imagen. No dejaba nada al azar. Pedro infante era instinto puro. Todo lo que hacía brotaba del corazón. No planeaba, no calculaba, simplemente era. Su actuación era auténtica porque no era actuación, era él. Esa autenticidad, esa honestidad brutal era lo que la gente amaba.

Cuando Pedro cantaba sobre el dolor, se escuchaba el dolor. Cuando sonreía era genuino, cuando sufría, aunque intentara ocultarlo, se notaba. Los dos se habían conocido en 1945. Pedro todavía era un actor en ascenso. Cantinflas ya era una leyenda. Se encontraron en el estudio de filmación de Ahí está el detalle.

Pedro había ido a visitar a un amigo. Cantinflas estaba revisando las tomas del día. Se presentaron, conversaron durante 20 minutos. Al término de esa charla, Cantinflas le dijo algo a Pedro que nadie más escuchó. Lo que fuera que dijo, Pedro se quedó callado un momento largo. Luego asintió. Desde ese día fueron amigos.

No amigos de fotografías y fiestas, amigos verdaderos. de los que se llaman a las 3 de la mañana cuando algo anda mal, de los que se dicen la verdad aunque duela. Durante 11 años esa amistad se mantuvo sólida. Se veían con frecuencia. Cantinflas iba a ver todas las películas de Pedro antes de que se estrenaran. Pedro asistía a las funciones privadas de Cantinflas.

Cenaban juntos, hablaban de todo, de cine, de México, de la vida. Pero en 1955 algo cambió. Pedro empezó a llegar tarde a las filmaciones. Empezó a beber más. Su sonrisa empezó a verse agotada. La prensa no decía nada. La gente no lo notaba, pero Cantinflas sí. Intentó hablar con él. Pedro, te veo cansado. ¿Estás bien? Claro, Mario, solo es el trabajo. Muchas películas.

Seguro, seguro, no te preocupes. Pero Cantinflas se preocupaba porque reconocía esa mirada. La había visto antes en otros actores. Era la mirada de alguien que estaba perdiendo la batalla contra sí mismo. Cantinflas comenzó a investigar discretamente. Habló con directores, con productores, con gente cercana a Pedro.

Lo que descubrió lo alarmó. Pedro Infante estaba viviendo tres vidas simultáneamente. Tenía una esposa oficial, María Luisa León. Tenía una relación paralela con la actriz Lupita Torrentera y sostenía un romance secreto con Irma Dorantes, una actriz 15 años menor que él. tres mujeres, tres familias, tres mundos que Pedro intentaba mantener separados y el peso de esa triple existencia lo estaba destruyendo. Pero no era solo eso.

Pedro también administraba una compañía de aviación y piloteaba aviones comerciales en sus días libres. Volaba de Ciudad de México a Mérida, a Acapulco, transportando pasajeros. ¿Por qué? Nadie lo comprendía. Era la estrella más grande de México. No necesitaba el dinero, no necesitaba el riesgo. Pero Pedro lo hacía.

Volaba porque en el aire, a 10,000 pies de altura, era el único lugar donde podía estar solo, donde nadie le exigía nada, donde no tenía que sonreír, donde podía simplemente existir. Cantinflas lo sabía y le aterraba. En febrero de 1956, dos meses antes de aquella noche en el patio de los cómicos, Cantinflas fue a buscar a Pedro a su casa.

Pedro, necesitamos hablar. Mario, ahora no es buen momento. No me importa. Vamos a caminar. Caminaron por las calles de la colonia del Valle durante dos horas. Cantinflas le habló directo. Te estás destruyendo, Pedro. No sé de qué hablas. Sí, sabes, las mujeres, los vuelos, el alcohol.

Estás corriendo hacia algo y no sé si es hacia adelante o hacia un abismo. Pedro se detuvo. Miró a Cantinflas con esos ojos que habían enamorado a millones. Mario, yo no soy como tú. Tú tienes todo bajo control. Tu vida es perfecta. Yo no sé controlar nada, solo sé vivir. Y si eso me mata, pues que así sea. Cantinflas sintió un frío en el pecho. No digas eso.

¿Por qué no? Todos nos vamos a morir algún día. Al menos yo voy a morir siendo yo, no siendo lo que otros quieren que sea. Esa conversación terminó sin resolución. Pedro se fue a su casa. Cantinflas se quedó parado en la calle mirándolo alejarse. Sabía que había perdido esa batalla, pero no iba a rendirse. Pasaron dos meses.

Pedro siguió haciendo películas, siguió volando, siguió bebiendo y Cantinfla siguió observando, aguardando el momento preciso para intervenir otra vez. Ese momento llegó la noche del 15 de abril de 1956. La noche de la celebración en el patio de los cómicos. Cantinflas llegó con un plan. No iba a hablar en privado esta vez. No iba a ser sutil.

Iba a hacer algo drástico, algo que nadie esperaba, algo que Pedro no podría ignorar. Iba a humillarlo públicamente frente a todos, porque Cantinflas había llegado a una conclusión desesperada. Si Pedro no atendía la preocupación, quizás escucharía la vergüenza. Si no reaccionaba al amor, quizás reaccionaría al dolor.

Era una apuesta, una apuesta terrible, pero Cantinflas no veía otra salida. Así que esa noche, cuando Pedro estaba en su momento más alto, rodeado de admiradores celebrando su película número 60, Cantinflas se aproximó. Caminó entre la multitud. La gente se hizo a un lado. Todos querían ver a los dos grandes juntos.

Cantinflas y Pedro, los reyes del cine mexicano. Pedro lo vio venir. Sonrió. Mario, pensé que no vendrías. Cantinflas no sonró. Aquí estoy, Pedro. Pedro notó algo en su tono. La sonrisa se le congeló un segundo, pero la recuperó rápido. ¿Ya tomaste algo? Ven, te invito un whisky. No vine a tomar, Pedro. Vine a verte. Pues ya me viste, dijo Pedro con esa risa fácil que usaba para todo.

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